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domingo, 13 de marzo de 2016

Hay ocho millones de historias en la ciudad desnuda, y el abogado de la noche está enterado de todas.


Mario Szichman





En una película de Woody Allen el protagonista explicaba que su trabajo consistía en vestir y desvestir coristas. Cuando un amigo le preguntaba cuál era el pago por esa tarea, el protagonista respondía: “Cuarenta dólares la hora. Es lo máximo que puedo pagar”.
Sal (Salvatore) Strazzullo, un abogado en la cuarentena, no sólo tropieza todas las noches con beldades en sus recorridas por Nueva York. A diferencia del personaje interpretado por Woody Allen, esas beldades le pagan crecidas sumas para lidiar con toda clase de matones, incluidos deportistas, actores o simples millonarios.  
Cuando los neoyorquinos se van a dormir, la fauna que busca los servicios del abogado Strazzullo recién abandona la cama, lista para la farra, la pelea, y los encuentros amorosos. Por ejemplo, en una ocasión, el abogado fue despertado en la madrugada por Adam Hock, ex propietario de una cadena de clubes nocturnos cuyas meseras se desplazan en diminutos bikinis. Hock había tenido una discusión con el príncipe Pierre Casiraghi de Mónaco, pues al parecer ambos estaban interesados en el afecto de una (o varias) modelo(s). La discusión subió de tono, hasta que Hock decidió cancelarla propinándole una formidable trompada al príncipe. ¿Qué debía hacer?, le preguntó Hock al abogado. Pues lo obvio, le respondió Strazzullo: decir que había agredido al príncipe en defensa propia. Pero el abogado prefiere defender a damiselas en apuros –excepto cuando las acosa.
En una oportunidad, Strazzullo recibió una llamada, también en la madrugada, de Ingrid Gutiérrez, una bella modelo de 21 años de edad. Gutiérrez había ido a “W.I.P”, un club nocturno en el área de Soho, junto con media docena de sus amigos. En cierto momento, el cantante Chris Brown invitó a la modelo a tomar champagne. Mientras Gutiérrez conversaba con uno de los guardaespaldas de Brown, el rapero Drake le envió a Brown un mensaje, informándole que él se estaba acostando con su ex novia, la cantante Rihanna. Brown, que al parecer es un personaje bastante posesivo, se encabritó con el rapero, y la trifulca se diseminó a los respectivos entourages. Primero se intercambiaron insultos, y luego garrafas de licor. La modelo Gutiérrez recibió un botellazo en la cabeza. De inmediato llamó al abogado desde un hospital, porque quería entablar una demanda. Strazzullo le respondió que primero se curara la herida. Después, él se encargaría de iniciar un litigio por una jugosa suma de dinero.

