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miércoles, 13 de septiembre de 2017

Solo podemos discernir los amores imposibles


Mario Szichman

“Toda la vida es una tentación prolija”.
Libro de Job. 7,1



Stendhal

Nunca logramos descifrar el rostro de la mujer amada. Al menos mientras la cortejamos. Y en el momento en que dejamos de amarla, se desvanece el semblante con que soñábamos y recupera sus rasgos humanos.   
El problema con el amor, según Stendhal, es que requiere al menos cuatro pasos para su cristalización. Si consta de apenas dos momentos, solo predomina la pasión seguida a veces del odio. Cuando eso ocurre, es a veces imposible separar a los contrincantes.
Stendhal, era un enamorado del amor. Además de sus novelas Rojo y Negro, La Cartuja de Parma, y Armance, todas ellas dedicadas a reseñar los encuentros y desencuentros de amantes, escribió  Del Amor, un ensayo basado en su devoción por la condesa Mathilde Dembowska, durante su residencia en Milán.
Ese fervor de Stendhal por la condesa, como suelen decir en estas tierras, fue “unrequited” no correspondido. Sin embargo, Stendhal, no precisamente un galán, pero sí un excepcional pensador, respondió al rechazo como un intelectual. En lugar de alojarse un balazo en la cabeza, decidió analizar fríamente en qué consistía la pasión amorosa.

FOGOSIDAD Y DEMENCIA


En su trabajo The Guilty Mind (1955), John Biggs, un juez que era enemigo de la pena de muerte, y creía en medidas humanitarias para tratar al criminal, señalaba la discrepancia entre el asesinato “comercial” y el crimen pasional. El primero, decía Biggs, era difícil de descubrir y casi imposible de castigar. Citaba para ello la ciudad de Chicago durante la época de la Prohibición. De más de setecientos homicidios cometidos por asesinos profesionales, se logró condenar a menos de diez. Pero en el crimen pasional los perpetradores “eran capturados y sancionados con facilidad”.
El crimen marcado por “una pasión avasallante” opera desde una galaxia diferente. Biggs citaba un estudio de E. H. Sutherland donde se analizaban 324 casos de mujeres asesinadas por sus esposos, sus padres, sus hermanos, sus amantes o sus pretendientes.
La reacción de la prensa y del público en esos casos era exigir la aplicación de la pena de muerte. Se suponía que era una buena manera de disuadir a los homicidas. Biggs rechazaba esas propuestas basándose en fuentes policiales y de la fiscalía de varios estados norteamericanos.
Cuando un hombre está cegado por la pasión, decía Biggs, no vacilará en matar al ser amado, sin importarle si lo condenarán a cadena perpetua o morirá asado en la silla eléctrica.
Un miembro de la oficina del fiscal de Filadelfia informó a Biggs que había procesado muchos casos de homicidio de cónyuges. En cada uno de los casos, “el asesinato se hubiera llevado a cabo inclusive si un policía hubiera estado presente para evitarlo”.

LA CRISTALIZACIÓN

La misión de entender la pasión parece imposible, como lo demuestran los tratados del amor escritos a lo largo de los siglos, inclusive esa joya que es El arte de amar, de Ovidio, (“Yo me someteré al amor, aunque me destroce el pecho con sus saetas y sacuda sobre mí sus antorchas encendidas”). Pero Stendhal poseía herramientas flamantes. Era un heredero de la Revolución Francesa, un místico de la ciencia, y un escéptico de todo aquello que los beatos consideraban inexplicable. Además, como buen romántico, desdeñaba el romanticismo.
Su primera hipótesis era que el amor borraba toda falla en el ser amado. Más aún, existía en el amor una cualidad especial: cada imperfección del ser amado acentuaba su perfección.
El proceso de cristalización elaborado por Stendhal se caracteriza por transfigurar atributos desdeñables de un nuevo amor en una especie de relucientes diamantes.
 “Aquello que llamamos cristalización”, decía Stendhal, “es una operación mental. Consiste en descubrir que el objeto amado posee nuevas perfecciones”.
Un psicoanalista moderno hubiera dicho que para Stendhal, la perfección marchaba de la mano de la degradación, pues atribuía  las cualidades del ser amado a faltas imputables a la perversión.

