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sábado, 2 de junio de 2018

La desmitificación del héroe a través de la dicotomía hombre-héroe en "Las dos muertes del general Simón Bolívar"






        El trabajo de la profesora venezolana Lucía Parra, integra un conjunto de textos que fueron publicados en el año 2014, por Aleph Publishing House de New Jersey, Estados Unidos. La edición, presentación y compilación fue a cargo de la profesora Carmen Virginia Carrillo. Todos los trabajos son de primera. En esta ocasión, quise destacar la labor de la profesora Parra por sus numerosos insights. El texto no está completo. Debí eliminar la bibliografía y algunos párrafos, debido al formato de mi blog. Desde ya, estoy muy agradecido a esta joven, lúcida intelectual. Los buenos textos siempre ayudan al escritor. Le permiten avanzar.
Mario Szichman



 Lucía Parra

(Universidad de Los Andes, 
NúcleoTrujillo,  Venezuela)

Históricamente se ha venido condensando una estética en la llamada Nueva Novela Histórica[2] desde el cual se proponen nuevas miradas al proceso histórico-cultural que apunta hacia un cuestionamiento de la historia oficial. Desde una perspectiva revisionista, esta forma de novelar conduce al lector hacia un ejercicio reflexivo sobre aquello que se ha contado; las figuras cristalizadas a través del tiempo y las epopeyas fundadoras de ideologías patrióticas son algunos de los elementos cuestionados desde el texto literario, donde la historia narrada asume el compromiso ético-estético de dar voz a los silencios y ocultamientos de la historia.
 Las dos muertes del general Simón Bolívar (2004) de Mario Szichman, integra –entre otras novelas- La trilogía de la patria boba y se proyecta hacia una desmitificación de la figura del héroe, un ser que deambula en los espacios de la memoria a través de la introspección para dar cuenta de sus acciones del pasado mediante el acto de narrar; convirtiendo la memoria íntima en la base desmitificadora de las versiones históricas consolidadas a través del tiempo, lo que pone en tela de juicio la imagen del héroe sacralizado en la independencia latinoamericana, el Libertador Simón Bolívar.
En la novela de Szichman se invierte la figura del héroe para construirlo como un ser humano en medio de sus flaquezas, errores y contradicciones internas[3]. En lugar de ser la efigie como paradigma ético, la representación ficcional pone al desnudo el discurso historiográfico tomando como eje central al personaje y los aspectos que involucran su vida cotidiana, puesto que “son los aspectos inéditos, íntimos o simplemente cotidianos de estas grandes figuras los que se privilegian, aquellos que las exhiben en su condición última de seres humanos, sujetos al desprestigio, al deterioro y la muerte” (Pacheco; 1999: 11). El hecho estético recrea la vida del personaje a partir de aquello que se desconoce, mostrando desde el mismo enunciante las acciones que deshonran la imagen edificada para desprestigiarle frente la historia.
En tal sentido, al analizar los relatos histórico-ficcionales es de suma importancia revisar la intencionalidad con que se ha puesto a la mirada del lector, sin dejar de considerar que el hecho estético como espacio de significación trasciende la intencionalidad del autor para fundar diferentes perspectivas de interpretación. Carlos Pacheco (2003) sugiere disímiles enfoques críticos a manera de fundamento teórico para la revisión del texto histórico-literario, donde la indagación desde el presente de los documentos cronológicos permite legitimar o cuestionar el hecho histórico. Por ello, una de las modalidades para la revisión de la novela histórica:

Es la de aquellos que focalizan su interés representacional en una figura protagónica del pasado, pero no para contribuir a la consolidación de una imagen cultural positiva o negativa ya establecida, sino precisamente para invertir de manera diametral esa valoración, obedeciendo a un impulso, que los historiadores llamarían revisionista, de reivindicar, de «hacer justicia histórica» (Pacheco; 2003: 82).

VERSIONES OPUESTAS

La propuesta estética de la novela histórica ubica el personaje protagónico del pasado como espacio de la enunciación, invirtiendo su valor cultural cristalizado en el tiempo, ya no se dar importancia a las grandes epopeyas que narran las hazañas del héroe como paradigma ético, sino que se cuentan versiones opuestas que lejos de consolidar la figura del gran hombre transforman su imagen para desmitificarlo e invertir la perspectiva histórica sobre el personaje, y de esta manera, abrir nuevas vertientes de revisión histórica.
En este sentido, la novela de Szichman se encamina hacia una actitud revisionista apuntando a lo que Pacheco (1999) llama una “apuesta ruptural e iconoclasta”[4], los valores culturales de la imagen representativa se desmoronan en la historia textual con la intención de cuestionar el discurso histórico desde la capacidad de evadir los estereotipos consolidados en el tiempo; porque esta nueva estética, al declararse insatisfecha con las versiones externas y distantes, prefiere escudriñar las hendiduras de la racionalidad y la sensibilidad desde la propia perspectiva de los personajes ilustres de la historia para develar sus secretos y conflictos más íntimos.  
El surgimiento del género de Novela Histórica evoluciona desde la necesidad de mostrar la realidad social –que los críticos llaman la castidad de la historia-  hasta introducir elementos íntimamente enlazados con los personajes hacedores de la historia, y desde luego hacerla más comprensible a través del tiempo.
A partir de Georg Lukács (1976), la Novela Histórica Clásica desarrollada con Walter Scott fue una especie de novela realista que buscó fijar la realidad en términos objetivos. Análogo a la literatura clásica, este género respondía a ciertos parámetros estéticos aun cuando los hechos sociales influían en la cotidianidad de los ciudadanos, porque lo importante era mostrar la realidad histórica. De este modo, con hechos como la Restauración y la Revolución Francesa, el constructo histórico adquiere gran relevancia y auge social que es imprescindible reflejarlo en la obra de arte.
Pero posteriormente, se da inicio a lo que se ha venido llamando el nuevo tipo de novela histórica, donde Lukács, a partir de la obra de Conrad Ferdinand Meyer, ejemplifica la manifestación de los rasgos ideológicos y artísticos del realismo decadente que comienza a combinarse con la elevación de la sensibilidad y un cierto ajuste entre lo histórico y la vida cotidiana de los personajes.
Para Lukács, al colocar el protagonista en el centro de la novela se produce una des-historización, es decir, una desconstrucción de la historia concebida en un proceso invertido. Este antecedente de la novela histórica moderna fundamenta nuestra perspectiva de interpretación, puesto que con este nuevo género se da importancia en el drama a los conflictos más íntimos de los personajes.
En el contexto latinoamericano, el siglo XX tiene ya marcados los rasgos sociales de la época independentista, y esta circunstancia histórica se proyecta a manera de marco referencial para la construcción del relato ficcional. Por ello, para el caso al que hemos sido convocados en esta ocasión, las perspectivas de abordaje crítico de la Novela Histórica indagan desde la verdad novelada los enmarañados caminos de una época considerada como la más débil de la historia venezolana, centrándonos en el personaje como espacio/tiempo de la enunciación.
En Las dos muertes del general Simón Bolívar la circunstancia histórica está siempre representada desde la memoria del personaje -el general Simón Bolívar-, mediante el cual se construye el proceso ficcional; el vaivén entre pasado histórico y presente narrativo dan cuenta de las acciones del pasado. Y esa disyuntiva ocurre además en una simultaneidad entre sueño y vigilia transfigurados en agonía, delirio, pesadilla que metaforizan la muerte precedida por una angustia acechante hacia el ser enunciante: es la preocupación no por la muerte sino “por la inmortalidad que impide a una persona descansar tranquila en su tumba” (Szichman; 2004: 219).
Estos estados de angustias del ser permiten ubicar la narración desde una percepción particular del enunciante; son situaciones de la realidad circundante del personaje que perturban su conciencia y se convierten en los espacios enunciativos de una realidad percibida. La dualidad hombre/héroe sustenta un proceso de desmitificación donde las acciones del pasado son narradas desde el presente por un ser humano en medio de sus debilidades en el deambular de la vigilia, el sueño y la pesadilla. Por lo tanto, la valoración de la efigie del héroe se invierte para mostrar una nueva imagen del personaje desde el hecho estético.