       BAILARINAS EXÓTICAS

Aunque el abogado atiende a toda clase de clientes, con tal de que estén magullados o magulladas, en estado de ebriedad, pesen más de cuarenta kilos y respiren, su área mayor de expertise son las damas. No sólo las modelos, sino las bailarinas exóticas, una variedad que suele combinar las piruetas de la danza con la profesión más antigua del mundo. En ese sector de la vida nocturna neoyorquina proliferan los dólares.
Ahí está el caso de Sophia Kandelaki, una bailarina exótica, quien demandó a un millonario en 10 millones de dólares, tras acusarlo de haberle inferido una lastimadura golpeándola con su reloj Rolex. O el de Alexia Moore, experta en lap dancing , quien además de subir y bajar por una pértiga mientras se va desnudando, suele hacer movimientos lascivos sentada en las rodillas de clientes. Moore fue acusada de prostitución. Strazzullo logró que fuera absuelta de esa absurda acusación.
Como Vic Damone, Los tres chiflados y Salvatore Gravano, ­uno de los más famosos gángsters de la familia Gambino­, Strazzullo proviene del área de Bensonhurst. Se trata de uno de los barrios más pendencieros de Nueva York, donde hasta las bisabuelas lucen tatuajes.  Desde pequeño frecuentó el ambiente en el cual ahora recauda sus ganancias. Trabajó varios años en negocios y clubes nocturnos de Brooklyn. Hasta que un día llegó a la conclusión de que con su talento estaba perdiendo el tiempo trabajando de disc jockey, sirviendo a clientes, o echándolos a patadas actuando como bouncer, esos atléticos matones que tras ejercitarse algunas horas en un gimnasio, tratan de apaciguar a parroquianos pasados de copas. Por lo tanto, decidió inscribirse en un curso nocturno de la Escuela de Leyes de Nueva York, mientras seguía trabajando en bares y cultivando la amistad de bellas mujeres y de sus recios acompañantes.
Strazzulo estuvo casado con una ex Miss Massachusetts, que ahora es simplemente su ex. Su fama de mujeriego, y también de fastidioso perseguidor, lo sigue a todas partes. Ya le han presentado al menos una demanda por acoso sexual, tras algunos actos íntimos realmente desagradables.
Sin embargo, en lugar de taparse el rostro con un diario cuando recibe acusaciones, el abogado considera que la mejor defensa es un buen ataque. Cuando una de sus ex empleadas lo acusó de intentar propasarse con ella en una sala de conferencias Strazzullo, no precisamente un dechado de caballerosidad, dijo que la mujer “había provocado el encuentro pues se sentía profundamente insatisfecha con las dotes sexuales de su marido”.  
Hay otras ciudades que viven de su fama, París es una de ellas, y también Roma, pero inclusive en esas capitales se requieren visitas guiadas para conocer los lugares más interesantes. En cambio en The Big Apple –aunque proliferan las visitas guiadas—todos los días ocurren cosas que no requieren de guía alguno. ¿En qué ciudad del mundo un gánster famoso se baja de una limusina blanca de media cuadra de largo luciendo un tapado de chinchilla y acompañado de una señora gorda, muy hogareña, que podría ser su madre, y es en realidad su esposa? ¿En qué sitio, excepto en Manhattan, uno puede tropezar con camellos y elefantes en medio de una intense nevada? (Se trata de los camellos y elefantes del Ringling and Barnum Circus que son sacados a pasear por sus cuidadoras antes de participar en el espectáculo de fin de año en el Radio City Music Hall).   
Recuerdo una película italiana muy divertida donde un empresario periodístico inventaba una entrevista con Greta Garbo. (Vittorio Gassman era el encargado de la impersonation). La fama de solitaria y escurridiza que tenía la actriz sueca era legendaria. Pero, al parecer, eso no se extendía a Nueva York. No recuerdo si en 1987 o 1988, una vez que caminaba por la Quinta Avenida, cerca de la Catedral de San Patricio, me crucé con Greta Garbo, que iba del brazo de otro monstruo del cine, Bette Davis. Pocas personas las reconocieron, pero a esas pocas, las actrices respondieron con amables saludos. Greta Garbo vivía en la vecindad, y los paparazzi nunca la acosaban.
Aunque Strazzullo reconoce que podría ganar más dinero trabajando con seres normales –hay todavía seres normales en Manhattan–­ la noche neoyorquina lo sigue atrayendo por su extravagancia, sus continuas sorpresas y la abundancia de dinero que circula en los clip joints, (bares muy caros).
Uno de los logros mayores de Strazzullo, aquel que lo catapultó al estrellato, ocurrió en el 2008, cuando representó a la desnudista rusa Milana Dravnel. La mujer entabló una demanda contra el boxeador Oscar De La Hoya por causarle “angustia emocional”. De La Hoya, un hombre casado, negó toda relación con la desnudista, quien respondió exhibiendo fotos donde aparecía haciendo el amor con De La Hoya en el hotel Ritz Carlton de Filadelfia. En una de las fotos De La Hoya aparecía disfrazado de danzarina de ballet, y luciendo en las piernas medias de malla. Eso puede causarle una angustia emocional a cualquiera. El boxeador abandonó toda pretensión, y zanjó la demanda pagándole a la desnudista más de 20 millones de dólares.
La respuesta filosófica de Strazzullo, quien además de sus deslices sexuales se considera un hombre de familia, fue que De La Hoya se lo tenía bien merecido.
“Como solían decirme mi mamá y mi papá”, declaró el abogado a The New York Times: “Ninguna cosa buena ocurre en la noche”. Y gracias a eso, Strazzullo obtiene jugosos dividendos.     
      
