jueves, 21 de junio de 2018

"Bolívar, discurso en tres tiempos en Las dos muertes del general Simón Bolívar" de Libertad León González




  La profesora Libertad León González, de la Universidad de Los Andes, Venezuela, escribió este ensayo sobre mi novela  Las dos muertes del general Simón Bolívar. El trabajo forma parten del libro El libro Trilogía de la Patria Boba de Mario Szichman. Una propuesta de novela histórica del Siglo XXI. Trabajos críticos sobre su obra. (2014), que reúne ensayos críticos sobre mis novelas Los papeles de Miranda, Las dos muertes del general Simón Bolívar y Los años de la guerra a muerte.  MS




Libertad León González

Sólo la muerte se atrevió a ignorar
Que su excelencia era inmortal

Alejandro Próspero Réverend


La novela histórica de nuestros tiempos, siglos XX y XXI, definitivamente, rompe con el llamado credo del historicismo según Louis Dimier, en tanto que para la historia “el hecho permanece entero, intacto...todo su arte se reduce a no tocar nada en el asunto, a observar lo que Fustel de Coulanges ha denominado atinadamente 'la castidad de la historia'...” (Benjamin, 1942: 36). Por el contrario, la nueva novela histórica “tiene – en palabras de María Antonia Zandanel- como rasgo distintivo la subversión del viejo y exitoso paradigma de la novela realista”. (2004: 56) o lo que ha sido llamado por Celia Fernández Prieto "los presupuestos estéticos e ideológicos de la postmodernidad." (1996: 215). En esta vertiente se coloca la novela de Mario Szichman, Las dos muertes del general Simón Bolívar (2004). Espectáculo teatral y narrativo, delirante y paródico, profundo y reflexivo de los hechos históricos recreados, de la vida humana que trasciende.

BOLÍVAR EN SOLEDAD

Yo estaba solitario
hacia el interior de mi piel
solitario y ausente
hacia el interior de mis ojos
solitario con toda la soledad invicta
solitario con toda la vida congregada.

Joaquin Marta Sosa

La absoluta soledad invade a Simón Bolívar en sus últimos días. Después de haber trasegado tantas batallas, merecer títulos de General, Excelencia, Presidente y Emperador, muere en soledad extrema. Ya la muerte como acto individual es intransferible y como tal, en su relación específica con la existencia humana, decanta en la novela de Szichman en sentido filosófico, dos de sus tres acepciones: "...como fin de un ciclo de vida,...como posibilidad existencial.” (Abbagnano, 1997: 821). Se inicia la novela con una recreación de los últimos días de El Libertador. Emulando el encabezado de su testamento, pronuncia la proclama definitiva en la cual reconoce vivir “en un mundo donde la ley ya no me alcanza” (Szichman, 2004: 18), llega a padecer el desconcierto de la anarquía desatada en su contra. Le abandonan las fuerzas, busca otro ámbito, “Marcho hacia el cuerpo de mi madre” (2004: 19), su primer recinto de vida, el punto de partida de su destino. El personaje, en consecuencia, se encuentra, recordemos a Jaspers, en una situación límite, deberá esclarecer su propia existencia en los últimos días que le quedan entre dudas y tormentos. De allí las denominaciones de los capítulos de la novela de Szichman: Agonía, Delirio, Pesadilla, Vigilia; estados mentales del padecimiento del ser humano en los que abandona su conexión con la realidad, estados de sufrimiento manifiestos entre la realidad y la evasión, límites de la conciencia entre la salud y la enfermedad, entre la vigilia y el sueño. De igual forma, en estos episodios narrativos se muestra la condición insomne de El Libertador. Y en consecuencia, siguiendo a Husserl hará posible la construcción del mundo histórico desde 'la vida de la conciencia'.
El relato es conducido por la voz del mismo Bolívar. Estamos en presencia de la novela histórica como intrahistoria pero también como deconstrucción del pasado, propuestas de clasificación de la novela histórica del siglo XXI, aplicables a la lectura interpretativa de la novela de Szichman. En este sentido, el personaje recrea su mundo interior y refiere en forma reiterada episodios ilustrativos de su vida[1]. El recorrido lo realiza el personaje protagónico desde la memoria, reflexiona y recuerda, abatido y acabado por la enfermedad, en los desmanes de la guerra, en sus contradicciones internas y de sus aliados, en los hechos históricos que lo glorifican y lo acusan; en definitiva, en el legado que deja. Su soliloquio expresa y registra lo que siente su maltrecho cuerpo y su conciencia angustiada; interpreta a quiénes le acompañan en su lecho de muerte; recuerda episodios completos de esos veinte años de lucha e imagina lo que se dirá de él después que ya no esté. Desplazamiento temporal desde el presente de la agonía, al pasado de sus hazañas y al futuro de la posteridad. De tal modo dirá: “mi rostro es tan impreciso que podría vaciarse en tres moldes diferentes” (Szichman, 2004: 25). Tres tiempos esenciales en la vida de un ser, ejemplo excepcional para la humanidad. Tres inflexiones discursivas que lo convierten en eterna presencia. Juegos temporales en el discurso del personaje que lo vinculan a la visión de San Agustín: “los tiempos son tres: presente de las cosas pasadas (la memoria), presente de cosas presentes (visión) y presente de cosas futuras (expectación)”. (2006: 178). En la novela, Bolívar como personaje narra desde el presente, como figura inmortal permanece en el presente.
En la noción de Mímesis II, Paul Ricoeur reflexiona acerca del proceso de elaboración de la obra literaria, “conducir el antes y el después de un texto, transfigurar el antes en después por su poder de configuración” (1996: 114). Este proceso de la escritura en tres tiempos (mímesis I, mímesis II y mímesis III) nos coloca en el mismo proceso de elaboración tanto de la novela en general como de la novela histórica en particular, así como de los discursos que en ésta se conciben a través de los personajes. Caso especial la novela Las dos muertes de Simón Bolívar. La historia es el primer momento que el autor aborda (mimesis I), la novela histórica, resultado de la propuesta ficcionalizada de la historia (mímesis II) y el lector “es el operador por excelencia que asume por su hacer –acción de leer– la unidad del recorrido de mímesis I a mímesis III” (Ricoeur, 1996: 114). Y en este último eslabón de la creación, la novela histórica nos permite plantearnos como lectores, la búsqueda de la dialogicidad para una ética de la memoria histórica. De allí la significación de la posición en tres tiempos del personaje Bolívar en la novela de Mario Szichman. El recorrido que hemos realizado desde el personaje que se mira a sí mismo, en tres momentos de su existencia, nos obliga a realizar esa confrontación del personaje histórico y el personaje novelado. Establecemos como lectores la re significación del héroe. Revalorizamos la historia y la recreación ficcionalizada de los hechos.
Es así el idearium de Bolívar concebido por los historiadores como ejemplo para la humanidad. En ese sentido, destacamos la opinión de Guillermo Morón:
Una descripción de su idearium no podría desligarse de tres puntos de apoyo, la justicia, la libertad y la unidad... esos tres capítulos mayores de su acción, de su pasión y de su proyección existencial, están vigentes en Venezuela, en Hispano-América y en toda América Latina. Si están vigentes es porque aún no se han realizado a lo largo de este tiempo histórico posterior a Simón Bolívar. (1983:91).

