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domingo, 6 de marzo de 2016

Callejones de Arbat de Antonio Álvarez Gil. Hombre Nuevo, víctimas viejas



Mario Szichman




El verdadero peligro que acecha al escritor
No es tanto la posibilidad (con frecuencia real)
De ser perseguido por el Estado,
Como la posibilidad de resultar hipnotizado por su imagen,
Ya sea esta monstruosa o retocada
Para mejorarla, aunque sea siempre de manera temporal.
Joseph Brodsky
(Citado en la novela Callejones de Arbat)

Primero una historia personal: nací en una familia de inmigrantes  judíos provenientes algunos de Rusia, otros de Polonia, que recalaron en Buenos Aires a comienzos de la década del treinta del siglo pasado. Traían consigo historias tan difíciles de sobrellevar, que se negaban a hablar de ellas. Tal vez comencé a escribir, me hice periodista, intentado descifrar el secreto que se ocultaba en mis prófugos familiares del Viejo Mundo. Bueno, todavía hoy no he descifrado el secreto, aunque algunos atisbos de la inmensa crueldad, la persistente pobreza padecida por los judíos del shtetl, la pequeña aldea, me fueron comunicados por mi padre, Israel Ber. En cierta ocasión, cuando tenía ocho o nueve años, mi padre fue a nadar a un río, y estuvo a punto de ahogarse. El único comentario de su progenitor fue: “¡Qué suerte que no te ahogaste! Como sabrás, no tengo dinero suficiente para pagar por tu funeral”. Y después, había un chiste que circulaba entre mis tíos –tuve la dicha de contar con tíos muy alegres, y siempre con una broma a flor de labios. Un tío me contó que un mujik, un campesino ruso, fue interrogado sobre qué régimen le parecía mejor, si el soviético o el zarista. El campesino respondió sin dudar un instante: “El zarista. Es cierto, el zar también nos daba latigazos con el knut, pero al menos nos dejaba llorar”.