LA RAMA DE DIAMANTES

Stendhal descubrió el fenómeno de la cristalización en el verano de 1818, cuando viajó a las minas de sal de Hallein, cerca de Salzburgo, con su amiga y socia, la señora Gherardi.
“En las minas de sal, cuando se acerca el final del invierno”, contó Stendhal, “los mineros suelen arrojar ramas sin hojas en uno de los yacimientos abandonados. Dos o tres meses más tarde, a través de los efectos de las aguas saturadas con sal que humedecen las ramas, y que luego se secan al retirarse el agua, se pueden encontrar troncos cubiertos con brillantes depósitos de cristales. Cuando el sol brilla y el aire está seco, los mineros de Hallein aprovechan la ocasión para ofrecer esas ramas tachonadas de brillantes a los viajeros que se aprestan a descender a las minas”.
En uno de los viajes a uno de los yacimientos de sal, Stendhal y la señora Gherardi fueron presentados a un joven oficial de Baviera, quien luego se unió a la compañía. Stendhal advirtió que el oficial había quedado violentamente enamorado de la señora  Gherardi. Inclusive, había cierto grado de locura en las palabras que pronunciaba el oficial, como cuando describió al escritor las perfecciones que adornaban a la dama.
Para Stendhal, que conocía bien a la señora Gherardi, y nunca la había observado a través de la ceguera amorosa, tales perfecciones eran imaginarias.  El escritor comprobó que el militar estaba más prendado de los defectos que de las cualidades de la señora Gherardi.
Por ejemplo, comenzó a elogiar una de las manos de la dama, aunque esa mano había sido afectada en la infancia por la viruela, era de color marrón oscuro y estaba marcada por hoyos.
“¿Cómo puedo explicar lo que veo?” se preguntó Stendhal.  “¿Dónde puedo encontrar una comparación que ilustre mi pensamiento?”
En ese momento, la señora Gherardi estaba jugando con una rama cubierta de cristales de sal que los mineros le habían regalado. El sol brillaba, y los diminutos prismas de sal relucían como finos diamantes.
Fue en esa ocasión que Stendhal elaboró su concepto de cristalización mental, y se lo explicó a la señora Gherardi. La mujer, que  no estaba cegada por el súbito enamoramiento del oficial, contempló la situación con calma y cierto desdén.
Stendhal empleó la amabilidad de una Celestina, para explicar a la señora Gherardi  las razones del enamoramiento del oficial.
“El efecto causado en ese joven por la nobleza de sus facciones italianas, y por esos ojos que jamás había visto antes”, dijo el escritor, “es precisamente similar al efecto de la cristalización en esa pequeña rama que usted sostiene en sus manos, y que considera tan bella. Despojada de sus hojas en el invierno, no es precisamente deslumbrante. Solo cuando la cristalización de la sal cubre sus blancas ramitas con una multitud de relucientes diamantes, solo entonces pueden verse como realmente son”.  Y añadía, “La rama es una fiel representación de usted, tal como la observa la imaginación del joven oficial”.
Stendhal también había quedado prisionero del delirio. En el preciso momento en que alguien se interesa de manera romántica por una persona, concentra su atención en los ojos del deseo. Es obvio que se trata de una ilusión óptica, monopolizada por el amante en ciernes, y por nadie más.
El mismo tipo de razonamiento romántico —nada menos que en un escritor que usaba como modelo literario el Código Napoleón, cuya esencia era la aridez–, permitió a Stendhal describir “el nacimiento del amor”, tras compararlo con un proceso similar a un viaje a Roma. En esa analogía, Bolonia representaba la indiferencia, y Roma, el amor perfecto.
“Cuando estamos en Bolonia”, decía en su tratado, “somos totalmente indiferentes. No nos preocupa admirar de manera particular a una persona de la cual, quizás algún día, estaremos locamente enamorados”.
Por lo tanto, en Bolonia, era imposible comenzar la cristalización. Al iniciarse la travesía, se desvanecía el amor. ¿Cómo reconstruirlo? Había cuatro pasos a lo largo del viaje. Comenzaba con la admiración. Uno se maravillaba ante las cualidades de la persona que deseaba enamorar. Enseguida venía el reconocimiento.
El potencial enamorado reconocía el placer que le causaba haber elegido el amor de un ser especial. Luego venía la esperanza de conquistar el amor de una mujer, y finalmente, el deleite. Un deleite que no consistía en amar a una mujer hermosa, sino en exagerar la belleza y el mérito de la persona cuyo amor era necesario conquistar.
En definitiva, Stendhal sugería que nadie se enamoraba de un ser humano, sino de los defectos transformados en atributos.


