miércoles, 16 de marzo de 2016

¿Quién es realmente Jeremy Wilson? Ni él mismo parece saberlo


Mario Szichman





      Podría llamarse Jeremy Wilson. O Jeremiah Asimov-Beckingham,  o Jeremy Clark-Erskine, o Jeremy Keenan. O Angus Jocko Ferguson. O Duncan C. MacDonald. Hay más nombres en su lista de apodos.
     Es posible que haya nacido en Indianapolis, en julio de 1973, aunque no es totalmente seguro, dijo The New York Times.
      El hombre que se hizo pasar por Jeremiah Asimov-Beckingham ingresó a una jefatura policial en Chelsea, un distrito de Manhattan, el 4 de enero pasado. Dijo que era un veterano de la guerra de Afganistán. Había sido herido en combate, y trabajaba como ejecutivo de una aerolínea. Venía a recoger su vehículo.  
    Su flamante automóvil BMW había sido incautado por las autoridades municipales, como evidencia en un crimen. En realidad, se trataba de una trampa que le tendió la policía para capturarlo. El hombre había estado librando cheques falsos en Cambridge, Massachusetts, y se apropió de 70.000 dólares y del BMW. El automóvil fue localizado en un garaje de Manhattan. Un oficial de la policía leyó al señor Asimov-Beckingham sus derechos, especialmente el derecho a no autoincriminarse, y lo acusó de robo.  
     Tras algunos interrogatorios y pesquisas, se verificó que el nombre del ladrón no era Asimov-Beckingham. Nunca había sido herido en combate. En realidad, nunca había participado en escaramuza alguna. Jamás había pasado por un cuartel o por una academia militar.
    El documento más viejo del ladrón, su certificado de nacimiento, lo identificaba como Jeremy Wilson. Se ignora si es realmente su certificado de nacimiento, o una falsificación más.
       Las autoridades dicen que el presunto Jeremy Wilson ha pasado un cuarto de siglo robando documentos del Seguro Social, e inventando nombres, apellidos y profesiones.
       Lo que hace tan interesante su caso es que no se trata de un gran estafador. En realidad, pertenece a la categoría del perdedor nato. Carece del glamour de Frank William Abagnale, que entre los 15 y los 21 años de edad se hizo pasar por piloto de aerolíneas, docente auxiliar, médico, agente de la Oficina Federal de Prisiones, y abogado. Tras ser capturado y pasar algunos años en prisión, Abagnale fue asesor del FBI. Luego creó una empresa de seguridad, y se encargó de capturar a estafadores menos exitosos que él. (Su figura fue inmortalizada por Leonardo di Caprio en el filme Catch me If you can.)
      Seis semanas antes de ser apresado por la policía de Manhattan, Jeremy Wilson había salido de una prisión federal de New Hampshire, tras cumplir seis años de condena por robo de documentos de identidad. En esa ocasión, era conocido como Jeremy Clark-Erskine. Pero el diario dijo que cuenta con más de 27 identidades diferentes agenciadas en cinco estados norteamericanos. Su partida de nacimiento ha sido alterada en varias ocasiones. Ni siquiera se sabe en qué país nació. Ha sido deportado en más de una ocasión como inmigrante ilegal.
       Wilson asevera que su verdadero nombre es Jeremy Keenan y que es un hijo del amor. Su presunto padre sería Brian Keenan, un miembro del Ejército Republicano Irlandés que lideró una campaña de atentados en Gran Bretaña en la década del setenta del siglo pasado, y luego desempeñó un papel en el proceso de paz de Irlanda del Norte. Keenan falleció en el 2008.
       Wilson dijo que está en condiciones de confirmar su aseveración. Su madre tuvo un breve affair con el guerrillero irlandés a comienzos de la década del setenta, y él es producto de esa relación. También señala que realizó tareas clandestinas para el ERI en la década del noventa, aunque se niega a ofrecer fechas. La mayor parte de la década del noventa Wilson visitó diferentes prisiones federales en Estados Unidos, en ocasiones, por plazos prolongados. Se ignora cómo hizo para estar simultáneamente en dos países a la vez.
       Entre sus impersonations figuran la de un disc jockey nacido en Escocia, un actor teatral entrenado en Cambridge, un oficial de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos, y un profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts. También se ha presentado en distintos lugares como ejecutivo de las firmas Microsoft, British Airways y Apple. Cuando estuvo preso en una cárcel de Indiana su acento irlandés era tan perfecto, que su compañero de celda quedó convencido que era un gánster procedente de Irlanda.
      Louis B. Schlesinger, profesor de psicología forense, dijo a The New York Times  que personas como Wilson se caracterizan por sus egos inflados: “Cuando algo no es grandioso, es al menos extraordinario”, Además, les resulta imposible sentir empatía por sus víctimas. “Todo es de ellos”, señaló Schlesinger. “Ven un reloj de marca y piensan que les pertenece. El problema es que el reloj adorna la muñeca de otra persona”.  
        Lo interesante del caso es que ese tipo de psicópatas nunca inspiran plena confianza. Tienen talento para engañar a sus semejantes, pero nunca para convencerlos totalmente del engaño. Hasta la víctima más inocente sabe que existe algo raro en sus manejos. El problema es que el embaucador miente con excesivo detalle, y suele cargar con numerosos documentos que necesita mostrar al potencial defraudado. En ocasiones, sin exigencia alguna.  
       Pero, esa fluctuante personalidad ¿es un defecto o una virtud? Quizás se trata de una virtud. El con man, el estafador, prospera en base al exceso de testimonios que suele ser acompañado por múltiples silencios. Es como la versión oral de un narrador. Las amplias lagunas en sus disquisiciones obligan a la víctima a reclamar más antecedentes, una manera de explicar que no es un incauto. Y no hay peor incauto que quien anhela desenmascarar a un tramposo.
El reportaje de The New York Times da un buen ejemplo al mencionar la manera en que Wilson enredó en sus manejos a la señora Miryam Weisberg. La mujer fue pareja de Wilson durante algunos meses, a comienzos de 2006.
       Cuando la mujer puso en entredicho sus credenciales, Wilson la convenció de que era un exsoldado y había hecho tours of duty en Afganistán. Sus historias tenían el sabor de la verdad. Un mitómano nunca se aferra a lo convencional o a lo trillado. Es capaz de explicar la herida causada por una cuchillada con la sencillez y pormenores de un patólogo forense.
        “Gracias a él”, dijo la señora Weisberg, “conocí más detalles sobre la rutina militar” que en cualquier otra parte. Y eso, de labios de un hombre que nunca sirvió bajo bandera.
        El idilio entre la señora Weisberg y Wilson concluyó bruscamente cuando el galán le robó el carro y sus tarjetas de crédito, y huyó hacia Canadá.