No en vano es entonces la referencia de Bolívar en la historia y su valoración como fuente de inspiración en el arte y en otros ámbitos sociales. Vale mencionar las numerosas significaciones que tiene por ejemplo, en el imaginario del venezolano, desde héroe magnánimo de la Historia patria hasta símbolo espiritual de creencias paganas, como motivo de representación en todas las artes de todos los tiempos, posteriores a su existencia, hasta referencia ideológica en canciones de ritmos urbanos: “Yo soy real como Bolívar y su espada/ dándole puñaladas a los hipócritas por su fachada...” (Canserbero:"Tripolar", ritmo musical hip-hop).

            HISTORIA RECREADA

En la novela de Szichman los desplazamientos también se producen en los escenarios de la historia que se cuenta haciendo uso de diversos géneros literarios. La historia se muestra como anecdotario de la vida de Bolívar, narrado en primera persona. El personaje necesita decir entonces: “...Mi ralo cabello blanco ha vuelto a ser tan abundante y oscuro que me lo ato a la espalda como si fuera una cola de caballo, para secundar la trenza blanca de mi mentor, don Francisco de Miranda” (Szichman, 2004: 25), subraya el sentido modélico de Miranda sobre sus ideales de emancipación; la historia también se muestra como representación dramática, dirá el personaje: “Un actor juvenil, que me representa en mis años mozos, con un rostro tan impreciso que podría vaciarse en tres moldes diferentes, relee el libreto entre bastidores...” (2004: 23), se reitera la triada temporal marcada en los rasgos de su rostro y el personaje se desdobla; luego, hace referencia a episodios históricos: “¿Qué fue lo último que hizo Sucre antes de ser asesinado? Presidir el congreso que se reunió en Bogotá para asegurar la unidad de la Gran Colombia” (2004: 69). De la misma forma, se elabora una recreación ficcional del héroe prominente de América del siglo XIX que en cierto momento declara: “es deplorable que yo no tenga la glacial calma de Santander para desenmascarar al traidor. Él daría cada uno de los sospechosos toda la cuerda necesaria para que se ahorquen y ni por un momento bajaría la guardia. Pero a mí me mata el afecto, el desdén y la cólera...” (2004: 32). Variación y versatilidad del punto de vista narrativo de primera persona, que aparenta por momentos configurarse en texto dramático, en referente histórico, en novela, propiamente dicha y en algunos momentos, en papel o borrador del texto, dictado por el mismo personaje, elaborado bajo su lupa, con señalamientos precisos en torno a la escritura que dictamina, el último poder que aún puede ejercer, el de su propio discurso. Por eso la novela se percibe como un montaje teatralizado de la historia ficcional. Dice entonces el personaje: “Nadie sospecha que detrás de esta penúltima retirada –y es bueno poner con itálica la palabra penúltima– alienta la necesidad de ser prolijo, única forma de ganar mi postrera batalla...” (2004: 32). Antes de que se instale en él la ausencia definitiva dispone de un escenario en el que podrá discernir sobre la valoración de su vida con respecto a sí mismo y como legado para la humanidad. Se confrontará la escritura que se ha hecho sobre él y la oralidad que evoca a la memoria para dialogar con el lector, último testigo de su representación, público espectador de su soliloquio.
La novela de Szichman emplaza al lector a indagar y además a constatar que la ficcionalización en la novela histórica siempre tiene un punto de partida que lo ata a la excepcionalidad de cada héroe o a determinado momento histórico referido. En Las dos muertes del general Simón Bolívar, nos obliga a buscar significaciones en torno a la vida de El Libertador, de sus seguidores y oponentes, como personaje que merece elogios y reproches entre sus amigos fieles y detractores. Sentirlo cercano a Dios, pero también cercano a las bajas pasiones que otorgan la ambición sobre el poder político–militar de la época. Las dos muertes del General Simón Bolívar no sólo nos invita a indagar los discursos testimoniales de El Libertador, el discurso histórico, sino todo un legado legendario de personajes contextualizados en torno a la vida de Bolívar. Cercano a Heiddegger, en la novela de Szichman, Bolívar comprende y en este sentido, proyecta múltiples posibilidades de sí mismo.