El grande entre los grandes Jim Thompson debió haber leído la mente de Stendhal cuando escribió la novela Savage Night. (1953). El protagonista, Charles Bigger, escuda su rostro detrás de gruesos lentes, dentadura postiza, una peluca, y zapatos con plataforma.
Enviado por un jefe mafioso a una pequeña población de Peardale, Nueva York, para librarse de un compinche, Charles Bigger encuentra la cristalización del amor en una dama con una pierna más corta que la otra. Se trata de una ceguera compartida por dos seres marginales. Ya la escena en que hacen el amor es aterradora.
Tal vez el amor de los seres educados era imposible en la prolífica imaginación del novelista. Pero existe sin embargo una franqueza, una pasión innegable. Claro, los resultados no siempre son aceptables.  Pero hay atavismos que el ser humano no ha superado. Los celos, la fogosidad sexual acompañada de daño físico, figuran entre los más prominentes. Y Big Jim tenía que aceptarlos y describirlos. Nunca creó dramas. Pero sí grandes tragedias.





miércoles, 7 de enero de 2015

¿Dónde termina el plagio y comienza la creación?


Mario Szichman
“Los seres humanos
 padecen vidas
de tranquila desesperación”.

Henry David Thoreau
                                     


Muchas veces somos prisioneros de palabras o frases hechas que absorbemos en la adolescencia. Stendhal solía decir que la palabra inspiración había arruinado los primeros años de su carrera como escritor. A causa de esa insidiosa palabra, señalaba Stendhal en sus Recuerdos de egotismo, había pasado una década entera sin producir.
Me encanta el desprecio que tanto Alfred Hitchcock como Jorge Luis Borges mostraban por la inspiración. Hitchcock contaba que uno de sus amigos tenía en su mesa de luz una libreta de apuntes y un lápiz para registrar todos los pensamientos que se le ocurrían cuando descansaba. En cierta ocasión, el amigo tuvo un sueño muy sugerente. Semidormido, lo anotó en su libreta de apuntes. Al día siguiente, revisó lo que había escrito. Decía: “Un hombre conoce a una mujer”.
Cuando entrevisté a Borges, en 1975, también mencionó un acto de inspiración. Lo recordaba con enorme nitidez: el día, la fecha y la hora. Le pregunté arrobado en qué había derivado ese “flash”. Borges me respondió: “En nada. Era una tontería”.
Las artes de la narración, ya se trate del cine, el teatro, el cuento o la novela, se nutren de toda clase de motivos. Pero el principal, creo, es lo que podría calificarse de “literatura comunal”, especialmente las leyendas. Algunos escritores sacan más provecho que otros de esa fuente. Robert Louis Stevenson descolló en todos los géneros: en la literatura infantil, en la literatura para adultos, en el cuento, en la poesía, y dejó que otros se encargaran de la inspiración y de sus resultantes traspiés. En el caso de Stevenson, su más famoso saqueo –que el mismo admitió–  ocurrió durante la escritura de La isla del tesoro. ¿Cuáles fueron las fuente de ese texto? En su ensayo My First Book Stevenson enunció varios. El comienzo de la novela, cuando el pirata Billy Bones llega a la posada Admiral Benbow, fue “levantado” de Wolfert Webber, un texto de Washington Irving. El héroe adolescente, Jim Hawkins, proviene de Peter the Whaler, escrito por W. H. G. Kingston. La isla desierta, y su habitante, el naúfrago Ben Gunn, fue un préstamo que Stevenson obtuvo “del bravo Ballantyne” autor de La isla de coral. El tesoro enterrado, y el mapa, fueron obtenidos en otro relato de Washington Irving que integraba el volumen Tales of a Traveller. El loro del magnífico John Silver, uno de los grandes villanos de la literatura universal, perteneció primero a Robinson Crusoe. El acoso a la empalizada en La isla del Tesoro fue otro préstamo, adquirido de Masterman Ready, una novela  de Frederick Marryat. Y el poste indicador, con la figura de un esqueleto, así como las instrucciones en código, provienen de El escarabajo de oro, de Edgar Allan Poe.
Stevenson confesó en My First Book que “nunca el plagio llegó tan lejos” como en su elaboración de La isla del tesoro. Pero algo falta en esa confesión. El ensayista británico John Sutherland, un experto en literatura victoriana, dice que Stevenson nunca mencionó una influencia mucho más directa.
