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domingo, 9 de abril de 2017

Soumission de Michel Houellebecq. El universo no es siempre la universidad


Mario Szichman



El novelista francés Michel Houellebecq tiene, como señaló un crítico en The Times Literary Supplement, una “escalofriante capacidad de anticipar con precisión eventos reales”. Ocurrió con su tercera novela, Plateforme (2001), donde puso en evidencia las tensiones entre Occidente y el mundo árabe. El relato apareció en las librerías poco antes de los ataques contra las torres gemelas del World Trade Center registrados en septiembre de 2001.
Soumission*  tiene también similar capacidad de anticipación. En el día de su lanzamiento, el 7 de enero de 2015, los hermanos Said y Chérif Kouachi, ingresaron en las oficinas del semanario satírico francés Charlie Hebdo, en París, asesinaron a 12 personas, e hirieron a otras 11. 
Uno de los puntos centrales de las críticas de Charlie Hebdo era el Islam, sus costumbres, y la emergencia de una rama violenta ejemplificada en al Qaeda, y ahora en ISIS.


Días antes de los ataques al semanario, los medios de prensa parisinos dedicaron varias páginas a discutir Soumission, especialmente su trama: en el año 2022, los socialistas se unen a un nuevo partido islámico, que conquista el poder. Entran en vigor las leyes islámicas, las mujeres deben usar ropas que custodian la modestia, se alienta la poligamia, y quienes renuncian a su religión original y optan por el islamismo, mejoran su estatus.
La caricatura de Houellebecq apareció en la portada de Charlie Hebdo una semana antes de los ataques, y la promoción seguramente ayudó a la venta de la novela. Entre los muertos en la incursión de los hermanos Kouachi se hallaba el economista Bernard Maris, amigo personal de Houellebecq y autor del ensayo Houellebecq économiste publicado en el 2014.
El protagonista de Soumission es François, un profesor universitario, experto en la obra de  Joris-Karl Huysmans, que duerme con sus alumnas, generalmente durante todo el ciclo lectivo, hasta que las damas se aburren, y le informan que “han encontrado a otro”. Sus diversiones consisten en observar filmes pornos, recalentar dinners, beber como un cosaco, aburrirse de manera cotidiana, y curar dolencias benignas, aunque fastidiosas.
Resulta obvio que François es un muerto en vida, y que ni siquiera la toma del poder por un movimiento islámico parece sacarlo de su letargo. Hay signos ominosos de que pronto se convertirá en un extraño en tierra extraña, y que su tarea a perpetuidad en la academia, pronto dejará de ser eterna. Finalmente un día, François recibe una espléndida jubilación, Ha sido puesto fuera de servicio. Los mejores puestos están reservados a los partidarios de Mahoma, y François es un católico. ¿Qué hacer en un mundo donde las necesidades inmediatas son satisfechas, y en el cual no existe espacio para soñar?
Quizás la parte más interesante del relato es la transfiguración de la sociedad francesa, que súbitamente encara una pesadilla religioso—populista. François, un fervoroso admirador del trasero femenino, observa su desaparición al cambiar la ropa de las mujeres. Las burkas disimulan la silueta de las damas, los velos ocultan sus rostros. El único consuelo, para el personaje central, es que el islamismo tolera, y alienta la poligamia, y quizás un hombre con cuatro esposas puede alcanzar niveles más altos de placer que un monógamo.
La novela es una suave sátira sobre los beneficios e inconvenientes de un estado islámico: hay más protección social, pero menos libertad, los favores que se obtienen por un lado de las prácticas comerciales son contrarrestados por la ineficacia en la administración de los recursos. Existe, además, un rápido deterioro de los servicios públicos.
