domingo, 6 de marzo de 2016

Callejones de Arbat de Antonio Álvarez Gil. Hombre Nuevo, víctimas viejas



Mario Szichman




El verdadero peligro que acecha al escritor
No es tanto la posibilidad (con frecuencia real)
De ser perseguido por el Estado,
Como la posibilidad de resultar hipnotizado por su imagen,
Ya sea esta monstruosa o retocada
Para mejorarla, aunque sea siempre de manera temporal.
Joseph Brodsky
(Citado en la novela Callejones de Arbat)

Primero una historia personal: nací en una familia de inmigrantes  judíos provenientes algunos de Rusia, otros de Polonia, que recalaron en Buenos Aires a comienzos de la década del treinta del siglo pasado. Traían consigo historias tan difíciles de sobrellevar, que se negaban a hablar de ellas. Tal vez comencé a escribir, me hice periodista, intentado descifrar el secreto que se ocultaba en mis prófugos familiares del Viejo Mundo. Bueno, todavía hoy no he descifrado el secreto, aunque algunos atisbos de la inmensa crueldad, la persistente pobreza padecida por los judíos del shtetl, la pequeña aldea, me fueron comunicados por mi padre, Israel Ber. En cierta ocasión, cuando tenía ocho o nueve años, mi padre fue a nadar a un río, y estuvo a punto de ahogarse. El único comentario de su progenitor fue: “¡Qué suerte que no te ahogaste! Como sabrás, no tengo dinero suficiente para pagar por tu funeral”. Y después, había un chiste que circulaba entre mis tíos –tuve la dicha de contar con tíos muy alegres, y siempre con una broma a flor de labios. Un tío me contó que un mujik, un campesino ruso, fue interrogado sobre qué régimen le parecía mejor, si el soviético o el zarista. El campesino respondió sin dudar un instante: “El zarista. Es cierto, el zar también nos daba latigazos con el knut, pero al menos nos dejaba llorar”.

Es grato, muy iluminador, descubrir a un escritor cubano como Antonio Álvarez Gil, que puede combinar sus experiencias de la vida en Moscú, con la destreza de recordar no solo la actualidad sino la historia que va desde los comienzos de la Unión Soviética hasta su reconfiguración en la Federación de Rusia, y sus ecos en Cuba. Álvarez Gil tiene dos virtudes, escribe muy bien, y como otros escritores de su generación, su intención no es denunciar regímenes ya bastante aberrantes de por sí, sino el impacto que han tenido en los habitantes, en su manera de pensar, de recordar, de amar.
El protagonista de Callejones de Arbat es Mario, un periodista cubano que trabaja en una organización del bloque soviético, “entidad ésta que agrupaba a la mayoría de los países que hasta la caída del llamado ´campo socialista` intentaban mantener el cada día más tambaleante sistema de economía centralizada en sus fronteras”.
Mario comienza su vida, en la novela, como un amable conformista. El sueldo es bueno, puede darse ciertos lujos que en Cuba parecen impensables, y a cambio de eso ofrece su lealtad al sistema que comenzó proclamando al Hombre Nuevo y fue paulatinamente controlado por dos hermanos cada vez más ancianos. Curiosamente, el narrador ofrece un contraste entre el bloque de Europa oriental comandado en esa época por la Unión Soviética, y dinosaurios políticos como los de Cuba, Vietnam y Mongolia. Es obvio que, con todas sus dificultades, encarnadas en el fenomenal egocentrismo, persecución a sus enemigos políticos, y ambición de recomponer la geografía de la Unión Soviética por parte de Vladimir Putin y sus antecesores, la Federación Rusa muy difícilmente retorne al estalinismo, o a variantes dictatoriales. (Aunque don Vladimir ha dejado pudrirse en la cárcel a varios de sus críticos, y a otro, como Alexander Litvinenko, un ex funcionario del aparato de seguridad ruso, lo mandó a envenenar con polonium-210, pero, qué se le va a hacer, viejas costumbres demoran en desaparecer).  
El narrador muestra la virtual sedición que se registró en naciones aliadas de los soviéticos, como Polonia, Hungría, Rumania a fines de la década del ochenta, y la contrasta con  la calma chicha que parece predominar en Cuba luego de muchos años de revolución.
Por supuesto, la procesión va por dentro. El régimen de La Habana ha construido uno de los más perfectos aparatos de control  social que registra la historia de América Latina, acompañado de un ejército de amables soplones que matan en la raíz cualquier conato de disidencia.  
Hay otro detalle también muy interesante: en tanto en las naciones occidentales el intelectual es, en el mejor de los casos un respetado entertainer, y en el peor de los casos un simpático y superficial conversador. La tradición de Europa oriental, que también ha infiltrado a la nomenklatura castrista, ha convertido al intelectual en el leproso más peligroso del mundo. A nadie se le ocurre que Winston Churchill, o Franklin D. Roosevelt, o Adolf Hitler, o Benito Mussolini, se preocuparan mucho por intelectuales enemigos. En realidad, el único de ellos fue Mussolini, quien ordenó meter en la cárcel a Antonio Gramsci. Y en su juicio, en 1928, el fiscal, un devoto fascista, le explicó al juez, repitiendo una frase de Il Duce: “Tenemos que impedir que este cerebro funcione durante veinte años”.
Pero José Vissarianovich Dzugashvilli, más conocido como Stalin, tenía una curiosa relación con los mejores intelectuales rusos, desde Máximo Gorky hasta Isaac Babel o Boris Pasternak. Los temía de manera casi enfermiza. Los consideraba una especie de taumaturgos, que podían transformar a una sociedad a través de la prosa o de la poesía. Por eso, envió a la mayoría al exilio, o a campos de concentración, u ordenó fusilarlos, como en el caso de Babel.  
Y ese es, en realidad, el trasfondo de Callejones de Arbat, el descubrimiento, por parte del protagonista, de un exiliado antifranquista en la Unión Soviética a quien apasionan la poesía y la narrativa de los grandes excluidos por el estalinismo. El exiliado pide ayuda al personaje central para escribir un libro sobre esos desventurados intelectuales. Tiene también una bella hija, Dolores, una actriz en ascenso, y la trama política se enreda con la intriga amorosa. Es un acierto de Álvarez Gil que Dolores pase a encarnar a Margarita en una versión teatral de la novela El maestro y Margarita, de Mijail Bulgakov, tal vez la sátira más feroz del estalinismo, al punto que no pudo ser publicada durante la vida del dictador. (Y, de nuevo ¿Cuánto sabía Stalin de buena literatura? Pues ese texto de Bulgakov no es nada sencillo, y hay que tener una buena formación literaria para detectar todas sus alusiones).
La combinación del manuscrito que Mario desea escribir en base a los apuntes tomados por el exilio español, y la pasión del periodista por Dolores, va armando las piezas de un rompecabezas repleto de ecos. Los aparatichki de la Seguridad Cubana que conviven con el protagonista, logran apropiarse de su manuscrito, y encuentran muchas cosas peligrosas, especialmente las denuncias sobre el trato sufrido por los intelectuales disidentes en el país propiedad de Stalin. Uno de ellos le dice a Mario, recitando viejas consignas: “En primer lugar, sobre todas esas supuestas represiones de Stalin, en el caso de que fueran ciertas, habría primero que analizar cuándo estuvieron justificadas y cuándo no. Nosotros no tenemos todos los elementos para juzgar a una personalidad histórica de ese calibre”. Otro le explica: “En todo caso, este tipo de libros les sirven de arma a los enemigos de nuestro sistema”. (En mi época, solían decir: “No debemos hacerle el juego al imperialismo”).   
Mario comienza a descubrir que vive en el reino de la psicopatía.  Burócratas ávidos de poder intentan hacer creer a sus subordinados que no los van a usar como escalones para trepar en los cargos, sino para servir a la madre patria. Nunca hay tantas madres patrias habitadas por seres perfectos, como en las democracias populistas y socialistas. Además, proliferan las palabras como sacrificio y honor.
No leo mucha narrativa contemporánea, en general le rehúyo como a la peste a la narrativa experimental, a los pececitos de colores, a todo aquello que pone la carreta antes que los caballos.  Pero hay ciertas novelas modernas que me deslumbran porque el narrador ha logrado algo que resulta muy difícil alcanzar.  En El sonido y la furia, William Faulkner usa una metáfora que siempre me ha causado una enorme envidia. El escritor nos dice que Quentin III, el hermano de la desdichada Candance, o Caddy, “amaba no el cuerpo de su hermana sino vagamente algún concepto de honor de la familia Compson” que “descansaba de manera temporal en la frágil y diminuta membrana de su doncellez semejante al equilibrio de una miniatura de la inmensidad del globo terráqueo sobre el hocico de una foca amaestrada”. La metáfora puede aplicarse también a ciertas faenas del escritor cuando debe lidiar con un material que se resiste a ser domesticado. Aquello que narra Álvarez Gil oscila entre el periodismo y la narrativa. ¿Cómo lograr que el periodismo no reine por sus fueros, cómo conseguir que la ficción no quede relegada a un segundo plano? Basta revisar obras maestras como La condición humana, de André Malraux, o A sangre fría, de Truman Capote, para verificar que se trata de una labor de eterno equilibrio inestable, pues existe la tentación de dejar hablar al periodismo, a los hechos, olvidando un poco a quienes tienen la tarea de encarnarlos.  
Callejones de Arbat preserva con maestría ese equilibrio inestable, pues son seres humanos quienes brindan el significado de lo que acontece, y exhiben cómo afecta sus vidas. El narrador tiene la inteligente cautela de no crear ni villanos ni héroes. Describe seres que han sido arrastrados por el torbellino de la historia a sobrellevar sus circunstancias. Lo maravilloso es que en medio de un estado opresor, que castiga la disidencia más que la infracción de las normas legales, todavía surjan seres capaces de hacer oír, de nuevo citamos a Faulkner, su inextinguible voz y denunciar calamidades, en ocasiones con titubeos, en  otras con temor.
Por supuesto, el sistema totalitario no niega la existencia de problemas. Pero, también está el antídoto, la ilusión de que las cosas cambien para que siempre queden igual. En Cuba se lo conoce como: “Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas”.  
El inconveniente de la crítica es que nunca se detiene. Tras analizar las atrocidades del estalinismo, Mario no puede dejar de pensar lo que ocurre en su patria. Una de sus colegas le brinda “comentarios muy críticos sobre el eterno tema del transporte en La Habana, la mugre que crecía como los hongos por las calles, las fachadas ruinosas de los edificios y, en general, so­bre el aspecto de la ciudad y de sus gentes. Lo que más me llamó la atención en su rosario de quejas fue, sin embargo, oírla hablar sobre algo que ella de­finió como ´el estado cada vez más deficiente de la moral y la educación en la sociedad cubana actual´. Sobre este asunto sus preocupaciones eran se­rias. ¿Cómo era posible, se preguntaba, que con tantas escuelas construidas por la revolución y tanta gente estudiando, hubiera tan poca educación entre la población cubana?
“´¿No habíamos visto nosotros´, preguntó imparable, ´cuántos vagos merodeaban por las calles de La Habana, cuántos hombres permanecían sentados durante horas en los dinteles de las puertas y hasta en los portales de las casas, perdiendo el tiempo sin trabajar y bebiendo ron a pico de botella? ¿Cuándo se había visto eso en Cuba´?” 
Es de esperar que ese “Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas” acabe alguna vez con la vulgaridad, la mala educación y la falta de valores morales. Lo importante es adoctrinar con fórmulas las díscolas mentes de los cubanos.  
Callejones de Arbat muestra con agudeza, suave ironía, y personajes muy bien delineados, cómo ciertos procesos sociales pueden contaminar al ser humano, llenarlo de una adiposidad artificial donde la retórica reemplaza a la sinceridad, y las consignas a las sencillas verdades. Por supuesto, la otra cara de la moneda es convertir a unos pocos en múltiples parias ávidos de descifrar mentiras, hartos de escudriñar un pozo repleto de decepciones, o de lidiar con gobiernos omnímodos que ni siquiera permiten llorar. Callejones de Arbat es un gran fresco de la transición de la sociedad soviética hacia la sociedad nuevamente rusa, y demuestra que las cirugías solo terminan siendo precarios afeites.
Los seres humanos buscan alternativas, luchan con los escasos medios a su alcance para cambiar, aunque sea en mínima medida, su entorno, hacerlo más amable. Algunos, en esa tímida búsqueda terminan convirtiéndose en héroes, en esos verdaderos héroes que son los héroes cotidianos, dispuestos, en la medida de lo posible, a mostrar los ribetes de espantosa cotidianeidad.  
¿Es posible amansar a la mayoría? Claro que es posible. La historia está plagada de esos exitosos intentos. Un régimen totalitario tiene múltiples caminos para que sus súbditos acepten la resignación.
Uno de los protagonistas analiza las dificultades que enfrentan quienes se niegan a aceptar el status quo. Su interlocutor aguarda algunos segundos, y finalmente le pregunta:
“– ¿Y a qué conclusión has llegado?
“–A que a veces es mejor ni pensar. Se vive más tranquilo”.