Entre los amigos del escritor figuraba Alexander Hay Japp, asesor literario de varias editoriales londinenses, y amigo de James Henderson, dueño y editor de un semanario para niños, Young Folks. Japp llevó a Henderson buena parte del manuscrito de La isla del tesoro, junto con una sinopsis del resto de la novela. Henderson quedó muy satisfecho con el manuscrito, y ofreció a Stevenson publicarlo como un folletín por entregas. 
Si bien el novelista confesó sus “plagios”, nunca mencionó una novela que tuvo gran influencia en su creación: Billy Bo’swain, de Charles E. Pearce.
Sutherland dice que James Henderson, el editor de Young Folks, quería que el relato de Stevenson se ajustara a las demandas de su publicación. Con ese motivo, le envió ejemplares del folletín por entregas Billy Bo’swain.
Robert Leighton, novelista y editor literario del periódico The Daily Mail, trabajó como asesor de Henderson en Young Folks por la época en que Stevenson envió su manuscrito, y fue testigo del despacho de la novela de Pearce. El propósito era “indicar el tipo de narración destinada a los lectores de Young Folks”. Años después de la muerte de Stevenson, Leighton comentó en una revista literaria que la novela de Pearce contaba también “con un mapa y un tesoro enterrado, en tanto el plan y la construcción eran similares”.  
Tres décadas después del fallecimiento de Stevenson, John A. Steuart, uno de los primeros biógrafos del escritor escocés, entrevistó a Pearce, el presunto precursor de La isla del tesoro. Pearce respondió con mucha elegancia a las preguntas de Steuart. “Como autor de Billy Bo’swain”, señaló, “nada puedo decir, porque no sé nada. Es bastante cierto que los materiales usados en ambos relatos son muy similares: un motín, un texto cifrado, un barco abandonado, una isla, un tesoro. Pero después de todo, tales materiales eran propiedad común. Provenían de El escarabajo de oro, de Poe”.
Sutherland dice que hubo dos manuscritos de La isla del tesoro, el que Stevenson envió a través de Japp a las oficinas de Young Folks, y luego el definitivo, revisado por Stevenson tras leer Billy Bo’swain.
Según Pearce, Stevenson tomó su novela como guía, reescribió los primeros capítulos,  y le dio una nueva estructura. Pero si bien eso corrobora la idea de que Pearce tuvo influencia en la confección de La isla del tesoro, la sospecha de plagio se desvanece al comparar ambos textos. Como indica Sutherland, “Stevenson escribía muchísimo mejor que Pearce, y el protagonista de Billy Bo’swain no puede ni remotamente cotejarse con la dominante presencia de Long John Silver”.
Tal vez una de las fórmulas más persistentes del fracaso es la necesidad de ser original. En un post anterior comenté la elaboración de The Killer Inside Me, la obra maestra de Jim Thompson. Lion Books le entregó a Thompson  una sinopsis. Era la historia de un corrupto policía neoyorquino que cometía crímenes. El narrador se limitó a trasladar la acción de Nueva York a Texas. Con esa sola acción –acompañada de su genio– Thompson, además de alterar el panorama de su héroe, trastornó buena parte de la narrativa norteamericana.
En ocasiones, los restos marchitos de cosechas extrañas logran extraños reverdecimientos cuando un gran artista altera las reglas del juego. El libro de Pearce que tuvo influencia en La isla del tesoro, parece ser en la actualidad una buena pieza de museo, apta para scholars. En cambio, el libro de Stevenson, sigue maravillando a niños y adultos de todas las épocas desde su publicación. ¿Qué insufló el narrador en esa novela, una de las escasas consideradas como perfectas por el canon literario?
Reviso el epígrafe del artículo, supongo que ahí está la clave. Stevenson admiraba mucho a Thoreau, al mismo tiempo creía en la magia de lo que está más allá del horizonte. No conozco un solo texto de Stevenson, inclusive aquellos tan trágicos como Doctor Jekyll y Mr. Hyde, o Markheim, o The Body Snatchers, donde escasee el germen de la vida, o la chispa de alguna posible felicidad. Stevenson, un enfermo crónico que falleció a temprana edad, nunca aceptó que los finales desdichados eran más trascendentes que los finales felices. Se rehusó a aceptar que la misión del ser humano es sufrir el infierno en la tierra. Creo que su tarea, en su fugaz paso por este planeta, fue ofrecer esperanzas a esos seres humanos que padecen la vida con tranquila desesperación.


