miércoles, 22 de julio de 2015

Las muchas vidas y abundantes muertes de Jack el destripador

Mario Szichman



El penúltimo Jack El Destripador fue el padre del primer ministro británico Winston Churchill. Al menos así lo asegura John Hamer en su libro The Falsification of History - Our Distorted Reality  (La falsificación de la historia, nuestra distorsionada realidad), publicado en el 2012. Hamer dice que lord Randolph Spencer Churchill (1849-1895), fue el encargado de asesinar a cinco  prostitutas en el distrito londinense de Whitechapel, durante el año 1888.
Las mujeres: Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, Catherine Eddowes y Mary Jane Kelly, son consideradas parte del “canon oficial” de Jack El Destripador. La policía londinense atribuyó los crímenes a una sola persona. En todos los casos, el atacante degolló a las mujeres, y luego les causó mutilaciones abdominales, haciendo presumir que tenía conocimientos anatómicos o quirúrgicos.
Hay otros cuatro asesinatos que no forman parte del canon, los de Rose Mylett, Alice McKenzie, un torso hallado en Pinchin Street, y Frances Coles entre diciembre de 1888 y febrero de 1891. Algunos arguyen que esos homicidios no se corresponden con el “modus operandi” de Jack. Otros suponen que un admirador del asesino original copió sus métodos. Pero hay una tercera tesis, que no es desdeñable: si bien esas muertes fueron causadas por Jack El Destripador, ciertas dudas en su ejecución permiten excluirlas del paradigma. De todas maneras, cuanto menos fechorías le sean atribuidas, más resaltarán las confinadas al canon oficial, y más fascinante será la leyenda.
Cinco mujeres degolladas y mutiladas ofrecen a los lectores una atracción mayor que una docena o más de víctimas. Y al parecer, en eso reside justamente el hechizo de Jack El Destripador, el asesino en serie del cual se han escrito más libros, o filmado más películas. El otro ingrediente esencial es la sospecha de  que el personaje era de alta alcurnia.
Hamer alega que el padre de Churchill asesinó a las mujeres pues estaban chantajeando a la familia real inglesa. “Churchill  no solo fue el ´cerebro´ detrás de todo el operativo”, dijo Hamer, “sino que se ocupó personalmente de grabar con su daga en los cuerpos de las víctimas emblemas masónicos y símbolos”. Según el autor, Churchill no actuó solo. El cirujano William Gull “se encargó de extraer los órganos” de las mujeres.
Lord Randolph Spencer Churchill es uno de los más de cien sospechosos que podrían haber coexistido en el cuerpo de Jack El Destripador. Otros seres famosos acusados de los crímenes de Whitechapel son Lewis Carroll, el autor de Alicia en el país de las maravillas,  y el príncipe Alberto Víctor, duque de Clarence y Avondale. Durante mucho tiempo, el príncipe fue el favorito en esa clase de especulaciones. Era el hijo primogénito del príncipe de Gales, posteriormente  rey Eduardo VII de Gran Bretaña, y nieto de la reina Victoria. Pero murió antes que su padre y su abuela, a los 28 años de edad. Varios escritores le atribuyeron toda clase de ignominias durante su corta vida, especialmente de índole sexual.
Es probable que el caso de Jack El Destripador se haya resuelto finalmente. Pero no para satisfacción de los expertos. En una nota publicada en el DailyTelegraph de Londres el 8 de septiembre de 2014, el columnista Guy Walters lamentó que el homicida no pertenezca a la aristocracia cultural o a la nobleza británica. Pruebas de ADN parecen haber contribuido a descubrir al asesino, y “es una pena que el asesino sea alguien tan aburrido”, y de tan escaso linaje indicó un titular del periódico.
Los homicidios en serie cometidos por Jack El Destripador atrajeron a una serie de teóricos, y crearon múltiples sospechosos más interesantes que el probable criminal, un peluquero de origen polaco llamado Aaron Kosminski, un esquizoparanoide que sufría de alucinaciones, y fue internado en un asilo para enfermos mentales en 1891. Sin embargo, varios  investigadores han cuestionado los hallazgos. Inclusive señalan discrepancias en muchos detalles de la vida de Kosminski. Por ejemplo, Walters dijo que el sospechoso falleció en el asilo en 1919. Pero según otros informes, murió de gangrena en una pierna en 1899.  
Quien parece haber resuelto el misterio es Russell Edwards, un armchair detective, un detective de poltrona, quien difundió sus hallazgos en el libro Naming Jack the Ripper. Edwards se puso tras la pista del aparente asesino de Whitechapel por una casualidad. En el 2007 compró un chal manchado de sangre durante una subasta pública en Bury St Edmunds, Suffolk, y eso le habría permitido resolver la identidad del serial killer.
“Obtuve la única pieza de evidencia forense existente en la historia del caso”, declaró Edwards a la prensa. “He resuelto de manera definitiva el misterio”.