      
      
      
       



miércoles, 23 de julio de 2014

El romance de los objetos


Mario Szichman

      La mejor película que Alfredo Hitchcock nunca pudo filmar comenzaba con un asesinato registrado a bordo de un vehículo. El cadáver surgía de la nada. Según le explicó Hitchcock a Francois Truffaut, su idea era iniciar la proyección mostrando una línea de ensamblaje en una fábrica de automóviles. Primero aparecía un chasis. Poco a poco, se le iban añadiendo partes. Finalmente el vehículo, totalmente armado, se detenía en la meta final de la línea de ensamblaje. Un imperturbable operario, de guardapolvo blanco, portando en su mano izquierda una tableta metálica con sujetapapeles, abría la puerta del conductor. Del interior surgía un cadáver que se derrumbaba en el suelo.
      Es la imagen inexistente más nítida que recuerdo de Hitchcock. El director no pudo llevar adelante el proyecto pues era imposible explicar cómo aparecía ese muerto en la línea de ensamblaje.
      Hitchcock, como todo gran narrador, sabía que ninguna narrativa se sostiene sin props. La palabra en inglés es una abreviación de property. En la escenografía teatral un prop es un accesorio. Cualquier objeto puede convertirse en un prop si ayuda a la narración. Puede ser desde la pipa curvada de Sherlock Holmes hasta una carroza emplazada en el centro del escenario. Un bastón es un prop si ayuda a identificar a un personaje. Tal vez un anciano puede requerir un bastón en una representación, pero no siempre. Un hombre elegante, que posee un excelente estado atlético, tal vez necesita del bastón como atributo de elegancia. Un cortapapeles puede servir para que un hombre juguetee con él entre sus manos, mientras reflexiona, o enuncia conjeturas, y también para incriminarlo cuando ese mismo objeto aparece clavado en el pecho de una víctima.
      Hitchcock tenía predilección por los grandes props. En North by Northwest el prop es el Monte Rushmore, donde se han esculpido los rostros de algunos famosos presidentes norteamericanos. Allí Cary Grant lucha contra sus perseguidores, y en un momento, como Gulliver en el país de los gigantes, se desliza por el rostro de uno de los presidentes. En Saboteur hay dos extraordinarias escenas, una donde el asesino lucha con el protagonista dentro de la cabeza de la Estatua de la Libertad, y la otra en que un enorme barco aparece varado, como una ballena muerta, en la rada de Nueva York.
      Cualquier tipo de narrativa, casi tanto como el teatro o el cine, necesita de props para anclar un personaje a una trama. Peter Rabe, un extraordinario escritor de mysteries, usaba un prop líquido, el café, para estructurar un personaje. En Kiss the Boss Goodbye, descubrimos uno de los hábitos del protagonista porque siempre está bebiendo café tibio o frío, nunca en su punto.
      Nunca necesité tanto de los props como cuando escribí La región vacía. Aunque Nueva York es la ciudad en la que más he vivido, no la conozco como realmente se conoce una ciudad: como cualquier turista. En realidad, nunca antes había escrito sobre una ciudad mientras vivía en ella. Escribí mi trilogía del Mar Dulce, que transcurre en Buenos Aires, mientras vivía en Venezuela. Escribí mi trilogía de la patria boba, sobre la guerra de independencia en la Gran Colombia, cuando me mudé a Estados Unidos. Escribí sobre la Revolución Francesa sin vivir en Francia. Pero con La región vacía decidí arrojarme al agua. Pues el tema, los ataques a las torres gemelas registrados el 11 de septiembre de 2001, era para mí una constante obsesión. Empecé a escribir sobre el ataque a las torres gemelas del World Trade Center ese mismo 11 de septiembre de 2001. Era un despacho para el periódico Tal Cual, de Venezuela. A lo largo de estos años llené varios centenares de páginas con mis experiencias, y escribí un libro de non fiction, que nunca publiqué. La región vacía no figuraba en mis planes narrativos. Pensaba que el tema merecía el formato de un ensayo.
      En el 2013, Carmen Virginia Carrillo, quien se encarga de la edición y reedición de mis novelas desde hace tres años, me sugirió una forma de lidiar con el tema. Volví entonces a revisar algunas de las historias que había escrito sobre el 9/11, y empecé a poblar la narración de personajes neoyorquinos. Fue una experiencia muy enriquecedora, y debo reconocer que de no ser por la profesora Carrillo, La región vacía seguiría en la etapa de proyecto. (Como también mi previa novela, Eros y la doncella).