miércoles, 4 de diciembre de 2013

¿Sirven para algo los libros impresos?




Mario Szichman

En mi tableta electrónica tengo en estos momentos doscientos once volúmenes. Digo volúmenes y no libros porque en esos tomos están las obras completas de Balzac, Dickens, Dostoievski, Tolstoi, Alejandro Dumas, Robert Louis Stevenson, Edgar Allan Poe, Anton Chejov, Julio Verne, Mark Twain, Gogol, los cuentos completos de Kafka, de Flannery O´Connor, A la búsqueda del tiempo perdido, de Proust, y las Memorias de Chateaubriand y de Saint Simon, entre otros textos. Sólo Balzac, Dickens, Alejandro Dumas y Julio Verne se llevarían el espacio correspondiente a unos cuatrocientos libros. En cambio, todo eso está guardado en una tableta apenas más grande que un paperback.
Recuerdo un ensayo de Somerset Maugham donde hablaba de los problemas que tenía para viajar en barco. Los problemas no eran sus maletas sino los libros que llevaba en sus duffle bags, y que entorpecían su traslado.

LA NUEVA ERA

En líneas generales, detesto los inventos modernos, especialmente cuando se trata de cocinar o de preparar café. Pero dos de ellos me resultan indispensables: la cámara fotográfica digital y los libros electrónicos. No puedo creer que desde Daguerre hasta aproximadamente el año 1985, un fotógrafo ignorase si había tomado una foto buena o mala, y tuviese que esperar varias horas o días el dictamen del revelado. En la actualidad podemos tomar foto tras foto, revisar qué tal salieron, desechar aquellas que no nos gustan, y seguir oprimiendo el disparador hasta quedar satisfechos. E inclusive si las fotos no han salido muy bien siempre están los programas de computadoras que corrigen el color, el contraste, el brillo, hacen desaparecer ojos enrojecidos, como los de lobos acechando en la oscuridad, y anulan partes desagradables, especialmente al nivel de la cintura.
Aquí voy a hacer un aparte, algo que permite el blog, y prohíben en las salas de redacción. He descubierto que las máquinas fotográficas tradicionales son mejores que las digitales a la hora de crear suspenso en una novela, y desempeñan un rol esencial en la vida de algunos de sus personajes.
Es curioso cómo instrumentos mecánicos o legales alteran la manera de narrar una historia. Ya mencioné en otra nota la importancia que tuvo en la narrativa francesa la modificación de las leyes de divorcio. Balzac, que se conocía al dedillo el funcionamiento de la sociedad francesa –inclusive se proclamaba como su secretario–demolió en una crítica la novela de un rival al echar abajo su argumento principal.  La trama de esa novela, que transcurría durante la Revolución Francesa, consistía en las tribulaciones que pasaba su protagonista, hijo de un hombre muy acaudalado, cuando quemaban los archivos de su ciudad natal y le negaban el acceso a su fortuna. Pero Balzac decía que en los años en que transcurría la novela se habían modificado las leyes sobre el registro de partidas de nacimiento. Esos documentos de identidad debían emitirse por triplicado, y consignarse, al menos uno de ellos, en una dependencia situada en París. Por lo tanto, la víctima podía tranquilamente conseguir otra copia de la partida de nacimiento al margen de la jurisdicción local.
Salgo del aparte.
Sin embargo, la maravilla de las maravillas sigue siendo el libro electrónico. ¿Ha intentado el lector encontrar citas en libros impresos? Inclusive si las ha subrayado con lápiz amarillo, y ha colocado etiquetas rojas o azules para marcar la página, puede perder horas, días enteros tratando de encontrar la cita. Les voy a dar un ejemplo. En una ocasión leí que durante una cena Stendhal fue sentado frente a una mujer muy bella y muy tonta. Durante toda la velada, el narrador estuvo dando vueltas a esta pregunta: “¿Cuál es el mecanismo óptico que crea una expresión estúpida en ojos grandes e inclusive bellos?”
Esa noche, al retornar a sus aposentos, Stendhal llenó su diario personal con dibujos de ojos inteligentes y de ojos necios. Su propósito, dice F. C. Green, “era descubrir la curva exacta del párpado responsable de tan extraña transformación” (Citado en Stendhal, de F.C. Green, página 99, Cambridge University Press, 1939).
Trabajé esa cita en mi novela Los judíos del Mar Dulce, cuya primera edición data de 1971. (La segunda edición, muy, pero muy superior, acaba de aparecer en ebook, esta vez bajo la edición de la profesora Carmen Virginia Carrillo).  En mi caso, uno de los protagonistas, que posiblemente era yo, iba a las fiestas de la familia con el propósito exclusivo de observar la estupidez en rostros de seres que detestaba. Como se imaginarán, se trataba de un personaje bastante mezquino y desdichado. En la actualidad, ese mismo personaje disfruta bastante de las fiestas, sino por la conversación, al menos por los pasapalos y los tragos.
Bueno, entre 1971 y comienzos de este año, me fue imposible volver a encontrar la brillante cita de Stendhal. Recién cuando entré en Google books  e hice un search con varias palabras claves, la redescubrí. Toda la búsqueda me debe haber llevado media hora.

EXPLORACIONES

¿Ha tratado el lector de barajar doscientos libros en algún trabajo de investigación? ¿O encontrar correlaciones en frases del mismo autor o de distintos autores? ¿O descubrir la miserable manera en que se han copiado unos de otros? Como diría Borges, se trata de una tarea vasta y empobrecedora. Pero eso se puede hacer tranquilamente en una tableta, y sin complicaciones.

Aquí voy a hacer otro aparte.