Es grato, muy iluminador, descubrir a un escritor cubano como Antonio Álvarez Gil, que puede combinar sus experiencias de la vida en Moscú, con la destreza de recordar no solo la actualidad sino la historia que va desde los comienzos de la Unión Soviética hasta su reconfiguración en la Federación de Rusia, y sus ecos en Cuba. Álvarez Gil tiene dos virtudes, escribe muy bien, y como otros escritores de su generación, su intención no es denunciar regímenes ya bastante aberrantes de por sí, sino el impacto que han tenido en los habitantes, en su manera de pensar, de recordar, de amar.
El protagonista de Callejones de Arbat es Mario, un periodista cubano que trabaja en una organización del bloque soviético, “entidad ésta que agrupaba a la mayoría de los países que hasta la caída del llamado ´campo socialista` intentaban mantener el cada día más tambaleante sistema de economía centralizada en sus fronteras”.
Mario comienza su vida, en la novela, como un amable conformista. El sueldo es bueno, puede darse ciertos lujos que en Cuba parecen impensables, y a cambio de eso ofrece su lealtad al sistema que comenzó proclamando al Hombre Nuevo y fue paulatinamente controlado por dos hermanos cada vez más ancianos. Curiosamente, el narrador ofrece un contraste entre el bloque de Europa oriental comandado en esa época por la Unión Soviética, y dinosaurios políticos como los de Cuba, Vietnam y Mongolia. Es obvio que, con todas sus dificultades, encarnadas en el fenomenal egocentrismo, persecución a sus enemigos políticos, y ambición de recomponer la geografía de la Unión Soviética por parte de Vladimir Putin y sus antecesores, la Federación Rusa muy difícilmente retorne al estalinismo, o a variantes dictatoriales. (Aunque don Vladimir ha dejado pudrirse en la cárcel a varios de sus críticos, y a otro, como Alexander Litvinenko, un ex funcionario del aparato de seguridad ruso, lo mandó a envenenar con polonium-210, pero, qué se le va a hacer, viejas costumbres demoran en desaparecer).  
El narrador muestra la virtual sedición que se registró en naciones aliadas de los soviéticos, como Polonia, Hungría, Rumania a fines de la década del ochenta, y la contrasta con  la calma chicha que parece predominar en Cuba luego de muchos años de revolución.
Por supuesto, la procesión va por dentro. El régimen de La Habana ha construido uno de los más perfectos aparatos de control  social que registra la historia de América Latina, acompañado de un ejército de amables soplones que matan en la raíz cualquier conato de disidencia.  
Hay otro detalle también muy interesante: en tanto en las naciones occidentales el intelectual es, en el mejor de los casos un respetado entertainer, y en el peor de los casos un simpático y superficial conversador. La tradición de Europa oriental, que también ha infiltrado a la nomenklatura castrista, ha convertido al intelectual en el leproso más peligroso del mundo. A nadie se le ocurre que Winston Churchill, o Franklin D. Roosevelt, o Adolf Hitler, o Benito Mussolini, se preocuparan mucho por intelectuales enemigos. En realidad, el único de ellos fue Mussolini, quien ordenó meter en la cárcel a Antonio Gramsci. Y en su juicio, en 1928, el fiscal, un devoto fascista, le explicó al juez, repitiendo una frase de Il Duce: “Tenemos que impedir que este cerebro funcione durante veinte años”.
Pero José Vissarianovich Dzugashvilli, más conocido como Stalin, tenía una curiosa relación con los mejores intelectuales rusos, desde Máximo Gorky hasta Isaac Babel o Boris Pasternak. Los temía de manera casi enfermiza. Los consideraba una especie de taumaturgos, que podían transformar a una sociedad a través de la prosa o de la poesía. Por eso, envió a la mayoría al exilio, o a campos de concentración, u ordenó fusilarlos, como en el caso de Babel.  
Y ese es, en realidad, el trasfondo de Callejones de Arbat, el descubrimiento, por parte del protagonista, de un exiliado antifranquista en la Unión Soviética a quien apasionan la poesía y la narrativa de los grandes excluidos por el estalinismo. El exiliado pide ayuda al personaje central para escribir un libro sobre esos desventurados intelectuales. Tiene también una bella hija, Dolores, una actriz en ascenso, y la trama política se enreda con la intriga amorosa. Es un acierto de Álvarez Gil que Dolores pase a encarnar a Margarita en una versión teatral de la novela El maestro y Margarita, de Mijail Bulgakov, tal vez la sátira más feroz del estalinismo, al punto que no pudo ser publicada durante la vida del dictador. (Y, de nuevo ¿Cuánto sabía Stalin de buena literatura? Pues ese texto de Bulgakov no es nada sencillo, y hay que tener una buena formación literaria para detectar todas sus alusiones).
La combinación del manuscrito que Mario desea escribir en base a los apuntes tomados por el exilio español, y la pasión del periodista por Dolores, va armando las piezas de un rompecabezas repleto de ecos. Los aparatichki de la Seguridad Cubana que conviven con el protagonista, logran apropiarse de su manuscrito, y encuentran muchas cosas peligrosas, especialmente las denuncias sobre el trato sufrido por los intelectuales disidentes en el país propiedad de Stalin. Uno de ellos le dice a Mario, recitando viejas consignas: “En primer lugar, sobre todas esas supuestas represiones de Stalin, en el caso de que fueran ciertas, habría primero que analizar cuándo estuvieron justificadas y cuándo no. Nosotros no tenemos todos los elementos para juzgar a una personalidad histórica de ese calibre”. Otro le explica: “En todo caso, este tipo de libros les sirven de arma a los enemigos de nuestro sistema”. (En mi época, solían decir: “No debemos hacerle el juego al imperialismo”).   