EL CONTRAFUERTE DE LA ESCRITURA

      Desde el principio sabía quienes serían mis personajes, algunos famosos, como Osama bin Laden, dos o tres de los piratas aéreos, y obviamente, el presidente George W. Bush. Pero el centro de la trama debía consistir en seres que habían sido afectados por el episodio de manera pasiva. En un caso, la madre de dos jóvenes ejecutivos que morían en las torres. En el otro, un periodista capaz de cumplir una doble función: ser testigo del episodio, y al mismo tiempo, participar en la búsqueda que hacía la madre, de los instantes postreros de sus hijos.
      Anudar la vida de esos personajes centrales no fue difícil. Georges Politi nos asegura que sólo existen treinta y seis situaciones dramáticas. La otra parte fue más difícil, aunque las recompensas fueron numerosas: conseguir los props.
      La imaginación funciona de una manera bastante rara. Durante muchos años, me quedé prendado un libro escrito por David Viñas. No debe haber sido uno de los mejores, pues no recuerdo ni la trama ni el título, pero sí evoco con nitidez la apertura de cada capítulo. Constaba de una imagen de algún objeto fácilmente reconocible en Buenos Aires. Uno de ellos era un boleto de colectivo, esos boletos, como cualquier ticket de un pasaje, parecían simbolizar Buenos Aires. El conductor del colectivo, un autobús pequeño, entregaba a cada viajero un boleto, a cambio del dinero que le tendía para pagar el pasaje. En Nueva York no existen esos tickets, pero sí sucedáneos. Son trozos de cartulina. Algunos tienen formas de señaladores donde queda registrado el día y la hora de adquisición del pasaje, así como la ruta. De inmediato se me ocurrió que ese prop podía tener una función dramática, informar de varias cosas a la vez. La protagonista es una gran lectora, y usa esos tickets para marcar la página de cada libro donde interrumpió la lectura. Un día, descubre en uno de sus libros que ha señalado dos páginas con dos tickets. Uno de los tickets tiene la fecha del 10 de septiembre de 2001, un día antes del ataque a las torres. Cuando empieza a rebobinar su película personal, la protagonista recuerda de repente un episodio que tuvo como protagonista a uno de sus hijos y que la hizo abandonar la lectura. El episodio guarda un terrible secreto …
      Si estuviera redactando un folletín, éste sería el momento de escribir: “Continuará en el próximo episodio”. Por ahora me limito a señalar que cada narración requiere una estrategia diferente, y son distintos los elementos que la apuntalan. Recién con La región vacía descubrí el romance de los objetos. A veces, lo más cotidiano y banal puede convertirse en una prueba de amor, o en un instrumento letal.
      Un ejemplo, mis domingos comienzan en la madrugada –soy un insomne tempranero– y cuando a las 5:00 de la mañana abro la puerta de mi apartamento tropiezo con ese colosal ensamblaje de papel que es The New York Times. Otros lectores pasan toda la mañana revisando sus páginas. Yo demoro una media hora en librarme de ellas. Comienzo por los anuncios en colores de las grandes tiendas, sigo con los avisos de los supermercados plagados de cupones, desecho las páginas deportivas, pues las reseñas dedicadas al fútbol (soccer, le dicen aquí, para diferenciarlo del fútbol americano) son magras, y continúo con las partes de artes y espectáculos. Algunas reseñas de filmes son buenas, pero el resto de esas páginas están habitadas por anuncios de películas, de obras de teatro, de galerías de arte (acompañados de vernissages) y de programas de televisión. Cada aviso está destinado a