LA MEMORIA ÍNTIMA

A partir del primer capítulo, la novela introduce un texto a manera de proclama que rompe con lo historiográfico para insertarse en la memoria íntima del personaje; una narración desde sí mismo que armoniza el tiempo pasado con el tiempo presente, construyendo lo que a partir de Ricoeur podemos llamar la historicidad[5], la combinación entre el tiempo cronológico y la dimensión íntima del tiempo[6], que desde la experiencia humana “hace hincapié en el pasado y, sobre todo, puede considerar la distancia que existe entre la vida y la muerte mediante operaciones repetitivas” (Ricoeur; 1999: 185).
De tal manera, las acciones se mueven entre tiempo cronológico y tiempo íntimo para reconstruirse en la disyuntiva vida/muerte, dos espacios que intercambian significaciones y construyen la historicidad del ser a partir del acto de narrar.
Desde esa coexistencia de realidades, el personaje se representa para colocarse como observador de la historia “Todavía puedo ver la habitación, aunque como a través de los visillos de una ventana” (Szichman; 2004: 20), visillos que son el tamiz para observar la historia cronológica y convertirla en relato íntimo desde la mirada subjetivada para ofrecer su versión ante el juicio del tribunal histórico “Todavía puedo ver parte de la habitación, como si espiara a través del reticulado de un confesionario” (Szichman; 2004: 19).
Es el personaje espacio de la enunciación frente a una historia que en momentos le condena por sus acciones; y la metáfora del confesionario permite caracterizar la historia narrada a manera de diario íntimo cargado de subjetividad, donde el ser se confiesa para intentar explicar sus acciones pasadas en una suerte de revuelta íntima que hurga insistentemente en su memoria.

EL PERSONAJE Y SU DESDOBLAMIENTO

El procedimiento ficcional de la historicidad incorpora el desdoblamiento del personaje para permitirle representarse como espectador de la historia, un ser humano en medio de sus debilidades, que desde la memoria transita en las disyuntivas sueño/vigilia, realidad/pesadilla, vida/muerte; y donde los recuerdos entre pasado y presente acechan conjuntamente recordándoles a sus enemigos fusilados en alguna batalla, siendo ahora un reclamo de su conciencia.

Y el otro Simón está interfiriendo en este Simón tan práctico, tan resignado, tan cercano a la muerte. Y no estoy hablando de los reclamos de mi conciencia. Se trata de otro Simón, un ser distinto, al que le presto mi cuerpo para que elija una vida ajena a la mía. Un Simón que en lugar de clavar la vista en el suelo cuando está delante de otra persona, mira a los demás con franqueza, tratando de escudriñar cuál es el rostro en que se agazapa la traición (Szichman; 2004: 22-23). 
            
Desde esta dualidad corporal hombre/héroe se representa el cuerpo como espacio-tiempo de la enunciación, donde la memoria íntima va configurando una metaficcionalidad en el relato al concatenar tiempo pasado y simultaneidad sueño-vigilia representadas en la realidad onírica del presente percibida por el enunciante.
El deambular de pasado histórico y realidad onírica se revisan los recuerdos como jueces enfrentando esa “otra muerte” que ironiza la inmortalidad del Libertador simbolizada desde la historia de la patria. Una sucesión de recuerdos que le acechan mediante la introspección memorística, y a los que busca evadir desde los atajos de su memoria ubicados en el pasado remoto de su infancia. 

Desde esta libertad donde la ley ya no me alcanza voy acometiendo esa otra muerte de la cual he estado huyendo todos estos años. Porque, como ocurre en los sueños, el único testigo de esa muerte ¿verdadera, falsa? Soy yo. Pero ¿Cómo puedo ser mi propio testigo cuando ignoro donde concluye la realidad y comienza la pesadilla? Es el único momento de mi vida en que no encuentro otro juez que mis propios recuerdos. ¿Hay alguna manera de decir si esa muerte realmente ocurrió? ¿Es la vacilación, el acometer el recuerdo por otro lado, la evidencia del crimen? ¿Son los atajos de mi memoria, la necesidad de llegar a ese momento ignorando otros episodios, la única forma de verificar su certeza? Pienso a los saltos, pienso anulando artículos y conjunciones, y tropiezo con el calor de esa tarde de mi infancia (Szichman; 2004: 207).

EL DESEO Y LA INTROSPECCIÓN

Ocurre una narración en retrospectiva donde se configura la interioridad del ser como proceso estético, es la sucesión de hechos que se van ordenando simbólicamente desde la imaginación para fundar en el texto una metaficción historiográfica[7]. La introspección del personaje representa su realidad mediante la percepción de sí mismo, evidenciando una muerte moral de la que siempre estuvo huyendo. Y esta metaficción historiográfica le da validez a la coexistencia de los componentes de Novela Histórica, es decir, tanto desde la metaficción como del discurso historiográfico es representada la historia para cargarse de nuevos significados.
Los elementos textuales se van concatenando para representar al personaje en su condición de ser humano, se insertan las metáforas del fresco yeso que caen de su rostro cuando el escultor Armand Lebranche intenta construir la máscara mortuoria. Esto simbólicamente es dejar al descubierto el rostro erigido y fuerte del héroe para quedar desnudo frente a la historia. El yeso, ese tieso material con que se intenta construir la máscara del personaje comienza a desmoronarse a pedazos desde el principio de la novela “Siento que mis palabras han hecho caer algunos trozos del fresco yeso” (Szichman; 2004: 21), en tanto que se funda una función autodesmitificadora del personaje desde su memoria íntima, al ser su propia versión quien le deja al descubierto, es el hombre desnudo frente a la historia como proceso de desacralización.
El héroe inmortal es cuestionado como figura ética y se produce un tratamiento del personaje desde lo humano que le desprende de su condición ética, se narran las fragilidades como una “verdad” no contada desde la historia oficial. El relato entonces plantea a un Simón Bolívar en medio de sus errores desde la introspección sobre hechos de su vida. “Voy marchando hacia las sucesivas muertes que nunca lograron tropezar conmigo, hacia el equívoco y la ira engendrada por el equívoco, hacia los desgraciados incidentes que no busqué, y que dan apariencia de verdad a muchas de las acusaciones de mis enemigos” (Szichman; 2004: 17).

