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domingo, 11 de junio de 2017

Un asesino transitando entre el pasado y el futuro. “The Shining Girls” de Lauren Beukes


Mario Szichman


Harper Curtiss es un viajero del tiempo y un asesino especializado en shining girls, jovencitas que lo seducen por sus virtudes, su forma de encarar la vida, su independencia, su solidaridad. Harper tropieza con ellas en distintas etapas de su prolongada existencia, barajando sus riesgos de perdurar, avanzando en el tiempo, o replegándose a fin de encubrir sus crímenes,  o para ejecutarlos en el futuro.
Kirby Mizrachi es una de esas damas luminosas. Ha tenido un encuentro con el asesino, se ha salvado de milagro, y su propósito central es obligarlo a pagar por sus crímenes.

Lauren Beukes

Lauren Beukes, una escritora sudafricana previamente dedicada a la ciencia ficción, ha convertido a The Shining Girls en una excelente novela policial con un twist muy ingenioso. ¿Cómo se hace para capturar a un asesino que se esconde en los pliegues del tiempo?
La narración se emplaza en Chicago, entre las décadas del treinta y el noventa del siglo pasado. La encargada de desentrañar los crímenes de Harper es Kirby, quien se salvó del asesino cuando su perro recibió la cuchillada que estaba destinada a su garganta.
Una de las cualidades mayores de Beukes es convertir a Chicago en una de las protagonistas de su novela, desde la época de la Gran Depresión, hasta la llegada del milenio.

FUNDIRSE EN EL ENTORNO

Las grandes ciudades de Estados Unidos se tergiversan a maravillosa velocidad. Los norteamericanos no creen mucho en la nostalgia. En el siglo XIX proliferaban las ciudades fantasmas, tras la erupción de algunas fiebres, especialmente la del oro. Y en el siglo XX los altibajos causados por la crisis económica maquillaron con insistencia los grandes centros urbanos. Ocurrió con Detroit, en una época la meca de la industria automovilística, o con New York, entre 1970 y fines del siglo, o con Chicago, quizás la más opulenta de Estados Unidos entre 1880 y 1930.
Beukes muestra cómo vecindades enteras se elevan al cielo, y se derrumban luego igual que mazos de naipes. Urbanizaciones elegantes decaen hasta hacerse irreconocibles. Los vidrios de las ventanas se rompen, y son crucificados con las cintas que se usan para embalar desechos. Predomina el paisaje lunar. Es imposible orientarse, ni siquiera con una brújula. La perspectiva urbana cambia a la velocidad de los seres reemplazados en distritos, o con los colores que tiñen paredes y muros. Hasta los graffitis alteran el contenido de su indignación. A veces la furia adquiere matices poéticos y descarta la grosería.

ENCUENTROS

Kirby Mizrachi, la heroína de The Shining Girls tropieza en dos ocasiones con Harper, el asesino. La primera, siendo niña, la segunda, trece años más tarde, cuando Harper fracasa en su intento de asesinarla. En la tercera época, la definitiva, Kirby se propone descubrir al hombre que quiso matarla, y para eso consigue un internship en la sección deportiva del periódico The Chicago Sun-Times.
Kirby rastrea a Harper a través del tiempo, en tanto Harper, escondido en The House, La Casa, transita distintos momentos históricos, mientras decide quien será su próxima víctima.
Uno de los logros del relato es que el viajero del tiempo no puede controlar su transcurrir en el mundo. Todo cambia en torno suyo, desde la tipografía de los periódicos hasta el color del papel moneda, los envases de cigarrillos, los receptáculos de comida, las versátiles formas de las botellas de licores, los letreros en las intersecciones de las calles, los modos de abrigarse, los sitios de diversión.
Muchas veces Harper desconoce en qué año se encuentra, o cómo aproximarse a un tiempo previsible. Debe fundirse con el entorno a fin de no despertar sospechas. Los trances de Harper comienzan apenas discrepa con el paisaje que frecuenta. Pero, al mismo tiempo, el desafío lo nutre. Como señala la narradora, a Harper “le gusta la amalgama de recuerdo y cambio. La experiencia se hace más nítida”.  