LA DOBLE VIDA DE UN ESTAFADOR

         Si se analiza la vida de Frank Abagnale, el héroe de Catch me If you can, podrá verificarse que los estafadores inician su doble vida a edad temprana. Toda la vida de crimen de Abagnale transcurrió entre los 15 y los 21 años de edad. Ahora es un respetable pilar de la comunidad. En el caso de Wilson, comenzó a timar al prójimo en Indianápolis, cuando era estudiante de un colegio secundario administrado por jesuitas. Llegaba a clases en una silla de ruedas, alegando haber sufrido un accidente, para conquistar la simpatía de sus compañeros. Fue expulsado poco después, tras robar dinero a otros estudiantes.  Abandonó el colegio caminando por su cuenta, sin dificultad alguna.
         Su hogar estuvo poblado de dificultades financieras, y de cambiantes figuras parentales. Eso podría explicar algo de su conducta posterior, pero no la justifica. La niñez y adolescencia de Stephen King no fue precisamente un lecho de rosas, y sin embargo, en lugar de usar la imaginación para delinquir, creó novelas excepcionales.
          El abuelo de Wilson intentó actuar como figura paterna, y se lo llevó a vivir con él tras su primera infracción, que incluyó el robo de un automóvil. En pago por la protección del abuelo, Wilson le robó el vehículo y sus tarjetas de crédito. A partir de ese momento, el abuelo decidió que la justicia, no la familia, debía encargarse del ingrato.
        En su larga carrera criminal, Wilson desempeñó variados oficios. Reid Reimers, un profesor de arte dramático, lo conoció en Missoula, Montana. En esa época tenía el nombre de Angus Jocko Ferguson y exhibía vastos conocimientos en materia teatral. Al menos Reimers quedó fascinado con su sabiduría. El impostor aseguró que había estudiado en Cambridge, Inglaterra. Conocía a Shakespeare al dedillo. Podía recitar de memoria largos monólogos del bardo sin cometer error alguno.
       “Dada la cantidad de veces que el señor Wilson ha sido arrestado”, dijo el periódico, “es difícil considerar su carrera un gran éxito”. A mediados de la década del noventa, pasó bastante tiempo en prisiones de Ohio y de Pensilvania. También fue arrestado varios meses en 1999 y en el 2000 por las autoridades de inmigración, luego de intentar ingresar al estado de Washington desde la Columbia Británica usando dos pasaportes falsos, uno canadiense y otro de la República de Irlanda.
       En el 2001 fue condenado en Indiana a ocho años de cárcel tras usar tarjetas de crédito que no le pertenecían y gastar 7.400 dólares en strip clubs y en hoteles. En esa época se hacía llamar Duncan C. MacDonald, y decía ser ejecutivo de Microsoft.
      Conmovió a varias de sus víctimas con sus odiseas familiares, y fue protegido hasta que les robó el automóvil, o las tarjetas de crédito, o ambas cosas a la vez. Una de sus historias favoritas era su hijo, un niño adorable que se estaba muriendo de cáncer. El sueño del hijo era conocer la Gran Muralla de China antes de morir. Todos pueden dar cuenta de la existencia de la Gran Muralla de China. Nadie puede dar cuenta del hijo de Wilson, porque no existe.
      En una entrevista que le hizo The New York Times a comienzos de año, Wilson dijo que era fácil engañar a sus víctimas. “Los seres humanos no solo tienen tendencia a creer en otros”, dijo. “También sienten la necesidad de creer en otros”.
      Aseguró que no siente remordimiento alguno por estafar a bancos y empresas que emiten tarjetas de crédito, pero sí angustia por haber engañado a personas que le brindaron su amistad.
      ¿Admite sus delitos? Solo aquellos por los cuales sirvió penas de prisión. “En general, lo que se dice de mí es cierto en su mayor parte”, reconoce. Pero no comenta acerca de las nuevas acusaciones, pues podrían obligarlo a pasar varios años más en la cárcel.
      ¿Quién es realmente Jeremy Wilson? “Nadie puede decirlo”, señala el sospechoso. En realidad, nadie puede confirmar con absoluta certeza su existencia.




domingo, 13 de marzo de 2016

Hay ocho millones de historias en la ciudad desnuda, y el abogado de la noche está enterado de todas.


Mario Szichman





En una película de Woody Allen el protagonista explicaba que su trabajo consistía en vestir y desvestir coristas. Cuando un amigo le preguntaba cuál era el pago por esa tarea, el protagonista respondía: “Cuarenta dólares la hora. Es lo máximo que puedo pagar”.
Sal (Salvatore) Strazzullo, un abogado en la cuarentena, no sólo tropieza todas las noches con beldades en sus recorridas por Nueva York. A diferencia del personaje interpretado por Woody Allen, esas beldades le pagan crecidas sumas para lidiar con toda clase de matones, incluidos deportistas, actores o simples millonarios.  
Cuando los neoyorquinos se van a dormir, la fauna que busca los servicios del abogado Strazzullo recién abandona la cama, lista para la farra, la pelea, y los encuentros amorosos. Por ejemplo, en una ocasión, el abogado fue despertado en la madrugada por Adam Hock, ex propietario de una cadena de clubes nocturnos cuyas meseras se desplazan en diminutos bikinis. Hock había tenido una discusión con el príncipe Pierre Casiraghi de Mónaco, pues al parecer ambos estaban interesados en el afecto de una (o varias) modelo(s). La discusión subió de tono, hasta que Hock decidió cancelarla propinándole una formidable trompada al príncipe. ¿Qué debía hacer?, le preguntó Hock al abogado. Pues lo obvio, le respondió Strazzullo: decir que había agredido al príncipe en defensa propia. Pero el abogado prefiere defender a damiselas en apuros –excepto cuando las acosa.
En una oportunidad, Strazzullo recibió una llamada, también en la madrugada, de Ingrid Gutiérrez, una bella modelo de 21 años de edad. Gutiérrez había ido a “W.I.P”, un club nocturno en el área de Soho, junto con media docena de sus amigos. En cierto momento, el cantante Chris Brown invitó a la modelo a tomar champagne. Mientras Gutiérrez conversaba con uno de los guardaespaldas de Brown, el rapero Drake le envió a Brown un mensaje, informándole que él se estaba acostando con su ex novia, la cantante Rihanna. Brown, que al parecer es un personaje bastante posesivo, se encabritó con el rapero, y la trifulca se diseminó a los respectivos entourages. Primero se intercambiaron insultos, y luego garrafas de licor. La modelo Gutiérrez recibió un botellazo en la cabeza. De inmediato llamó al abogado desde un hospital, porque quería entablar una demanda. Strazzullo le respondió que primero se curara la herida. Después, él se encargaría de iniciar un litigio por una jugosa suma de dinero.