A partir del momento en que descubrí Google books, muy difícilmente voy a la biblioteca pública de la calle 42, en Manhattan. La biblioteca debe ser la mejor de Estados Unidos después de la Library of the Congress, en Washington. En ciertas instancias,  es muy superior a la Library of the Congress. Y los libros que uno busca se transmutan generalmente en tomos pesados, y sus hojas suelen poseer la consistencia de una oblea de hojaldre. Pero cuando se hace una búsqueda en Google books, todos los libros –en líneas generales– se hallan tan nuevos como el día de su impresión. Bueno, cuando se analiza un tema de historia y se piden varios libros electrónicos que aluden al mismo tema, se descubre cómo los historiadores se robaban entre sí. Y no estoy mencionando una simple frase. No, capítulos enteros. Me ocurrió cuando estaba realizando la investigación para  escribir mi última novela  Eros y la doncella, una novela sobre el Reino del Terror. Busqué la bibliografía en inglés, porque la mayoría de los historiadores ingleses odiaban de manera fervorosa la Gran Revolución, y sabían cómo escudriñar sus entretelas. Hay libros seminales, entre ellos los de Carlyle, que escribía en una insoportable prosa barroca y los de Crocker, el mejor cronista de la guillotina. Y también hay decenas, quizás centenares de volúmenes, que se limitan a copiar lo que dijeron Carlyle y Crocker.

Fin del segundo aparte.