El chal fue hallado en el cadáver de Catherine Eddowes, una de las víctimas del homicida en serie. El sargento Amos Simpson, quien se hallaba de servicio la noche de la muerte de Eddowes, sustrajo el chal y se lo regaló a su esposa, quien se mostró horrorizada al ver las manchas de sangre, y lo ocultó en un armario. El chal fue pasando por generaciones, hasta ser subastado en el 2007.
Edwards compró el chal, y contrató los servicios de Jari Louhelainen, un experto en biología molecular, quien descubrió el ADN en las manchas de sangre.  Luego de tres años y medio de investigaciones, Louhelainen dijo que había un match entre la sangre de la víctima y uno de sus descendientes. Pero localizó algo más, ADN de restos de semen que pertenecían a Kosminski. En los archivos de la policía londinense había evidencias serológicas del peluquero polaco. Ya desde el principio de la investigación  Kosminski fue uno de los principales sospechosos y fue sometido a numerosos seguimientos, interrogatorios y exámenes.
De todas maneras, La llamada Ripperology, la “ciencia” de investigar la identidad de Jack el Destripador muy difícilmente  desaparecerá de Gran Bretaña. Por una simple razón: nadie quiere a un homicida en serie común y corriente. Y si no pertenece a la nobleza británica, al menos debe haber descollado en alguna labor, especialmente artística.
La escritora de novelas policiales Patricia Cornwell sigue creyendo que el asesino es un pintor de renombre, Walter Sickert. Según asegura, las poses de las mujeres en algunas de las obras del artista son similares a las observadas en las víctimas del asesino.  
Las conjeturas sobre Jack El Destripador recuerdan el caso de Lee Harvey Oswald, el asesino del presidente John Kennedy. Su vida no fue lo bastante glamorosa para considerarlo capaz de matar al ocupante de la Casa Blanca. Seguramente era un patsy, el chivo expiatorio de algún poderoso grupo de presión. Algo similar ocurrió con el criminal de guerra nazi Adolf Eichmann, quien vivía en una modesta vivienda de un suburbio de Buenos Aires hasta su captura por miembros del servicio de inteligencia israelí. Agentes que siguieron su pista se negaron a aceptar durante meses que una persona capaz de liderar la “solución final del problema judío”, viviese en la pobreza. Muchos estaban convencidos de que tras su fuga de Alemania a fines de la década del cuarenta, Eichmann había gastado su dinero mal habido en algunos de los balnearios más famosos de Europa, rodeado de bellas mujeres.
Uno de los aspectos más interesantes del caso de “The Ripper,” es lo temprano que se descubrió su identidad, y cómo la burocracia permitió perpetuar el misterio. Conservo como una joya periodística un artículo que publicó The New York Times. Tiene el siguiente título: THE TRUTH AT LAST ABOUT JACK THE RIPPER; London Police Had Him in Their Net But Couldn't Convict Him. (Al fin la verdad acerca de Jack El Destripador; la policía londinense lo tuvo en su red, pero no pudo declararlo culpable).
Quien reveló por primera vez la identidad de Jack El Destripador fue Sir Robert Anderson, “durante más de 30 años jefe del departamento de Investigación Criminal del gobierno británico, y de la oficina de detectives de Scotland Yard”. Anderson, dice el artículo, “alzó el velo del misterio” que ocultó la identidad “del perpetrador de esos crímenes atroces conocidos como los asesinatos de Whitechapel”. 
Sir Robert anunció lo que el investigador Edwards corroboró en su libro. Jack El Destripador no era un miembro de la nobleza británica, sino “un extranjero de una clase baja, pero educada, proveniente de Polonia”. Se trataba de “un maniático del tipo más virulento y homicida”. La policía, dijo Anderson, investigó a cada sospechoso en el área donde se cometieron los crímenes, hasta que atrapó a uno de ellos, en momentos que intentaba eliminar manchas de sangre de sus ropas. Y si bien pudo demostrarse su identidad "más allá de toda duda razonable", fue imposible obtener evidencias legales suficientes a fin de condenarlo. Con el propósito de sacarlo de circulación, la policía pidió a las autoridades judiciales que el sospechoso fuera detenido "a discreción del rey", en el asilo de Broadmoor. 

Muchos de los datos, entre ellos la nacionalidad polaca, sugieren que el internado en el asilo era Kosminski. Aún más sugestiva es la fecha del artículo de The New York Times: 20 de marzo de 1910. Hace más de un siglo, ya se había resuelto el caso de Jack El Destripador. Kosminski nunca pudo salir del asilo, pues la discreción del rey se lo impidió. Los investigadores del tema lograron persistir en sus pesquisas durante más de cien años aprovechando la amnesia social. No hay nada nuevo, salvo lo olvidado.

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