Nunca he tenido excesiva predilección por el circo. Pero recuerdo que cuando era niño, mis padres me llevaban. Me fascinaban los leones, las ecuyeres bailando sobre la grupa de los caballos, los equilibristas caminando por la cuerda floja, o haciendo piruetas en hamacas. Pero cada vez que aparecían los payasos y bufones, me escondía bajo la butaca. Me resultaban seres aterradores, incapaces de hacer el bien. (Años más tarde descubrí que muchos psicópatas empiezan como bufones).  
El siglo veinte ha dado más bufones que todos los siglos anteriores. Quizás la mass media alienta su presencia en los escenarios mundiales. Vean los newsreels donde aparecen Mussolini, o Hitler, a todos esos enfáticos caudillos latinoamericanos pronunciando tonterías interminables frente a un micrófono, o ante las cámaras de televisión.  Son realmente seres temibles, que pueden hundir a un pueblo en la anomia, o en la desesperación. Inclusive cuando están vivos ya son comandantes eternos, y por supuesto, mucho más después de muertos. ¿Cuánto de necesidad política para consumar sus maldades existen en esos líderes, y cuanto de revancha personal, de hacer pagar a las nuevas generaciones lo que ellos padecieron con las viejas? Siempre se habla de la gran historia para justificar sus tropelías. Bueno, Stalin se cruzó de brazos mientras abundaban los datos que los Panzer alemanes se acercaban a las fronteras de la Unión Soviética para iniciar una invasión. Pero luego, lideró la guerra patriótica, aunque esa guerra diezmó a su población. (Cuando hablamos de diezmar somos literales. Un diez por ciento de la población rusa pereció en los ataques del hitlerismo). Si Stalin no hubiera acatado a su paranoia, sino a su patriotismo, no hubiera mandado a torturar y fusilar a sus mejores generales tras juzgarlos en kangaroo courts, y la madrecita Rusia hubiera estado mucho mejor preparada para enfrentar a los nazis. La mayoría de las historias analizan los resultados sin tomar en cuenta que existían alternativas mejores, y no era necesario ser un mago para vislumbrarlas.  
Tal vez el ser humano, en algún momento, llegue a otra conclusión. Por ejemplo, que, a veces, es mejor pensar. Aunque eso le impida vivir muy tranquilo.