UNA MIRADA PARTICULARIZADA DEL ENUNCIANTE

De tal manera, la valoración dada al personaje desde el texto se corresponde con la propuesta estética de Bajtín al narrar la historia desde la mirada particularizada del enunciante. La significación del héroe está representada desde la visión del mismo personaje haciéndole adquirir autonomía simbólica “Un actor juvenil, que me representa en mis años mozos, con un rostro tan impreciso que podría vaciarse en tres moldes diferentes, relee el libreto entre bastidores, sabiendo que tendrá que improvisar” (Szichman; 2004: 23). Y en esta representación, el enunciante se observa desde afuera narrando las acciones del pasado, una narración que a lo largo de la novela va en retrospectiva para insertarse en la dimensión íntima del tiempo y llevar a cabo la ordenación simbólica de los acontecimientos.
El enunciante se representa desde la autoconciencia de lo que es como ser humano en el reconocimiento de sus acciones, es el confesarse desde la memoria íntima para hacer el recuento de los reclamos de su conciencia examinando sus culpas y errores; porque la inmortalidad que no le permite descansar tranquilo en su tumba está ilustrada en la historia de los fusilamientos representados por las vigas que permanecen guindando del techo de la habitación y le conducen a una muerte moral que no le deja descansar en paz.
Como en la utilería de un teatro, esos maderos han ido modificando sus servicios. En 1819 sirvieron para erigir el patíbulo donde ordené ahorcar al teniente Francisco Fernández Vinoni. Exactamente siete años después que entregó Puerto Cabello y me infligió la peor humillación de mi carrera. (…) La historia de ese fusilamiento está también guindando del techo. (…) Parte de una transitoria decoración que recama las huellas de mis enemigos (Szichman; 2004: 22).
La figuración del héroe en el texto muestra una imagen que refleja sus conductas pasionales desde las caracterizaciones humanas “Pero a mí me matan el afecto, el desdén y la cólera” (Szichman; 2004: 32). Las venganzas del personaje hacia sus enemigos (como ordenar el ahorcamiento del teniente Francisco Fernández Vinoni por haberle condenado a la peor humillación de su carrera, o entregar a Miranda bajo el reproche del inocente engaño de los multiplicados maderos más que por su capitulación ante Monteverde), desmitifican la imagen ética y épica que “salpican de lodo” el pedestal de su gloria.

El retratado general Bolívar me aconseja que no arroje la primera piedra. (…) Yo, desde mi lecho de muerte, le devuelvo al general Bolívar la desdeñosa mirada. Veremos quién cede primero. ¿Quiere que me arrepienta de haber entregado a Miranda? Pues nunca lo haré (Szichman; 2004: 49).

La dualidad hombre-héroe evidencia las culpas desde los diferentes planos de la enunciación, constituyendo una autoconciencia de los errores mediante la ordenación simbólica de la memoria íntima, que, en fin, es el modo como el autor hace representar al enunciante en la perspectiva de sí mismo para llevar a cabo un proceso de desmitificación al mostrar las certezas de sus faltas.
En este sentido, la figura del héroe se va situando progresivamente en actitud autodesmitificadora, tanto desde el personaje mismo como de la historia textual en la sucesión de hechos impulsados por la ira, ese motor que evidencia una patria boba representada en los equívocos, cuestionando una historia constantemente sacralizada por las instituciones de poder. De ahí que el Bolívar desacralizado permanece ante la angustia de un supuesto boletín que le alerta ante la amenaza de un asesino entre las personas de su confianza, angustia que le lleva a observar la presencia de cada uno de sus allegados, moviéndose entre la intriga del presente y las memorias del pasado. Un pasado que insiste en revisar las actitudes de sus enemigos donde se van desplegando discordias vengadas, sobre todo en Miranda, el otro personaje eje de la historia que hace tambalear la figura de Bolívar.
La inmortalidad que simbólicamente ha transfigurado la gloria de Bolívar aparece cuestionada desde los diversos relatos que componen La trilogía de la patria boba; las versiones contadas por cada personaje –Bolívar y Miranda- se concatenan apuntando hacia una intención desmitificadora del Libertador en quien quedó condensado históricamente el patrimonio de la gloria. Sin embargo, en la construcción narrativa se plantea la desconstrucción histórica mediante la diatriba de ambos personajes para dejar al lector la última palabra, es decir, la de darle sentido a los acontecimientos del pasado, puesto que a decir del mismo Szichman “salvar a Bolívar es excluir a Miranda y salvar a Miranda es condenar a Bolívar”[8]. Pero la versión de Miranda desde el texto Los papeles de Miranda (2000) otra de las novelas que componen la Trilogía de la patria boba, se convierte en una especie de amenaza que se deja ver constantemente en Las dos muertes del general Simón Bolívar. El exilio de Miranda es lo que hará tambalear la gloria de Bolívar.

                                                   Profesora Lucía Parra

LA CONTRAFIGURA DE BOLÍVAR.

En Las dos muertes del general Simón Bolívar sucede lo opuesto a la tarea virtuosa del héroe: se invierte la perspectiva histórica que lejos de encaminarse a la justicia, las acciones van mostrando las venganzas del personaje como impulsos pasionales hacia sus enemigos, teniendo siempre la patria como excusa.
La caracterización de la “patria boba” siempre va a girar en torno a la figura de Bolívar, por haber sido un idealista, un apasionado utópico de la independencia venezolana y latinoamericana. Y el texto antes citado da cuenta, aun cuando es recreado, de la visión que se da a Bolívar desde la perspectiva de Miranda, no la de un idealista sino la de un ilusorio, muestra de la ingenuidad que mantendrá siempre en peligro a una patria jamás concretada. Por lo tanto, además de desmitificar la figura del héroe, desde el hecho estético se intenta desacralizar el constructo histórico venezolano a través de estas acciones que van justificando la patria de la utopía. Porque resulta curioso que el autor de la Trilogía de la patria boba haya enmarcado estas novelas en el periodo independentista de la Primera República considerado como el más deleznable de la historia de Venezuela, -el periodo de la patria boba-, aquella época de guerras internas e inestabilidad política que se produjo entre criollos sin haber asegurado antes la independencia de España.



Las dos muertes del general Simón Bolívar(2004) integra La trilogía de la patria boba con Los papeles de Miranda (2000) y Los años de la guerra a muerte (2006) del escritor argentino Mario Szichman.
[2] Lukács, Georg (1976). A partir de la obra de Conrad Ferdinand Meyer define el nuevo tipo de novela histórica. 
[3] Pacheco, Carlos (1999). Utiliza la terminología “contradicciones internas” para referir los intersticios que permiten indagar la historia desde la sensibilidad del habla propia de sus figuras ilustres.
[4] Carlos Pacheco (1999) propone una “apuesta ruptural e iconoclasta” para determinar las nuevas perspectivas y el manejo de los procedimientos narrativos de la nueva novela histórica.
[5] Ricoeur, Paul (1999). Historia y narratividad. Barcelona. Paidós.
[6] Carrillo, Margot (2002). “El discurso histórico y el discurso literario: Identidad y diferencia entre dos formas de narrar. Una lectura de Paul Ricoeur” en: Revista Ensayo y Error. Año XI. Nro. 22, Caracas.
[7] Rolón, Alicia (2004) toma de Linda Hutcheon (1991) el término “metaficción historiográfica” que se caracteriza por la coexistencia de dos componentes igualmente importantes en el texto de ficción: el metaficticio y el historiográfico.
[8] Conferencia dictada por el escritor argentino Mario Szichman, autor de La trilogía de la patria boba en La Universidad de los Andes de Trujillo, mayo 2012.

miércoles, 15 de febrero de 2017

“Los próceres argentinos mueren de perfil” Entrevista de Elizabeth Araujo con Mario Szichman





Elizabeth Araujo es una excelente periodista y escritora venezolana, además de una gran amiga. Durante más de una década hemos colaborado en el periódico Tal Cual de Caracas, que dirige Teodoro Petkoff. Esta entrevista fue reproducida en fecha reciente en el portal Actualy.es que congrega la diáspora de venezolanos en España, aunque extiende su amistad, su solidaridad, y su preocupación por sus compatriotas, a otras partes de Europa y América Latina. El portal congrega excelentes firmas, y se está haciendo conocer con mucha rapidez.  Le pedí a Elizabeth permiso para reproducirla en mi blog. Le agradezco  su autorización para hacerlo. M.S.