Los personajes históricos, protagonistas de la historia patria, colaboradores o no de las ambiciones personalistas del Libertador, aparecen abriendo y cerrando escenas como sueños o pesadillas, como recuerdos que se plantan ante el lector cual representación teatral, muy cercana al absurdo y al espacio onírico. Hombres de poder y aristócratas de Francia e Inglaterra, reflejo de la importancia de determinadas voces que trasladan a América las ambiciones sembradas por las dos grandes revoluciones europeas del siglo XVII.
Por eso, quizá, percibimos la novela como una expansión de la visión romántica de Bolívar durante el esplendor de su vida en su imponente poema “Mi delirio sobre el Chimborazo” (1.822).
Esta forma de contar desde diferentes planos o formas, de llevar y traer los episodios a saltos temporales y estilísticos en la novela de Szichman, también nos pone a reflexionar sobre nuestra historia, la que podemos considerar doblemente iconográfica porque gira en torno a la figura magnánima de El Libertador, dejando relegados a una consideración secundaria, en muchos casos desproporcionada, al momento de reconocer otros protagonistas del hecho histórico en el proceso de independencia de Venezuela y América Latina. Y en segunda instancia, iconográfica gracias a la labor de un grupo de historiadores que en sus discursos solo reconocen la supremacía de la figura de Bolívar.
Es Bolívar el emblema de nuestra historia patria, así llamada por los guardianes del discurso político-educativo de nuestro país, desde que la histórica del siglo XIX en Venezuela refiere las hazañas de Bolívar por lograr el sueño libertario. No en vano Venezuela es llamada con orgullo “la tierra de Bolívar”. En Las dos muertes del general Simón Bolívar, el discurso de El Libertador, ante su indeclinable muerte, soporta sus últimos momentos, sin dejar de ser inspiración: del escultor Lebranche, quién desea esculpir en yeso su rostro para la inmortalidad, proyectará otra dimensión más palpable a su partida de este mundo; ese segundo rostro plasmado también simboliza el presente, instancia temporal que prevalece en la novela de Szichman. Su amada y sigilosa Manuela; su médico de cabecera, Alejandro Próspero Réverend; José Palacios, su criado inquebrantable, Luis Perú de Lacroíx, su amanuense, la prolongación de su discurso como copista de sus vivencias, de sus luchas. Todos, forman parte de la maquinaria teatral que es la misma vida, aun cuando no todos estuvieron acompañándolo en sus últimas horas. Bolívar se representa a sí mismo, desdoblado como el ser histórico que perece lentamente y que está consciente de las amenazas, incluso en quiénes le ofrecen compañía incondicional. Su delirio lo llena de dudas:
Por supuesto si todos ellos son mi última línea de defensa, son también la primera línea de ataque del enemigo. Todos ellos, inclusive Manuela y mi criado, son de recelar. Pero al limitar a cinco los sospechosos, es más fácil vigilarlos, ponerlos a competir entre sí, hasta obligar al traidor a revelar su secreto. (Szichman, 2004: 32). 
También le preocupa su imagen, vilipendiada por sus enemigos, el legado histórico que ha de mostrar para la posteridad. Esta representación trágica de sí mismo expresa las dos muertes de Bolívar en la novela. La muerte como tragedia vivida desde la enfermedad que acaba con su ciclo vital y la muerte representada para ser doblemente padecida. Esta concepción de la tragedia que se repite a través del teatro es explícita en Derridá: “La posibilidad del teatro es el centro obligado de este pensamiento que reflexiona sobre la tragedia como repetición. En ninguna parte está la amenaza de la repetición tan bien organizada como en el teatro”. (Derridá, 1989: 18-19). En consecuencia, la historia se repite como falsedad. Despierta en el lector lo que Habermas llamó el interés emancipatorio o libertario como “conocimiento reflexivo en la capacidad de volver sobre nuestros pensamientos, nuestras motivaciones y sobre nuestras acciones para revisarlos racionalmente en unión de otros sujetos” (Habermas, citado por Pérez-Estévez, 2012: 37), precisamente, desde el mismo personaje histórico hasta el lector. Conformación de una ética de la memoria histórica.
La novela termina con la derrota del personaje. Cierra su representación con la siguiente sentencia:
Cae lentamente el telón, disimulando con su inexorable descenso de guillotina todos los defectos de esta obra, separando mi cuerpo de los espectadores, devolviéndolos a la rutina en que pronto seré olvidado. Y yo, yo apenas atino a pensar, ¡Oh, qué manera tan desprolija de morir! (Szichman, 2004: 267).