       BAILARINAS EXÓTICAS

Aunque el abogado atiende a toda clase de clientes, con tal de que estén magullados o magulladas, en estado de ebriedad, pesen más de cuarenta kilos y respiren, su área mayor de expertise son las damas. No sólo las modelos, sino las bailarinas exóticas, una variedad que suele combinar las piruetas de la danza con la profesión más antigua del mundo. En ese sector de la vida nocturna neoyorquina proliferan los dólares.
Ahí está el caso de Sophia Kandelaki, una bailarina exótica, quien demandó a un millonario en 10 millones de dólares, tras acusarlo de haberle inferido una lastimadura golpeándola con su reloj Rolex. O el de Alexia Moore, experta en lap dancing , quien además de subir y bajar por una pértiga mientras se va desnudando, suele hacer movimientos lascivos sentada en las rodillas de clientes. Moore fue acusada de prostitución. Strazzullo logró que fuera absuelta de esa absurda acusación.
Como Vic Damone, Los tres chiflados y Salvatore Gravano, ­uno de los más famosos gángsters de la familia Gambino­, Strazzullo proviene del área de Bensonhurst. Se trata de uno de los barrios más pendencieros de Nueva York, donde hasta las bisabuelas lucen tatuajes.  Desde pequeño frecuentó el ambiente en el cual ahora recauda sus ganancias. Trabajó varios años en negocios y clubes nocturnos de Brooklyn. Hasta que un día llegó a la conclusión de que con su talento estaba perdiendo el tiempo trabajando de disc jockey, sirviendo a clientes, o echándolos a patadas actuando como bouncer, esos atléticos matones que tras ejercitarse algunas horas en un gimnasio, tratan de apaciguar a parroquianos pasados de copas. Por lo tanto, decidió inscribirse en un curso nocturno de la Escuela de Leyes de Nueva York, mientras seguía trabajando en bares y cultivando la amistad de bellas mujeres y de sus recios acompañantes.
Strazzulo estuvo casado con una ex Miss Massachusetts, que ahora es simplemente su ex. Su fama de mujeriego, y también de fastidioso perseguidor, lo sigue a todas partes. Ya le han presentado al menos una demanda por acoso sexual, tras algunos actos íntimos realmente desagradables.
Sin embargo, en lugar de taparse el rostro con un diario cuando recibe acusaciones, el abogado considera que la mejor defensa es un buen ataque. Cuando una de sus ex empleadas lo acusó de intentar propasarse con ella en una sala de conferencias Strazzullo, no precisamente un dechado de caballerosidad, dijo que la mujer “había provocado el encuentro pues se sentía profundamente insatisfecha con las dotes sexuales de su marido”.  
Hay otras ciudades que viven de su fama, París es una de ellas, y también Roma, pero inclusive en esas capitales se requieren visitas guiadas para conocer los lugares más interesantes. En cambio en The Big Apple –aunque proliferan las visitas guiadas—todos los días ocurren cosas que no requieren de guía alguno. ¿En qué ciudad del mundo un gánster famoso se baja de una limusina blanca de media cuadra de largo luciendo un tapado de chinchilla y acompañado de una señora gorda, muy hogareña, que podría ser su madre, y es en realidad su esposa? ¿En qué sitio, excepto en Manhattan, uno puede tropezar con camellos y elefantes en medio de una intense nevada? (Se trata de los camellos y elefantes del Ringling and Barnum Circus que son sacados a pasear por sus cuidadoras antes de participar en el espectáculo de fin de año en el Radio City Music Hall).   
Recuerdo una película italiana muy divertida donde un empresario periodístico inventaba una entrevista con Greta Garbo. (Vittorio Gassman era el encargado de la impersonation). La fama de solitaria y escurridiza que tenía la actriz sueca era legendaria. Pero, al parecer, eso no se extendía a Nueva York. No recuerdo si en 1987 o 1988, una vez que caminaba por la Quinta Avenida, cerca de la Catedral de San Patricio, me crucé con Greta Garbo, que iba del brazo de otro monstruo del cine, Bette Davis. Pocas personas las reconocieron, pero a esas pocas, las actrices respondieron con amables saludos. Greta Garbo vivía en la vecindad, y los paparazzi nunca la acosaban.
Aunque Strazzullo reconoce que podría ganar más dinero trabajando con seres normales –hay todavía seres normales en Manhattan–­ la noche neoyorquina lo sigue atrayendo por su extravagancia, sus continuas sorpresas y la abundancia de dinero que circula en los clip joints, (bares muy caros).
Uno de los logros mayores de Strazzullo, aquel que lo catapultó al estrellato, ocurrió en el 2008, cuando representó a la desnudista rusa Milana Dravnel. La mujer entabló una demanda contra el boxeador Oscar De La Hoya por causarle “angustia emocional”. De La Hoya, un hombre casado, negó toda relación con la desnudista, quien respondió exhibiendo fotos donde aparecía haciendo el amor con De La Hoya en el hotel Ritz Carlton de Filadelfia. En una de las fotos De La Hoya aparecía disfrazado de danzarina de ballet, y luciendo en las piernas medias de malla. Eso puede causarle una angustia emocional a cualquiera. El boxeador abandonó toda pretensión, y zanjó la demanda pagándole a la desnudista más de 20 millones de dólares.
La respuesta filosófica de Strazzullo, quien además de sus deslices sexuales se considera un hombre de familia, fue que De La Hoya se lo tenía bien merecido.
“Como solían decirme mi mamá y mi papá”, declaró el abogado a The New York Times: “Ninguna cosa buena ocurre en la noche”. Y gracias a eso, Strazzullo obtiene jugosos dividendos.     
      
      
      
      
       



miércoles, 9 de marzo de 2016

El simple arte de matar: Para William Roughead, no había nada como un buen homicidio


Mario Szichman





En su libro Del asesinato como una de las bellas artes, Thomas de Quincey decía que “Si uno comienza por cometer un asesinato, a poco de andar no le prestará la menor atención a robar, y del robo pasará a la ingestión de bebidas espirituosas, y dejará de respetar El día del Señor, y súbitamente perderá el respeto por la buena educación”. Y finalmente, el mayor crimen de todos: tras iniciarse en el homicidio, el transgresor de la ley terminará dejando “todas las cosas para el día siguiente”.  Esa inversión – del máximo delito, la privación de la vida humana, a la procrastination, la postergación de una tarea– es el método de sátira empleado por de Quincey. Por cierto, su vitriólico ensayo es uno de los más famosos de la lengua inglesa.
Del mismo modo en que Daniel Defoe creó dos géneros con su Robinson Crusoe: la novela de aventuras, y la de piratas, William Roughead. cristalizó muchos de los temas del policial británico, especialmente en los casos de Wilkie Collins o de Arthur Conan Doyle. Al  mismo tiempo, propulsó un subgénero que cobró nuevo impulso hacia mediados del siglo veinte en los relatos del británico Roald Dahl, y del estadounidense Stanley Ellin, y en parte de la filmografía de Alfred Hitchcock. Se trata de un devastador humor negro que se nutre del distanciamiento y de la incongruencia. El caso más famoso es La especialidad de la casa, de Ellin, donde la peculiaridad de un famoso restaurant es servir como plato principal –aunque en muy selectas instancias– los restos de algún predilecto comensal. Algo similar, por lo siniestro, por lo irónico y por lo incómodo, es Lamb to the Slaughter. En ese relato de Dahl vastamente antologizado, una esposa engañada mata a su marido, un policía, destruyendo su cabeza con una pata de cordero congelada, luego la pone en el horno y la sirve a los investigadores que intentan desentrañar el crimen. De esa inadvertida manera, los detectives devoran la evidencia principal.  