Submission es una novela árida, repleta de personajes difíciles de recordar. Todos ellos están sumergidos en la discusión de tesis, prólogos, o estudios de escritores extintos. No hay conflictos, y el tenue hilo que arrastra las peripecias del protagonista: su tesis sobre Huysmans, carece de profundidad.
Aquello que parece atrapar a François es la religiosidad del escritor. En parte, esa figura del pasado puede ser una de las razones de buscar la salvación en el Islam. Pero ¿es esa la verdadera razón? Tal vez el flamante misticismo de François es una táctica oportunista para recuperar su empleo u obtener algo mejor.
El triunfo del Islam en Francia, y su influencia en otros países europeos, permite sospechar que el protagonista descubre ventajas en su conversión, o mejor dicho, en la sumisión al partido y a la religión del gobierno.
La verdadera sorpresa en un agente provocador como Houellebecq es que su narración no trata al Islam con sorna o desprecio. Algunos críticos han destacado justamente que para el escritor hay una diferencia entre la religión y la raza, y señalan que todos los personajes musulmanes son franceses conversos. No hay en la novela un ser que predique la guerra santa. Los personajes son amables, cultivados, nada amenazantes.
François es mucho más interesante solo, que mal acompañado. Sus opiniones suelen ser, en ocasiones, demoledoras. Pero debe padecer varias compañías con las cuales requiere conversar y decir trivialidades. Eso desconcierta al lector en una novela narrada en primera persona. Por otra parte, el protagonista es una especie de Jano bifronte. Nunca se sabe muy bien si François piensa por François, o si es el alter ego del escritor.
Pero el problema central de Houellebecq es su narcisismo. Es muy famoso en Francia, sus libros han recibido excelentes críticas, y varios han sido bestsellers. El problema del autor es que también se ha convertido en celebridad.
Cuando un escritor va más allá de lo que aparece en sus textos, es inevitable la arrogancia. Debe pensar que tal vez puede ir más allá de lo que aparece impreso. Algunos lectores necesitan convertirlo en un profeta, otros, en un curandero.
No bromea Houellebecq cuando en su última novela propone el camino espiritual para contrarrestar la situación en la Francia actual. Hasta que los agnósticos funden su propia iglesia, no podrán competir con religiones establecidas desde hace siglos o milenios.
Pero el punto de vista es también importante. La novela es conflicto, sus personajes no solo deben interactuar, sino confrontarse. Mijail Bajtin señalaba que las novelas de Dostoievski eran tan intensas porque nadie se quedaba con la última palabra. Cada personaje aportaba su propia visión del mundo, y podía demoler opiniones contrarias.
En el mundo de Dostoievski, nada era trivial, no se conversaba para pasar el tiempo. Todo parecía cuestión de vida o muerte. En el mundo de Houellebecq se conversa demasiado. ¿Y desde qué atalaya? Desde el mundo académico.
No todos los atalayas se parecen. Desde algunos, solo surgen desganadas conversaciones, problemas que son apenas acertijos, y una falta total de entusiasmo en los planteos. Como decía Gore Vidal en uno de sus ensayos, el problema de muchos escritores es que suelen confundir el universo con la universidad.
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* La crítica es a Submission, la versión en inglés, publicada por Farrar. Straus and  Giroux de Nueva York en el 2015.