Morir inmerso en la pobreza extrema más que de riquezas de espíritu. No obstante, el personaje Bolívar de Szichman también se ríe de sí, se desdibuja su solemnidad en situaciones y expresiones paródicas sobre sí mismo. Queda expresamente definido en tanto Ser: “El Ser es la forma bajo la cual la diversidad infinita de las formas y de las fuerzas de vida y de muerte pueden mezclarse y repetirse en la palabra indefinidamente”. (Derridá, 1980:18). El Ser que fue Bolívar, aún después de la muerte, queda en sus hechos, en su palabra repetida y re-significada desde la literatura a través de la novela histórica.

HISTORIA RECUPERADA

"La novela latinoamericana es en lo general
un documento más exacto que la historia".
                                                                                              Germán Arciniégas

Salvando las distancias entre la historia y la ficcionalización del hecho histórico, propiamente dicho, percibimos alrededor de la figura de Bolívar y de todos los protagonistas de la guerra de independencia en América, referidos en la novela de Szichman, una propuesta profunda y humana. Veamos por ejemplo, las palabras que pronuncia el personaje Bolívar al señalar alguna de las dificultades de la utópica América unida: “¿Qué control puede tenerse de los acontecimientos en esta geografía? Los sucesos se miden en el tiempo que tarda una herida en supurar, una gangrena en invadir el cuerpo, la Gran Colombia en reventarse por las costuras” (Szichman,2004: 39).
Otro ejemplo fundamental se representa en la historia con la figura de Francisco de Paula Santander (1792-1840 ). Aliado y hombre de confianza del Libertador en momentos decisivos como la Batalla de Boyacá (Colombia, 1819), ocupó el cargo de Vicepresidente de la Gran Colombia (1821-1828) y colaboró de manera expresa con el Libertador. Sin embargo, las versiones de la historia también lo señalan como traidor al Libertador.
En la novela de Szichman se retoma la versión de la traición de Santander. Dice el personaje Bolívar: “Es el anochecer del 25 de septiembre de 1828 y estoy en el palacio de gobierno en Bogotá, aguardando el comienzo de la sublevación urdida por el general Santander para defenestrarme y hundir la Gran Colombia en la discordia civil”. (Szichman, 2004: 125). Más adelante agrega: “A duras penas logré hacer fracasar la Convención de Ocaña, un invento de Santander para convertirme en el ladero de sus ambiciones personales” (2004: 126). Y esta acusación sobre el colombiano ilustre se repite en ciertas fuentes documentales, como las cartas de Manuela Sáenz, “Tengo a la mano todas las pistas que me han guiado a serias conclusiones de la bajeza en que ha incurrido Santander, y los otros, en prepararle a usted un atentado. Horror de los horrores, usted no me escucha; piensa que sólo soy mujer...” (2010: 97). La referencia histórica se retoma para la reflexión en la historia y en la novela histórica.
La presencia de Manuela Sáenz está dibujada en la novela de Szichman en forma tenue, salvo las escenas del comienzo como acompañante y centinela de los padecimientos de su amado moribundo y la célebre escena en que conoce al Libertador, cuando es recibido en Quito y ella le lanza una corona de laurel. Esta imagen descripta y narrada por la misma Manuela en su diario ha sido recreada con vehemencia por los escritores. Caso particular la célebre ópera Bolívar (1943), escrita por el dramaturgo francés Darius Milhaud (1892-1974), basada en la obra de teatro Bolívar ((1950) de Jules Supervielle, reestrenada en el año 2011 en Caracas. En esta obra, en cambio,  Manuela emblemática amante incondicional de Bolívar, va acrecentando su figura hasta alcanzar el rango de coronela. No en vano la propuesta de Manuela Sáenz en el film venezolano Manuela Sáenz (2000), dirigido por Diego Rísquez, con guión de Leonardo Padrón, como un acercamiento al esplendor y la decadencia de una mujer insigne en el amor y la lucha de sus ideales. En la novela de Szichman, por el contrario, Manuela será referencia distante en apariciones momentáneas, flashes de la memoria.
Para el momento de la conmemoración del bicentenario del nacimiento de El Libertador, en el año 1983, se enarbolan los discursos, y las voces de los grandes historiadores bolivarianos. Por ejemplo, Manuel Pérez Vila reconoce el carácter internacional de la Guerra de Independencia, resaltando las Cortes de Cádiz en las que predominó “el sentimiento metropolitano por encima de los comunes principios liberales proclamados aquende y allende el atlántico” (Pérez Vila,1983:30). Luego, valora el decreto de Guerra a muerte en Trujillo (15 de junio de 1813) porque “tenía como principal objeto la ratificación irrevocable de la faz internacional de la emancipación por sobre el aspecto de la guerra civil” (Ibídem), para mostrar, igualmente, que siete años después del decreto “España reconoce de un modo tácito el carácter internacional de la contienda cuando el general Morillo firma sendos Tratados de Armisticio y Regularización de la Guerra con su Excelencia el Señor Presidente de la República de Colombia” (Ibídem).
No podía faltar para esa celebración el discurso histórico plácido, ecuánime e influyente del historiador José Luis Salcedo Bastardo quién, sin cortapisas ni resquemores, al aludir al episodio histórico más relevante del siglo XIX afirma: “El ideal de la integración latinoamericana es el producto histórico que más enorgullece a Venezuela” (Salcedo Bastardo, 2004: 52), para continuar con los vínculos indestructibles que unen a Bolívar y Miranda:
De Miranda recibió Bolívar la inspiración y la certeza continentalista latinoamericana. El lúcido precursor acuñó el nombre para América Latina: “Colombia” en homenaje de justicia al genio cuya audacia desentrañó del desconocimiento a nuestro hemisferio: Bolívar fue ganado por Miranda para Colombia en Londres, en 1810... (Salcedo Bastardo, 2004: 53).
Sin ningún tipo de contradicciones los dos héroes se unen en el mismo sueño. Sólo que se omiten otras menudencias sobre este legado marcado en Bolívar por Miranda, que le costó a éste último la disolución de sus ideales, primero y de su vida, después. El mismo abandono que veinte años más tarde sufrirá Bolívar y que nos muestra la novela de Szichman desde su estilo elocuente y original.
El encuentro novelesco de los dos héroes, referido en Las dos muertes del general Simón Bolívar, emerge del espacio de ultratumba, sugiere humor y nostalgia:
´Entonces usted es, de ahora en adelante, el marqués de Voliber y Cocorote´. Es la voz de Miranda que retorna de una muerte que ya lleva catorce años, de un paseo que emprendimos hace veinte años por las riberas del Támesis, que yo imagino nevado, y que ocurrió en realidad en pleno verano .(Szichman, 2004: 35) .