Elizabeth Araujo: ¿Qué encuentra usted de atractivo de la historia de Venezuela al punto de que le dedica mayor atención en casi toda su obra literaria?
Mario Szichman: Nací en la Argentina, un país donde todos los próceres morían de perfil, diciendo frases de una cursilería que todavía hoy me curva los dedos de los pies. Imagina, Elizabeth, que un historiador argentino tuvo la petulancia de poner el título de “El santo de la espada” a un libro sobre San Martín. Nuestros héroes existían de la cintura para arriba. Y de repente, llego a Venezuela, y descubro próceres cuya vida erótica era casi tan interesante como sus hazañas militares. ¡Eran seres de carne y hueso! Hay un solo libro que recomiendo a todos los lectores deseosos por conocer el carácter del Libertador Simón Bolívar: El diario de Bucaramanga, de Perú de Lacroix. Allí, Bolívar narra hasta sus visitas a los burdeles de París. Es un héroe muy novelable. Por cierto, en fecha reciente descubrí que San Martín había tenido una amante peruana, Rosita Campuzano. Por supuesto, la historia de la independencia de la Gran Colombia está también plagada de numerosos episodios de descabellado heroísmo. Antes de entregarse a la oligarquía, José Antonio Páez protagonizó hazañas que sólo se encuentran en Homero. Nada de eso encontré en la historia argentina.
E.A.: En su reciente novela Eros y la doncella, usted describe a un Francisco de Miranda sibarita y algo vividor ¿Será esa la imagen que proyectó en los venezolanos de su tiempo el Precursor de la Independencia?
M.S. El Precursor era un sibarita y algo vividor para los españoles, los franceses y tal vez para los británicos de su tiempo. Las mujeres caían rendidas a sus pies. Era lo que los ingleses calificarían de “A strapping felow.” Un caballero corpulento y muy buen mozo. No fue el amante de Catalina de Rusia, pero es evidente que la emperatriz fue una de las numerosas mujeres que lo protegió. En cambio, los venezolanos de su tiempo no tenían esa imagen. Lo consideraban una especie de Anticristo. Cuando Miranda invadió la Vela de Coro, en 1806, los bien pensantes de su época ofrecieron donativos para quienes lograran su captura. Y tras capitular ante el comandante español Domingo Monteverde, en julio de 1812, fue entregado a los españoles por jóvenes patriotas, que lo acusaron de traidor. Entre esos jóvenes figuraba Simón Bolívar. Se trata del episodio más vergonzoso en la vida del Libertador. Si los venezolanos quieren reivindicar a Miranda, deberían trasladar sus restos al Panteón Nacional o al menos depositar allí ese excepcional archivo histórico que es Colombeia. Miranda merece ese homenaje, no Hugo Chávez.
Pero déjame agregar algo más. Miranda no estaba programado para aparecer en Eros y la doncella. Fue una sugerencia de la profesora Carmen Virginia Carrillo, quien es además la editora de la novela.
E. A: ¿Cuánta de esta historia es ficción y cuánto hay de realidad?
M. S: Los principales hechos que narro en mis novelas históricas se basan en lo que podríamos considerar la realidad. Aunque no hay libro histórico exento de ficciones, especialmente los que se producen en América Latina. Pero yo tengo un ardid: busco episodios que ningún historiador ha podido registrar. Por ejemplo, en Eros y la doncella  describo el evento donde Georges Danton desentierra el cadáver de su esposa, Louise, en un cementerio de Francia. Danton no estuvo presente en los funerales de su amada esposa, y necesitaba rendirle un postrero homenaje. No hay registro histórico de ese episodio. Pero el novelista puede ingresar en espacios vedados al historiador y reconstruirlos. Por lo tanto, si alguien se quiere conocer la verdad de lo ocurrido con la exhumación del cadáver de Louise, y las reacciones de Danton, deberá acudir a un texto de ficción: el mío.
E. A: En muchos de esos relatos, usted se descubre como el periodista que es. ¿Es una enfermedad contagiosa el periodismo de la cual resulta difícil curarse?
M. S: Depende del país en que contraes la enfermedad. Trabajé un tiempo como periodista en la Argentina, entre 1971 y 1975. Eran tiempos muy difíciles. Los periodistas eran amenazados de manera constante. Varios fueron asesinados. Muchos de los periódicos, que se decían tribunas de doctrina, censuraban la noticia, o la tergiversaban. Recuerdo que cada vez que le preguntaban a un amigo donde estaba empleado, respondía “Trabajo como pianista en un prostíbulo”. Consideraba esa tarea más digna que admitir su labor en un periódico bonaerense. Pero en Venezuela, era totalmente distinto. Trabajé en diferentes publicaciones en Caracas, entre 1975 y 1980. Nadie me corrigió una coma de mis textos. Conocí personajes como Miguel Angel Capriles, dueño de La Cadena Capriles, que eran “bigger than life.” Podría hacerse una excelente película sobre ese empresario, basada en sus Memorias de la inconformidad. Algo en el estilo de Citizen Kane. En ese libro don Miguel Angel contó sin pelos en la lengua los inescrupulosos métodos que usó para adquirir su empresa. Cuando le pregunté cómo se había atrevido a revelar tantos detalles sensacionales, me dijo: “Mira, Mario, mi intención inicial era escribir el libro, y después suicidarme. Lamentablemente, a último momento cambié de idea, y ya el libro estaba circulando”. En fin, si me preguntas qué es para mí el periodismo, te diré que es el mejor de los afrodisíacos. Afortunadamente, muchas mujeres bonitas comparten ese criterio.
E. A: ¿Se hace buen periodismo en la actualidad o, debido a Mr. Google y las redes sociales el reportero tiende a ser más perezoso para investigar in situ los hechos noticiosos?
M. S: No hay nada que ayude a crear un buen periodista. Y no hay nada que contribuya a destruirlo. Excepto si le niegan trabajo. Pero me voy a poner solemne por un solo instante: los buenos periodistas buscan la verdad. Y ese sigue siendo el más poderoso de los afrodisíacos. En todas las épocas se hace buen periodismo. Aunque las crisis contribuyen a mejorarlo. Somos como esos zopilotes que prosperan devorando carroña.
E. A: ¿Cuál ha sido su experiencia en EEUU, primero como editor para una agencia noticiosa y ahora como periodista free lance?
M. S: La labor en una agencia noticiosa es muy aburrida. Trabajé como traductor del inglés al español, primero para The United Press International, y luego para The Associated Press.  Inclusive trabajé trece años en el llamado Graveyard Shift, el turno del cementerio, de las 11:30 de la noche a las 7:00 de la mañana. Hice cualquier cosa con tal de reservar algunas horas para mi vida familiar, y para mi literatura. Prefiero, de todas maneras, el periodismo de calle. Ser reportero es para mí un absoluto privilegio. La vida es con la gente. Y también la literatura.
E. A: Desde Latinoamérica hay cierta percepción de que el periodismo que se practica en EEUU es infalible y de muy alta calidad. ¿Tiene que ver eso con la formación de la profesión o con el músculo financiero que sustentan empresas como The New York Times o The Boston Globe?
M. S: En líneas generales, se hace buen periodismo en Estados Unidos. Por supuesto, no es infalible. Ni remotamente. Tal vez falla menos que en otros países porque todavía suele respetarse la división entre la parte editorial y la parte periodística. Mi periódico preferido es The Wall Street Journal. Es el primer periódico financiero con sentido del humor. The New York Times está sobrevalorado. El desempeño que tuvo previo a la invasión a Irak fue deplorable. Algunos de sus reporteros estrellas parecían vivir en la isla de la fantasía. Y ayudaron a crear un ambiente favorable a la invasión. Fue la época en que la línea editorial se impuso a la investigación periodística.
E. A: ¿Cuáles son, a su juicio, los patrones que definen el periodismo norteamericano, si se le compara con el de Latinoamérica?
M. S: Hablando de patrones, los patrones de los periódicos latinoamericanos tienen mucho más influencia que los patrones en Estados Unidos. Creo que una diferencia notable es en la estructura de la noticia. Los artículos de periódicos norteamericanos suelen ser mucho más cortos que los publicados en periódicos latinoamericanos. La herencia española nos ha causado mucho daño. Recuerdo que en cierta ocasión leí en el diario El País de Madrid una entrevista al entonces presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero. El reportaje se llevaba más de una docena de páginas. ¡Y era Rodríguez Zapatero, no Nelson Mandela!  Hay menos solemnidad en la prensa norteamericana. En cuanto a la prensa latinoamericana, cuando no es envarada resulta aburrida. ¡Ah, y sus columnistas! En ese sentido, TalCual se salva. Aunque en los últimos tiempos ha perdido mucho de su desparpajo. Otro factor: en Estados Unidos hay menos uso del material de agencias. Tú examinas diez periódicos latinoamericanos de distintos países, y siempre traen las mismas noticias internacionales. Eso es improbable que ocurra en Estados Unidos.
E. A: ¿Qué locura es esta del espionaje cibernético que el gobierno ruso está pensando volver a la máquina de escribir?
M. S: Mira, Elizabeth: el hermano mayor nos vigila desde hace muchos años. Lo que a mí me sorprende es que ahora los gobiernos se asombren ante el espionaje cibernético. Yo abro cualquier página en el internet, y de inmediato aparecen las compras que hice por ejemplo en Barnes and Noble, con la recomendación de que haga otras compras. Y ese espionaje lo están haciendo las propias empresas que me venden la mercancía. El único consuelo que me queda es pensar es que si nos espían a todos, ya no pueden espiar a nadie.
E. A: Por cierto, este tema casi tabú de la verdad viene ahora a derrumbarse con las revelaciones de Snowden de que Washington pinchaba hasta a media Europa.
M. S: De nuevo, me asombra que alguien se asombre.
E. A: En muchos de sus artículos, a pesar de que escribe desde Nueva York, hace alusión a la situación política en Venezuela. Hay una pasión que parece hasta desmedida. ¿Por qué?
M. S: Venezuela es mi patria adoptiva. En Venezuela aprendí a escribir. En Venezuela me hice periodista. Mis amigos venezolanos nunca me abandonaron. Una universidad venezolana, el núcleo Rafael Rangel, en el estado Trujillo, se ha convertido en una generosa alma mater en que se discuten mis novelas. Nadie me trata como un musiú. Quiero devolverle a esa Venezuela que tanto amo algo de lo que me brindó. Y lo hago criticando a este horrendo gobierno que le ha caído en desgracia. Mi oración cotidiana, aunque no soy religioso es: “Dios mío, que Venezuela despierte de esta pesadilla”. Ojalá que el país pueda volver a ser un ejemplo de progreso y de convivencia para el resto de América Latina. Por ahora, con Nicolás Maduro, sólo está garantizada la tristeza y la catástrofe. Como me decía un amigo, “¡Qué lindo debe ser vivir en un país donde los militares defienden las fronteras, no sus embarques de cocaína!”