domingo, 18 de enero de 2015

Los peligros de tomarse en serio. El arte de humillar al prójimo


Mario Szichman

Existe una expresión en inglés self-deprecating, que resume, creo, la forma más alta del humor. He is famous for his self-deprecating humor, dicen de cómicos como Groucho Marx, o como Woody Allen, es decir, que saben reírse de sí mismos. Groucho Marx alcanzó la inmortalidad con algunos de sus famosos one-liners, chistes capaces de resumir en una frase una idea del mundo. Por ejemplo: “No puedo pertenecer a un club que me acepta como socio”, o “Voy a defender a muerte mis principios, pero si no le gustan, le vendo otros”. En cuanto a Woody Allen, es imposible hacer una selección. Me limito exclusivamente a éste: “La última vez que me introduje en una mujer fue cuando visité la Estatua de la Libertad”.
Los judíos, como los checos o los españoles, tienen un humor self–deprecating. Algunos de los mejores chistes judíos fueron incluidos por Sigmund Freud en El chiste y su relación con el inconsciente, que, según dicen sus biógrafos, escribió al mismo tiempo que La interpretación de los sueños. Es una costumbre bastante saludable compensar la redacción de un texto abrumador debido a la bibliografía y a la densidad del tema, con otro más ligero y amable.
Creo que la síntesis del humor judío está en ese judío del shtetl (aldea) que fue apresado por antisemitas ucranianos, y cuando le preguntaron cuál era su religión respondió goi (gentil). El epítome del humor checo es El buen soldado Schweik, de Jaroslav Hasek, posiblemente el único Quijote moderno que tiene como protagonista a un remedo de Sancho Panza. Schweik logra eludir los peores peligros durante la primera guerra mundial confesando con orgullo que es un imbécil, y que ha sido declarado como tal por las autoridades del imperio austrohúngaro. (Checoslovaquia se convirtió en república tras la caída del imperio). No hay un imbécil más astuto que Schweik en toda la literatura europea.
En cuanto a los españoles, la herencia que parte de La vida del Buscón, o de Don Quijote, ha seguido floreciendo a lo largo de los siglos. Ningún monarca absoluto, o el Tribunal del Santo Oficio, o caudillo alguno por la gracia de Dios, han podido ahogar el ingenio español, su desprecio por la autoridad. Basta recordar a ese anarquista que se proclamaba agnóstico, pues “Si no creo en la única religión verdadera, menos habré de creer en las otras”, o ese policía inflado de patriotismo que sorprendía al lector de un periódico, absorto en maldecir un país por lo bajo con estas palabras: “Este país de m…, este país de m…” El policía ordenaba al hombre que lo acompañara a la jefatura por haber difamado a España. El hombre negaba la acusación diciendo que estaba hablando pestes contra otra nación. Y el policía le respondía: “A mí no me engaña. El único país de m… que existe en el mundo es España”.
Cuando el humor no es self deprecating, suele servir para humillar. Decían que Adolf Hitler tenía sentido del humor. No lo creo. Burlarse del defecto físico de una persona, de su estatura o de su apariencia, o denigrar otros pueblos no es una muestra de ingenio, es una simple y llana agresión. Hugo Chávez Frías era otro personaje que creía contar con sentido del humor, pero no trascendía el escarnio.
Nunca sentí simpatía por George W. Bush. Y creo que si los mecanismos de la justicia en Estados Unidos hubieran funcionado a plenitud, debería haber sido procesado por autorizar, entre otras cosas, la tortura a prisioneros en Irak y en Afganistán. Aun así, toda persona tiene derecho a que la traten con dignidad.
Cuando Chávez se burló de Bush en las Naciones Unidas, diciendo que tras su presencia en el recinto el lugar olía a azufre, su chanza tal vez fue festejada por seres de su calaña, pero cualquier persona con la mínima sensibilidad debe haber sentido disgusto ante ese exabrupto.
Según algunos historiadores, José Stalin prometió que si llegaba a capturar a Hitler, lo encerraría desnudo en la jaula de un circo de Moscú. En mi opinión, ni siquiera Hitler se merecía esa humillación. Era suficiente llevarlo ante los estrados de la justicia, como algunos de sus secuaces.