miércoles, 2 de marzo de 2016

Antimemorias caraqueñas de un periodista sin grabador


                                              
Mario Szichman                                
                                                                                                                                                                                                    Para Edmundo Bracho



(En octubre de 2004, viajé a Caracas para presentar mi novela Las dos muertes del general Simón Bolívar. Hugo Chávez había llegado a la presidencia en 1999, y Venezuela daba muestras de un sismo de grado ocho en la escala de Richter. La Caracas en que viví entre 1967 y 1980 –con un intervalo en Buenos Aires, entre 1971 y 1975– había cambiado para peor. Decidí escribir una crónica sobre mi experiencia para la revista Veintiuno, de la cual era editor el poeta y ensayista Edmundo Bracho, un entrañable amigo. Por alguna razón, no publiqué la crónica. Esta semana la encontré en un flash drive que hacía años no usaba. La rescato ahora como simple snapshot, un efímero momento de la Venezuela controlada por el chavismo. Pero al menos en ese embrión de régimen autoritario ya aparecían señales ominosas de la catástrofe política que se avecinaba. Como podrá deducir el lector, ese casual incendio en el Parque Central que menciono, no fue casual. De eso se enteró el público algunos años después).  
            La odisea comenzó con un simulacro del derribamiento de la estatua de Saddam Hussein en la plaza Fido de Bagdad, y concluyó con el incendio de un rascacielo en el Parque Central que recordó ominosamente a una de las dos torres gemelas del World Trade Center ardiendo tras la embestida de uno de los pilotos suicidas de Osama bin Laden. Todo ello aconteció en la ciudad mariana de Santiago de León de Caracas en el módico lapso de cinco días, entre el 12 y el 17 de octubre del 2004, y lo pude observar con lujo de detalles desde la ventanilla trasera de un taxi. En ese corto período cargado de eventos, mi imaginación desbordaba de ideas. No veía el momento de retornar a mi apartamento en New Jersey, revisar mis libretas de apuntes y casi diez horas de grabación, y escribir un enjundioso tratado sobre la situación actual que vive en Venezuela, brindando de paso algunos sabios consejos a los venezolanos sobre cómo emerger de la difícil situación que confrontan la oposición y el gobierno. No contaba con las estrictas medidas de seguridad en los aeropuertos, ni con el fenómeno de la altitud. Al pasar por las máquinas de control, las cintas de grabación sufrieron algún proceso de magnetización, porque lo único que pude detectar fue un zumbido, como el que emiten los mosquitos ubicados entre una lámpara de noche y nuestra endulzada sangre. En cuanto a las libretas de apuntes, iban en un bolso junto con mis implementos de baño y al parecer, a 10.000 metros de altura, el rociador con espuma de afeitar comenzó a actuar por su cuenta, y los inteligentes apuntes quedaron borroneados con una pasta moteada que hizo imposible su lectura. Volví a sentir una vez más la inquietante sensación de que había viajado a Caracas envuelto en una nube de ácido lisérgico. Mis impresiones son fugaces y contradictorias. Tengo ahora una idea mucho más caótica de lo que está ocurriendo en Venezuela de la que poseía antes de viajar. Y todas mis convicciones se han derrumbado.

            Vértigos (I)  

            Detesto al periodista cuya búsqueda de noticias consiste en tomar un taxi del aeropuerto al hotel, y luego otros taxis desde el hotel para visitar periodistas amigos que hablan su mismo idioma, y con ayuda de dos o tres anécdotas de esos amigos, más la recopilación de las entrevistas a los taxistas, trata de entender un país y en ocasiones el mundo. (En el medio irrumpe el recuerdo de The Year of Living Dangerously, de Peter Weir, donde algunos corresponsales de prensa intentaban dilucidar lo que ocurría en la Indonesia de Sukarno desde el bar de un hotel –un microclima que sólo reproducía un mundo de neuróticas borracheras, visitas a burdeles, y experiencias con la prostitución infantil).
            Pero hacía cuatro años que no visitaba Caracas, luego de dos décadas de ausencia. En los pocos días que permanecí en ella tuve que acudir en numerosas ocasiones a esos demonios del volante, sintiendo en toda ocasión zumbidos en los oídos y el ominoso vértigo que se instala en la boca del estómago cada vez que un avión ingresa en una zona de turbulencia y empieza a perder altura. Y en los instantes en que podía escuchar los comentarios de esos conductores (y eso solía ocurrir luego que frenaban al borde de una acera, y me acompañaban solícitamente a calmar mi náusea recostado en el paragolpes de sus automóviles) iba adquiriendo lo que creía era una visión muy profunda del acontecer venezolano. Todo eso gracias a los sagaces taxistas chavistas y antichavistas. Y si a eso añadía mi grabador en constante funcionamiento y mis libretas de apuntes registrando cada diálogo, la posibilidad de un gran reportaje parecía un hecho cierto.


            Vértigos (II)

            Tras la catástrofe con mis libretas de apuntes y con las cintas grabadas, puedo inferir que el presidente Hugo Chávez es el mejor amigo de los pobres, y al mismo tiempo, el hombre que ha acrecentado la pobreza. Le está enseñando al pueblo venezolano a pescar, a través de sus Misiones, aunque lo que está haciendo en realidad es regalarle al pueblo un pescado, garantizándole un futuro donde se morirá de hambre. Es un demócrata sincero, o un tirano cuya dictadura está atemperada por la incompetencia.  
Sin embargo, chavistas y antichavistas coinciden al menos en un hecho: Chávez es un libertario cuando se trata de su movimiento político. No está interesado en crear un partido orgánico, ni de derecha ni de izquierda, pues los partidos engendran dirigentes, y los dirigentes tienen en ocasiones la tendencia a serrucharle el piso a sus líderes.
Algunos chavistas creen que sin estructuras orgánicas, el movimiento puede colapsar como un castillo de naipes. Los antichavistas tienen esperanzas de que la falta de estructuras orgánicas haga colapsar al movimiento chavista como a un castillo de naipes.
            Finalmente, los chavistas creen que el futuro de Venezuela es luminoso, y los antichavistas, que el futuro de Venezuela es color alquitrán si Chávez continúa creyéndose el dueño de la piñata.

            Recordando con nostalgia (I)

            Siempre soñé con ser periodista, aunque aborrecía con entusiasmo las libretas de apuntes y grabadores. Y siempre lo pagué caro. La primera vez que viajé a Caracas, en 1967, fui recibido con gran jolgorio por el terremoto del Cuatricentenario. (En esa época el mundo no se dividía entre chavistas y antichavistas, sino entre simpatizantes del gobierno y partidarios de la lucha armada. Teodoro Petkoff no era director del diario Tal Cual, sino que figuraba en los encabezados de los diarios gracias a su osada fuga del cuartel San Carlos, tras una serie de peripecias que sólo se encuentran en las páginas de El conde de Montecristo).
            Algunos días después del sismo, durante una reunión de escritores –creo, si mal no recuerdo, para el otorgamiento del Premio Rómulo Gallegos a Mario Vargas Llosa por La Casa Verde– entrevisté a un escritor relativamente desconocido, de quien me había hablado con gran entusiasmo la escritora Marta Traba. Yo había leído algunos de sus perfectos cuentos, y una novela corta, más perfecta aún, llamada El coronel no tiene quien le escriba. Quienes no tenían la más remota relación con su persona o con su obra, lo llamaban afectuosamente Gabo.
El señor Gabriel García Márquez me recibió en un modesto hotel de la Avenida Francisco Solano exhibiendo una amable, distante sonrisa, y a una espectacular jovencita caraqueña –todavía no he conocido la primera joven caraqueña que carezca de espectacularidad. Yo, con la arrogancia de los 21 años, y mis ínfulas de intelectual del puerto de Buenos Aires, me presenté para la entrevista sin grabador y sin libreta de apuntes. García Márquez enarcó levemente las cejas, y me preguntó cómo me proponía registrar sus palabras. Le respondí que no se preocupara, pues poseía una memoria fotográfica. Y eso fue rigurosamente cierto. Al otro día recordaba muy bien la cara de García Márquez y de su bella acompañante, aunque ni una sola de sus palabras, pero ¿para qué están los periódicos? Adquirí varios matutinos, donde convencionales periodistas munidos de grabador y de libretas de apuntes habían registrado las palabras del escritor. De esa forma pude hacer una entrevista exclusiva, para una agencia noticiosa de cuyo nombre no quiero acordarme. Pero, como la memoria es selectiva, recuerdo al menos de esa época remota que García Márquez me habló con entusiasmo de su nueva novela, Cien años de soledad. Cuando le pregunté quien creía que iba a ganar el siguiente premio Rómulo Gallegos sonrió y se apuntó al pecho con un dedo, y cuando quise saber por qué no vivía más en Caracas, me dijo que si bien la ciudad le encantaba, era demasiado turbulenta para su gusto. La actividad subterránea de la corteza terrestre se correspondía con la hiperactividad de los caraqueños.
Como muchos forasteros antes o después que él, una de sus recurrentes pesadillas era ser atropellado por un vehículo y ser curado en un hospital del Seguro Social.

