miércoles, 24 de junio de 2015

¿Cuántas vidas vive un autor? El viajero del tiempo y su persistencia


Mario Szichman



En fecha reciente leí una entrevista que le hicieron a un autor latinoamericano. Me interesó por su profusión de frases trilladas. Decía que él releía de manera constante a varias de las figuras más importantes de la narrativa de América Latina, no sé si para fortalecer o espolear su inspiración.
Siento más simpatía por el autor que busca su influencia en otras culturas. Juan Rulfo estaba cautivado por autores como Knut Hamsun, Bjørnstjerne Martinius Bjørnson, Selma Lagerlöff, o Haldór Laxness. Decía que le gustaba la literatura nórdica “porque da la impresión de un ambiente brumoso, neblinoso... Me gusta mucho lo triste, lo triste y lo opaco. Entonces, todos los escritores nórdicos me interesan”. Filtrar el romance de la Revolución Mexicana por el cernidor de narradores escandinavos revela la originalidad de Rulfo.
El gran escritor argentino Roberto Arlt se nutría indistintamente de Emilio Salgari y de Fiodor Dostoievski. Jorge Luis Borges podría haber prescindido de toda la literatura latinoamericana, de no haber sido porque admiraba a algunos poetas como Pablo Neruda, José Hernández, y Rubén Darío. Nunca mostró excesivo interés por los narradores de su terruño, y cuando quería expresar su admiración por algún novelista o cuentista, enfilaba sus baterías hacia los ingleses.
Si un escritor o un poeta se siente cómodo con su cultura, es un mal augurio. Es como esos seres que afirman haber disfrutado de una infancia feliz, o que en las fiestas bailan con la hermana. No hay cultura que resulte perfecta.
El ser humano vive siempre del contraste y de la comparación. Nos cuesta aceptar lo nuevo, el desafío, la extravagancia, lo incomprensible. Pero la única cultura que prospera es la trashumante. ¿Qué hubiera ocurrido con Joyce de haberse quedado en Dublin, o a Vladimir Nabokov de persistir en Rusia?
Recuerdo un episodio de la serie de televisión The Twilight Zone. Era la historia de una mujer recluida en un hospital. Se consideraba un monstruo. La mujer rogaba que le hicieran una operación de cirugía estética para mejorar su rostro. En la escena final le quitaban el vendaje de la cara, y sonreía feliz al observar en el espejo su parecido con las sonrientes enfermeras, todas ellas seres atroces.
En la literatura, como en las relaciones amorosas, la endogamia conduce fácilmente al incesto, y sus frutos dejan mucho que desear. Preguntaba Cervantes al disculparse por su presunta aberración narrativa: “¿Qué podía engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo”?  Claro está, Cervantes contaba con otras influencias más allá de las novelas de caballería, pues era muy versado en la cultura europea de su época. Además, tenía un extraordinario sentido del humor, y el humor consiste en descentrar, dar un paso al costado, detectar el ridículo en cada gesto solemne, cuestionar el lenguaje, tomar en broma al poderoso, y de paso eludir a los Torquemada cuya paranoia les permite dar siempre en el clavo y descubrir con lucidez la clara amenaza a sus investiduras en la más inocente de las bromas.
Aunque intentemos aferrarnos a nuestro suelo y a nuestro pasado, es muy difícil que podamos permanecer muchos años en el mismo lugar. El siglo veinte, lo que va del siglo veintiuno, está plagado de inmigraciones, de traslados en masa de poblaciones. Los gobiernos no suelen ser muy generosos con sus habitantes. Un día descubren que un sector de la población es peligroso, y lo obligan a emigrar.
En estos días dos titulares en The New York Times hacen mención a los continuos éxodos. Según las Naciones Unidas, “casi 60 millones de personas están siendo desplazadas de sus hogares alrededor del mundo, debido a conflictos y persecución”. De esa cifra, 14 millones huyeron de sus países en el 2014. El segundo titular alude a una posible deportación en masa de haitianos que viven en la República Dominicana. Algunas organizaciones de derechos humanos dijeron que el gobierno de Santo Domingo parece a punto de iniciar una “limpieza étnica”.  Y si la cosa se demora, no es por falta de ganas de los administradores, sino debido a problemas logísticos.
Cada uno habla de la feria según le ha ido en ella. Tengo mi origen en una familia trashumante, proveniente de Rusia y de Polonia, que se comunicaba inicialmente en idisch. (Había muchas palabras rusas y polacas en el repertorio, especialmente a la hora de contar chistes subidos de tono). Los Szichman y los Szylder llegaron a Buenos Aires en la década del treinta del siglo pasado y en general se ubicaron en los confines de la clase media. También produjeron varios profesionales. Reseñé sus peripecias en Los judíos del Mar Dulce, en La verdadera crónica falsa, y en A las 20:25 la señora pasó a la inmortalidad. La única cenicienta que perdura de esa época es La verdadera crónica falsa. Las otras dos fueron corregidas y editadas –a través de una bella tarea de orfebrería– por la profesora Carmen Virginia Carrillo. No sé si alguna vez reeditaré La verdadera crónica falsa, pese a que con su nombre original, Crónica Falsa, y un larguísimo subtítulo, inició la trilogía del Mar Dulce. (Está inspirada en el libro Operación Masacre, de Rodolfo Walsh, y narra, en parte, los fusilamientos de un grupo de militares y civiles peronistas en los basurales de José León Suárez, en junio de 1956).