SECUELAS DE UNA MATANZA

No suelo escribir dos veces sobre el mismo tema, pero el caso del ataque al semanario Charlie Hebdo en París, con saldo de doce muertos y decenas de heridos, sigue teniendo repercusiones. Además, me ha permitido verificar lo difícil que es hallarse en minoría. Personas que defienden la libertad de prensa a ultranza, y dicen respetar la tolerancia de ideas ajenas, se muestran intolerantes con aquellos que rechazan la opinión de la abrumadora mayoría.
Primero en el diario Tal Cual, luego en este blog, dije palabras, tal vez muy duras, contra  Stéphane Charbonnier, editor de Charlie Hebdo, uno de los asesinados en la emboscada. El mismo día del ataque The New York Times publicó un artículo con el siguiente titular: “La misión del editor de Charlie Hebdo era provocar”. Dije que ese había sido justamente el rol de Charbonnier en los últimos años de su vida, trabajar como agente provocador. En el 2012, Charbonnier ignoró el consejo del gobierno de Francia y publicó desagradables caricaturas de Mahoma, que ni siquiera se toleran en los muros de una letrina. El profeta aparecía desnudo, y en poses eróticas. Y el dibujo era además bastante mediocre. Hubieran tenido que hacerle una demanda al semanario simplemente por mal gusto.
“¿Es realmente sensato o inteligente echar leña al fuego?” preguntó Laurent Fabius, en esa época ministro de Relaciones Exteriores de Francia. Como resultado de esa broma de Charbonnier, el gobierno debió cerrar embajadas, consulados, centros culturales y escuelas en unos 20 países.
Un año antes, en el 2011, Charbonnier supervisó la publicación de una parodia que, según se anunciaba, tenía como editor invitado a Mahoma. Fue otro número de Charlie Hebdo que tuvo fuertes repercusiones, aunque nadie las consideró inesperadas. La oficina del semanario fue atacada con cócteles molotov.
Cuando se difundió mi artículo en las redes sociales, fui acusado hasta de ser miembro del Partido Socialista Unido de Venezuela, la agrupación oficial del chavismo. Había una santa indignación contra todo aquel que cuestionara la posición de Charbonnier como agente provocador, o su búsqueda del martirio. Y tal vez lo peor no era la indignación, sino la manera de expresarla. En inglés se usa la expresión self–righteous. En español, se diría que alguien es más papista que el Papa. El estilo de quienes se indignaron con mi artículo escasea en argumentos pero abunda en retórica. Uno se anuncia libre y blasfemo, otro está dispuesto a inmolarse en la hoguera de algunas ideas sacrosantas, y todos, absolutamente todos, se proclaman ansiosos por defender una vida de riesgos, privaciones, con tal que siga alumbrando la sagrada llama de la libertad.
Siempre me han puesto nerviosos los grandes gestos que asumen los corderos para el sacrificio. Por eso sigo admirando tanto la película de Jean Pierre Melville El ejército de las sombras, que tiene como tema la Resistencia en Francia. Melville participó en la Resistencia, y sabía, de primera mano, que no somos ni santos, ni mártires. Y eso es lo más grande que tenemos como seres humanos, pues a pesar de nuestra cobardía, de nuestros compromisos, de nuestra tentación de huir, súbitamente somos capaces del heroísmo, que también involucra la humildad.
Esta semana, el caricaturista francés Delfeil de Tom, fundador de Charlie Hebdo, acusó a  su amigo y asesinado editor Charbonnier de haber provocado en cierto modo un ataque, que aunque injustificable, dijo, se habría podido evitar.
“Estoy realmente enojado contigo, Charb”, escribió el ex dibujante de Charlie Hebdo.  
Delfeil de Ton, quien ahora es cronista de Le Nouvel Observateur, explicó su desacuerdo con la línea actual de la revista. Sobre su amigo Charb, a quien calificó de “mi jefe”, asesinado junto con otras 11 personas por yihadistas, dijo que era “un muchacho brillante” pero “testarudo”, que llevó a la muerte a buena parte de su redacción.
Delfeil de Ton recordó cuando Charbonnier decidió, en noviembre de 2011, publicar el célebre número de la revista rebautizado “Charia Hebdo” (juego de palabras sobre la sharia), y preguntó: “¿Qué necesidad tenía de arrastrar al equipo en la escalada?”
Poco después de esa publicación, la redacción fue incendiada. Delfeil de Ton dijo que George Wolinski, también asesinado en el ataque, consideraba una idiotez la provocación contra los musulmanes. Delfeil de Ton indicó: “Creo que somos inconscientes e imbéciles: corrimos un riesgo inútil. Eso es todo. Uno se cree invulnerable. Durante años, incluso durante decenas de años, llevamos a cabo provocaciones, y luego un día la provocación se volvió contra nosotros. No había que hacerlo, no era necesario hacerlo, pero Charbonnier lo hizo otra vez el año siguiente, en septiembre de 2012”.
Recuerdo siempre un episodio que me narraba mi esposa, Laura. El filósofo Theodor Adorno, una de las glorias de la intelectualidad alemana, se exilió en Estados Unidos tras la llegada de Hitler al poder. Regresó a Alemania a mediados de la década del sesenta, y dio una serie de conferencias en universidades. Era un tiempo de gran conmoción social en Alemania Federal, que se trasladó a las casas de estudios. En cierta ocasión, en el curso de una de sus charlas, empezó un tumulto. Algunos estudiantes se sentían disgustados con un filósofo que no convocaba a emplazar barricadas y a pelear en ellas. Adorno dijo que no era un tirabombas, sino un intelectual. Estaba dispuesto a discutir todos los temas planteados por los estudiantes. La respuesta de uno de ellos fue escribir en el pizarrón del aula: “Si dejan a Adorno en paz, el capitalismo nunca cesará”. Luego, tres alumnas se acercaron al escritorio de Adorno, se quitaron sus blusas para exhibir sus senos, y diseminaron pétalos de flores sobre su cabeza.
Adorno nunca superó la humillación propinada por esas salerosas representantes de la Alemania contestataria. Renunció a seguir dando conferencias, y poco después murió de un ataque al corazón.