Entre finales del siglo diecinueve y las primeras décadas del siglo veinte, el escritor que más nutrió a los novelistas policiales ingleses con ideas para sus macabros relatos fue William Roughead. Su dogma era bastante simple. “Dicen que uno se harta hasta de las cosas buenas”, solía explicar. “Sin embargo, lo dudo. Es cierto que cosas tan buenas como un baño de sol, la cerveza y el tabaco pueden afectar la salud de sus devotos, si se las usa con exceso. Pero, en mi opinión, nunca podremos hartarnos de un buen asesinato”.  
Aunque las investigaciones de Roughead han sido recopiladas en libros far and in between, siempre vuelven a brotar en bellas ediciones. La última, del 2000, es Classic Crimes, fue publicada por New York Review Books, y tiene introducción de Luc Sante, un muy buen ensayista, y autor de un libro esencial para conocer los bajos fondos de Nueva York: Low Life, Lures and Snares of Old New York.
La antología muestra la cantidad de tiempo transcurrido entre los escritos de Roughead y nuestra época, que se distingue por una búsqueda enfermiza de la perfecta salud.
Inclusive personas que consumen marihuana y cocaína con propósitos medicinales, muestran desprecio hacia fumadores y bebedores de cerveza. Y en cuanto a los saludables baños de sol, han desaparecido. Al parecer, la única tarea del sol es causar cáncer. Pero en relación a la última sentencia de Roughead, el escritor estaba en lo cierto: nunca podremos hartarnos de un buen asesinato. Y Roughead ofreció muchos casos para demostrarlo, aunque con una curiosa vuelta de tuerca. Varios de ellos nunca fueron resueltos. En otros, el culpable no fue castigado. Pero aun así, sus relatos siguen fascinando a los lectores gracias a la perfección de su prosa, a su suave ironía, y a su inusual conocimiento de la mente del criminal.
Roughead estaba más interesado en los motivos que conducen a un asesinato, que en el propio agresor, más atraído por los personajes que convocaba un proceso judicial, que en la investigación de un crimen. Y esas facultades lo convirtieron, como señala Luc Sante,  en “El Henry James del crimen”.
Nacido en Escocia, en 1870, y fallecido en 1952, abogado de profesión, Roughead tuvo dos pasiones en su vida: asistir a procesos judiciales donde se decidía la vida de un acusado, y recolectar recortes periodísticos de casos criminales. Posteriormente fue el editor de varios volúmenes de la serie Notables British Trials, que es como la comedia humana del crimen.
A diferencia de muchos cultores del género, Roughead nunca creyó en el crimen perfecto. Por cierto, la mayoría de los asesinatos analizados en esta antología fueron cometidos de una manera chapucera. Sus perpetradores dejaron en el camino muchas pistas. Están los casos de Katharine Nairn, que envenenó a su marido; el del doctor Edward Pritchard, que envenenó a su esposa y a su suegra, y, el más famoso de ellos, el de William Burke y William Hare, que abastecían de especímenes a un médico, tras acortarles bruscamente la vida. El caso fue inmortalizado por Robert Louis Stevenson en su cuento The Body Snatchers.
El método usado por Roughead para explicar el aspecto de cada homicidio es bastante convencional: como Sherlock Holmes, revisaba de manera minuciosa revistas y periódicos, e insertaba sus propios comentarios.
Tal vez el gran público nunca estuvo enterado de los trabajos de Roughhead, aunque todo aficionado a la novela policial puede percibir sus ecos en grandes creadores como la incomparable Dorothy Sayers, quien dijo en cierta ocasión: "Es el mejor empresario de espectáculos macabros que se ha ubicado frente a la puerta de la cámara de horrores”.
Quizás muchas librerías ignoran su nombre, pero ocupa un sitio muy especial en otras. Por ejemplo, en la Casa Blanca, en Washington, en una sección especial de la biblioteca que adorna el estudio del jefe de estado, figura el llamado The President´s Shelf, el estante presidencial. Y ahí hay varios libros que contienen la firma de Roughead.
Tal vez la atracción principal de los ensayos de Roughead –aparte de la indudable atracción que siempre despierta el crimen– es su estilo. Sante dice que el género de lo que se conoce en inglés como true crime, o crimen de verdad, nunca había tenido mucho prestigio. Esto es, hasta la llegada de Roughead a la escena del crimen.  
Los tabloides de la actualidad se especializan en el crimen de verdad, como lo hacían en el siglo XIX los penny–dreadful.  (Se trataba de folletines semanales que se vendían a un penique –de los viejos– el ejemplar, y solían lidiar con prolongadas sagas protagonizadas por delincuentes amados por sus lectores). Pero, pregunta Sante: ¿Dónde está el Homero del crimen de verdad, el Cervantes, el Dostoievski?
A tal punto Roughead legitimó el género, dice Sante, que al menos, “se lo puede calificar de El Henry James del crimen”.  
Nadie ha seguido en las huellas trazadas por Roughead, pues para eso se necesita su enorme erudición, y un placer en desenterrar –sin importar si están vivos o están muertos– personajes increíbles, con motivos tan retorcidos que hasta el rey Ricardo Tercero, el más famoso de los villanos ingleses, parece un ingenuo estudiante de leyes, y la corte de los Borgia, una academia de corte y confección. Por cierto, el papel que desempeñó el veneno en varios de los crímenes reseñados por Roughead muestra que, cuando más envejece una sociedad, más métodos plausibles inventan sus miembros para librarse de los obstáculos que entorpecen su felicidad.  Pero Roughead tenía otra cualidad: desdeñaba el crimen perfecto, el impecable setting, las cuasi matemáticas fórmulas para matar a un ser humano. Él estaba convencido de lo contrario. Hasta el más minucioso de los villanos cometía increíbles torpezas. En ocasiones, y eso abre el camino a la ironía, el éxito de un homicidio no consistía en su esmero, sino en su chapucería. No solo la ineptitud facilitaba el asesinato; permitía además al criminal defender su inocencia.
Dicen que Roughead utilizó en sus escritos prácticamente todas las palabras del idioma inglés. Una de sus grandes virtudes fue recrear la teatralidad del proceso penal, obviando la parte más tediosa: las escenas en el tribunal. Sabía, como los buenos directores, en qué momento cortar la discusión entre el fiscal y el abogado defensor, e incursionar en otros territorios  del crimen.

Aparte de sus irrupciones en el crimen vicario, Roughead fue también un historiador, curiosamente fascinado por las desdichas del rey James VI de Escocia. Pero sus fanáticos, como aquellos de Arthur Conan Doyle, nunca se sintieron muy satisfechos por esos devaneos que lo alejaban de un buen asesinato. En cierta ocasión Henry James, desencantado tras leer un volumen de Roughead dedicado a la historia de Escocia, le escribió una carta implorándole retornar “a esos queridos, antiguos, humanos y afables crímenes, adulterios y falsificaciones que nos hacen sentir tan cómodos en casa”. Afortunadamente, Roughead acató la orden. Hoy nadie recuerda sus volúmenes de historia. Pero sus relatos de crímenes, aunque de manera esporádica, nunca salen de circulación.

domingo, 6 de marzo de 2016

Callejones de Arbat de Antonio Álvarez Gil. Hombre Nuevo, víctimas viejas



Mario Szichman




El verdadero peligro que acecha al escritor
No es tanto la posibilidad (con frecuencia real)
De ser perseguido por el Estado,
Como la posibilidad de resultar hipnotizado por su imagen,
Ya sea esta monstruosa o retocada
Para mejorarla, aunque sea siempre de manera temporal.
Joseph Brodsky
(Citado en la novela Callejones de Arbat)

Primero una historia personal: nací en una familia de inmigrantes  judíos provenientes algunos de Rusia, otros de Polonia, que recalaron en Buenos Aires a comienzos de la década del treinta del siglo pasado. Traían consigo historias tan difíciles de sobrellevar, que se negaban a hablar de ellas. Tal vez comencé a escribir, me hice periodista, intentado descifrar el secreto que se ocultaba en mis prófugos familiares del Viejo Mundo. Bueno, todavía hoy no he descifrado el secreto, aunque algunos atisbos de la inmensa crueldad, la persistente pobreza padecida por los judíos del shtetl, la pequeña aldea, me fueron comunicados por mi padre, Israel Ber. En cierta ocasión, cuando tenía ocho o nueve años, mi padre fue a nadar a un río, y estuvo a punto de ahogarse. El único comentario de su progenitor fue: “¡Qué suerte que no te ahogaste! Como sabrás, no tengo dinero suficiente para pagar por tu funeral”. Y después, había un chiste que circulaba entre mis tíos –tuve la dicha de contar con tíos muy alegres, y siempre con una broma a flor de labios. Un tío me contó que un mujik, un campesino ruso, fue interrogado sobre qué régimen le parecía mejor, si el soviético o el zarista. El campesino respondió sin dudar un instante: “El zarista. Es cierto, el zar también nos daba latigazos con el knut, pero al menos nos dejaba llorar”.