Miranda se opone a Bolívar desde su apariencia física, asoma la confrontación que lo llevará a deshacerse de su presencia en el escenario de la historia. La opulencia de su imagen muestra contradicciones a partir de la traición que propina a Miranda. De alguna manera, lo asoma el propio Bolívar cuando expresa: “En ese momento de 1810 mi voz es profunda. Años después desaparecido Miranda como rival, mi voz será tan chillona como la de él”. (Szichman, 2004: 27). En este sentido, Miranda se constituye en el personaje con quién más dialoga Bolívar en la novela de Szichman. Esta posibilidad reivindica el diálogo platónico en tanto que:
A Platón y los socráticos, el diálogo les permitía mimetizar el particular acceso al conocimiento, propuesto por Sócrates, con sus rodeos, sus interrupciones y sus retrocesos, es decir, toda la dinámica de admisión o rechazo del interlocutor. Les permitía además hacer intervenir una multiplicidad de discursos incompatibles entre sí..” (Pérez Cortés, 2004:205).

El diálogo, forma discursiva por excelencia del teatro,  subraya la intención estética de la novela en su doble propuesta narrativa y representativa. La novela histórica de Szichman alcanza lo que para Margoth Carrillo constituye “Ese ‘entrecruzamiento dialógico’ del que habla Bajtin” donde “la novela histórica pueda verse también como un espacio en el que es posible que ocurra el intercambio, la reflexión o la apertura de los discursos que en ella se actualizan”. (Carrillo, 2004: 135).
La historia recreada sirve de estímulo al lector, lo conduce hacia la valoración de sus antepasados, le sugiere  el punto de partida hacia la comprensión de sí mismo a partir de la historia, a la cual está atado, como lugar de la memoria al que debe volver para rescatar el sentido ético de la memoria histórica.
Referencias Bibliohemerográficas:
Abbagnano, Nicola. 1997. Diccionario de Filosofía. Santafé de Bogotá. F.C.E.Aristóteles. 2007. Metafísica. Madrid: Espasa-Calpe.
Benjamin, Walter. 1942. Sobre el concepto de historia en: http://es.scribd.com/doc/187458581/Walter-Benjamin-Sobre-El-Concepto-de-Historia
Blanco Fombona, Rufino. 2007. El pensamiento vivo de Simón Bolívar. El Libertador y su  Proclama de Guerra a Muerte. Caracas: El Centauro.
Carrillo P, Margoth. 2004. “La novela histórica: las posibilidades de un género”, en          Conciencia Activa, número 6, octubre. Pp.127-158.
Derridá, Jacques. 1980. “El teatro de la crueldad y la clausura de la representación”             Traducción de Patricio Peñalver, En: La escritura y la diferencia. Barcelona:           Anthropos.
Versión digital: http://www.jacquesderrida.com.ar/textos/artaud_1.htm Derrida en         castellano. 21 de junio de 2003. (Consultado el 02 de febrero de 2014).
Fernández Prieto, Celia. 1996. “Relaciones pasado presente en la narrativa histórica         contemporánea”. En: José ROMERA CASTILLO: La novela histórica a finales del         siglo XX. Madrid. Visor.
Heidegger, Martin. 2000. El ser y el tiempo. México:  F.C.E.
 Las más hermosas cartas de amor entre Manuela y Simón (acompañadas de los diarios  de Quito y Paita, así como de otros documentos). 2007. Caracas. Ministerio de la Cultura. Fundación editorial el perro y la rana.
Liévano Aguirre, Indalecio. 2007.Bolívar. Caracas: Grijalbo.
Morón Guillermo: “Heredad y herencia de Bolívar". p.74-91.En: Bolívar. Revista          Geomundo (Libro del Bicentenario del Libertador). 1983. Panamá. América.
Pérez Cortés, Sergio. 2004. Palabras de filósofos (oralidad, escritura y memoria en la          filosofía antigua). Ciudad de México: Siglo XXI.