miércoles, 14 de diciembre de 2016

Las dos muertes del general Simón Bolívar: “Novela pura, gran novela en el más estricto sentido del término”


En el año 2004, publiqué la novela Las dos muertes del general Simón Bolívar, la segunda parte de la Trilogía de la Patria Boba, que incluye también Los Papeles de Miranda, y Los años de la guerra a muerte. Ya para esa época colaboraba desde Nueva York con el diario Tal Cual de Caracas, que dirigía Teodoro Petkoff. Y Teodoro, con gentileza y afecto, escribió este prólogo, que para mí constituye un enorme galardón. M.S.

                                                       Las dos muertes del general Simón Bolívar:
“Novela pura, gran novela en el más estricto
sentido del término”
Teodoro Petkoff

"No es la muerte lo que me preocupa, sino la inmortalidad, que impide a una persona descansar tranquila en su tumba”, pone Mario Szichman en boca de Bolívar, cuando éste vive sus últimas horas en Santa Marta. No necesariamente incurre el novelista en una licencia literaria. Bien pudo Bolívar haber pronunciado esa frase. Se non é vera, é ben trovatta. Nada de extraño habría sido que El Libertador, tan celoso de su gloria, intuyese que no iba a ser la suya una inmortalidad tranquila. No lo ha sido. Desde que Guzmán Blanco instaló los altares de esta religión laica que es el culto a Bolívar, en ella se han amparado algunos de los más grandes pillos y prevaricadores de nuestra historia, y, sin duda, todos los tiranos o aspirantes a tales, para cohonestar desde latrocinios hasta crímenes de lesa humanidad, escudándose tras la grandeza del caraqueño. Ciertamente, Bolívar no ha podido descansar en paz.
Sin embargo, la religión bolivariana ha producido algunos resultados inesperados para sus creadores y chamanes. Inventada como un artificio para legitimar poderes autoritarios o abiertamente dictatoriales, el mito bolivariano ha prendido en el alma popular venezolana. A pesar de que los sacerdotes de este culto han sido, por lo general, unos tipos impresentables para el venezolano del común, Simón Bolívar es casi un miembro de la familia. Se mantiene con él una relación amable, coloquial, para nada reverencial, como la que se establece con los santos patronos de las festividades religiosas venezolanas. En los altares de cultos populares como el de María Lionza, El Libertador ocupa un espacio propio, en cordial sincretismo con la Diosa, así como con el “Negro” Felipe y con Guaicaipuro. Al igual que las grandes religiones universales, la bolivariana se anida en esos pliegues del espíritu de donde la ciencia no ha podido desalojarlas, proporcionando, como aquellas, consuelo y alivio para las cuitas, no sólo políticas, de sus fieles. “Si Bolívar volviera...”, “Si Bolívar estuviera vivo...”. Por ello, así como la fe de los católicos ha sobrevivido a todos los crímenes y desaguisados que desde su Iglesia y en nombre de ella se han cometido, la fe bolivariana ha resistido todas las trapacerías y sinvergüencerías que se han adelantado colgándose de la guerrera del general.  Es la robustez popular del mito la que mantiene viva la superestructura litúrgica desde donde ofician quienes manipulan, explotan y trafican con la fe bolivariana de los humildes. Estos sepulcros blanqueados, pensaría el agonizante Bolívar, cuando filosofaba sobre la inmortalidad en la cual estaba a punto de entrar, habrían de ser los que le impedirían descansar en paz.
Desde luego que para combatir a impostores y fariseos, que juran el nombre de Bolívar en vano, no es necesario en absoluto demoler al personaje. Esa sería una empresa ociosa, estéril y contraproducente. Entre otras cosas porque su incuestionable fulgor ha sobrevivido hasta a los asaltos de los “bolivarianos”, de los “bolivareros”, de los amantes de la moneda que lleva su nombre. No era poca cosa aquel hombrecito de metro y medio, de rara tenacidad y energía, amén de una sobresaliente inteligencia y de un enorme coraje físico. Un político (lo de militar fue una necesidad accesoria, en quien comprendió que la política que pretendía adelantar sólo era viable por otros medios), de excepcionales cualidades y visión, que, como todo aquel que actúa en política, por supuesto que se contradijo a sí mismo muchas veces, porque, como todos, debía enfrentar situaciones y coyunturas cambiantes, para las cuales no existían, ni podían existir, respuestas unívocas. Su talento fue, precisamente, el de saber contradecirse, el de no aferrarse a posturas dogmáticas. Tal vez leyó a Locke: “Sólo los estúpidos no cambian nunca de opinión”.  Un político de su tiempo, a quien le tocó actuar en medio de turbulencias y tempestades terribles y tomar decisiones muchas veces atroces –que, ciertamente, mal pueden ser  extrapoladas para juzgarlas con ojos de nuestra época-, pero que, sin embargo, aún colocadas algunas de ellas contra el telón de fondo de los paradigmas de aquellos años, resultan harto discutibles. En este sentido, dicho sea de pasada, el lector venezolano tiene a su alcance trabajos esenciales para aproximarse al Bolívar de carne y hueso, que lo despojan de los atributos gargantúescos con los cuales se le ha recargado. Desde la obra seminal de Germán Carrera Damas hasta la reciente de Elías Pino Iturrieta, pasando por la de Luis Castro Leiva, no son pocas las que se han ocupado de desmistificar y desmitificar a El Libertador. Quien, por cierto, una vez reducido a su dimensión humana, nos resulta, paradójicamente, aún más grande que ese que quiere vendernos su mitología, porque en él se confunden, como debe ser, el brillo de sus luces y los abismos de sus sombras. 
Aceptarlo, entonces, como una inevitabilidad en nuestro particular panteón criollo, pero oponiéndose de plano a la utilización instrumental de su figura, sería hoy, tal vez, un criterio para darle paz a su inquieta alma. Dejarlo, al fin, en una inmortalidad tranquila, sin querer atribuirle otras virtudes que las que su época le permitía exhibir ni excusando sus debilidades, sin las cuales su condición humana sería reducida a puro misticismo. Asunto, hoy día, más pertinente que nunca, porque ya se sabe que el culto bolivariano se encuentra hiperestesiado de un modo grotesco, por una “revolución” (comillas indispensables) que procura fundarse  más sobre su figura deificada que sobre su pensamiento -del cual se hacen citas “todo terreno”, abusivamente descontextualizadas-, pero incluso falsificando o distorsionando las respuestas, tanto de pensamiento como de acción, que en su azarosa vida dio a las circunstancias  y que posteriormente sirvieron para construir el mito. Carente de pensamiento teórico, Hugo Chávez quiere hacer del Bolívar ad usum que ha fabricado, el cemento de esa quincalla ideológica que es su movimiento político, manipulando obscenamente la devoción sin pretensiones que los humildes sienten por El Libertador.