Mario comienza a descubrir que vive en el reino de la psicopatía.  Burócratas ávidos de poder intentan hacer creer a sus subordinados que no los van a usar como escalones para trepar en los cargos, sino para servir a la madre patria. Nunca hay tantas madres patrias habitadas por seres perfectos, como en las democracias populistas y socialistas. Además, proliferan las palabras como sacrificio y honor.
No leo mucha narrativa contemporánea, en general le rehúyo como a la peste a la narrativa experimental, a los pececitos de colores, a todo aquello que pone la carreta antes que los caballos.  Pero hay ciertas novelas modernas que me deslumbran porque el narrador ha logrado algo que resulta muy difícil alcanzar.  En El sonido y la furia, William Faulkner usa una metáfora que siempre me ha causado una enorme envidia. El escritor nos dice que Quentin III, el hermano de la desdichada Candance, o Caddy, “amaba no el cuerpo de su hermana sino vagamente algún concepto de honor de la familia Compson” que “descansaba de manera temporal en la frágil y diminuta membrana de su doncellez semejante al equilibrio de una miniatura de la inmensidad del globo terráqueo sobre el hocico de una foca amaestrada”. La metáfora puede aplicarse también a ciertas faenas del escritor cuando debe lidiar con un material que se resiste a ser domesticado. Aquello que narra Álvarez Gil oscila entre el periodismo y la narrativa. ¿Cómo lograr que el periodismo no reine por sus fueros, cómo conseguir que la ficción no quede relegada a un segundo plano? Basta revisar obras maestras como La condición humana, de André Malraux, o A sangre fría, de Truman Capote, para verificar que se trata de una labor de eterno equilibrio inestable, pues existe la tentación de dejar hablar al periodismo, a los hechos, olvidando un poco a quienes tienen la tarea de encarnarlos.  
Callejones de Arbat preserva con maestría ese equilibrio inestable, pues son seres humanos quienes brindan el significado de lo que acontece, y exhiben cómo afecta sus vidas. El narrador tiene la inteligente cautela de no crear ni villanos ni héroes. Describe seres que han sido arrastrados por el torbellino de la historia a sobrellevar sus circunstancias. Lo maravilloso es que en medio de un estado opresor, que castiga la disidencia más que la infracción de las normas legales, todavía surjan seres capaces de hacer oír, de nuevo citamos a Faulkner, su inextinguible voz y denunciar calamidades, en ocasiones con titubeos, en  otras con temor.
Por supuesto, el sistema totalitario no niega la existencia de problemas. Pero, también está el antídoto, la ilusión de que las cosas cambien para que siempre queden igual. En Cuba se lo conoce como: “Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas”.  
El inconveniente de la crítica es que nunca se detiene. Tras analizar las atrocidades del estalinismo, Mario no puede dejar de pensar lo que ocurre en su patria. Una de sus colegas le brinda “comentarios muy críticos sobre el eterno tema del transporte en La Habana, la mugre que crecía como los hongos por las calles, las fachadas ruinosas de los edificios y, en general, so­bre el aspecto de la ciudad y de sus gentes. Lo que más me llamó la atención en su rosario de quejas fue, sin embargo, oírla hablar sobre algo que ella de­finió como ´el estado cada vez más deficiente de la moral y la educación en la sociedad cubana actual´. Sobre este asunto sus preocupaciones eran se­rias. ¿Cómo era posible, se preguntaba, que con tantas escuelas construidas por la revolución y tanta gente estudiando, hubiera tan poca educación entre la población cubana?
“´¿No habíamos visto nosotros´, preguntó imparable, ´cuántos vagos merodeaban por las calles de La Habana, cuántos hombres permanecían sentados durante horas en los dinteles de las puertas y hasta en los portales de las casas, perdiendo el tiempo sin trabajar y bebiendo ron a pico de botella? ¿Cuándo se había visto eso en Cuba´?” 
Es de esperar que ese “Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas” acabe alguna vez con la vulgaridad, la mala educación y la falta de valores morales. Lo importante es adoctrinar con fórmulas las díscolas mentes de los cubanos.  
Callejones de Arbat muestra con agudeza, suave ironía, y personajes muy bien delineados, cómo ciertos procesos sociales pueden contaminar al ser humano, llenarlo de una adiposidad artificial donde la retórica reemplaza a la sinceridad, y las consignas a las sencillas verdades. Por supuesto, la otra cara de la moneda es convertir a unos pocos en múltiples parias ávidos de descifrar mentiras, hartos de escudriñar un pozo repleto de decepciones, o de lidiar con gobiernos omnímodos que ni siquiera permiten llorar. Callejones de Arbat es un gran fresco de la transición de la sociedad soviética hacia la sociedad nuevamente rusa, y demuestra que las cirugías solo terminan siendo precarios afeites.
Los seres humanos buscan alternativas, luchan con los escasos medios a su alcance para cambiar, aunque sea en mínima medida, su entorno, hacerlo más amable. Algunos, en esa tímida búsqueda terminan convirtiéndose en héroes, en esos verdaderos héroes que son los héroes cotidianos, dispuestos, en la medida de lo posible, a mostrar los ribetes de espantosa cotidianeidad.  
¿Es posible amansar a la mayoría? Claro que es posible. La historia está plagada de esos exitosos intentos. Un régimen totalitario tiene múltiples caminos para que sus súbditos acepten la resignación.
Uno de los protagonistas analiza las dificultades que enfrentan quienes se niegan a aceptar el status quo. Su interlocutor aguarda algunos segundos, y finalmente le pregunta:
“– ¿Y a qué conclusión has llegado?
“–A que a veces es mejor ni pensar. Se vive más tranquilo”.