Vértigos (II)

            Sin mis libretas de apuntes y sin las cintas grabadas, mis recuerdos son confusos. Tengo sin embargo la fugaz visión de que cuando estaba llegando a Caracas, el 12 de octubre de este año, algunos miembros de la resistencia indígena le estaban propinando mandarriazos a la estatua de Cristóbal Colón cerca de Plaza Venezuela.
            Según me explicó el taxista, en esta ocasión un chavista, había llegado el momento de activar la resistencia indígena. Sin embargo, mientras observaba en la ventanilla trasera de su vehículo a varios representantes de la resistencia indígena, algunos de ellos catires de absolutos ojos azules, destruir la estatua del ex gran navegante genovés, mi taxista se mostró condolido por ese acto de vandalismo. Al mismo tiempo, me demostró que la globalización es un hecho irreversible, al transportarme súbitamente, al otro extremo del mundo. En esta ocasión, me dijo, eran los auténticos hijos de esa patria caribe quienes se habían encargado de condenar a la efigie de Colón al suplicio de Túpac Amaru. ¡Qué diferencia con lo ocurrido en Irak, donde tropas invasoras habían derribado la estatua de Saddam Hussein! Sumando el insulto a la injuria, habían cubierto su cabeza con una bandera norteamericana, el más popular símbolo de destrucción por el fuego que ha engendrado el siglo XX, si dejamos de lado la quema de libros por parte del Tercer Reich.
            Tuve que darle a mi taxista la razón. Después de todo, ¿quiénes eran los gringos para ponerse a criticar? Estados Unidos debió invadir un país para tumbar a Saddam de su pedestal. En Venezuela, eso se logró a través de personal autóctono.

            Vértigos (IV)

            Los mandarriazos propinados a la estatua de Colón fueron muy comentados por mis amigos de la clase media, una especie que, según me explicó un taxista antichavista –y por cierto, los hay– se halla en vías de extinción. Asistí a los prolongados funerales de esa clase en varios restaurantes de las urbanizaciones de La Castellana y Las Mercedes, donde, según me expresaron comensales contritos, los dueños de los locales libran una guerra de pandillas como la que derivó en la masacre de San Valentín en el Chicago de los Roaring Twenties para asegurarse los servicios de los mejores chefs, todos ellos europeos, todos ellos con la nariz alzada mirando el horizonte. Se trata de autócratas que no temen a nadie, excepto a sus venezolanos ayudantes de cocina, quienes con ese espíritu democrático que anima al habitante de estas tierras han enviado al c… a cualquiera que se haya animado a tratarlos con altanería o con la distante superioridad de un cirujano reclamando el escalpelo a una enfermera.
            Mientras abríamos el apetito desparramando caviar de Beluga sobre rodajas de pan crocante, y devorábamos carne tan tierna que se puede cortar con un tenedor, un privilegio que hasta escasea en Buenos Aires, la capital mundial de la carne asada, y los manjares pasaban por la mesa y recalaban en nuestros estómagos, regados con excelente vino, y luego optábamos entre varias delicias de repostería y decidíamos elegir todas, y al coñac o al cointreau seguía un café expresso, observé en mis amigos la nostalgia por un país que ya no existe. Añoraban las prolongadas vacaciones en el Nuevo o el Viejo Mundo. Apenas si perduraban algunas escapadas de fin de semana a Miami o a París. También estaban extinguidas la mayoría de las necesidades básicas de la vida. ¡Cónchale vale! Más de uno había tenido que cambiar de etiqueta en el whisky, y optado por el Johnny Walker etiqueta roja en lugar del Johnny Walker etiqueta negra. (En una de esas incursiones culinarias, y mientras esperábamos en el bar a que nos habilitaran una mesa, examinando, distraídos, bellas e interminables piernas de mujeres que tratan infructuosamente de ocultar sus encantos cubriendo su garganta con collares algo más anchos que sus faldas, uno de mis amigos estuvo a punto de agredir a un mesero porque la despensa había quedado raleada. En lugar de whisky Royal Salute sólo podía ofrecerle Chivas Regal).

            Nostalgias (II)

            Llegué a Caracas por primera vez en 1967. Ahora parece una época antediluviana. Para el momento en que Vargas Llosa recibió el premio Rómulo Gallegos, era considerado no solo más famoso y mejor escritor que García Márquez sino, además, un peligroso comunista. Recuerdo que en una de esas estridentes radios donde locutores de voz engolada anunciaban con la misma solemnidad tanto una catástrofe como los precios irrisorios de la cadena de tiendas Pepeganga, circuló por esos días una insistente mancheta en que se proclamaba: “La Casa Verde se transformó en roja, ¡qué cosa tan horrorosa!” Recuerdo también otro bochornoso episodio de índole personal. Cuando Vargas Llosa pronunció su discurso de aceptación del premio yo me empeciné en carecer de libreta de apuntes y de grabadora. Basándome una vez más en mi excelente memoria fotográfica reproduje para la misma agencia de cuyo nombre no quiero acordarme algunas frases célebres de Vargas Llosa, ninguna de las cuales el escritor había proferido en la ceremonia. Una de ellas asignaba a los escritores la tarea de convertirse en “el tábano sobre un noble caballo”. Vargas Llosa se dedicó con placer a demoler mi inteligente pieza de periodismo imaginario durante una entrevista que le hizo la agencia France Press. Creo que se sintió particularmente irritado por la alusión al tábano y al noble caballo. Al día siguiente adquirí otros matutinos donde habían registrado las palabras auténticas de Vargas Llosa, y de esa forma pude hacer otra nota exclusiva.