En este sentido, este libro de Mario Szichman, argentino de nacimiento, pero que se ha dedicado a querer a Venezuela, sobre cuyas gentes e historias ha escrito otros textos, constituye una notable aproximación novelística al ciudadano y general Bolívar. Nada puede ser más peligroso que hacer ficción sobre personajes que dejaron historia e historias, documentadas en miles de páginas. Se corre el inmenso riesgo de traicionar al protagonista, transformándolo en un constructo meramente ideológico, tanto para bien como para mal –y por lo general, para mal. O también se puede perpetrar una de esas horribles biografías noveladas, equivalentes a una segunda muerte de la infortunada víctima. Szichman elude ambas trampas y con indudable maestría narrativa y profundidad y agudeza discursiva, nos entrega un Bolívar que, preparándose para morir, revisa su vida sin complacencia ni autoindulgencia, dialogando con el pequeño entorno que lo rodea o consigo mismo. En la novela toda la acción está en la mente de Bolívar y en las reflexiones que comparte con el reducido grupo de sus interlocutores en San Pedro Alejandrino. Hay una suerte de técnica cinematográfica, de sucesivos flashbacks, que van llevado a Bolívar hacia atrás en su vida, en una incesante seguidilla de recuerdos y densas meditaciones alrededor de ellos.
Cuando Perú de Lacroix le pregunta qué diferencia hubo entre la barbarie de Boves y el “rigor en el trato al enemigo” que dispensaban los patriotas, antes de responderle Bolívar se hunde en su pensamiento. “Es cierto, prácticamente cada acto cometido por Boves ha tenido su remedo en algunos de los nuestros. ¿Que Boves mató a ancianos, mujeres y niños? ¿Y qué hizo el coronel patriota Campo Elías cuando llegó a Calabozo? Una cuarta parte de la población fue pasada a cuchillo porque se declaró realista. ¿Saqueos? Los nuestros superaron en ocasiones a los cometidos por los Infernales de Boves. ¿Atrocidades? El Diablo Briceño ascendía a sus soldados según las cabezas de godos que cortaban. Quien le traía veinte cabezas era designado alférez. Con treinta cabezas se conseguía el rango de teniente. Con cincuenta, el de capitán. Entonces ¿qué nos diferencia de Boves?”
Ante la insistencia de quien habría de ser su más fiel cronista, Bolívar reflexiona en voz alta: “¿Quiere un consejo, don Luis? Nunca consulte historias de pueblos famosos. Nada va a ganar leyendo a Tácito. Si quiere descubrir el poder desnudo, libre de las trampas de la retórica, estudie la historia de pueblos desconocidos, nuestra historia. Una historia que creamos, redactamos y reinventamos cada día con impunidad. ¿O cree que algún Guizot se va a tomar el trabajo de viajar hasta estas playas para confirmarla? Decenas de brutos con copiosos apellidos ocupan el centro de la escena, cometen atrocidades, y son relevados por otros bárbaros con apellidos dispensados en alguna parroquia que cometen atrocidades peores”.
Pero, de Lacroix no se conforma y repite: “Tiene que haber una diferencia”. “Claro que la hay” dice el moribundo, “La diferencia es que nosotros ganamos y que Boves perdió”. Y un Bolívar que viene de regreso de todo, remata implacablemente: “¿De dónde sacó la idea de que los buenos siempre terminan derrotando a los malos? Los buenos son una corrección tardía. Los buenos son la gente mala que llega al poder”.
Nuestra guerra de independencia no puede haber sido nada muy diferente a lo que Szichman recrea en cabeza de Bolívar.  “El tiempo está detenido en polvorientas sequías que preceden a lluvias interminables”. “En ese paisaje invariable es posible elevar un catastro de nuestros distintos tipos de desaliento. Basta analizar a qué distancia botamos nuestras armas, en qué sitio decidimos comernos a nuestros caballos, en qué momento las espuelas fueron desuncidas de nuestros talones y comenzaron a ser blandidas en los puños para zanjar disputas. Y de la misma manera que el perro sigue las huellas del excremento del león, las huestes de Boves siguen la pista de nuestra disentería para acosarnos en la fuga”. “La sed es tan grande que los soldados deben beber en zanjas donde hay soldados y caballos muertos. Y las batallas son siempre imprecisas. Ese es el problema con la guerra de exterminio. No hay victoria ni derrota. Sólo cuando un ejército puede hacer una ecuación entre muertos y cautivos empieza a tener una idea de todo lo que le falta por alcanzar...Sin rendición en masa nunca habrá esperanzas de victoria. Y ese fue mi error durante la guerra a muerte. No podíamos calcular el número de presos, ni darles ilusiones a los godos...ofrecerles algo a cambio de su perverso orgullo...La única circunstancia afortunada fue que el imperio español, en su destructiva grandeza, creyó que éramos inferiores”.
En ese viaje hacia el fondo de sí mismo, como en una película en la cual cada secuencia se va disolviendo en la que la precede cronológicamente, Bolívar se reencuentra con los episodios más trágicos y turbios de su peripecia personal, aquellos que involucraron a Francisco de Miranda y a Manuel Piar, que siente necesario explicar, y explicarse a sí mismo, como producto de una suerte de raison d́'Etat, pero, al mismo tiempo, los remordimientos por la entrega de uno y el fusilamiento del otro, no dan descanso a su alma atribulada. ¿Los tuvo realmente Bolívar o ya cuando agonizaba se le habían borrado de la mente? Imposible saberlo, pero el monólogo interior alrededor de los dos personajes de sus tormentos es tan persuasivo que nadie podría afirmar tajantemente que tal cosa nunca pasó por su cabeza. Del mismo modo, de qué hablaron Bolívar y San Martín, en Guayaquil, nunca se supo. Ninguno de los dos dejó acta de esa conversación. Sin embargo, Szichman inventa un diálogo tan absolutamente verosímil que cuesta trabajo imaginarlo pura ficción. Porque un gran atributo de este libro, finalmente, es que aún basado en hechos ciertos y corroborados, lo que Bolívar piensa y dice de ellos, lo que elabora en torno a ellos, a través del escritor, es novela pura, gran novela, en el más estricto sentido del término. Mario Szichman nos ha dado un texto del cual se guardará memoria. 