El título de esta nota es ¿Cuántas vidas vive un autor? Y lo pienso a raíz de los proyectos literarios que surgen en el transcurso de una vida. Algunos se concretan, otros se olvidan en un archivador. Me apasionan las novelas que tienen como tema el peregrino del tiempo, porque en definitiva, esa es la tarea de muchos escritores. De una u otra manera, como en el relato de Alejo Carpentier, todos necesitamos emprender un viaje a la semilla. ¿Qué encuentra el escritor maduro al recorrer su pasado? En ocasiones, ni siquiera puede vislumbrar su verdadero rostro. ¿Cuántos de sus futuros pudo prever? ¿Qué encrucijadas torcieron su destino?
Algunos consideran la escritura un proyecto de vida. Pero los temas que aparecen no son siempre un plan preconcebido: depende del sitio desde el cual se observa. Tal vez uno de los problemas es la pulcritud. Dostoievski es más atildado en Los hermanos Karamazov que en Crimen y Castigo. Pero, excepto por el relato de El gran inquisidor, nada supera la odisea del estudiante Raskolnikof, o sus desventuras tras asesinar a una usurera. Quizás Dostoievski hubiera producido algo inclusive superior a Los hermanos Karamazov de haberse dejado llevar por la exuberancia. Pero no todas las edades de un hombre autorizan la desmesura. Cuando nos acercamos al final de nuestra vida buscamos más el respeto que el exceso, los galardones a la polémica. Es más fácil pelearnos con media humanidad cuando tenemos toda la vida por delante. Después, hay que ser amables con los institutos y con esos seres tediosos, los académicos, pues garantizan, además de una producción aburrida, una módica inmortalidad. (Recuerdo a un intelectual argentino que conocí en mi juventud, y que escribió una novela muy divertida. Luego se convirtió en ensayista. Ahora está abrumado por las órdenes al mérito que ha recibido a lo largo de una carrera especializada en el galimatías lingüístico y en el caos mental. Seguramente la academia le reserve un lugar, una vez logre autenticar los diplomas que asegura poseer).
Quizás una estrategia alterna sea revisar una experiencia narrativa desde otro ángulo. ¿Qué ocurre si el protagonista es transformado en público, y el espectador pasa al primer plano?
En esa obra maestra que es la introducción a Melmoth The Wanderer, Chris Baldick dice que el protagonista de la novela de Charles Maturin, lejos de representar el carácter central, es un ser marginal. “Al igual que los terratenientes irlandeses de su época, se trata de un villano ausente”, dice Baldick.
Melmoth no solo es invisible para los lectores, señala el ensayista, “con frecuencia es invisible o infrecuente inclusive para los personajes de la historia. Es un Fausto del rumor, y su existencia está construida, en gran parte, en base a informes, presunciones, y a su reputación. Parece funcionar como un susurro fuera del escenario. El temor de su inminente llegada suele ser más enérgico que su presencia real. Las partes más poderosas de la novela son, por cierto, aquellas marcadas por la ausencia de Melmoth”.
En vez de concentrar la desesperación en Melmoth, dice Baldick, el autor consigue dispersarla de manera más concluyente entre distintos personajes.
¿Qué hubiera ocurrido de haber convertido Dostoievski el texto de El gran inquisidor en la parte central de Los hermanos Karamazov? En su versión actual, es como una intromisión en la trama. Inclusive su eliminación no afecta la estructura de la novela. Recuerda esos relatos que introducía Cervantes en Don Quijote, y que nada aportaban al argumento.
Hace poco, buscando bibliografía para un nuevo proyecto, descubrí Replay, una extraordinaria novela de Ken Grimwood. Es la historia de un hombre de 43 años que muere de un ataque al corazón en medio de una banal discusión con su esposa. Y resucita. Y retorna a la adolescencia. Y vuelve a morir. Cada vez que revive, su experiencia es más enriquecedora, y más traumática. Habla con seres que vio morir en su futuro, puede pronosticar eventos, ganar muchísimo dinero en la bolsa, alterar su vida. Pero anticiparse al futuro no siempre ofrece sabiduría, la experiencia no ennoblece su vida, o dignifica sus afectos. El presagio es siempre vaticinio de la adquisición de bienes materiales, nunca de una vida distinta.
Renacemos, nos recreamos, con cada nueva experiencia. Nos descentramos cuando enfrentamos un nuevo territorio y lidiamos con propuestas de nuevas lecturas. En nuestro país de origen nos sentimos soberanos; devenimos intrusos en otras tierras. Atravesamos el espejo, como la Alicia en el relato de Lewis Carroll, y del otro lado todo es diferente. Pasamos a ser personajes extraños.
El autor vive varias vidas, pero ninguna de ellas es una nota al pie. Es central en su desarrollo, en su aprendizaje de la comedia humana (la única comedia interesante que podemos vivir). Le otorga la facultad de volverse tan flamante como en el día de su nacimiento. Cada viaje a cada una de sus vidas es otra vida. Releer de manera constante a los mismos autores, aferrarse a sus textos, puede llevar al empobrecimiento intelectual. No podemos eternizarnos en la adolescencia cuando tantas marcas se imprimen en nuestro rostro. De ahí la persistencia del viajero del tiempo.





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