Abundan en el mundo los bromistas. Los nazis ponían a los judíos a limpiar letrinas usando cepillos de dientes. En la prisión de Guantánamo, o en la de Abu Ghraib, en Irak, los carceleros humillaban a los prisioneros obligándolos a usar ropa interior femenina. Hay muchas maneras de agraviar a nuestros semejantes. Antes que los adalides del suplicio abran la boca para protestar, me anticipo a decir que Charbonnier no entra en esa categoría. Era apenas un irresponsable que arrastró a otros en su muerte, con su incendiaria e inútil prédica. 

martes, 13 de enero de 2015

Periodismo y martirio

Mario Szichman



La tarea de periodista conlleva riesgos, y el profesional de prensa que los ignora puede ser víctima de ellos. Recuerdo que en una ocasión, a comienzos de la década del setenta, estaba almorzando en un restaurante de Buenos Aires cuando se me acercó un conocido para presentarme a un amigo. Ambos se sentaron a mi mesa, sin que los hubiera invitado, y tras comentar la difícil situación política que vivía la Argentina: gobernaba el general Alejandro Lanusse, dos grupos guerrilleros estaban bastante activos, y operaban escuadrones de la muerte, mi conocido me dijo que su amigo podía “prestarse” a un reportaje. Le pregunté a título de qué. ¿A título de qué? Me preguntó sorprendido. Pues ocurría que su amigo era dirigente de un grupo guerrillero. Seguramente la agencia noticiosa para la que trabajaba en ese momento estaría interesada en sus declaraciones.
Le expliqué que yo no armaba la pauta de la agencia. Si quería, podía comunicarse con el jefe de redacción dejando a la telefonista un mensaje lo más genérico posible. Si el jefe de redacción decidía hacer una entrevista, también se encargaría de designar al reportero, y escoger el sitio donde se llevaría a cabo el encuentro. Eso formaba parte del protocolo. Lo que no les dije a los dos interlocutores era que esa forma tan prepotente de buscar los servicios de un periodista ponía en peligro a varias personas. El conocido y su amigo se levantaron de la mesa bastante ofendidos, y nunca entablaron una comunicación con la agencia.
Hubiera sido muy emocionante, muy romántico, conseguir una entrevista con un guerrillero, pero el jefe de redacción prefería seguir una pauta de seguridad antes que arriesgar inútilmente la vida de sus empleados.
Recordé el evento en estos días, tras el ataque del 7 de enero en París contra el semanario humorístico Charlie Hebdo en que fueron asesinadas 12 personas y heridas varias más. El episodio tuvo vastas repercusiones, los agresores, dos yihadistas franceses, murieron en un tiroteo con la policía, hubo otro muerto durante una toma de rehenes, y de inmediato, millones de personas en el mundo entero, especialmente en Europa occidental, empezaron a corear la consigna de que también querían ser como Charlie.
El mismo día del ataque, The New York Times publicó un artículo con el siguiente titular: “La misión del editor de Charlie Hebdo era provocar”. Ese fue el rol de Stéphane Charbonnier en los últimos años de su vida, trabajar como agente provocador. En el 2012, Charbonnier ignoró el consejo del gobierno de Francia y publicó desagradables caricaturas de Mahoma, que uno ni siquiera tolera en los muros de una letrina. El profeta aparecía desnudo, y en poses eróticas. Y el dibujo era además bastante mediocre. Hubieran tenido que hacerle una demanda al semanario simplemente por mal gusto.
“¿Es realmente sensato o inteligente echar leña al fuego?” preguntó Laurent Fabius, en esa época ministro de Relaciones Exteriores de Francia. Como resultado de esa broma de Charbonnier, el gobierno debió cerrar embajadas, consulados, centros culturales y escuelas en unos 20 países.