Nunca he tenido excesiva predilección por el circo. Pero recuerdo que cuando era niño, mis padres me llevaban. Me fascinaban los leones, las ecuyeres bailando sobre la grupa de los caballos, los equilibristas caminando por la cuerda floja, o haciendo piruetas en hamacas. Pero cada vez que aparecían los payasos y bufones, me escondía bajo la butaca. Me resultaban seres aterradores, incapaces de hacer el bien. (Años más tarde descubrí que muchos psicópatas empiezan como bufones).  
El siglo veinte ha dado más bufones que todos los siglos anteriores. Quizás la mass media alienta su presencia en los escenarios mundiales. Vean los newsreels donde aparecen Mussolini, o Hitler, a todos esos enfáticos caudillos latinoamericanos pronunciando tonterías interminables frente a un micrófono, o ante las cámaras de televisión.  Son realmente seres temibles, que pueden hundir a un pueblo en la anomia, o en la desesperación. Inclusive cuando están vivos ya son comandantes eternos, y por supuesto, mucho más después de muertos. ¿Cuánto de necesidad política para consumar sus maldades existen en esos líderes, y cuanto de revancha personal, de hacer pagar a las nuevas generaciones lo que ellos padecieron con las viejas? Siempre se habla de la gran historia para justificar sus tropelías. Bueno, Stalin se cruzó de brazos mientras abundaban los datos que los Panzer alemanes se acercaban a las fronteras de la Unión Soviética para iniciar una invasión. Pero luego, lideró la guerra patriótica, aunque esa guerra diezmó a su población. (Cuando hablamos de diezmar somos literales. Un diez por ciento de la población rusa pereció en los ataques del hitlerismo). Si Stalin no hubiera acatado a su paranoia, sino a su patriotismo, no hubiera mandado a torturar y fusilar a sus mejores generales tras juzgarlos en kangaroo courts, y la madrecita Rusia hubiera estado mucho mejor preparada para enfrentar a los nazis. La mayoría de las historias analizan los resultados sin tomar en cuenta que existían alternativas mejores, y no era necesario ser un mago para vislumbrarlas.  
Tal vez el ser humano, en algún momento, llegue a otra conclusión. Por ejemplo, que, a veces, es mejor pensar. Aunque eso le impida vivir muy tranquilo.