Es grato, muy iluminador, descubrir a un escritor cubano como Antonio Álvarez Gil, que puede combinar sus experiencias de la vida en Moscú, con la destreza de recordar no solo la actualidad sino la historia que va desde los comienzos de la Unión Soviética hasta su reconfiguración en la Federación de Rusia, y sus ecos en Cuba. Álvarez Gil tiene dos virtudes, escribe muy bien, y como otros escritores de su generación, su intención no es denunciar regímenes ya bastante aberrantes de por sí, sino el impacto que han tenido en los habitantes, en su manera de pensar, de recordar, de amar.
El protagonista de Callejones de Arbat es Mario, un periodista cubano que trabaja en una organización del bloque soviético, “entidad ésta que agrupaba a la mayoría de los países que hasta la caída del llamado ´campo socialista` intentaban mantener el cada día más tambaleante sistema de economía centralizada en sus fronteras”.
Mario comienza su vida, en la novela, como un amable conformista. El sueldo es bueno, puede darse ciertos lujos que en Cuba parecen impensables, y a cambio de eso ofrece su lealtad al sistema que comenzó proclamando al Hombre Nuevo y fue paulatinamente controlado por dos hermanos cada vez más ancianos. Curiosamente, el narrador ofrece un contraste entre el bloque de Europa oriental comandado en esa época por la Unión Soviética, y dinosaurios políticos como los de Cuba, Vietnam y Mongolia. Es obvio que, con todas sus dificultades, encarnadas en el fenomenal egocentrismo, persecución a sus enemigos políticos, y ambición de recomponer la geografía de la Unión Soviética por parte de Vladimir Putin y sus antecesores, la Federación Rusa muy difícilmente retorne al estalinismo, o a variantes dictatoriales. (Aunque don Vladimir ha dejado pudrirse en la cárcel a varios de sus críticos, y a otro, como Alexander Litvinenko, un ex funcionario del aparato de seguridad ruso, lo mandó a envenenar con polonium-210, pero, qué se le va a hacer, viejas costumbres demoran en desaparecer).  
El narrador muestra la virtual sedición que se registró en naciones aliadas de los soviéticos, como Polonia, Hungría, Rumania a fines de la década del ochenta, y la contrasta con  la calma chicha que parece predominar en Cuba luego de muchos años de revolución.
Por supuesto, la procesión va por dentro. El régimen de La Habana ha construido uno de los más perfectos aparatos de control  social que registra la historia de América Latina, acompañado de un ejército de amables soplones que matan en la raíz cualquier conato de disidencia.  
Hay otro detalle también muy interesante: en tanto en las naciones occidentales el intelectual es, en el mejor de los casos un respetado entertainer, y en el peor de los casos un simpático y superficial conversador. La tradición de Europa oriental, que también ha infiltrado a la nomenklatura castrista, ha convertido al intelectual en el leproso más peligroso del mundo. A nadie se le ocurre que Winston Churchill, o Franklin D. Roosevelt, o Adolf Hitler, o Benito Mussolini, se preocuparan mucho por intelectuales enemigos. En realidad, el único de ellos fue Mussolini, quien ordenó meter en la cárcel a Antonio Gramsci. Y en su juicio, en 1928, el fiscal, un devoto fascista, le explicó al juez, repitiendo una frase de Il Duce: “Tenemos que impedir que este cerebro funcione durante veinte años”.
Pero José Vissarianovich Dzugashvilli, más conocido como Stalin, tenía una curiosa relación con los mejores intelectuales rusos, desde Máximo Gorky hasta Isaac Babel o Boris Pasternak. Los temía de manera casi enfermiza. Los consideraba una especie de taumaturgos, que podían transformar a una sociedad a través de la prosa o de la poesía. Por eso, envió a la mayoría al exilio, o a campos de concentración, u ordenó fusilarlos, como en el caso de Babel.  
Y ese es, en realidad, el trasfondo de Callejones de Arbat, el descubrimiento, por parte del protagonista, de un exiliado antifranquista en la Unión Soviética a quien apasionan la poesía y la narrativa de los grandes excluidos por el estalinismo. El exiliado pide ayuda al personaje central para escribir un libro sobre esos desventurados intelectuales. Tiene también una bella hija, Dolores, una actriz en ascenso, y la trama política se enreda con la intriga amorosa. Es un acierto de Álvarez Gil que Dolores pase a encarnar a Margarita en una versión teatral de la novela El maestro y Margarita, de Mijail Bulgakov, tal vez la sátira más feroz del estalinismo, al punto que no pudo ser publicada durante la vida del dictador. (Y, de nuevo ¿Cuánto sabía Stalin de buena literatura? Pues ese texto de Bulgakov no es nada sencillo, y hay que tener una buena formación literaria para detectar todas sus alusiones).
La combinación del manuscrito que Mario desea escribir en base a los apuntes tomados por el exilio español, y la pasión del periodista por Dolores, va armando las piezas de un rompecabezas repleto de ecos. Los aparatichki de la Seguridad Cubana que conviven con el protagonista, logran apropiarse de su manuscrito, y encuentran muchas cosas peligrosas, especialmente las denuncias sobre el trato sufrido por los intelectuales disidentes en el país propiedad de Stalin. Uno de ellos le dice a Mario, recitando viejas consignas: “En primer lugar, sobre todas esas supuestas represiones de Stalin, en el caso de que fueran ciertas, habría primero que analizar cuándo estuvieron justificadas y cuándo no. Nosotros no tenemos todos los elementos para juzgar a una personalidad histórica de ese calibre”. Otro le explica: “En todo caso, este tipo de libros les sirven de arma a los enemigos de nuestro sistema”. (En mi época, solían decir: “No debemos hacerle el juego al imperialismo”).   
Mario comienza a descubrir que vive en el reino de la psicopatía.  Burócratas ávidos de poder intentan hacer creer a sus subordinados que no los van a usar como escalones para trepar en los cargos, sino para servir a la madre patria. Nunca hay tantas madres patrias habitadas por seres perfectos, como en las democracias populistas y socialistas. Además, proliferan las palabras como sacrificio y honor.
No leo mucha narrativa contemporánea, en general le rehúyo como a la peste a la narrativa experimental, a los pececitos de colores, a todo aquello que pone la carreta antes que los caballos.  Pero hay ciertas novelas modernas que me deslumbran porque el narrador ha logrado algo que resulta muy difícil alcanzar.  En El sonido y la furia, William Faulkner usa una metáfora que siempre me ha causado una enorme envidia. El escritor nos dice que Quentin III, el hermano de la desdichada Candance, o Caddy, “amaba no el cuerpo de su hermana sino vagamente algún concepto de honor de la familia Compson” que “descansaba de manera temporal en la frágil y diminuta membrana de su doncellez semejante al equilibrio de una miniatura de la inmensidad del globo terráqueo sobre el hocico de una foca amaestrada”. La metáfora puede aplicarse también a ciertas faenas del escritor cuando debe lidiar con un material que se resiste a ser domesticado. Aquello que narra Álvarez Gil oscila entre el periodismo y la narrativa. ¿Cómo lograr que el periodismo no reine por sus fueros, cómo conseguir que la ficción no quede relegada a un segundo plano? Basta revisar obras maestras como La condición humana, de André Malraux, o A sangre fría, de Truman Capote, para verificar que se trata de una labor de eterno equilibrio inestable, pues existe la tentación de dejar hablar al periodismo, a los hechos, olvidando un poco a quienes tienen la tarea de encarnarlos.  
Callejones de Arbat preserva con maestría ese equilibrio inestable, pues son seres humanos quienes brindan el significado de lo que acontece, y exhiben cómo afecta sus vidas. El narrador tiene la inteligente cautela de no crear ni villanos ni héroes. Describe seres que han sido arrastrados por el torbellino de la historia a sobrellevar sus circunstancias. Lo maravilloso es que en medio de un estado opresor, que castiga la disidencia más que la infracción de las normas legales, todavía surjan seres capaces de hacer oír, de nuevo citamos a Faulkner, su inextinguible voz y denunciar calamidades, en ocasiones con titubeos, en  otras con temor.
Por supuesto, el sistema totalitario no niega la existencia de problemas. Pero, también está el antídoto, la ilusión de que las cosas cambien para que siempre queden igual. En Cuba se lo conoce como: “Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas”.  
El inconveniente de la crítica es que nunca se detiene. Tras analizar las atrocidades del estalinismo, Mario no puede dejar de pensar lo que ocurre en su patria. Una de sus colegas le brinda “comentarios muy críticos sobre el eterno tema del transporte en La Habana, la mugre que crecía como los hongos por las calles, las fachadas ruinosas de los edificios y, en general, so­bre el aspecto de la ciudad y de sus gentes. Lo que más me llamó la atención en su rosario de quejas fue, sin embargo, oírla hablar sobre algo que ella de­finió como ´el estado cada vez más deficiente de la moral y la educación en la sociedad cubana actual´. Sobre este asunto sus preocupaciones eran se­rias. ¿Cómo era posible, se preguntaba, que con tantas escuelas construidas por la revolución y tanta gente estudiando, hubiera tan poca educación entre la población cubana?
“´¿No habíamos visto nosotros´, preguntó imparable, ´cuántos vagos merodeaban por las calles de La Habana, cuántos hombres permanecían sentados durante horas en los dinteles de las puertas y hasta en los portales de las casas, perdiendo el tiempo sin trabajar y bebiendo ron a pico de botella? ¿Cuándo se había visto eso en Cuba´?” 
Es de esperar que ese “Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas” acabe alguna vez con la vulgaridad, la mala educación y la falta de valores morales. Lo importante es adoctrinar con fórmulas las díscolas mentes de los cubanos.  
Callejones de Arbat muestra con agudeza, suave ironía, y personajes muy bien delineados, cómo ciertos procesos sociales pueden contaminar al ser humano, llenarlo de una adiposidad artificial donde la retórica reemplaza a la sinceridad, y las consignas a las sencillas verdades. Por supuesto, la otra cara de la moneda es convertir a unos pocos en múltiples parias ávidos de descifrar mentiras, hartos de escudriñar un pozo repleto de decepciones, o de lidiar con gobiernos omnímodos que ni siquiera permiten llorar. Callejones de Arbat es un gran fresco de la transición de la sociedad soviética hacia la sociedad nuevamente rusa, y demuestra que las cirugías solo terminan siendo precarios afeites.
Los seres humanos buscan alternativas, luchan con los escasos medios a su alcance para cambiar, aunque sea en mínima medida, su entorno, hacerlo más amable. Algunos, en esa tímida búsqueda terminan convirtiéndose en héroes, en esos verdaderos héroes que son los héroes cotidianos, dispuestos, en la medida de lo posible, a mostrar los ribetes de espantosa cotidianeidad.  
¿Es posible amansar a la mayoría? Claro que es posible. La historia está plagada de esos exitosos intentos. Un régimen totalitario tiene múltiples caminos para que sus súbditos acepten la resignación.
Uno de los protagonistas analiza las dificultades que enfrentan quienes se niegan a aceptar el status quo. Su interlocutor aguarda algunos segundos, y finalmente le pregunta:
“– ¿Y a qué conclusión has llegado?
“–A que a veces es mejor ni pensar. Se vive más tranquilo”.