exaltar la octava maravilla del mundo. Una vez deposito la sección de bienes raíces en el umbral de mi vecina, una broker que trabaja en Manhattan, y me independizo de la sección Metropolitana, de la sección de automóviles, de la sección de viajes, de la deprimente sección dedicada a la reseña de libros, de las satinadas páginas de la revista dedicada a la moda, y de las secciones de avisos intercaladas entre los avisos emplazados en las secciones, me quedo finalmente con el primer cuerpo. El colosal periódico ha quedado reducido a la sección internacional, la sección nacional, las páginas de opinión y los obituarios. (Como detalle interesante, muchos obituarios se escriben en colaboración con los futuros difuntos, y se van actualizando periódicamente, hasta que llega el gran día).
      Como la economía, el pronóstico del tiempo, y las agencias de inteligencia, los periódicos norteamericanos son absolutamente imposibles de manejar. Uno de los inmortales gags de Buster Keaton lo muestra sentándose en un banco de plaza llevando un periódico plegado que tiene el tamaño de una estampilla. Keaton lo va desdoblando, y el periódico va asumiendo gigantescas dimensiones, hasta que envuelve totalmente al actor, de la cabeza a los pies.
      Creo que Mallarmé decía que todo ocurre primero en la vida, y finalmente en un libro. Pues hace algunos años, el novelista Don DeLillo escribió una novela basada en un hecho real: la historia de dos hermanos que vivían en un apartamento de Manhattan y se la pasaban acumulando diarios y revistas, hasta que crearon una gigantesca pila que cayó sobre sus cabezas y los mató. (Anatole France pronosticó el evento en una de sus novelas, creo que en La isla de los pingüinos, en que el archivista de una biblioteca moría aplastado por libros).
      En un país donde el único lema que parece haber perdurado es “Big is better,” cuando más grande mejor, nadie que comienza atildado y pequeño puede perdurar. Basta ver los vasos de papel encerado en que sirven las bebidas gaseosas. Algunos tienen la estatura de un niño. Pero ese fastidio dominical ha sido un alivio a nivel de la escritura. Porque mi protagonista, además de encontrar huellas de un episodio incómodo en un simple ticket de autobús, padece el drama de los avisos, y colecta cupones, el pan nuestro de cada día de los voluminosos periódicos.
      Por alguna extraña razón, los cupones para ahorrar dinero siempre contribuyen a que uno gaste más dinero. Cada cupón es como una puerta trampa que abre el camino al derroche. El otro día vi una oferta de fideos fetuccinis. Cada paquete costaba 1,89 dólares. Podía comprar diez paquetes por diez dólares. Pero uno no come fideos sin algún aditamento. Esa semana, diferentes salsas para pastas habían subido de precio. También el queso parmesano. Al final, era más barato comer caviar de Beluga que fetuccinis.
      Pero estamos hablando de productos perennes. Uno puede almacenar pasta seca durante meses. En cambio, las ofertas de productos perecederos son aún más tramposas. Involucran fechas de vencimiento. De repente, mi protagonista descubre que esos cupones le están arruinando la vida.  Si no se libera de ellos, acabará como la protagonista de Codicia, el extraordinario filme de Erich von Stroheim, donde una bella mujer termina envejecida, enferma, semi ciega, por su acumulación de monedas de oro.
      No toda narración se presta al romance o a la tragedia de los objetos. Pero cuando se los puede utilizar en su encarnación humana suelen descorrer el velo de la alienación mejor que varios tratados de filosofía.