Caracas, 21 de mayo del 2004

En fecha reciente, la editorial Catalá/Centauro Editores, lanzó la segunda edición impresa de Las dos muertes del general Simón Bolívar. La versión digital de la novela se puede obtener en los siguientes outlets: Amazon; Barnes & Noble; Powell’s Books; Books-A-Million; Ingram; Baker & Taylor; NACSCORP; y Bookazine, entre otros.

domingo, 27 de diciembre de 2015

León Tolstoi: modelo para armar



Mario Szichman




     Cuando escribí mi trilogía de la patria boba, revisé muchas biografías, especialmente de Francisco de Miranda y de Simón Bolívar. Sigo pensando que sobresalen las escritas por William S. Robertson, en el caso de Miranda, y las de Salvador de Madariaga e Indalecio Liévano Aguirre cuando se trata de Bolívar. Sin embargo, el motor de los relatos, la percepción de los personajes está dado por el libro Tolstoy and the Genesis of War and Peace, de Kathryn Beliveau Feuer (Cornell University Press, Ithaca, 1996).
     ¿Qué tienen que ver los personajes de la novela de Tolstoi con aquellos que participaron en la gesta libertadora de la Gran Colombia? Prácticamente nada. Ni siquiera coinciden la geografía, o su pasado. Solo comparten la cronología.
     Napoleón Bonaparte invadió Rusia en junio de 1812. La guerra patriótica comenzó en la Gran Colombia por la misma época. Pero, más allá de discrepancias culturales, históricas, políticas, de lenguaje, de costumbres, de mitos, el ser humano se guía por similares pasiones. Todavía las palabras del judío Shylock en El mercader de Venecia, resuenan con la misma veracidad que cuando Shakespeare las puso en el papel: “¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no se alimenta de la misma comida, no es herido por las mismas armas, no está sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no nos reímos?, Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos?”
     Mis personajes, nacidos en Caracas, en Apure, o en Bogotá, o inclusive en diferentes pueblos de España, no necesitaban ser judíos para padecer aflicciones humanas, acceder a los buenos sentimientos, o planear terribles, excesivas venganzas cuando se sentían ultrajados. ¿Y dónde están mejor reflejados esos arrebatos que en los seres que habitan La guerra  la paz?
     Feuer reveló cómo el proceso creador de Tolstoi avanzaba desde un simple concepto a una idea desarrollada, y luego, a la creación del personaje que podía revestirla de carne y hueso. Por ejemplo, en su cuaderno de trabajo, el novelista mencionó a Mijail Speranskii, un estadista ruso que trató de inculcar ideas liberales a Alejandro Primero, el absolutista zar de todas las Rusias, y pagó cara su osadía, pues fue enviado al exilio.
     “Él aparece ante Speranskii, y cree que toda la sabiduría reposa en su figura”, escribió Tolstoi en uno de sus cuadernos. ¿Quién es el ser que aparece ante Speranskii y tiene tan alta opinión del personaje? En ese momento, Tolstoi lo ignoraba. Era suficiente que el estadista representara un ser valioso, noble. Recién después de muchos avatares, Tolstoi diseñó al príncipe Andrei, uno de los protagonistas de la novela y armó la escena del encuentro con Speranskii.
     Para Tolstoi, los personajes eran maleables como la arcilla. En uno de sus primeros borradores, quien mostraba éxtasis por Speranskii era Boris Zubstov, un actor menor. Luego, Tolstoi hizo algo más con Boris Zubstov: lo eliminó. “El carácter denominado Boris comenzó su complicada evolución”, señaló Feuer. Dicha evolución concluiría en la versión final con la parcelación en dos personajes: Boris Dubretskoi, por un lado, y Andrei Volkonsky por el otro. Pero en el medio, solo existía el príncipe Volkonski. Recién mucho después Tolstoi le añadiría al príncipe su hijo Andrei, quien junto con Pierre Bezujov carga sobre sus hombros el peso de la novela.
    Eso llevó a otra mutación, por simples motivos de balance narrativo. El primer Boris Dubretskoi era un “admirable y honorable joven”. El Boris definitivo está caracterizado por “la hipocresía y por una desagradable reserva”.
    Los sucesivos cambios en el temperamento de los héroes de La guerra y la paz también van reajustando sus edades –algunos se hacen más jóvenes, o devienen más importantes, o inclusive varían sus posiciones políticas. Y destaco ese aspecto porque en ocasiones, algunos protagonistas empiezan a aferrarse al autor y se convierten en una carga muy pesada que puede desbaratar el andamiaje narrativo. Tolstoi exhibía una gran flexibilidad a la hora de lidiar con hombres y mujeres. Para él lo más importante era la narración, y no dudaba un solo momento en librarse del lastre de un individuo que intentaba estorbar la trama.
    Otra “mancha temática” imposible de eludir en la novela es el mito napoleónico, el increíble ascenso de un simple teniente de artillería al rango de emperador de los franceses, no por heredar un trono, sino gracias a sus conquistas militares. Napoleón también fomentó el mito del súper héroe, capaz de conducir a la muerte a un millón de hombres, sin sobrellevar culpa alguna.
     Tolstoi despreciaba a Napoleón, pero por las razones equivocadas. No podía aceptar que un arribista hubiera llegado a controlar el destino de Europa. Y en algunas descripciones que hizo del gobernante francés, le resultó casi imposible ocultar su desdén. Pero como era un narrador, no un ensayista, se vio obligado a analizar el mito y a simbolizarlo en seres humanos. Tres de sus protagonistas quedaron prendados de esa ambición napoleónica. ¿No era excesivo? ¿No era mejor mostrar los contrastes, la variedad en los sentimientos? Por lo tanto, Tolstoi despojó de la ambición napoleónica a uno de sus personajes, Fiodor–Nicolai, y la acentuó en Andrei Bolkonski, y en Pierre Bezujov, sus protagonistas y rivales a nivel intelectual y sentimental.
    Según señaló la autora de Tolstoy and the Genesis of War and Peace, el novelista continuó alterando las emociones que asignaba a cada uno de sus caracteres, así como sus sentimientos, mostrando la autoridad y al mismo tiempo la incertidumbre de un director de escena.
     Ese recurso me resultó muy útil al trabajar novelas históricas. Tanto en Las dos muertes del general Simón Bolívar como en Los años de la guerra a muerte, traspasé inquietudes de unos personajes a otros. Por ejemplo, ciertas impaciencias de Simón Bolívar terminaron atormentando las noches de Antonio Nicolás Briceño, “El Diablo” Briceño, quien redactó el primer decreto de guerra a muerte contra los españoles. A diferencia de Bolívar, que se halla atiborrado de biografías, y cuenta con un anecdotario interminable, “El Diablo” Briceño no ha sido reseñado con amplitud. Su participación en la guerra concluyó en 1813, a los 31 años de edad, cuando fue fusilado por los españoles. Y su fama, además del decreto a guerra a muerte, se basa en su plan de ofrecer ascensos militares a cambio de las cabezas segadas al enemigo (“El soldado que presentare veinte (cabezas) será ascendido a Alférez vivo y efectivo; el que presentare treinta, a Teniente, el que, cincuenta, a Capitán; etc.”), y en sus sangrientas represalias.        Un día ordenó apresar a dos octogenarios españoles, y envió una de sus cabezas a Bolívar, acompañada de una carta donde la primera frase estaba escrita con la sangre del asesinado, y la otra al coronel Manuel del Castillo y Rada, segundo jefe de las fuerzas de la Unión Granadina, y comandante de la caballería de Venezuela.
     Un ser humano tan especial merecía que Bolívar le donara parte de su feroz temperamento. (No existen grandes hombres a bajo precio, decía Balzac).
     Otro elemento que destaca en Tolstoi y es difícil hallar en novelistas de su época, es su desprecio por el romanticismo. No solo estaba presente el mito napoleónico a la hora de narrar, sino también la leyenda de la Revolución Francesa. Era difícil aceptar que seres de carne y hueso con terribles fallas, hubieran trastornado la historia de Europa. Solo en las últimas décadas se ha comenzado a aceptar que la mayoría de ellos eran anodinos, triviales y muy sanguinarios.
     Como señalé en un previo post, en 1867 el ensayista alemán Heinrich von Sybel, publicó su “Historia de la Revolución Francesa”, reseñada en The Saturday Review. (21 de marzo de 1868). Hay un párrafo de la reseña dedicado a un aspecto de la Gran Revolución que no suele ser analizado: la profunda vulgaridad de sus protagonistas. Algunos de ellos eran directamente rufianes. Y otros, que posaban como seres civilizados en sus hogares, se transformaban en monstruos de maldad al pisar la arena pública.
     Von Sybel dijo que la Gran Revolución abrió las compuertas para concretar “ocasiones de causar daños, de las cuales no existían precedentes”.  Los jefes revolucionarios no tenían grandeza, “ni para el bien ni para el mal”, señalaba von Sybel. 
    Más allá de la soberbia de algunos individuos, los líderes del proceso cometieron errores y excesos propios de enfermos mentales. Muchos de los crímenes de la Gran Revolución podrían haber sido evitados, dijo von Sybel, “con un normal sentido común, y con una virtud muy ordinaria”. Lamentablemente, en ambos lados del espectro político, solo reinó la “insolencia, la violencia, y la codicia”. La Gran Revolución no solo abrió las compuertas para avanzar en la defensa de los derechos del hombre; también sirvió como catalizador para lucrar con la desgracia ajena. “Los seres más vulgares quedaron asombrados de su éxito”, dijo el autor. Como resultado, se “multiplicaron los crímenes y los errores”. Se creó una vida pública, y otra secreta: la vida pública del heroísmo; la vida secreta del latrocinio.[i]