Nunca he tenido excesiva predilección por el circo. Pero recuerdo que cuando era niño, mis padres me llevaban. Me fascinaban los leones, las ecuyeres bailando sobre la grupa de los caballos, los equilibristas caminando por la cuerda floja, o haciendo piruetas en hamacas. Pero cada vez que aparecían los payasos y bufones, me escondía bajo la butaca. Me resultaban seres aterradores, incapaces de hacer el bien. (Años más tarde descubrí que muchos psicópatas empiezan como bufones).  
El siglo veinte ha dado más bufones que todos los siglos anteriores. Quizás la mass media alienta su presencia en los escenarios mundiales. Vean los newsreels donde aparecen Mussolini, o Hitler, a todos esos enfáticos caudillos latinoamericanos pronunciando tonterías interminables frente a un micrófono, o ante las cámaras de televisión.  Son realmente seres temibles, que pueden hundir a un pueblo en la anomia, o en la desesperación. Inclusive cuando están vivos ya son comandantes eternos, y por supuesto, mucho más después de muertos. ¿Cuánto de necesidad política para consumar sus maldades existen en esos líderes, y cuanto de revancha personal, de hacer pagar a las nuevas generaciones lo que ellos padecieron con las viejas? Siempre se habla de la gran historia para justificar sus tropelías. Bueno, Stalin se cruzó de brazos mientras abundaban los datos que los Panzer alemanes se acercaban a las fronteras de la Unión Soviética para iniciar una invasión. Pero luego, lideró la guerra patriótica, aunque esa guerra diezmó a su población. (Cuando hablamos de diezmar somos literales. Un diez por ciento de la población rusa pereció en los ataques del hitlerismo). Si Stalin no hubiera acatado a su paranoia, sino a su patriotismo, no hubiera mandado a torturar y fusilar a sus mejores generales tras juzgarlos en kangaroo courts, y la madrecita Rusia hubiera estado mucho mejor preparada para enfrentar a los nazis. La mayoría de las historias analizan los resultados sin tomar en cuenta que existían alternativas mejores, y no era necesario ser un mago para vislumbrarlas.  
Tal vez el ser humano, en algún momento, llegue a otra conclusión. Por ejemplo, que, a veces, es mejor pensar. Aunque eso le impida vivir muy tranquilo.


miércoles, 2 de marzo de 2016

Antimemorias caraqueñas de un periodista sin grabador


                                              
Mario Szichman                                
                                                                                                                                                                                                    Para Edmundo Bracho



(En octubre de 2004, viajé a Caracas para presentar mi novela Las dos muertes del general Simón Bolívar. Hugo Chávez había llegado a la presidencia en 1999, y Venezuela daba muestras de un sismo de grado ocho en la escala de Richter. La Caracas en que viví entre 1967 y 1980 –con un intervalo en Buenos Aires, entre 1971 y 1975– había cambiado para peor. Decidí escribir una crónica sobre mi experiencia para la revista Veintiuno, de la cual era editor el poeta y ensayista Edmundo Bracho, un entrañable amigo. Por alguna razón, no publiqué la crónica. Esta semana la encontré en un flash drive que hacía años no usaba. La rescato ahora como simple snapshot, un efímero momento de la Venezuela controlada por el chavismo. Pero al menos en ese embrión de régimen autoritario ya aparecían señales ominosas de la catástrofe política que se avecinaba. Como podrá deducir el lector, ese casual incendio en el Parque Central que menciono, no fue casual. De eso se enteró el público algunos años después).  
            La odisea comenzó con un simulacro del derribamiento de la estatua de Saddam Hussein en la plaza Fido de Bagdad, y concluyó con el incendio de un rascacielo en el Parque Central que recordó ominosamente a una de las dos torres gemelas del World Trade Center ardiendo tras la embestida de uno de los pilotos suicidas de Osama bin Laden. Todo ello aconteció en la ciudad mariana de Santiago de León de Caracas en el módico lapso de cinco días, entre el 12 y el 17 de octubre del 2004, y lo pude observar con lujo de detalles desde la ventanilla trasera de un taxi. En ese corto período cargado de eventos, mi imaginación desbordaba de ideas. No veía el momento de retornar a mi apartamento en New Jersey, revisar mis libretas de apuntes y casi diez horas de grabación, y escribir un enjundioso tratado sobre la situación actual que vive en Venezuela, brindando de paso algunos sabios consejos a los venezolanos sobre cómo emerger de la difícil situación que confrontan la oposición y el gobierno. No contaba con las estrictas medidas de seguridad en los aeropuertos, ni con el fenómeno de la altitud. Al pasar por las máquinas de control, las cintas de grabación sufrieron algún proceso de magnetización, porque lo único que pude detectar fue un zumbido, como el que emiten los mosquitos ubicados entre una lámpara de noche y nuestra endulzada sangre. En cuanto a las libretas de apuntes, iban en un bolso junto con mis implementos de baño y al parecer, a 10.000 metros de altura, el rociador con espuma de afeitar comenzó a actuar por su cuenta, y los inteligentes apuntes quedaron borroneados con una pasta moteada que hizo imposible su lectura. Volví a sentir una vez más la inquietante sensación de que había viajado a Caracas envuelto en una nube de ácido lisérgico. Mis impresiones son fugaces y contradictorias. Tengo ahora una idea mucho más caótica de lo que está ocurriendo en Venezuela de la que poseía antes de viajar. Y todas mis convicciones se han derrumbado.