Vértigos (V)
           
            El 11 de septiembre del 2001, tras concluir en la agencia noticiosa donde ahora me gano la vida mi graveyard shift (mi turno de la medianoche, aunque la traducción literal es el turno del camposanto) emprendí el retorno al hogar. Una de las cosas que me encantaba de ese turno era tomar el subterráneo en dirección contraria a los miles de commuters que a esa hora, las siete de la mañana, se dirigían hacia el trabajo. Todos ellos enfilaban hacia sus oficinas, y sus cuerpos intentaban eludir todo contacto con el de sus vecinos, en tanto yo me desplazaba en un vagón casi vacío, dormitando, como algunos de mis escasos vecinos de travesía.
            Nos desayunamos con mi esposa, Laura, jugué un poco con mi flamante perra, Cali, y al rato de estar en la cama, y cuando me estaba hundiendo en un vasto precipicio de sueño, Laura me despertó, diciéndome que había ocurrido un curioso accidente. Una avioneta se había estrellado contra una de las torres gemelas del World Trade Center. Media hora más tarde, otro avión se estrelló contra la restante torre gemela. Eso ya no parecía un accidente, y por primera vez me puse a pensar cuántos de estos commuters que aguardaban en la estación del subterráneo para abordar el tren habían tenido como destino triste, solitario y final, algunas de las torres incendiadas.
            El 17 de octubre del 2004, cuando me dirigía hacia el aeropuerto internacional de Maiquetía para retornar a Estados Unidos, observé por la ventanilla trasera de un taxi el incendio de una de las torres del Parque Central. Lo siniestro se instaló en mi pecho y pasaron varias horas –las del interminable vuelo desde Maiquetía hasta el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York– antes que pudiera volver a conectarme con el mundo y recuperara una serena respiración. No, el incendio en el Parque Central no había sido un acto terrorista. No, no había víctimas. Un gran amigo, el periodista Edgar Moreno Uribe, cuyo apartamento quedaba cerca del Parque Central, tuvo que deambular un día completo con su perra doberman, mientras los bomberos controlaban el incendio para impedir que se extendiera a edificios vecinos. Todo no pasó de un enorme susto[i].
            Pensé que hay cosas peores que perder cintas de grabación y libretas de apuntes. Traté de compaginar diálogos y emociones, imágenes de rostros, y fugaces visiones.
   Por suerte, traje conmigo abundantes periódicos y revistas, y he podido hacer una buena búsqueda de artículos sobre la actualidad venezolana en páginas de la internet. Ahora me dispongo a hacer una nota original, exclusiva, y de primera mano, sobre lo que me ocurrió realmente en Caracas.
(New Jersey, noviembre de 2004).




[i] Aunque el incendio en un edificio del Parque Central no fue causado por el estrellamiento de un avión, se sigue sospechando de sus causas, pues resultaron totalmente destruidos los archivos de varios ministerios.
“El ministerio de Infraestructura fue completamente dañado. Todavía no se conocen los perjuicios provocados en los ministerios de Agricultura y Comercio Exterior. Las causas del incidente son desconocidas. No está descartada la hipótesis de que el incendio haya sido intencional”. Voltairenet.org




domingo, 28 de febrero de 2016

Cartas marcadas (relato)