Pérez-Estévez, Antonio: “La acción comunicativa de Habermas como diálogo racional”.           En: Revista de Filosofía, N° 70, 2012-1, pp.31-50. Maracaibo. Universidad del Zulia.
Pérez Vila, Manuel.  "Las campañas militares de Simón Bolívar". p. 28-50. En: Bolívar.      Revista Geomundo (Libro del Bicentenario del Libertador). 1983. Panamá. América.
Raygada Cauvi, Jorge: "Los años formativos de Bolívar". p.6-27. En: Bolívar. Revista     Geomundo (Libro del Bicentenario del Libertador). 1983. Panamá. América.
Ricoeur, Paul. 1996. Tiempo y Narración, Vol. I, México: Siglo XXI.
Rumazo González, Alfonso. 2011. Simón Bolívar (Biografía). Caracas: Antelux. Salcedo Bastardo José Luis: "Latinoamérica: razón y meta". p.51-66.  En: Bolívar. Revista       Geomundo (Libro del Bicentenario del Libertador). 1983. Panamá. América.
San Agustìn. 2006. Confesiones. México: Lectorum.
Szichman, Mario. 2004. Las dos muertes del general Simón Bolívar. Caracas: El Centauro.
Zandanel, María Antonia. 2004. Los procesos de ficcionalización del discurso histórico en  la leyenda de El Dorado. Mendoza: Universidad Nacional de Cuyo.
Otras fuentes:
Ópera Bolívar. Caracas, 25 de marzo de 2012. Teatro Teresa Carreño. Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela. Dirigida por Alfredo Rugeles. Puesta en escena Atahualpa Lichy.



[1] Don Juan Vicente Bolívar y Ponte, hijo de Petronila es el padre del libertador Simón Bolívar. Marquéz de San Luis de Cura y Vizconde de Cocorote. Títulos comprados en España en el año 1728, en el Convento Benedictino de Monserrat en Madrid por su padre, el esposo de Petronila Ponte, pagando 22.000 (ducados). Heredera de Cocorote, que dicho en gallego quiere decir: “La cima o la Cordillera, lo más alto de una sociedad, en poder social y económico”. (http://www.farandulo.net/ponte-bolivar.pdf).

sábado, 16 de junio de 2018

Los papeles de miranda. Representación de un héroe más humano



     El libro Trilogía de la Patria Boba de Mario Szichman. Una propuesta de novela histórica del Siglo XXI. Trabajos críticos sobre su obra. (2014), reúne ensayos críticos sobre mis novelas Los papeles de Miranda, Las dos muertes del general Simón Bolívar y Los años de la guerra a muerte. 



     
La doctora Alexis del Carmen Rojas Paredes analizó la primera de las novelas de la trilogía en este texto:




…defender la dignidad humana hasta el sacrificio;
Pensar libremente hasta quedar en la absoluta soledad.

Mario Briceño Iragorry


Las palabras de Mario Briceño Iragorry que ilustran el epígrafe recogen significativamente la azarosa vida de Miranda. Retratan la  lucha incansable del Precursor por defender y posesionar su dignidad personal, sus ideales políticos y militares, plasmados en las palabras  del escritor argentino Mario Szichman, quien sitúa a la luz de la narrativa, en una actitud desmitificadora, la historia del Prócer venezolano en su vasto contexto.
Esta novela histórica -como bien lo señala el Prologuista Domingo Alberto Rangel- “trae del exilio a Francisco de Miranda”, al hombre criollo quien después de medio siglo retorna a su lugar de origen,  -La Guaira, Caracas (Venezuela)-,  lugar de donde  un día partió en búsqueda de un promisorio futuro y al que regresa con un profundo pensamiento emancipador y dimensión de estratega. No obstante, la confrontación con sus coterráneos y las  adversidades de los acontecimientos, provoca, finalmente, su  entrega a las manos del enemigo por sus propios compatriotas, llevándolo a  la profunda experiencia de “la deshonra final”:

Todos terminamos volviendo a esas ciudades de donde tenemos que salir huyendo, y es allí donde recibimos  el castigo máximo (Szichman, 2000: 111).