EL PASAJE DEL TIEMPO

La mayor parte de la novela transcurre en 1992, cuando Kirby consigue una pasantía en el periódico The Chicago Sun-Times como partner de Dan Velasquez, quien luego de trabajar como reportero policial, ha sido transferido a la sección deportiva.  
Velasquez ha cubierto el episodio en que Kirby estuvo a punto de ser asesinada, pero nunca hizo un seguimiento. Hasta que Kirby aparece en su oficina, con un pañuelo anudado al cuello para ocultar las cicatrices que dejó en su garganta el cuchillo de Harper.
Solo la obstinación de Kirby le permite seguir la pista a Harper. El homicida no siempre es afortunado. En 1954, la policía lo arresta, como sospechoso del asesinato de una arquitecta. Pero es imposible procesarlo. Un detective dice que “no hay una sola mancha de sangre” en sus vestimentas, “ningún indicio del arma homicida”. Y con buenas razones. El arma está enterrada en el cuello de un perro que morirá 35 años más tarde.
Harper, orgulloso de su talento para matar, y de su capacidad para eludir la ley, deja inclusive un souvenir en el cuerpo de cada víctima. Pero esa es su falla mayor. Es como en el cuento de Hansel y Gretel, donde trozos de pan van marcando las pistas, que en su caso lo harán tropezar finalmente con la justicia. En el interior de La Casa que habita Harper, hay una colección de “trofeos” arrancados a las víctimas, que luego depositará en el cuerpo de otras. Aunque no de manera cronológica.  

REENCUENTROS

La investigación transcurre en dos paralelas avenidas. Por un lado está Kirby, intentando descubrir al asesino, y por el otro Harper, ansioso por tropezar con Kirby, y concluir la tarea interrumpida algunos años antes.
En ese viaje del tiempo es donde Beukes logra sus mayores aciertos. Es obvio que la memoria funciona mejor cuando aparece más lejana. Harper visita un derruido hospital a comienzos de la década del treinta, y describe a los pacientes como seres “cuya mirada de resignación recuerda a los caballos de granjas en sus horas finales, con las costillas tan marcadas como las grietas y surcos en la tierra muerta que intentan arar. Por menos de eso uno mata al caballo”.

Algunos críticos se han mostrado fascinados por los personajes que Harper asesina, pero no por el homicida. Harper tiene ciertos rasgos de humanidad, como en una escena donde invita a dos mujeres a cenar, intentando ser el perfecto anfitrión. Pero, por lo demás, es el ogro baldado que no puede tolerar una mujer luminosa.
Sin embargo, su aterradora faena se ajusta mejor a la novela, que una descripción pormenorizada de su personalidad. En una obra literaria, forma parte de las compensaciones.
Mary Shelley dedicó muchas, brillantes páginas, a describir el monstruo creado por el doctor Viktor Frankenstein. Hasta le incluyó frases poéticas. Pero un monstruo solo es monstruo en tanto demuestra su incapacidad de aceptar la ley. Sus atropellos son más contundentes que sus reflexiones. Y crece en la imaginación del lector cuando su obsesión se depura hasta convertirlo en un instrumento del mal. Harper cumple esa función con esmerada perversidad.



jueves, 21 de julio de 2016

Mr. Bowling Buys a Newspaper: Quizás la novela favorita de Raymond Chandler


Mario Szichman



La fama de Donald Henderson (1903-1947), se debe exclusivamente a una novela, Mr. Bowling Buys a Newspaper, y a su entusiasta promotor, el gran narrador norteamericano Raymond Chandler.   
En carta a Frederic Dannay: (quien creó junto con su primo, Manfred Bennington Lee, el detective Ellery Queen), Chandler indicaba que sus novelas policiales preferidas eran The 31st of February, de Julian Symons, Walk the Dark Streets, de William Krasner, y Mr. Bowling Buys a Newspaper, de Henderson.
“Pongo a esos tres escritores”, decía Chandler, “por encima y más allá de gran cantidad de narradores que han pergeñado veinte o treinta libros. Aunque son muy bien conocidos y exitosos, resultan totalmente insignificantes desde un punto de vista literario”.