domingo, 31 de enero de 2016

El ciervo herido de Félix Luis Viera: La política de la degradación humana


Mario Szichman

Yo resulté el soldado Umap número 22
de la tercera escuadra del pelotón número 1
de la compañía número 1 del batallón 23
de la Agrupación 6 del Estado Mayor de las Umap,
este nombrado Unidad Militar 1015
y radicado en la ciudad de Camagüey”.
Félix Luis Viera
Un ciervo herido



Armando Valdivieso Ginarte, uno de los protagonistas de la novela Un ciervo herido*, del escritor cubano Félix Luis Viera(Editorial Verbum, Madrid, 2015), es una especie de privilegiado. “Debe sumarse que poseo libertad para lavar la ropa cuando mi ánimo más me lo indique”, señala. “Descomunal ventaja pues quien quiera conservar su ropa de cepa debe hacer guardia fija mirando al cordel: unos y otros se las roban”. Armando es un prisionero en un campamento de reeducación de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) en Cuba. Su privilegio consiste en que su degradación es levemente menor a la padecida por el resto de los prisioneros en esos campos de concentración creados por el gobierno de Fidel Castro en 1965, y que perduraron hasta 1968. Miles de cubanos fueron llevados a reductos de la UMAP para ser sometidos a una supuesta reeducación política que consistió en someterlos a trabajos forzados en el sector agrícola. Entre sus víctimas figuraron disidentes políticos, homosexuales,  y Testigos de Jehová.
Antes de continuar con la reseña querría decir por qué considero esta novela  extraordinaria, y por qué lamento no haberla conocido antes.   
Tenía 13 años cuando Fidel Castro llegó a La Habana y proclamó la Revolución, quizás el evento político más importante registrado en América Latina en el siglo veinte, y cuya trascendencia cruzó las fronteras del continente. Fidel, con su “macho élan”, como dirían los gringos, el Ché Guevara, Camilo Cienfuegos, eran realmente personajes épicos, encarnaciones del David enfrentándose al Goliat estadounidense. Cualquier joven de esa época que no estuviera con el establishment, anhelaba ser guerrillero.  
Existían en América Latina consolidados partidos de izquierda, como el Comunista, y movimientos obreristas. Pero, por lo general, sus dirigentes eran burócratas que iban de la avanzada madurez a la ancianidad. En cambio, los revolucionarios cubanos eran muy jóvenes, casi como los héroes de la gesta independentista en la Gran Colombia. Muchos adolescentes en distintas partes de América Latina soñaban con lucir la boina y el uniforme verde oliva, cargar un fusil al hombro, y liberar pueblos.
Cuando llegué a Venezuela en 1967, a los 22 años de edad, la guerrilla estaba muy presente. Douglas Bravo era, quizás, la figura más importante y más venerada. Pero muchos revolucionarios venezolanos, y conocí a varios de ellos, tenían un problema con la Revolución Cubana: no comían cuentos. Criticaban muchos de sus aspectos, la falta de respeto a la disidencia, inclusive dentro de las filas de la Revolución, la acrítica actitud de la dirigencia cubana en relación al partido Comunista de la isla, y a la Unión Soviética, su mentalidad foquista, sus actitudes estalinistas, y el progresivo control del país por parte de Fidel y en menor grado de Raúl Castro.
No voy a extenderme mucho más en ese peritaje. Los invito a leer el trabajo de Magdalena López “Desde el fracaso: narrativas del Caribe insular hispano en el siglo XXI” (Editorial Verbum de Madrid, 2015) pues hay en ese libro muy perspicaces evaluaciones del efecto de la Revolución Cubana en novelas publicadas durante estos últimos años. La ensayista nos muestra cómo en la periferia, por ejemplo en la República Dominicana, los dogmáticos parámetros del castrismo causaron estragos. El coronel Francisco Caamaño Deño quiso copiar puntualmente los pasos de Fidel, y luego del Ché Guevara, incluido el desembarco de su escaso contingente en una playa, su ascenso a las montañas, y terminó muriendo como el Ché, frente a un pelotón de fusilamiento. La última burlona reedición de la epopeya castrista se ha registrado en Venezuela.
Marx decía en El 18 Brumario de Luis Napoleón Bonaparte que los grandes episodios históricos se dan dos veces, la primera como tragedia, la segunda como farsa. Y esa Revolución Bonita liderada por Hugo Chávez Frías permite evaluar, por el reverso, las razones de los fracasos que plagaron lo que fue al principio una rebelión cargada de esperanzas.