Mario Szichman




Cuando los habitantes del pueblo de Pinie Ostropoler empezaron a buscar el paradero de sus familiares, el cartero tomó la costumbre de llamar primero dos veces y al final tres, hasta que no quedó un solo habitante en condiciones de recibir la correspondencia.
En las mañanas de ese azaroso año de 1939, el cartero aparecía con su traje de un gris impecable, sonreía y traía las buenas nuevas. En la tarde, se presentaba vestido de luto riguroso y entregaba las instrucciones a alguno de los vecinos. Nunca faltaba un habitante del pueblo que pensara,  “Algo habrá hecho algún familiar del vecino para merecer las instrucciones”, y sus sospechas solían confirmarse. Las instrucciones ordenaban al vecino dirigirse al árbol centenario del pueblo y recoger el mensaje abandonado encima de la cuarta rama contando desde abajo. De esa manera se enteraba que el familiar había perdido el paradero luego de infiltrarse.
Las instrucciones eran siempre firmadas por Un Amigo. Habitualmente, el vecino liaba sus enseres domésticos, se dirigía al puerto, y zarpaba en un barco especialmente fletado rumbo a otras tierras, oprimido por la culpa, nunca por el temor, porque Polonia era un país dotado de leyes de un profundo contenido humanista, una tradición hermosa acompañaba a sus habitantes y qué paz les daba Dios.
Una de las pocas veces en que se alteró esa rutina fue con la madre de Schmulik, el portador de pruebas de imprenta. Hasta el momento de recibir las instrucciones y enterarse que su hijo había perdido el paradero luego de infiltrarse, la señora se había sentido muy orgullosa de su Schmulik. Su hijo tenía como paradero oficial una fábrica de almanaques situada en la región montañosa de N..., y la señora estaba convencida de que ese destino era inalterable pues había enseñado a su Schmulik la fábula del niño malo secuestrado por el mono en la región montañosa de R... tras sacar las manos de los bolsillos. Schmulik quedó tan asustado por la fábula, que nunca se atrevió a manipular sus botones o su salario. Además, en el paradero de N... se ganaba dinero a manos llenas.
Cuando la pobre señora recibió las instrucciones, le pidió a su amigo Pinie que la acompañara al árbol porque no sabía cómo trepar. Pinie recogió el mensaje y de esa manera la señora se enteró de que su hijo había perdido el paradero. “Si se hubiera preocupado por el paradero de su joyita”, decía el mensaje firmado por el mismo amigo, “a estas alturas sabría que está sacando las manos de los bolsillos. De ahí a la infiltración hay un solo paso”.
La señora se preguntó en qué había fallado. ¿Tal vez le había dado a su Schmulik una educación secular? Pero es que esa era la única forma de sacarlo del gueto. Otros muchachos de la generación de Schmulik habían decidido sacar las manos de los bolsillos en algún momento de su pubertad y ahora andaban todo el día con la nariz metida en algún rollo talmúdico, intentando descubrir su paradero en un inalcanzable pasado de esplendor, mientras sus mujeres se sacaban el pan de la boca para atender a la prole. Pero no su Schmulik.  Él había decidido quedarse con las manos en los bolsillos y su nariz le servía para buscar el paradero correcto, especialmente en invierno, cuando la usaba como timón de su trineo. Por otra parte, en la fábrica de almanaques hebreos donde trabajaba Schmulik había poco interés en el pasado. En ese año de 1939 muchos judíos sólo deseaban conocer un porvenir impreso en letras de molde, pues lo consideraban inalcanzable. Eso incentivaba la demanda de almanaques donde el futuro apareciese plagado de estaciones y de ceremonias encargadas de evocar primero a sus mártires y luego a sus héroes. Era grato enterarse que las matanzas de Chmelnitski siempre eran abrogadas por las victorias de Bar Kojba.
En ese contexto, se cotizaba muy bien la capacidad de Schmulik de conservar las manos en los bolsillos, pues sus largos brazos creaban grandes huecos utilizados por los tipógrafos para atiborrarlos de galeradas. Con un leve balanceo del rostro, Schmulik se acoplaba al paradero del viento y partía raudo rumbo a las imprentas, duplicando la velocidad de los otros portadores.
El dueño de la fábrica de almanaques recompensaba esa habilidad depositando en la gorra de Schmulik 200 zlotys por mes que le permitían pagar su pensión en casa de una familia encargada de meterle la cuchara en la boca, desabrocharlo y remendarle los bolsillos. Como Schmulik era muy frugal, lograba ahorrar 120 zlotys mensuales que le enviaba a su madre a través de Nusn el aguatero.
Schmulik había ganado ocho condecoraciones como mejor portador de pruebas de imprenta, y las medallas tintineaban orgullosas en su gorra. El dueño de la fábrica de almanaques había insinuado inclusive la posibilidad de habilitarlo como socio. Y, de buenas a primeras, se lamentó la madre ante Pinie, todo eso estaba a punto de ser arrojado por la borda porque al impertinente de su hijo se le había ocurrido sacar las manos de los bolsillos. Pero ese impertinente me va a escuchar, continuó la señora mientras Pinie miraba hacia todos lados con preocupación.
En vez de sentirse culpable por el mensaje en el árbol y liar sus bártulos, la madre de Schmulik decidió descubrir el paradero de su hijo para reprocharle su intempestiva decisión de arruinarse.
Pinie escuchó las cuitas de la señora y le recomendó tener paciencia. Tal vez Schmulik no necesitaba seguir usando un paradero. Pero la señora rehusaba conformarse. Argumentaba que todos necesitaban un paradero.
Pinie sugirió que el hijo podría haber sacado las manos de los bolsillos para agarrar una botella y, embrutecido por el alcohol, había amanecido casado con una cíngara. En una de esas, mientras la señora se preocupaba inútilmente, su hijo se aprestaba a darle la gran satisfacción de hacerla abuela.
La madre de Schmulik regañó a Pinie por su insensibilidad. Cómo se veía que no se había desvivido por educar a un hijo. Schmulik nunca hubiera hecho algo semejante. Para aplacarla, Pinie le aconsejó que tratara a su hijo como a un joven respetuoso de las tradiciones, pero ingrato y a punto de perder el paradero. La señora se sintió mucho mejor con ese consuelo y mandó una carta a la fábrica de almanaques donde trabajaba Schmulik, exigiendo conocer su paradero. Ella era de esas madres chapadas a la antigua, solo interesada en desvivirse por su hijo, según informaba en su carta.
Cuando la señora recibió un telegrama colacionado donde se indicaba que la empresa no podía brindar ese tipo de información, decidió modificar el método y empezó a propalar sus reclamos en los sobres. A veces dirigía sus quejas a “Esos que no les preocupa la angustia de una madre”, y otras a “El ingrato a punto de perder el paradero”, pero ninguna de sus cartas obtuvo respuesta.
La madre de Schmulik volvió a pedirle consejo a Pinie. ¿Qué le recomendaba hacer? Ella no pensaba descansar hasta localizar el paradero de su hijo. ¿No sería mejor ir a la policía y consultar en la sección de personas desaparecidas? Pinie le rogó a la señora no involucrar a las autoridades hasta saber a qué atenerse. ¿Acaso se había olvidado de lo ocurrido a Guitele? Ella también había buscado el paradero de un medio hermano acusado de infiltrarse. Recién cuando el medio hermano fue encontrado por las autoridades, Guitele recordó que antes de desaparecer había estado completo. Pinie le aconsejó a la señora esperar un poco. Lo mejor era hacer discretas indagaciones. Él se ocuparía del asunto.
La señora agradeció a Pinie las molestias que se estaba tomando y de inmediato envió un mensaje al dueño de la fábrica de almanaques, expresando preocupación por el paradero de Schmulik, un hijo respetuoso de las tradiciones, aunque ingrato y a punto de arruinarse la vida. En la postdata, la señora rogaba al cielo que no hubiese nada sospechoso en los paquetes transportados por su Schmulik.
El dueño de la fábrica de almanaques examinó con preocupación el mensaje de la señora. Dos  horas después, recibió una carta bastante ominosa que lo invitaba a dirigirse al árbol centenario del pueblo. Tras enterarse que había enlodado su apellido por culpa de un infiltrado, el empresario embaló sus pertenencias, entre ellas varias cajas con almanaques flamantes, abandonó su casa a altas horas de la noche, y zarpó rumbo a otras tierras en un barco especialmente fletado, el Baronesa Cracovia. El barco obtuvo negativa de asilo en Southampton y Reijkiavik y terminó varado en el Mar de los Sargazos. Algunos de los paquetes con almanaques fueron lanzados al mar cuando el capitán decidió aligerar la carga y terminaron recalando en las costas de Calais. Los criptógrafos del servicio de inteligencia francés analizaron los almanaques y determinaron que se trataba de textos cifrados de espías alemanes confirmando la invulnerabilidad de la Línea Maginot.
 A todo esto, la carta enviada por la pobre señora al dueño de la fábrica de almanaques fue encontrada por un guardia forestal que la desplegó, alisó sus dobleces, la examinó a la luz de una linterna, se acomodó la gorra, se rascó la cabeza, pensó: “Algo habrá hecho para merecer el mensaje”, y de inmediato hizo sonar su silbato a fin de dar aviso a las autoridades.
La policía recibió órdenes de rodear discretamente las imprentas para capturar a Schmulik. Estaban al tanto de las señas del infiltrado: andaba generalmente con las manos metidas en los bolsillos y portaba paquetes de naturaleza sospechosa.