miércoles, 18 de septiembre de 2013

Visitas del atardecer en Manhattan



 Mario Szichman


 
Para Guadalupe Da Costa Carrillo
Y Ericka Tirado Castro,
 Que me permitieron
Descubrir otra Manhattan



  

   
   
     Cuando el actor George Clooney quiere estrellar su motocicleta Harley-Davidson no elige Manhattan, sino el Boulevard East. Al menos ya una vez probó su suerte acompañado de una bella amiga. Y sospecho la razón. Observar Manhattan desde esa avenida causa una sensación de euforia muy cercana a la demencia. Acelera el pulso. Casi de manera inadvertida uno necesita acelerar la velocidad. Y generalmente termina en el hospital.

    
     Boulevard East es una serpenteante avenida de New Jersey que flanquea la margen occidental del río Hudson. Consiste en unas treinta cuadras de pavimento. Algunos han bautizado ese tramo como The Golden Coast, la costa dorada. A sus costados hay mansiones y parques. Al menos un parque cada dos cuadras con bancos de madera y de hierro, para sentarse y contemplar Manhattan, porque la mejor vista de Manhattan no está en Manhattan sino en New Jersey, o en los condados de Brooklyn y Queens. Manhattan es una isla, y cuando uno avanza desde ella hacia la costa, ya sea en dirección al río Hudson, o al East, puede observar costas interesantes, pero nada espectaculares.
     Si alguna vez escribo una novela sobre el ataque a las torres gemelas, la ilustración que quiero para  la portada es una imagen capturada  el 11  de septiembre de 2001 por Thomas Hoepker, un veterano fotógrafo de Magnum. La imagen muestra a cinco jóvenes, en Brooklyn, a orillas del río, tal vez saboreando un tardío desayuno o descansando tras un paseo en bicicleta, bañados por el radiante sol de un verano de  septiembre. (Uno de  esos días tan radiantes, tan  siniestros, señaló Hoepker,  como  los  captados  por  Alfred Hitchcock). Y  mientras  los  parranderos    conversan, despreocupados, el trasfondo muestra cascadas de humo negro envolviendo las torres gemelas.[i]
  Hoepker nunca hubiera podido tomar esa fotografía desde Manhattan. La revista Slate publicó un excelente portafolio con fotos de los ataques y de sus secuelas[ii] y todas ellas  exhiben el paisaje humano sin distancias. Pues el World Trade Center, donde estaban emplazadas las torres gemelas, se  hallaba en el  Lower East Side, la zona de  Wall Street, atravesada  por  estrechas  callejuelas  y abrumada por rascacielos.
     Ahora se me ocurre, como un aparte (esa es la magia de los blogs: podemos insertar cualquier cantidad de apartes sin que el jefe de redacción ordene eliminarlos) que las primeras imágenes captadas por los neoyorquinos y el mundo entero de los ataques al WTC provinieron de una cámara fija del canal de televisión CNN. La cámara estaba emplazada a tanta distancia de las torres, que permitía cubrir todo el panorama. Y al mismo tiempo, las imágenes eran tan bucólicas como la registrada por el fotógrafo Hoepker. La secuencia fílmica de CNN se inició cerca de las 9:00 de la mañana (el primer avión se estrelló contra la Torre Norte a las 8:46) y concluyó poco después de las 10:00, al colapsar la Torre Sur. Durante ese lapso se barajaron toda clase de extrañas hipótesis alejadas de la realidad. Por ejemplo, desde esa distancia, el segundo avión que se estrelló, parecía tener el tamaño una avioneta.  Por lo tanto, los locutores de CNN dedujeron que también el primer avión había sido en realidad una avioneta, o tal vez un avión de carga que transportaba apenas un piloto y un copiloto. Existía, además, la apremiante necesidad de demostrar que los aviones se habían desviado de su trayectoria normal debido a un misterioso campo magnético que los atraía hacia las torres.
     Sin ruidos, sin gritos, las torres parecían también vacías. Nadie podía imaginar que tres mil personas estaban agonizando o habían muerto en su interior o arrojándose por las ventanas.

LA MARCA DE LO PRECARIO
    
     Desde que llegué a Nueva York en septiembre de 1980, una de las cosas que más me han impresionado de Manhattan es lo frágil y precaria que parece. Sus edificios llegan casi hasta el borde del río, y escasean los muros. Por supuesto, los muelles están cercados por verjas, y en algunos lugares los ingresos están rigurosamente vigilados. Pero Nueva York no es una ciudad amurallada, y eso permite a quienes viven frente a Manhattan una visión bastante interesante de la isla. Muchas personas tienen telescopios en sus apartamentos de Nueva Jersey exclusivamente para observar qué hacen sus vecinos de Manhattan[iii]. En la parte donde vivo, el ancho del río Hudson no debe superar los 1.300 metros. (Ahora que lo pienso, podría escribirse un buen guión de un filme policial mostrando a un “Peeping Tom” revisando con su telescopio un edificio de apartamentos de Manhattan donde se está cometiendo un crimen. La idea ya fue soberbiamente ejecutada por Alfred Hitchcok en Rear Window, pero desde muy corta distancia. James Stewart, un fotógrafo lesionado, observa desde su apartamento cómo su vecino del apartamento de enfrente hace desaparecer a su mujer).
     Todas estas reflexiones, algunas de ellas bastante ociosas, y por lo tanto, muy fructíferas, están relacionadas con dos temas que me gustaría explorar en mi próximo proyecto literario: la marca de una ciudad en sus pobladores, y la manera en que cada persona crea su propia ciudad.
   