Volviendo al tema principal, recomiendo a todos los amantes de la lectura que empiecen a darle cierta consideración a los libros electrónicos. Empecemos por el precio. Los libros impresos suelen ser muy caros en el mundo de habla hispana. Especialmente cuando han pasado algunos años desde su publicación. Y los libreros de viejo, al menos es mi experiencia personal, son unos linces a la hora de justipreciar sus joyas. Curiosamente, eso no ocurre en Nueva York, la sede mundial del capitalismo salvaje.
Recuerdo que en una ocasión entré en Strand, la librería de viejo más grande de Nueva York, con kilómetros y kilómetros de estanterías repletas de libros viejos –pero inmaculadas– y descubrí la primera edición de un libro de viajes escrito por Mark Twain. El libro tiene las siguientes ventajas: fue magníficamente impreso (en la printing house que poseía Mark Twain, en Connecticut). Además de estar encuadernado en cuero, el libro viene protegido por una caja cuyas cubiertas son en imitación cuero. El libro parece nuevo, pese a que fue impreso alrededor de 1880… y me costó tres dólares.
Recuerdo mis búsquedas de libros de viejo en Buenos Aires. Los libros podían estar descuajeringados, y sus hojas ser tan perdurables como la arena que se filtra de un reloj clepsidra, pero los precios eran absolutamente flamantes.
Bueno, nada de eso ocurre con los libros electrónicos. Siempre están flamantes, aunque uno puede subrayarlos, tomar notas, y revisarlos de manera constante. Claro está, si uno pierde una de esas tabletas, la reposición puede costarle entre 60 y 90 dólares. Pero los libros nunca se pierden.
Y las gangas son increíbles. Los volúmenes completos de Balzac, Dickens, o cualquiera de los indelebles maestros, se cotizan entre tres y cuatro dólares. En fecha reciente incorporé a mi biblioteca (electrónica) esas obras maestras que son La evolución creadora y La risa, de Henri Bergson, y los textos de Sigmund Freud La interpretación de los sueños, El chiste y su relación con el inconsciente, la psicopatología de la vida cotidiana, y Moisés y el monoteísmo. Estoy hablando de las versiones en inglés. Bueno, el más costoso fue La Evolución Creadora: el precio era de 2,99 dólares. El resto costó 0,99 dólares el ejemplar. Moisés y el monoteísmo me salió gratis.
Y ahora sí, el último aparte: cuando se lee a Bergson, se descubren sus íntimos lazos intelectuales con su primo, Marcel Proust. Bergson escribía tratados científicos que parecen redactados por un poeta. Son iluminadores, pero además precisos. Lo mismo ocurre con Freud. Muchos reconocen que el psicoanálisis tuvo un gran impacto en el mundo gracias a la maravillosa prosa de Freud y de algunos de sus discípulos como Theodor Reik y Karl Abraham.