Las pesquisas policiales tuvieron éxito. Un desconocido, con la gorra cubierta de medallas, cruzó en su trineo un puesto de control llevando dos paquetes sospechosos en los huecos que formaban sus largos brazos. Cuando le preguntaron que llevaba consigo, dijo: “Pruebas de galera, para allá”, y señaló la imprenta con la nariz porque sus manos estaban metidas en los bolsillos. Los policías intercambiaron entre sí miradas significativas y lo dejaron infiltrarse.
 No habían pasado ni diez minutos cuando llegó a la imprenta el comando antibombas e hizo detonar una carga explosiva en los paquetes sospechosos. Donde hasta ese momento se erigía la imprenta quedó un agujero que delineó el contorno de los cimientos. Y justo en el centro del agujero estaban los restos de un trineo, una gorra cuajada de medallas y dos sospechosos paquetes algo descalabrados, pero compaginables. Contenían pruebas de imprenta repletas de inscripciones foráneas.
 El jefe de policía temió una conjura y llamó a un experto en lenguas muertas que confirmó sus peores sospechas. Alguien, en 1939, en Polonia, se dedicaba a calentar la cabeza de los judíos dándoles ínfulas de futuro. ¡Y qué futuro! Los miembros de la raza elegida se proponían llegar en pocos meses al año 5700. El jefe de policía ordenó erigir barricadas en las principales vías de acceso a las imprentas para evitar la presencia de nuevos infiltrados.
Al otro día, la madre de Schmulik fue informada de la muerte de su hijo en un enfrentamiento con las fuerzas del orden. En las medallas de su gorra se habían hallado microfilms detallando un complot de varios fabricantes de almanaques hebreos destinado a sembrar la disensión.
Esa noche, los tres principales fabricantes de almanaques hebreos, temiendo haber sembrado la disensión, liaron sus bártulos, entre ellos algunas cajas con almanaques flamantes, abandonaron sus casas a altas horas de la noche, y zarparon en un barco especialmente fletado, el Condesa Petrovia, rumbo a otras tierras, abrumados por la culpa, nunca por el temor. Los pasajeros consiguieron negativa de asilo en Hamburgo y Oslo. Finalmente, el barco encalló en Amberes y los pasajeros fueron internados como prisioneros de guerra en un campo de concentración. Algunos de los paquetes fueron analizados por criptógrafos del servicio de inteligencia de Bélgica, quienes determinaron que se trataba de mensajes cifrados de espías alemanes recomendando respetar la neutralidad de ese país.
Entre tanto, en el pueblo de Pinie, la policía logró sofocar la disensión haciendo detonar los paquetes sospechosos que Schmulik había depositado en los umbrales de diferentes imprentas antes de enfrentarse con las fuerzas del orden. Cuando no quedó una sola imprenta intacta, los fabricantes de almanaques hebreos se reunieron en la parte del establo que les permitían usar de sinagoga e hicieron un análisis de coyuntura. ¿No estaría pasando el antisemitismo por la zona? indagaron. Pero un delegado del Congreso Judío les pidió que bajaran los humos porque a) no estaban en Alemania, donde la política oficial era meterle a cada judío la estrella amarilla; b) tampoco en Ucrania, donde la política oficial era sacar a los judíos a la calle con una cadena al pescuezo y hacerlos pelear con el oso, en tanto el jefe de la estación se negaba a venderles boletos para viajar en el techo del tren y c) ni por supuesto en Rusia, donde el Zar tenía como política oficial negar la participación de las Centurias Negras en los progroms mientras Rasputín le iba curando todos los hijos que la conspiración judeo-masónica había dejado hemofílicos. Al no ser el antisemitismo una política oficial, lo mejor era acudir a las autoridades locales, recomendó el delegado del Congreso Judío alzándose las solapas porque el calor irradiado por los cuerpos desnutridos no alcanzaba a compensar el frio proveniente del agujero donde antes había un techo.
 Pinie mencionó, entonces, ante el delegado la desgracia de la pobre señora. Uno de sus mensajes había caído en manos de las autoridades locales y ahí tenían los resultados. La ignorancia sobre el paradero de su hijo había causado la detonación de las imprentas.
 ¿No andaría el tesorito metido en algún lio? pregunto el delegado. Porque había imprentas e imprentas. No era lo mismo una imprenta ortodoxa que una imprenta de progressivers (progresistas). Ahí tenían a los judíos húngaros, por ejemplo. A ellos les habían comenzado a detonar las escuelas. Pero había escuelas y escuelas. No era lo mismo una escuela ortodoxa que una escuela de progressiver idn. Podían preguntarle al húngaro Lubcek, allí presente.
 El húngaro Lubcek explicó a los asistentes que la detonación de las escuelas ortodoxas hacia retornar a los hijos al hogar mientras que la detonación en las escuelas dc los progressiver hacía perder a los hijos dos veces. Cuando detonan una de nuestras escuelas, dijo Lubcek, nuestros hijos se quedan todo el día jugando en casa. No se cansan de jugar. Entonces, todos nos arrepentimos, vamos a la sinagoga, el rabino lee un capítulo del Talmud donde todo está previsto en función de los pecados cometidos y reconstruimos la escuela a marchas forzadas para que nuestros hijos no se vean privados de los beneficios dc la educación. El gobierno envía un comunicado dirigido a la noble y sufrida comunidad hebrea prometiendo el condigno castigo a los culpables y el padre Zósimo, capellán del capítulo local de las Centurias Negras, asiste a la reapertura del establecimiento. En cambio, cuando detonan las escuelas de los progressiver, todos los estudiantes pasan a la clandestinidad, el gobierno descubre un complot para entregar las gargantas de sus prohombres a la guillotina de Moscú y nunca falta algún subversivo que es asesinado por sus propios cómplices para poder echarle la culpa a la policía.
 Los asistentes a la reunión decidieron entonces elevar un petitorio ante las autoridades locales rogando fuera considerado su caso. Al fin y al cabo, ellos fabricaban almanaques ortodoxos, no progressiver.
 Los fabricantes de almanaques fueron recibidos por el alcalde con los brazos abiertos ya que la detonación de las imprentas le había impedido seguir percibiendo un impuesto del 20 por ciento a las actividades foráneas. El alcalde les ofreció té con limón, y todos celebraron cuando lo bebió a la usanza rusa, con un terrón de azúcar entre los dientes. Tras elogiar a la noble y sufrida colectividad hebrea y anunciar otro impuesto a las actividades suntuarias a ser recolectado por su hijo el primero y quince de cada mes, el alcalde ordenó al jefe de policía ofrecer protección a los fabricantes de almanaques. Pero, lamentablemente, el exceso de celo policial afectó las actividades comerciales y la mayoría de los fabricantes de almanaques, con los ojos arruinados por la profusión de faroles busca huellas que escudriñaban sus locales y con sus traseros lastimados por perros guardianes imperfectamente entrenados, zarparon en un barco especialmente fletado, el Duquesa Monrovia. Los viajeros consiguieron negativa de asilo en La Habana y Barranquilla, atravesaron el Estrecho de Magallanes y de allí el barco encauzó hacia el Mar de los Sargazos, donde quedó varado cerca del buque Baronesa Cracovia.
Entre tanto, los fabricantes de almanaques hebreos que no lograron abordar el Duquesa Monrovia a tiempo con el resto de sus colegas fueron convocados a la oficina del jefe de policía. En el escritorio del funcionario había una jarra de vidrio donde habían estampado una etiqueta de cartón que decía: Fondo de Responsabilidad Ciudadana. El jefe de policía informó que los había llamado para exhortarlos a continuar con su labor. Les recordó que su país había sido bendecido por leyes de un profundo contenido humanista, una bella tradición era defendida por sus pobladores, y Dios les garantizaba paz.  Nadie estaba obligado a coser una estrella amarilla en sus ropas, o a pelear en la calle con el oso, que por cierto, era un manso animal, y además los jefes de estación permitían a los judíos viajar en los techos de los trenes. Solo había que tener cuidado agachando la cabeza al entrar a toda velocidad en un túnel.
El funcionario les recordó que estaban viviendo en el año 1939, que esa era Polonia, no la tierra prometida, y se había enterado, con cierta alarma, que la noble y sufrida comunidad judía pensaba llegar en pocos meses más al año 5700. La población nativa pensaba que esa diferencia en años era un injusto privilegio. ¿Por qué no intentaban –era una sugerencia, no una orden– que el calendario hebreo se aproximara de manera gradual al calendario gregoriano? Si los fabricantes de almanaques lograban reducir la brecha, les estaría muy agradecido. Apelaba exclusivamente al sentido del deber siempre exhibido por los responsables ciudadanos allí presentes. Bueno, las personas responsables allí presentes. La cuestión de la ciudadanía vendría más tarde. Por cierto, cualquier contribución de doscientos, quinientos o mil zlotys al Fondo de Responsabilidad Ciudadana sería muy bien recibido.
Los fabricantes de almanaques, acatando la solicitud del jefe de policía, decidieron en ese mismo momento comenzar a producir calendarios que permitieran cerrar la brecha con los calendarios gregorianos. La victoria de Bar Kochba continuó siendo señalada, pero no la matanza de Chmielnicki. De esa manera, los fabricantes de almanaques borraron de un plumazo cuatrocientos años de infortunio.
Entusiasmados por la tarea, los fabricantes de almanaques comenzaron a competir entre sí  intentando evitar muchos años de calamidades.
Al poco tiempo, siglos de desdicha fueron obliterados para siempre. Un día, el vocero de los fabricantes de almanaques informó orgulloso al jefe de policía: “Ya pasamos de los 5700 años a los 4383, pero eso es solo el comienzo. En poco tiempo más, contaremos con menos historia que los suizos”.