Un año antes, en el 2011, Charbonnier supervisó la publicación de una parodia que, según se anunciaba, tenía como editor invitado a Mahoma. Fue otro número de Charlie Hebdo que tuvo fuertes repercusiones, aunque nadie las consideró inesperadas. La oficina del semanario fue atacada con cócteles molotov.
David Brooks, en The New York Times, Robert Shrimsley en The Financial Times, han explicado en estos días por qué no tienen la valentía necesaria para ser Charlies.
Brooks usó un argumento que Charbonnier nunca hubiera aceptado por temor a quedar en ridículo. El columnista dijo que Charlie Hebdo jamás podría haber sido publicado en universidad alguna de Estados Unidos en el curso de las dos últimas décadas, pues en esas universidades la mayoría son “politically correct.” Si alguien se hubiera animado a editar un semanario de esas caracteristicas, “no habría durado treinta segundos. Los alumnos y los grupos que integran la facultad hubieran acusado” a sus editores de hate speech, discurso para incitar el odio. En cuanto a la administración universitaria “habría cortado el financiamiento (de la publicación) antes de clausurarla”.
La reacción pública al ataque en París, indicó el columnista, “reveló que hay gran cantidad de personas dispuestas a elogiar a quienes ofenden los puntos de vista de terroristas islámicos en Francia, pero son menos tolerantes hacia quienes ofenden sus puntos de vista en su propio país”.
Además, dijo Brooks, quienes gritan “Je Suis Charlie Hebdo,” no están diciendo la verdad. “La mayoría de nosotros no participamos en esa especie de humor usado con propósitos insultantes en el cual se especializa la publicación”.  Al principio, indicó el columnista, uno puede sentirse tentado de incitar, de ridiculizar las creencias religiosas de otras personas. Pero, al cabo de un tiempo, eso suena muy pueril. A medida que adquirimos una visión más compleja de la realidad, “adoptamos un punto de vista más compasivo de los otros. El ridículo resulta menos divertido a medida que uno comienza advertir su frecuente ridiculez. La mayoría de nosotros intentamos mostrar una módica expresión de respeto para personas con diferentes credos y religiones. Iniciamos conversaciones intentando escuchar, en lugar de insultar”.
Por su parte Shrimsley, el columnista de The Financial Times, tras mostrar su enorme respeto por los periodistas que murieron asesinados en el semanario, señala que es muy emocionante verificar la respuesta colectiva que ha tenido  esa matanza a nivel mundial.  Pero reconoce luego, “muchos, si no todos los periodistas, nos autocensuramos. En ocasiones retiramos imágenes de nuestras publicaciones pues pueden poner seriamente en peligro a nuestra organización, o a nosotros mismos. Y luego de los eventos de esta semana, es difícil formular críticas” por esa decisión. “Las empresas poseen la obligación de cuidar a sus empleados y las personas tienen el deber de cuidarse a sí mismas y a sus familias”. 
Pero hay también otra cosa que diferencia al periodismo bueno del periodismo de escándalo: “la necesidad de no ofender de manera innecesaria”. Tal vez, dijo el articulista, “deplore el hecho de que muchas publicaciones temen divulgar caricaturas que ofenden al profeta, pero ¿querría que pusieran una de ellas en un artículo que escribo?”
Querer ser como Charlie, dice Shrimsley, “es estar dispuesto a desafiar verdaderas amenazas de muerte, y ataques con bombas incendiarias (…) es seguir publicando historietas y chistes que solo servirán para indignar a personas que necesitan escasa incitación para asesinar. Es creer que nuestra vida, y los temores de nuestra familia, son menos importantes que el principio absoluto de la libertad”.