De todas maneras, en algo triunfó la Revolución Cubana: en desprestigiar a sus adversarios, en introducir en la misma bolsa a los “gusanos” y a los disidentes, y en general, a encubrir la mayoría de sus lacras. Muchos en la izquierda se negaron a aceptar lo que Felix Luis Viera revela con mano maestra en Un ciervo herido: la existencia de campos de “reeducación” de prisioneros –en realidad, campos de ignominia donde se castigaba o “disciplinaba” a seres humanos reacios a pensar de acuerdo al arbitrio oficial. La eficaz consigna era que no se debía hacer el juego al enemigo.   
Por cierto, recuerdo que un respetado intelectual uruguayo,  resteado con la Revolución Cubana, me dijo hace ya algunos años: “Algún día el pueblo cubano terminará por alzarse y hará pagar a sus líderes todas esas décadas de sufrimiento”. Ese intelectual falleció hace dos décadas, y no parece cercano el día en que el pueblo cubano se alce, o intente cambiar el régimen. Habrá permutaciones cosméticas, pero son demasiados años de lo mismo y existe una resignada aceptación entre los cubanos de que si no se puede cambiar de país, es mejor cambiar de conversación.

EL INFIERNO TAN TEMIDO

Los factores principales para convertir a Un ciervo herido en una gran novela son la mirada y la voz del narrador. No le pidan a Viera una literatura de denuncia. Tampoco le exijan conmiseración, porque no va a complacer al lector. El mundo de Viera está habitado por seres humanos. Ni los malos son excesivamente malos, ni los buenos portan una aureola sobre sus cabezas. Malos y buenos, tanto los administradores del castigo como sus receptores, solo saben con certeza que transitamos una sola vez por esta vida, y debemos acomodarnos a todas sus contingencias. Y la mayoría sospechan que residen en el purgatorio.
Los personajes que circulan por la novela parecen atrapados en su mundo como marionetas en un teatro. El problema es que no obedecen a las órdenes del apuntador. Algunos lectores seguramente querrán que los malos sean de verdad malos para poder odiarlos. Y que los buenos sean de verdad buenos, para poder identificarse con ellos. Viera opta en cambio por el distanciamiento; se limita a exhibirlos en sus intentos por actuar sus papeles. Quizás ninguno cumple con las expectativas. Pero tampoco defrauda, pues se trata de personajes trágicos cuya única intención es sobrevivir.
Y después está la voz. En realidad las voces. Hay un coro de voces en Un ciervo herido. Cada personaje se afianza en pequeños tics, en efímeros pensamientos. En algunos, el miedo cede el camino al pánico. En otros, enfila hacia la solidaridad. Hay una necesidad tan poderosa de subsistir, que es por ese lado donde emerge la admiración del lector.  
Al mismo tiempo, uno desearía que los encargados de la UMAP fueran los villanos de la película. Pero no lo son. Constituyen seres reales obligados a ejercer tareas desagradables. Los más crueles son, curiosamente, los más idealistas. Y ¿por qué no? Han sido adiestrados para reeducar a las lacras de la vieja sociedad. Por lo tanto, exhibir humanidad es una transgresión. Compadecerse por el prójimo implica traicionar los ideales revolucionarios.  La mayoría de los carceleros aspira a convertirse en hombres nuevos, y ni uno de ellos lo consigue. Solo los zombies están en condiciones de transfigurarse en hombres nuevos.
Y entre malos que no son tan malos, y buenos que no son tan buenos, en definitiva, seres humanos que solo tienen una vida para vivir, empiezan a sobrevolar las figuras del ritual religioso, y la amenaza de la tempestad y de la plaga.  
Antes de ser trasladado a un campamento de la UMAP, el disidente Armandito Valdivieso presiente que se halla “A las puertas del vendaval”. Los signos son imposibles de ignorar. “Se estaba quedando solo; sus amigos y sus conocidos rojos y los más o menos rojizos, veían venir la hecatombe y se apartaban de él”. Quedaban, apenas, compañeros de juerga, quienes “se hallaban en el medio de la línea que marca la frontera entre el bien y el mal en la ´nueva sociedad´”.