Tom Hiney, en su libro: Raymond Chandler: A Biography, dice que la novela policial favorita del autor de The Big Sleep (y la que siempre recomendaba leer) era la narración de Henderson.
En una carta a Hamish Hamilton, fechada en enero de 1946, Chandler fue más explícito. Cuando se trataba de novelas policiales, decía, solo las adquiría “si estaba al tanto de lo que estaba comprando”. Y añadía: “Tengo un libro titulado Mr. Bowling Buys a Newspaper. Lo he leído media docena de veces, y lo he comprado a diestra y siniestra, para distribuirlo” entre los amigos. “Creo que es uno de los libros más fascinantes escritos en los últimos diez años. Todo aquel que lo leyó en mi limitado círculo, está de acuerdo conmigo”.
¿Qué es lo que hacía de la novela de Henderson algo tan especial para Chandler? Nada tenía que ver con su prosa hardboiled. No contaba con un detective como Phillip Marlowe, escaseaba el suspenso tradicional –nos enteramos que el señor Bowling es un asesino, a partir de la segunda página– y en lugar de personajes glamorosos de la alta sociedad, tropezamos con seres convencionales, que padecen los grandes inconvenientes de vivir en Londres durante la blitzkrieg nazi (la novela fue publicada en 1943, dos años antes de concluir la guerra).  
Pero el señor William Bowling es un personaje muy especial, y seguramente su autor compartía algunas de las preocupaciones del asesino.   
Henderson era un actor. Trabajó para la BBC de Londres durante la guerra. Una bomba alemana cayó sobre la casa en que residía, y el narrador quedó sepultado entre los escombros. Logró ser rescatado, pero sus pulmones quedaron muy dañados. Es posible que el episodio haya precipitado su muerte, a los 44 años de edad. Es precisamente durante un bombardeo de la aviación alemana, que el señor Bowling descubre su vocación homicida.
El señor Bowling no es un asesino convencional. Y eso es lo que hace tan fascinante y tenebroso.  “Espero que me supongan un ser bastante agradable”, piensa. “Soy un tipo bastante tranquilo, triste”.    
Tampoco se considera un pecador. “No soy peor que cualquier otro tipo. Ayudo a cualquiera que lo necesite. Acepté trabajar con alegría para el esfuerzo de guerra”. Nunca pensó en su “nueva línea” de trabajo, hasta que su vivienda fue bombardeada, y con su esposa, Ivy, quedó enterrado algunas horas. La mujer “comenzó a dar desagradables alaridos. Puse mi mano en su boca, cerca de su nariz. Mi Dios, qué rápido se fue, como una vela al ser apagada”.   
Además, el señor Bowling tiene una buena excusa para justificar lo sucedido. “Fue homicidio solo si uno lo considera así”, dice. “Hay cosas peores. El chantaje es peor. La homosexualidad es peor. ¿Quién dice que el asesinato es el único pecado capital?” Además, no hay que olvidar los beneficios secundarios. “Por primera vez en mi vida, obtuve algo de dinero gracias al seguro. ¡Nunca había pensado en eso!”
La inesperada ocasión le permite abordar su nueva línea de trabajo. Mr. Bowling Buys a Newspaper es una novela donde el azar triunfa, tras indagar si somos capaces de planificar un destino, o el destino se encarga de planificar por nosotros. El título es una de las supremas ironías de esta novela tan peculiar, tan bien escrita. El señor Bowling compra un periódico no para enterarse de las noticias de los demás, sino para averiguar cuan avanzadas están las investigaciones sobre sus crímenes.  
“Nunca leo los periódicos”, le dice el señor Bowling a la dueña de un pub, “a menos me interese ver algo en particular”.  Busca la notoriedad, y al mismo tiempo necesita conservar el anonimato.