Es interesante que tanto Bergson como Freud escribieron dos de los mejores tratados que existen sobre el humor, y casi por la misma época.  La risa es, creo, el mejor tratado sobre los mecanismos que nos hacen soltar la carcajada. Si alguien quiere escribir comedia, necesita leer La risa. Y El chiste y su relación con el inconsciente, es regocijante del principio al fin. Es obvio que Freud (pardon my French) gozó una bola escribiendo ese tratado. No sé qué excusa inventó para redactarlo, pero es obvio que lo hizo por simple placer. Y además, pudo destacar uno de los mejores atributos de nuestra tribu (los judíos tendremos terribles defectos, pero créanme, es muy difícil que nos ganen a la hora de burlarnos de nosotros mismos. Excluyo a los israelíes de esta ecuación). Y en cuanto a Moisés y el monoteísmo, es el análisis más devastador que hizo Freud sobre la religión judía. Es uno de mis libros favoritos, y tiene una famosa ironía. Tan famosa como la de Proust al narrar en una novela de más de tres mil páginas las tribulaciones de un escritor que no puede sentarse a escribir una novela. En el caso de Moisés y el monoteísmo, Freud señala que los judíos siempre buscaron a un redentor. Al principio, el resto de los pueblos se burlaba de esa pretensión. Hasta que el redentor finalmente llegó. Y buena parte de los europeos lo aceptaron. Y se dijeron a sí mismos: “Después de todo, ese pueblo al que hemos vilipendiado tanto, y seguiremos vilipendiando hasta el fin de los tiempos porque se lo merece, ha conseguido algo meritorio. Ese Jesús es un mozuelo con ciertos méritos”. Todo eso puede haber funcionado muy bien con los gentiles. Pero no entre los judíos. Ellos se consideraban tan superiores al resto de los seres humanos, que desdeñaron al redentor. Consideraron que no les llegaba ni a la suela de sus coturnos.  Y lo pagaron (lo pagamos) muy caro.
Moisés y el monoteísmo fue publicado por Freud en 1939, cuando ya las hordas nazis merodeaban por toda Europa. No era el mejor momento para recordar esa nuca tan dura que tienen los judíos a la hora de aceptar a extraños, aunque se hagan pasar por redentores. En realidad, era infinitamente mejor no recordarle a nadie que alguien contaba con antepasados judíos. Recuerdo un chiste que circulaba en esa época. Una patrulla nazi entraba en una sinagoga e interrogaba a los feligreses sobre su origen. Uno de los judíos respondía: “Yo soy goy”.
Freud ha sido siempre un bocado difícil de tragar por los judíos. Era el convidado de piedra que arruinaba cualquier banquete. Bueno, pero eso ya merece otro aparte. Por ahora me limito a recomendar los libros electrónicos. Tienen sus inconvenientes, es cierto. Por ejemplo, es imposible dedicar libros electrónicos a los lectores (aunque ya surgirá alguna empresa del Sillicon Valley ofreciendo una pluma mágica a los autores). Admito que algunos millonarios se mueren por exhibir libros en sus bibliotecas, especialmente si son incunables y los compraron en una subasta en Christie´s.  No es lo mismo que mostrar una tableta íngrima y sola y decir: “Y aquí pueden observar mi espléndida biblioteca”.
Pero aparte de eso, hay muy poco que recomendar en materia de libros impresos. Los libros electrónicos son mucho más baratos, nunca se descuadernan, agotan, o acumulan polvo en las bibliotecas. Además, el espacio hoy asignado a los estantes se puede dedicar a ampliar el living room o la cocina. O a montar un jacuzzi en el baño.