CIUDADES DE NOVELA
     
     Durante más de veinte años viví en Manhattan y sus alrededores. Nunca se me ocurrió escribir una novela ambientada en la isla porque vivía en ella. Es en ocasiones recomendable tomar distancia para escribir sobre una comarca. (Un consejo que nunca le hubiera resultado útil a William Faulkner). Todas mis novelas sobre Buenos Aires las escribí en Venezuela. Todas mis novelas sobre la epopeya de la independencia venezolana las escribí en Nueva York. Mi último proyecto está ambientado en Nueva York porque ya no vivo en Manhattan. Puedo tomar distancia de la ciudad, contemplarla con cierta actitud olímpica desde que vivo en la otra orilla. Estoy en condiciones de compararla con otras ciudades. Inclusive acumular detalles que podrían resultar para otros banales, pero que para mí poseen mucha carga, pues algunos de mis personajes provienen de otros países. Por ejemplo: Buenos Aires es imposible de examinar desde alguna otra orilla. La única manera de ver a Buenos Aires desde la distancia es si uno se desplaza en alguna lancha o en el vapor de la carrera, que va de Buenos Aires a Colonia.
     Domingo Faustino Sarmiento decía en El Facundo que los porteños no vivían frente al río, sino de espaldas a él. Había toda una serie de brillantes interpretaciones psicológicas de Sarmiento sobre ese hecho. Inclusive podría explicar la falta de una gran industria pesquera, pese a que la plataforma continental de Argentina es una de las más grandes del mundo. Y de allí salté a otro factor que tiene que ver con Cádiz, otra ciudad que he descubierto hace poco, y de la cual me enamoré a primera vista. Toda la historia de Cádiz se puede resumir en la lucha de sus habitantes contra el viento. Lo dice Ramón Solís en un bellísimo trabajo, El Cádiz de las cortes. La topografía humana de Cádiz ha sido trazada por el viento. De ahí sus estrechas callejuelas, la orientación de las viviendas en cierta dirección, inclusive la forma en que han sido diseñadas las albercas de agua en sus techos.
     ¿Cómo influye en los cubanos o en los ingleses haber nacido en islas? ¿Qué clase de mentalidad desarrolla una isla en sus habitantes? ¿Por qué Caracas terminó siendo la ciudad más importante de la Capitanía General de Venezuela cuando carecía de todas las condiciones para serlo, siendo la principal su gran distancia del mar?
     Y ahora, la otra parte de la indagación requerida antes de ponerme a escribir mi nueva novela: la manera en que cada persona crea su propia ciudad. No todas las ciudades han sido creadas iguales, ni permiten ser recreadas de la misma manera por sus habitantes. En una apasionante excursión madrileña, conducido por Fernando Rodríguez Izquierdo, un sabio conocedor de Madrid, pude ver la capital de España no sólo como el centro exacto de la península ibérica, sino como una suma geológica de ciudades. Cada siglo de la ciudad tiene su barrio y su topología, sus especiales monumentos y sus paradigmáticas viviendas. La historia pesa terriblemente en Madrid, como en cualquier otra ciudad europea. La historia es casi imperceptible en Manhattan, una ciudad en perpetuo estado de construcción, donde sus habitantes se desplazan en constantes éxodos internos. Cuando vivía en el área de Jackson Heights, en el condado de Queens, los coreanos reemplazaron a los chinos, los hindúes ocuparon una zona de “White american anglo-saxon” y los mexicanos sustituyeron a dominicanos y puertorriqueños. Todo eso, en un lapso inferior a una década.
     Varias veces me mudé con mi esposa, Laura, cuando vivíamos en Nueva York. Pero creo que después de los ataques a las torres gemelas,  todo cambió. De alguna manera, Nueva York había dejado de ser una buena alternativa. Y pensamos en New Jersey como la nueva tierra prometida. Eso ocurrió hace casi una década. Creíamos entonces que había sido una decisión individual, pero las estadísticas demuestran que varias decenas de miles de neoyorquinos también adoptaron decisiones individuales similares a las nuestras.

     Ahora, la rutina ha cambiado. Vivo en la parte delantera de Manhattan. Contemplo a la ciudad como un turista más. Mis caminatas se han restringido mañana y tarde al Boulevard East. Veinte cuadras ida y vuelta, al menos tres veces por día contemplando a la isla mágica, siempre con los mismos ojos de asombro. Y aunque las mañanas son bellas, inclusive si llueve, los atardeceres de Manhattan son absolutamente gloriosos, inclusive en medio de una nevada.

     Por eso entiendo la razón de que George Clooney estrelló su motocicleta en Boulevard East: observar Manhattan desde ese privilegiado atalaya  causa una sensación de euforia muy cercana a la demencia.


[ii] http://todayspictures.slate.com/inmotion/essay_sept11/

[iii] En cierta ocasión entrevisté a Ira Levin, el autor de El bebé de Rosemary. Vivía en un bello penthouse de Manhattan. En el centro de su sala había un telescopio. Le pregunté si era para ver las estrellas, y me dijo que no, que lo usaba para espiar a sus vecinos. ¿Y qué había podido observar? Le pregunté. “A un vecino espiándome con su telescopio”, me respondió.