Un hombre o una mujer se divorcian, o enviudan. ¿Pueden seguir apostando al mismo destino? El señor Bowling “pierde” a su esposa en un bombardeo. La viudez le impide retornar a la normalidad; solo puede huir hacia adelante. El asesinato no constituye para él una de las bellas artes. Es una manera de recaudar dinero, o de librarse de seres molestos. Además,  un hombre sin atributos descubre que posee un poder divino para decidir quién debe vivir y quien debe morir. Cuenta con un proyecto en una vida previamente carente de rumbo.   
Tras su esposa, Ivy, le siguen otras víctimas. Además, en el curso de su tarea, descubre el verdadero amor. (La vida con esa esposa extinguida como una vela, no era vida, sino un martirio). El nuevo amor le ofrece la coartada perfecta para no ser capturado. Al mismo tiempo, lo encadena a su suerte. La mujer sabe que el señor Bowling es un asesino: tiene pruebas. Si el protagonista intenta zafarse de sus redes, está liquidado. La policía ya le ha advertido de sus sospechas. Los casos en que el señor Bowling ha actuado como un dios, quedan abiertos, mientras se realizan nuevas indagaciones.
La fascinación con Mr. Bowling Buys a Newspaper es doble. Por un lado, la novela está poblada de personas reales, interesantes inclusive en su insignificancia. Por el otro lado, está la mirada de Chandler. ¿Qué encontró ese gran novelista en la escritura de Henderson para leer el texto media docena de veces?  
No conozco un ensayo que analice las lecturas de grandes personajes. O, al menos, no estoy enterado de su existencia. Pero es bueno revisar textos capaces de impresionar a seres que han dejado una huella en la historia. Es, en cierta medida, como leer sus pensamientos. 
Charles Dickens estaba enamorado de la prosa de Tobías Smollet, un escritor muy interesante, pero por debajo de Henry Fielding, el autor de Tom Jones, o de Laurence Sterne, cuya novela, Tristram Shandy, anticipa el Ulises de James Joyce.  El Libertador Simón Bolívar leyó en varias ocasiones, siempre con el mismo fervor, Julia, o la Nueva Eloísa, la novela epistolar de Jean-Jacques Rousseau que para mí constituye –cito a Jorge Luis Borges– una de las formas más famosas del tedio.  
¿Descubrió Chandler en su pasado algo que Henderson exploró en el suyo? Pues una de las funciones de las novelas es permitirnos indagar la vida transcurrida. No es desatinado afirmar que somos viajeros del tiempo. Nuestra permanencia en la tierra permite verificar cómo se comportaron los muertos que admiramos. Y sus lecturas, especialmente su fijación a algunos textos, ayudan a dilucidar sus obsesiones.  
Creo que Mr. Bowling Buys a Newspaper es, en cierto modo, una novela futurista. A partir de su primer homicidio, el señor Bowling se deja guiar por el azar. Es un oportunista de la muerte. Y le fascina la figura del cazador perseguido. No desprecia a Scotland Yard; cree que tiene buenos detectives. Además, no siempre ha sido cuidadoso borrando huellas. Recuerda al personaje de Ante la ley, de Franz Kafka.
La policía británica no es un ente abstracto. En el caso del señor Bowling, dedica exclusivos esfuerzos a su captura. Pero su omnipotente presencia es, al mismo tiempo su undoing. El señor Bowling no advierte que la policía, o la Ley, están por encima del común de los mortales.
“Todos se esfuerzan por llegar a la Ley”, dice el hombre en el relato de Kafka. “¿Cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?” Y el guardián le responde: “Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla”.
El señor Bowling descubre, en su final, que lejos de haber alcanzado la felicidad, ha vuelto a incurrir en el infierno tan temido.