Recuerdo ahora otro episodio de mi corta estadía en Buenos Aires, entre  1971 y 1975, cuando me ofrecieron empleo en un diario. Al entrar a la redacción, me encontré con un viejo amigo, quien había acumulado libros y materiales de escritorio y se disponía a colocarlos en una caja de cartón.  Me explicó que había renunciado esa mañana. También me recomendaba no aceptar el empleo. ¿Qué había pasado? le pregunté. En esos días, habían secuestrado a un empresario de una firma italiana. Y el día anterior, uno de los periodistas le anunció a mi amigo que tenía una entrevista exclusiva con el secuestrado.
Mi amigo creyó que le estaba tomando el pelo. La policía realizaba todos los días grandes redadas para descubrir el paradero del empresario, ¿y ocurría que un reportero del matutino había tenido acceso al personaje? Mi amigo le dijo al colega que dejara de echar bromas. El horno no estaba para bollos. Además, ¿tenía pruebas para demostrar que el reportaje era auténtico?
“¿Qué pruebas necesitas”? le preguntó el reportero. “¿La cédula de identidad del empresario, su pasaporte, fotos de su familia?” Luego abrió un maletín y ahí estaban todas las pruebas que necesitaba mi amigo. Mi amigo no necesitó más pruebas. Era obvio que el reportero conocía a los secuestradores, o tal vez había participado en el operativo.
¿Qué ocurría si algún día la policía hacía una redada en el periódico y se llevaba no solo al reportero sino a todos los empleados para interrogarlos? Seguramente pagarían justos por pecadores. Todos los días secuestraban y asesinaban a personas en la Argentina de finales del gobierno de Isabel Perón. (Poco después, en la agencia noticiosa donde trabajaba, un escuadrón de la muerte secuestró a cinco colegas, que nunca volvieron a aparecer).
La profesión de periodistas conlleva riesgos, y hay que aceptarlos. Basta ver lo que ocurre en México, o en la Venezuela actual. Pero nadie busca el martirio. Por eso elegimos esta profesión que parece bastante sosegada (hasta que los gobiernos se ponen impacientes y deciden matar al mensajero). Si nuestra tarea es librar combates con seres armados, pues entonces la primera tarea es adiestrarnos con la precisión militar empleada por quienes atacaron a Charlie Hebdo.
La palabra mártir le queda enorme a Charbonnier. Inclusive es difícil calificarlo de víctima. Pues él ya sabía que en algún momento lo asesinarían. Recibió numerosas amenazas de muerte, y las ignoró.
Daniel Leconte, quien hizo un documental sobre Charlie Hebdo y las batallas que libró la publicación contra el Islam, dijo que para el asesinado editor lo más importante era defender la libertad de pensar y hablar como se le antojara, sin pelos en la lengua.
Pero Charbonnier no vivía solo en su propio bastión de la libertad. Muchos empleados trabajaban en Charlie Hebdo. Doce de ellos fueron asesinados. ¿Nunca discutieron en la publicación los riesgos que corrían escritores, editoriales, dibujantes, correctores de pruebas, el personal de limpieza por esos incendiarios ataques contra una religión?  ¿Todos eran igualmente suicidas?

Nada es absoluto. Lo único absoluto es la anarquía total, o una dictadura sin resquicio alguno. La bravuconada constante contra el enemigo o el adversario no habla muy bien del agente provocador, quien es, además un ser muy peligroso. Lo más alarmante no es el eterno golpe en el pecho, su incómoda pureza, sino su terrible ingenuidad,  su enorme narcisismo. Aunque Charbonnier era editor de un semanario humorístico, no tenía el menor sentido del humor. Podía burlarse del resto del mundo, pero dudo que aceptara ser tomado en broma. Créanme, los futuros mártires son una vaina muy seria.