Un estado omnipresente, implacable, va favoreciendo a elegidos  y descartando a los excomulgados. La nueva sociedad se convierte en un tribunal de la inquisición, donde el inocente debe demostrar que no es culpable. Y el culpable, definitivamente es culpable, porque lo acompaña la semiología del apestado. Los amigos empiezan a eludirlo, el resto piensa, como en toda sociedad amedrentada y regimentada: “Algo malo habrá hecho…”  
La nueva sociedad es la sociedad de la sospecha. Mejor no hablar, porque alguien, con malas intenciones, puede escuchar. Uno empieza a pensar que de haber nacido Kafka en la Cuba de los hermanos Castro, hubiera sido un costumbrista. (El novelista Augusto Roa Bastos aplicaba la ironía al Paraguay del general Alfredo Stroessner. Pero se quedó corto).   
Cuba está gobernada desde hace más de medio siglo por dos hermanos. El primero todavía más providencial que el segundo. Ambos deben ser genios de la política, pues al parecer sus compatriotas no necesitan a nadie más para vivir felices. Solo la reina Victoria estuvo más años en el trono de Inglaterra –64 años– que Fidel y Raúl Castro de manera conjunta –hasta ahora 57. Y no es insensato pensar que el apellido Castro se prolongue en un heredero al trono. De todas maneras, la reina Victoria reinaba pero no gobernaba. Y eso representa una vasta diferencia.  
En definitiva, pese a la irrupción de la modernidad, Cuba parece suspendida en una solución coloidal. El tiempo no transcurre del mismo modo en la isla que en el resto del Caribe, o del continente. Todavía es el territorio de la plaga, siempre amenazado por herejes. Quien no está plenamente de acuerdo con nosotros, piensan los jerarcas, está con el enemigo. Quien no mira la realidad con los ojos de la utopía, es un indeseable. Ah, y además, El Hermano Grande, y luego El Hermano Chiquito, nunca se equivocan.  
Al final de Un ciervo herido hay un Anexo. Se trata de una especie de síntesis de todo lo que ha ocurrido previamente en el relato. El narrador interroga a uno de los militares que desempeñaron tareas en la UMAP. Lo primero que aclara el militar a quien realiza la entrevista es que “Yo solo cumplía órdenes”. Despojado de sus charreteras, de todo poder, el interrogado se muestra siempre a la defensiva. Cuando se le pregunta: “¿En la actualidad usted pasa hambre?”, responde veloz: “¿Hambre? ¿Por qué esa palabra?”
No, el interrogado no pasa hambre. Claro que no. En todo caso “Necesidad, yo paso necesidad como todo el mundo; hambre es una palabra que no me gusta porque es la que usa el enemigo”.   
Cuando se le señala que no todos pasan necesidad, que la elite cubana está bien alimentada, que “por ejemplo, ministros, dirigentes intermedios, altos jefes militares, y otros así, comen bien”, responde: “Bueno, es que la vida tiene que ser así, ¿no?” Es impensable considerar que “el Comandante en Jefe tiene que pasar la misma necesidad que uno”. Ocurre que si el Comandante en Jefe “No come todos los días, si no se alimenta bien todos los días, a la larga nos jodemos todos, no salimos del bache, él es la garantía”.
Uno se pregunta ¿garantía de qué? Lo único que garantiza el Comandante en Jefe es que persistirá la necesidad, como antes persistió el período especial, o la amenaza imperial. El Imperio está siempre enfrente, y la geografía nunca se alterará. Tampoco el Imperio se borrará del horizonte, aunque por ahora ha hecho la paz con la Revolución.
Hay que confiar en el Hermano Chiquito, como antes se confió en el Hermano Grande. Ellos nunca se equivocaron. Gracias a ellos, Cuba está como está.


****La primera edición de Un ciervo herido es de Plaza Mayor, Puerto Rico, 2002. La segunda es de Edizioni Cargo,  Italia, 2005, y la tercera de Eiriginal Books, Miami, 2011. La edición de Verbum, Madrid,  2015, es la definitiva, y cuenta con prólogo del autor.