            Vértigos (I)  

            Detesto al periodista cuya búsqueda de noticias consiste en tomar un taxi del aeropuerto al hotel, y luego otros taxis desde el hotel para visitar periodistas amigos que hablan su mismo idioma, y con ayuda de dos o tres anécdotas de esos amigos, más la recopilación de las entrevistas a los taxistas, trata de entender un país y en ocasiones el mundo. (En el medio irrumpe el recuerdo de The Year of Living Dangerously, de Peter Weir, donde algunos corresponsales de prensa intentaban dilucidar lo que ocurría en la Indonesia de Sukarno desde el bar de un hotel –un microclima que sólo reproducía un mundo de neuróticas borracheras, visitas a burdeles, y experiencias con la prostitución infantil).
            Pero hacía cuatro años que no visitaba Caracas, luego de dos décadas de ausencia. En los pocos días que permanecí en ella tuve que acudir en numerosas ocasiones a esos demonios del volante, sintiendo en toda ocasión zumbidos en los oídos y el ominoso vértigo que se instala en la boca del estómago cada vez que un avión ingresa en una zona de turbulencia y empieza a perder altura. Y en los instantes en que podía escuchar los comentarios de esos conductores (y eso solía ocurrir luego que frenaban al borde de una acera, y me acompañaban solícitamente a calmar mi náusea recostado en el paragolpes de sus automóviles) iba adquiriendo lo que creía era una visión muy profunda del acontecer venezolano. Todo eso gracias a los sagaces taxistas chavistas y antichavistas. Y si a eso añadía mi grabador en constante funcionamiento y mis libretas de apuntes registrando cada diálogo, la posibilidad de un gran reportaje parecía un hecho cierto.


            Vértigos (II)

            Tras la catástrofe con mis libretas de apuntes y con las cintas grabadas, puedo inferir que el presidente Hugo Chávez es el mejor amigo de los pobres, y al mismo tiempo, el hombre que ha acrecentado la pobreza. Le está enseñando al pueblo venezolano a pescar, a través de sus Misiones, aunque lo que está haciendo en realidad es regalarle al pueblo un pescado, garantizándole un futuro donde se morirá de hambre. Es un demócrata sincero, o un tirano cuya dictadura está atemperada por la incompetencia.  
Sin embargo, chavistas y antichavistas coinciden al menos en un hecho: Chávez es un libertario cuando se trata de su movimiento político. No está interesado en crear un partido orgánico, ni de derecha ni de izquierda, pues los partidos engendran dirigentes, y los dirigentes tienen en ocasiones la tendencia a serrucharle el piso a sus líderes.
Algunos chavistas creen que sin estructuras orgánicas, el movimiento puede colapsar como un castillo de naipes. Los antichavistas tienen esperanzas de que la falta de estructuras orgánicas haga colapsar al movimiento chavista como a un castillo de naipes.
            Finalmente, los chavistas creen que el futuro de Venezuela es luminoso, y los antichavistas, que el futuro de Venezuela es color alquitrán si Chávez continúa creyéndose el dueño de la piñata.

            Recordando con nostalgia (I)

            Siempre soñé con ser periodista, aunque aborrecía con entusiasmo las libretas de apuntes y grabadores. Y siempre lo pagué caro. La primera vez que viajé a Caracas, en 1967, fui recibido con gran jolgorio por el terremoto del Cuatricentenario. (En esa época el mundo no se dividía entre chavistas y antichavistas, sino entre simpatizantes del gobierno y partidarios de la lucha armada. Teodoro Petkoff no era director del diario Tal Cual, sino que figuraba en los encabezados de los diarios gracias a su osada fuga del cuartel San Carlos, tras una serie de peripecias que sólo se encuentran en las páginas de El conde de Montecristo).
            Algunos días después del sismo, durante una reunión de escritores –creo, si mal no recuerdo, para el otorgamiento del Premio Rómulo Gallegos a Mario Vargas Llosa por La Casa Verde– entrevisté a un escritor relativamente desconocido, de quien me había hablado con gran entusiasmo la escritora Marta Traba. Yo había leído algunos de sus perfectos cuentos, y una novela corta, más perfecta aún, llamada El coronel no tiene quien le escriba. Quienes no tenían la más remota relación con su persona o con su obra, lo llamaban afectuosamente Gabo.
El señor Gabriel García Márquez me recibió en un modesto hotel de la Avenida Francisco Solano exhibiendo una amable, distante sonrisa, y a una espectacular jovencita caraqueña –todavía no he conocido la primera joven caraqueña que carezca de espectacularidad. Yo, con la arrogancia de los 21 años, y mis ínfulas de intelectual del puerto de Buenos Aires, me presenté para la entrevista sin grabador y sin libreta de apuntes. García Márquez enarcó levemente las cejas, y me preguntó cómo me proponía registrar sus palabras. Le respondí que no se preocupara, pues poseía una memoria fotográfica. Y eso fue rigurosamente cierto. Al otro día recordaba muy bien la cara de García Márquez y de su bella acompañante, aunque ni una sola de sus palabras, pero ¿para qué están los periódicos? Adquirí varios matutinos, donde convencionales periodistas munidos de grabador y de libretas de apuntes habían registrado las palabras del escritor. De esa forma pude hacer una entrevista exclusiva, para una agencia noticiosa de cuyo nombre no quiero acordarme. Pero, como la memoria es selectiva, recuerdo al menos de esa época remota que García Márquez me habló con entusiasmo de su nueva novela, Cien años de soledad. Cuando le pregunté quien creía que iba a ganar el siguiente premio Rómulo Gallegos sonrió y se apuntó al pecho con un dedo, y cuando quise saber por qué no vivía más en Caracas, me dijo que si bien la ciudad le encantaba, era demasiado turbulenta para su gusto. La actividad subterránea de la corteza terrestre se correspondía con la hiperactividad de los caraqueños.
Como muchos forasteros antes o después que él, una de sus recurrentes pesadillas era ser atropellado por un vehículo y ser curado en un hospital del Seguro Social.

Vértigos (II)

            Sin mis libretas de apuntes y sin las cintas grabadas, mis recuerdos son confusos. Tengo sin embargo la fugaz visión de que cuando estaba llegando a Caracas, el 12 de octubre de este año, algunos miembros de la resistencia indígena le estaban propinando mandarriazos a la estatua de Cristóbal Colón cerca de Plaza Venezuela.
            Según me explicó el taxista, en esta ocasión un chavista, había llegado el momento de activar la resistencia indígena. Sin embargo, mientras observaba en la ventanilla trasera de su vehículo a varios representantes de la resistencia indígena, algunos de ellos catires de absolutos ojos azules, destruir la estatua del ex gran navegante genovés, mi taxista se mostró condolido por ese acto de vandalismo. Al mismo tiempo, me demostró que la globalización es un hecho irreversible, al transportarme súbitamente, al otro extremo del mundo. En esta ocasión, me dijo, eran los auténticos hijos de esa patria caribe quienes se habían encargado de condenar a la efigie de Colón al suplicio de Túpac Amaru. ¡Qué diferencia con lo ocurrido en Irak, donde tropas invasoras habían derribado la estatua de Saddam Hussein! Sumando el insulto a la injuria, habían cubierto su cabeza con una bandera norteamericana, el más popular símbolo de destrucción por el fuego que ha engendrado el siglo XX, si dejamos de lado la quema de libros por parte del Tercer Reich.
            Tuve que darle a mi taxista la razón. Después de todo, ¿quiénes eran los gringos para ponerse a criticar? Estados Unidos debió invadir un país para tumbar a Saddam de su pedestal. En Venezuela, eso se logró a través de personal autóctono.