Debido a la premura con que actuaban los fabricantes de almanaques, se cometieron algunos errores. En una oportunidad fue descartado el año 1492. De esa manera, se eliminó la expulsión de los judíos de España, y quedó América por descubrir.
En el ínterin, la pobre señora que había perdido el paradero de su hijo en el enfrentamiento con las fuerzas del orden recibió 120 zlotys de Nusn el aguatero acompañados del recorte de un periódico donde se mencionaba la extraña aparición de un hombre con las manos enfundadas en los bolsillos diez minutos antes de detonar imprentas hebreas en lugares tan remotos como Radom, Kielce y Piotrkow. La última deflagración, decía el corresponsal, había propulsado al desconocido hacia el buque Duquesa Monrovia, que tenía programadas escalas en La Habana y Barranquilla.
 La madre, loca de contenta, fue corriendo a mostrarle el recorte al jefe de policía quien, al descubrir la reaparición del sosías de un muerto tras un enfrentamiento con las fuerzas del orden, consultó en la sección de personas desaparecidas, sacó a un desaparecido de la lista, lo incluyó entre los muertos en un enfrentamiento con las fuerzas del orden, ubicó al hijo de la pobre señora en el sitio dejado vacante por el reaparecido y decidió capturar al infiltrado vivo o muerto.
En un primer momento, el jefe de policía pensó en seguir sofocando los focos de disensión con la ayuda del comando antibombas. Pero seguidamente, tironeado entre los cismáticos y el servicio de rentas internas, citó a los fabricantes de almanaques y les ordenó reportar de inmediato la presencia de cualquier infiltrado que tuviese como señas visibles las manos en los bolsillos. Además, a partir de ese momento los almanaques hebreos deberían registrar exclusivamente fechas patrióticas polacas, que llevaban un recargo del 10 por ciento a las actividades oriundas. Mientras se estableciera la nueva oficina recaudadora, el gravamen podía ser depositado en su cuenta personal. Aceptaba también dinero en efectivo.
Los fabricantes de almanaques hebreos aceptaron de buena gana las exigencias. No tenían problema alguno en denunciar la presencia de infiltrados ya que, según les habían informado, el último paradero conocido del sosías de Schmulik era en el Duquesa Monrovia, cerca del Mar de los Sargazos, y les entusiasmaba la idea de compartir sus almanaques con los polacos pues eso podría incrementar las ventas. Por otra parte, era grato tratar con funcionarios probos.
Sin embargo, al revisar los calendarlos nativos, encontraron una inesperada dificultad. Tal vez porque los almanaques eran elaborados en imprentas de mala calidad, tal vez por descuido de los historiadores, la mayoría de las fechas patrióticas polacas coincidían con la celebración de algún pogrom.
 Los fabricantes de almanaques hebreos estaban en un real dilema. Si colocaban las fechas patrióticas perderían a todos sus clientes judíos. Si las obviaban, se acabaría la protección de las autoridades locales. Perplejos e indecisos, optaron por pedir una cita a su protector. El jefe dc policía los recibió en su despacho y les dijo que estaba a sus órdenes. Los fabricantes de almanaques plantearon su dilema y el jefe de policía dijo que ese era un país libre. No había censura previa, apertura de la correspondencia, leyes excepcionales o suspensión de las garantías constitucionales, una tradición hermosa acompañaba a sus habitantes y qué paz les daba Dios. Si deseaban seguir fabricando almanaques sin mencionar las fechas en que se había derramado la preciosa sangre polaca, pues allá ellos.
De inmediato, cinco de los seis fabricantes de almanaques acopiaron sus pertenencias y zarparon en el Princesa Moscovia, intentando reunirse con sus antiguos colegas. Los viajeros fueron rechazados en Valparaíso y El Callao. Inclusive las autoridades bolivianas se ofrecieron a negarles asilo, pese a carecer de salida al mar. Finalmente, el barco tropezó con los paquebotes Baronesa Cracovia y Duquesa Monrovia en el Mar de los Sargazos. Los macilentos pasajeros del Baronesa Cracovia y del Duquesa Monrovia fueron transbordados al Princesa Moscovia.
Luego de encontrar negativa de asilo en puertos menores, el Princesa Moscovia encalló en Amberes, cerca del Condesa Petrovia. Mientras los pasajeros combinados de los cuatro barcos eran internados en un campo de prisioneros, estalló la Segunda Guerra Mundial y los nazis los liberaron confundiéndolos con croatas, la crema de la crema de los antisemitas. Los fabricantes de almanaques recogieron sus menguantes pertenencias y partieron en caravana hacia Francia en momentos en que el ejército alemán atravesaba sin problemas la inexpugnable Línea Maginot. Allí los sorprendió el devastador conflicto bélico y para sobrevivir debieron esconderse en cuevas y alimentarse de trufas y de fresas silvestres. Cuando llegó la Liberación, fueron puestos frente a un pelotón de fusilamiento, primero por afrontar las penurias como duques, en base a trufas y a fresas, y segundo porque los mensajes cifrados de sus almanaques habían preconizado la invulnerabilidad de la Línea Maginot permitiendo que los patriotas se durmieran sobre sus laureles.
En cuanto a la madre de Schmulik, siguió recibiendo durante los primeros años de la guerra 120 zlotys mensuales de Nusn el aguatero y 200 zlolys del último fabricante de almanaques que había quedado en el pueblo. Lo único que pedía en canje era garantías sobre la ausencia definitiva de Schmulik.
El fabricante decidió usar el infalible recurso del favor oficial para seguir en el negocio y plagó sus almanaques de fechas patrióticas previamente inexistentes y a buena distancia de los pogroms. Todos quedaron contentos, especialmente los polacos, porque en su vida habían imaginado la existencia de tantas victorias.
Sin embargo, ni con la mejor buena voluntad era posible obtener todos los meses una abundancia de fechas patrióticas. Algunos meses podía arreglarse incluyendo la aparición milagrosa de la Virgen. En materia de apariciones milagrosas, ni los españoles lograban superar a los polacos. En otros meses, el fabricante de almanaques agregaba leyendas como “No olviden que el mes entrante tendremos abundancia de fechas patrióticas”, o “Faltan apenas quince días. ¿Qué son en definitiva dos semanas cuando se avecina una importante fecha patriótica?” Pero había un mes recalcitrante. No existía una sola fecha patriótica capaz dc conjurar entusiasmos ni aparición milagrosa de la Virgen. Y para completar el infortunio, al mes siguiente había una victoria de los patriotas que les había dejado irredento cien mil kilómetros cuadrados de territorio.
 El fabricante de almanaques pensó, pensó, y al final encontró lo que suponía era una buena solución: En el mes recalcitrante incorporó la leyenda, “Afortunadamente, una vez pase la victoria del mes siguiente, tendremos algo que celebrar”. Pero él no pudo celebrarlo.
 En cambio, la madre de Schmulik pudo festejar el rencuentro con su hijo. Un día recibió una carta de Schmulik anunciando su retorno y contando su odisea, desde su escape de las detonaciones hasta su llegada a España. La primera deflagración, explicó a su madre, lo había lanzado lejos de la fábrica impidiéndole recoger su gorra repleta de medallas. Una vez desalojado del lugar, estuvo muy ocupado depositando pruebas de galera de almanaques hebreos en las puertas de otras imprentas, pero las detonaciones lo fueron propulsando cada vez más lejos, hasta que se quedó sin trabajo. En ese momento, advirtió que había perdido todo propósito caminar con las manos en los bolsillos. Intentó probar en otros campos de actividad pero se había corrido la voz de que su nariz atraía al comando antibombas como a un imán y optó por alejarse de todos los conocidos. Decidió embarcarse en el Duqucsa Monrovia. Mientras se despejaba el panorama, decía el hijo de la pobre señora, era mejor viajar,  ponerse en contacto con la naturaleza, pernoctar cada noche bajo un cielo distinto, y el Duquesa Monrovia reunía las condiciones ideales gracias a la falta de derecho de asilo otorgada a todos sus pasajeros.
El hijo narró brevemente su internación en un campo de prisioneros, su fuga a Francia con los fabricantes de almanaques, su decisión de seguir viaje a España. En Cádiz había trabajado cargando leña en un astillero hasta reunir dinero suficiente para pagar su pasaje de regreso. Calculaba que en pocos días más llegaría al pueblo. Tal vez, decía a su madre, podrían reunirse junto al árbol centenario.
Esta vez, la pobre señora decidió pedir consejo a Pinie antes de actuar. Pinie le sugirió que había hijos e hijos. No era lo mismo un hijo ortodoxo que un hijo progressiver. El problema con los hijos ortodoxos era que retornaban al hogar en tiempos difíciles. En cambio, los hijos progressiver se morían dos veces. ¿Por qué no considerar a su hijo un progressiver y perderlo por segunda vez?
A la mañana siguiente, la pobre señora fue llorando a la redacción del periódico Tribuna Libre y anunció que ya no necesitaba buscar el paradero de su hijo pues le habían informado de su muerte. Esa misma noche, la pobre señora puso en un baúl sus escasas pertenencias y partió a reencontrarse con su hijo.
Días después, el alcalde leyó en Tribuna Libre que el hijo de la pobre señora había sido asesinado por sus propios compañeros, ansiosos de poder echarle la culpa a la autoridad constituida. Sin perder un momento, el alcalde exigió la renuncia del jefe de policía, por haber atribuido esa muerte a un enfrentamiento con las fuerzas del orden. Además, decidió aumentar a tres las rondas cotidianas del cartero buscando compensar el declive de la recaudación impositiva con el decomiso de la propiedad ausentista.