EL LUGAR COMÚN

     Tolstoi sabía que no hablamos, sino que somos hablados. Basta ver el comienzo de La guerra y la paz, donde un grupo de aristócratas discuten la política napoleónica en base a frases hechas. No hay un solo pensamiento original, hasta que irrumpe Pierre Bezujov, como un elefante en un bazar, y plantea premisas inquietantes, que nadie desea discutir. Además, Pierre está a punto de heredar una enorme fortuna, y algunos de sus oyentes se muestran más interesados en investigar la posibilidad de casarlo con alguna de sus hijas. Eso es de un gran narrador. En lugar de expresar grandes ideas, Tolstoi muestra el ajuar con que se disfrazan los personajes de un milieu social o su manera de enunciar pensamientos prestados.
     Otro aspecto del libro de Feuer que ayuda mucho a entender la creación de La guerra y la paz y también a quienes desean seguir la huella de Tolstoi, es verificar que en ocasiones, la complejidad de un personaje, lejos de profundizar la narración, la hace impenetrable. En uno de sus primeros borradores Nikolai Rostov, hermano de Natasha, la gran heroína de la novela, aparece como un complejo hombre de mundo. Una de las notas de Tolstoi, dice: “El joven húsar partió de su hogar, a la luz de la luna, para encontrarse con su primera mujer”.       Feuer supone que cuando Tolstoi tomó los apuntes, Nikolai era una figura sin importancia. El escritor estaba mucho más interesado en otro personaje, Boris. Pero, a medida que avanzaba la narración, el episodio de Nikolai con la prostituta, y luego su sueño, donde se alternaban sus sentimientos de virilidad, con la culpa y el remordimiento, se convirtió en una incomodidad. El escritor descubrió que Nikolai daba para más. Podía convertirse en el amante de la princesa Maria, hermana de Andrei Volkonski, una mujer sin atractivos físicos, pero de una deslumbrante espiritualidad. Y en ese caso, para preparar la transformación de Nikolai, era ineludible despojarlo de su complejidad. Un hombre mundano no podía ser el compañero de la princesa María, se requería un hombre que compartiera su candor. Tolstoi no era un mojigato, pero como gran narrador, era leal con sus lectores. Y los lectores podrían disgustarse con un personaje que no fuese de una sola pieza. Por lo tanto, Tolstoi despojó a Nikolai de toda experiencia sexual. “Y aunque no poseía las cualidades espirituales de la princesa María, podía ser un esposo adecuado para ella, debido a su inocencia y sinceridad”, señaló Feuer.
     El libro de Feuer es excepcional en el territorio de la crítica literaria. Es de lamentar que cuenta con escasos equivalentes. Me imagino que de haber contado con un volumen parecido explicando la “cocina literaria” de Dostoievski en Crimen y Castigo, o en Los Poseídos, ese texto hubiera cumplido el mismo propósito a la hora de narrar al Libertador o Francisco de Miranda desde la primera persona, o al describir la guerra a muerte desde la tercera persona. La narrativa muy difícilmente sea creada desde la nada. Demasiadas memorias de los muertos pesan sobre la imaginación de los vivos, desde anécdotas, fábulas y leyendas, hasta mitos que cada cultura hace florecer. El germen siempre está presente, las ideas abundan. Lo más difícil no es la construcción de un texto, sino su ensamblaje. Tolstoi dejó numerosos testimonios de su creación. Y Feuer realizó un eximio trabajo mostrando las líneas seguidas por el narrador, para culminar en esa incomparable novela.
     Es raro encontrar ensayos literarios donde se exterioriza con tanta nitidez no solo la obra en sus diferentes progresos, sino también el atajo, la manera de eludir evitables errores. Gracias a todos los tropiezos que encontró Tolstoi en su camino, y que Feuer logró detectar, la tarea del creador puede llegar a ser más fructífera. Por supuesto, es imposible resolver qué método es el mejor para escribir. Pero un libro como el de Feuer demuestra que conviene construir una vivienda a partir de los cimientos, nunca desde el techo.





[i] “Mientras la humanidad siga otorgando más aplausos a sus destructores que a sus benefactores, la sed de gloria militar será siempre la depravación de sus personajes más enardecidos”. Edward Gibbon. History of the Decline and Fall of the Roman Empire.