            Vértigos (IV)

            Los mandarriazos propinados a la estatua de Colón fueron muy comentados por mis amigos de la clase media, una especie que, según me explicó un taxista antichavista –y por cierto, los hay– se halla en vías de extinción. Asistí a los prolongados funerales de esa clase en varios restaurantes de las urbanizaciones de La Castellana y Las Mercedes, donde, según me expresaron comensales contritos, los dueños de los locales libran una guerra de pandillas como la que derivó en la masacre de San Valentín en el Chicago de los Roaring Twenties para asegurarse los servicios de los mejores chefs, todos ellos europeos, todos ellos con la nariz alzada mirando el horizonte. Se trata de autócratas que no temen a nadie, excepto a sus venezolanos ayudantes de cocina, quienes con ese espíritu democrático que anima al habitante de estas tierras han enviado al c… a cualquiera que se haya animado a tratarlos con altanería o con la distante superioridad de un cirujano reclamando el escalpelo a una enfermera.
            Mientras abríamos el apetito desparramando caviar de Beluga sobre rodajas de pan crocante, y devorábamos carne tan tierna que se puede cortar con un tenedor, un privilegio que hasta escasea en Buenos Aires, la capital mundial de la carne asada, y los manjares pasaban por la mesa y recalaban en nuestros estómagos, regados con excelente vino, y luego optábamos entre varias delicias de repostería y decidíamos elegir todas, y al coñac o al cointreau seguía un café expresso, observé en mis amigos la nostalgia por un país que ya no existe. Añoraban las prolongadas vacaciones en el Nuevo o el Viejo Mundo. Apenas si perduraban algunas escapadas de fin de semana a Miami o a París. También estaban extinguidas la mayoría de las necesidades básicas de la vida. ¡Cónchale vale! Más de uno había tenido que cambiar de etiqueta en el whisky, y optado por el Johnny Walker etiqueta roja en lugar del Johnny Walker etiqueta negra. (En una de esas incursiones culinarias, y mientras esperábamos en el bar a que nos habilitaran una mesa, examinando, distraídos, bellas e interminables piernas de mujeres que tratan infructuosamente de ocultar sus encantos cubriendo su garganta con collares algo más anchos que sus faldas, uno de mis amigos estuvo a punto de agredir a un mesero porque la despensa había quedado raleada. En lugar de whisky Royal Salute sólo podía ofrecerle Chivas Regal).

            Nostalgias (II)

            Llegué a Caracas por primera vez en 1967. Ahora parece una época antediluviana. Para el momento en que Vargas Llosa recibió el premio Rómulo Gallegos, era considerado no solo más famoso y mejor escritor que García Márquez sino, además, un peligroso comunista. Recuerdo que en una de esas estridentes radios donde locutores de voz engolada anunciaban con la misma solemnidad tanto una catástrofe como los precios irrisorios de la cadena de tiendas Pepeganga, circuló por esos días una insistente mancheta en que se proclamaba: “La Casa Verde se transformó en roja, ¡qué cosa tan horrorosa!” Recuerdo también otro bochornoso episodio de índole personal. Cuando Vargas Llosa pronunció su discurso de aceptación del premio yo me empeciné en carecer de libreta de apuntes y de grabadora. Basándome una vez más en mi excelente memoria fotográfica reproduje para la misma agencia de cuyo nombre no quiero acordarme algunas frases célebres de Vargas Llosa, ninguna de las cuales el escritor había proferido en la ceremonia. Una de ellas asignaba a los escritores la tarea de convertirse en “el tábano sobre un noble caballo”. Vargas Llosa se dedicó con placer a demoler mi inteligente pieza de periodismo imaginario durante una entrevista que le hizo la agencia France Press. Creo que se sintió particularmente irritado por la alusión al tábano y al noble caballo. Al día siguiente adquirí otros matutinos donde habían registrado las palabras auténticas de Vargas Llosa, y de esa forma pude hacer otra nota exclusiva.

Vértigos (V)
           
            El 11 de septiembre del 2001, tras concluir en la agencia noticiosa donde ahora me gano la vida mi graveyard shift (mi turno de la medianoche, aunque la traducción literal es el turno del camposanto) emprendí el retorno al hogar. Una de las cosas que me encantaba de ese turno era tomar el subterráneo en dirección contraria a los miles de commuters que a esa hora, las siete de la mañana, se dirigían hacia el trabajo. Todos ellos enfilaban hacia sus oficinas, y sus cuerpos intentaban eludir todo contacto con el de sus vecinos, en tanto yo me desplazaba en un vagón casi vacío, dormitando, como algunos de mis escasos vecinos de travesía.
            Nos desayunamos con mi esposa, Laura, jugué un poco con mi flamante perra, Cali, y al rato de estar en la cama, y cuando me estaba hundiendo en un vasto precipicio de sueño, Laura me despertó, diciéndome que había ocurrido un curioso accidente. Una avioneta se había estrellado contra una de las torres gemelas del World Trade Center. Media hora más tarde, otro avión se estrelló contra la restante torre gemela. Eso ya no parecía un accidente, y por primera vez me puse a pensar cuántos de estos commuters que aguardaban en la estación del subterráneo para abordar el tren habían tenido como destino triste, solitario y final, algunas de las torres incendiadas.
            El 17 de octubre del 2004, cuando me dirigía hacia el aeropuerto internacional de Maiquetía para retornar a Estados Unidos, observé por la ventanilla trasera de un taxi el incendio de una de las torres del Parque Central. Lo siniestro se instaló en mi pecho y pasaron varias horas –las del interminable vuelo desde Maiquetía hasta el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York– antes que pudiera volver a conectarme con el mundo y recuperara una serena respiración. No, el incendio en el Parque Central no había sido un acto terrorista. No, no había víctimas. Un gran amigo, el periodista Edgar Moreno Uribe, cuyo apartamento quedaba cerca del Parque Central, tuvo que deambular un día completo con su perra doberman, mientras los bomberos controlaban el incendio para impedir que se extendiera a edificios vecinos. Todo no pasó de un enorme susto[i].
            Pensé que hay cosas peores que perder cintas de grabación y libretas de apuntes. Traté de compaginar diálogos y emociones, imágenes de rostros, y fugaces visiones.
   Por suerte, traje conmigo abundantes periódicos y revistas, y he podido hacer una buena búsqueda de artículos sobre la actualidad venezolana en páginas de la internet. Ahora me dispongo a hacer una nota original, exclusiva, y de primera mano, sobre lo que me ocurrió realmente en Caracas.
(New Jersey, noviembre de 2004).




[i] Aunque el incendio en un edificio del Parque Central no fue causado por el estrellamiento de un avión, se sigue sospechando de sus causas, pues resultaron totalmente destruidos los archivos de varios ministerios.
“El ministerio de Infraestructura fue completamente dañado. Todavía no se conocen los perjuicios provocados en los ministerios de Agricultura y Comercio Exterior. Las causas del incidente son desconocidas. No está descartada la hipótesis de que el incendio haya sido intencional”. Voltairenet.org