Los Papeles de Miranda (2000), primera novela de la Trilogía de la Patria Boba del escritor argentino Mario Szichman, nos muestra la narración de un imaginario que configura la vida personal e histórica del precursor en la complejidad de la condición humana,  manifiesta en diversos acontecimientos que le resta solemnidad a  la versión de la historiografía. Para ello, el escritor, bajo una actitud desmitificadora, en una narración en primera persona, cuyo protagonista es Miranda, abre espacio a la representación de un personaje fundamental no sólo  de la historia venezolana sino también  universal,  al traspasar la Revolución Francesa, entre otros tantos,  alcanzando el mérito de ser el único suramericano que tiene la inscripción de su nombre  en el Arco del Triunfo.
Los Papeles de Miranda, es una novela histórica que tiene entre sus marcas  el juego entrecruzado del tiempo, el espacio y la trama, a partir del cual  se organiza y  configura la experiencia humana de Miranda; en los modos narrativos de la historia y la ficción que se constituyen en  manifestaciones clave de la experiencia del tiempo. 
La novela narra los acontecimientos vividos por Miranda entre las nueve de la noche del treinta y uno de julio –Primera parte- y la madrugada del primero de agosto de 1812 –Segunda parte-  en la Casa de  la Aduana, La Guaira, donde se vio forzado a recluirse. Supeditado  en este intervalo de tiempo discursivo, el protagonista, a través del recurrente manejo de los papeles, examina los recuerdos de los distintos momentos, eventos, lugares, experiencias y saberes que contiene su pasado; textos escriturales que como el mismo narrador apunta le harán perdurar su existencia y quedar registrado en la historia.
El acto narrativo marca una relación de reciprocidad entre el tiempo y la narración: “la temporalidad es una estructura de la existencia –una forma de vida- que  accede al lenguaje mediante la narratividad, mientras que ésta es la estructura lingüística –el juego de lenguaje- que tiene como último referente dicha temporalidad” (Ricoeur, 1999:183). De manera tal que la actividad narrativa debe ser entendida, como lo señala Carrillo (2000:11), a partir de una doble dimensión: una temporal, en la cual convergen el tiempo cronológico y el “tiempo humano” y una configurativa, en la cual la secuencia lineal del lenguaje y la configuración narrativa son manifestaciones que establecen juego de encuentros y distanciamientos.
Esta relación de reciprocidad tiene su tratamiento en la novela al ser Miranda el propio narrador de su mundo, bajo  el recurrente ir y venir entre el presente y el pasado, el presente y el futuro inminente, “El futuro, como el presente, es inmodificable, le pertenece a esa misma gente que tiene derechos de propiedad sobre todo el pasado” (Szichman, 2000: 70).
 En el acontecer de los avances y retrocesos de los diferentes eventos que trazan su existencia, se configura  el tiempo de la historicidad-cronológico y humano-; noción que Ricoeur toma de Heidegger y que caracteriza como aquél “que hace hincapié en el pasado, y, sobre todo, que puede considerar la distancia que existe entre la vida y la muerte mediante operaciones repetitivas” (1999: 185). Pero a su vez, marca en el acto de contar el modo o manera de manifestarse de una forma más insondable.
 Este encuentro del tiempo de la historicidad y el de la narración lo llama Ricoeur “repetición narrativa”. Estas instancias que configuran la novela histórica de Szichman se pueden asumir desde la interpretación que Carrillo hace de la novela histórica “como una suerte de conjuro, acaso metafórico, frente a la muerte: el acto de narrar equivaldría a una resurrección de lo que, por estar en el pasado,  ya no existe y por lo tanto ha muerto” (2002:12). En efecto, es un pasado histórico que resucita  en el hecho mismo  de narrar:

… esto que cuento no son recuerdos de carne y hueso sino memorias de papel,… los recuerdos  que se van adosando al cuerpo como imágenes coaguladas, cada una con su propia aureola, con su aspecto de cosa inacabada. ¿Cuántos muertos no he podido enterrar? ¿Cuántos muertos, por culpa de esas circunstancias, no estarán vivos en mi memoria para siempre?... (Szichman, 2000: 83) 

La narración protagónica de Miranda instaura una representación de la complejidad del hombre en su arraigo y en su desarraigo  histórico, el cual inicia con una perceptiva descripción  espacio-temporal que presupone la dinámica de la trama:

Puedo sentir que es cerca de las nueve de la noche en el olor que viene del puerto: Es el olor que le queda a la Guaira cuando ya se ha disipado el humo de la pólvora y todavía perdura el olor de los muertos sin enterrar….Miro por la ventana de esta casa de la Aduana que algunos traidores intentan convertir en prisión. La Guaira es un paisaje de sombras furtivas, en dos dimensiones. Sólo los ladridos de algunos perros y los insistentes gemidos de un herido permiten adivinar su profundidad. (…) Oigo arrastrar de sables y de espuelas por el escaso empedrado, luego el estrépito enmudece en la arena. Corren a tomar posiciones mis enemigos. Y mis amigos ¿dónde están? (Szichman, 2000: 11-12)

Desde este ámbito, Szichman problematiza  la composición narrativa mediante la sugerente premisa del papel que enjuicia la dignidad humana de Miranda,  elemento de carácter ficcional que tiene su tratamiento progresivo a lo largo del discurso hasta llegar al descubrimiento de  su autoría:

-de este papel en especial que empuño en mi mano izquierda- (…) Una simple sentencia, escrita en papel Vitela. ¿Arrancado de un libro, surgido de un cartapacio?...Ese insidioso trozo de papel escrito por alguien que me comprendía muy bien. (2000: 12-13)

¿Qué otra cosa podía esperarse del hijo del tendero? se preguntaba el anónimo cabrón del anónimo. (…) Sólo el transcurso del tiempo hace inteligible su significado total (2000: 31-32)
Pero a partir  de ese papel todo cambió, y empecé a preparar los gestos por los que deseo ser recordado. (2000: 147)

Son estas insidiosas palabras las que dan inicio a  la representación del pasado del protagonista Miranda, al origen injurioso de su padre y que ahora lo obliga a detener su huida, a quedarse anclado en tierra. Esta premisa imaginativa -que  anticipa la “deshonra final”-, prosigue con la revisión y organización de los papeles, en una  dinámica discursiva que “nos lleva a pensar en los modos según los cuales la historia, sin perder el estatuto de discurso verdadero, recurre a estrategias propias de la ficción para conformar su propio discurso”. (Carrillo, 2002: 15)
Los papeles constituyen, entonces,  el eje rector de la obra, nos demuestran lo que siente, piensa y hace el generalísimo en medio de sus avatares políticos-militares y, cuyo ordenador, además de cómplice, interlocutor  y testigo fiel es su criado Pedro José:
Basta observar estos papeles diseminados por el suelo para corroborarlo. (…) Me paseo entre mis amados papeles. Pedro José, mi criado…se pone a gatas para tratar de ordenar los documentos  desparramados en el suelo. (Szichman, 2000: 14)

         El recurso estructural de los papeles  no es más que la recreación de las memorias de su vida, los documentos que representan el caudal de vivencias, llenas de agravios, injustas acusaciones, persecuciones; pero también de correspondencias oficiales, proclamas y resoluciones, que en su conjunto encarnan el escenario sociopolítico recorrido  por el continente americano y europeo. Los papeles llegan a encarnar la historia de su vida como una repetición de eventos:

 Si mi  historia carece de principio, medio o fin, al menos puedo darle el aspecto de un incesante retorno a las fuentes: De la Caracas que me vio nacer, a la Caracas que me ha condenado a muerte. De la humillación primera a la humillación última. De uno a otro proceso. (Szichman, 2000: 18)

De este modo, Szichman profundiza el discurso del tiempo de la historicidad y el configurativo con el tratamiento del recurso estructural de los papeles, hecho fundamental que muestra la intersección historia-ficción. Ese encuentro que el narrador representa con referentes de su propia historia: documentos oficiales que testimonian su vida, en una suerte de revisión y clasificación de una serie de acontecimientos, donde  “el personaje conserva, a lo largo de toda la historia, una identidad correlativa a la historia misma”  (Ricoeur, 1996b: 142). De allí, la justificación de la reconstrucción  imaginaria del pasado, mediante el mismo hecho de narrar:

Me queda cada vez menos tiempo, menos espacio, para dibujar en los márgenes de estos papeles - de este papel en especial que empuño en mi mano izquierda- una justificación que pueda confundir a los historiadores. Algo que les haga olvidar mi capitulación ante Monteverde, o esta pertinaz huida que hace menguar el tamaño de nuestra patria boba con cada  paso que desandamos. (Szichman, 2000: 12)

De todo este fárrago de papeles debe surgir la reivindicación de mis actos. En una horas necesito tener una historia  que pueda legar a la posteridad. …Comencemos inventando un principio. (Szichman, 2000:  18-19)

Es evidente cómo el  acto configurativo le brinda al narrador  la posibilidad de comprender abiertamente su vida, con un sentido más humano y trascendente. La historia nos deja ver a un Miranda lleno de infortunios que parte de las  humillaciones e intrigas  de las cuales fue objeto su padre, por ser de origen  canario y tendero de oficio; condición social, vetada por la oligarquía nativa,  que le impidió ocupar el cargo de  Capitán del batallón de blancos isleños de Caracas; a pesar de que “el Rey fallara por real cédula a su favor” (Szichman, 2000: 21). De igual forma,  experimentó el desprecio de  los mantuanos y las intrigas de algunos oficiales.
Esta preeminencia de los linajes criollos expandida en todos los sentidos, aunada a una ciudad mariana, de clima  beata, donde a su vez “anida la hipocresía”,  hace de Caracas un ambiente sórdido del cual Miranda desea huir en busca de su formación intelectual y militar para “ennoblecer un pasado que no me pertenece” (Szichman, 2000: 43). No obstante, a pesar de haber obtenido un pensamiento ilustrado, haber compartido con diversas personalidades del mundo político-militar  francés, inglés, rusa; además de su apasionada acción militar, fue objeto de la incomprensión y la desconfianza.
            Por ello importa destacar, de manera especial, la representación humana de Miranda en sus múltiples facetas, siempre signado por las injustas y sostenidas acusaciones, la conspiración y persecución permanente, bien por la Monarquía española, -especialmente la del ministro de Indias, don José de Gálvez-,  la Santa Inquisición o  sus coterráneos patriotas, que lo obligan andar en constante huida y, a enmascarar su auténtica personalidad y comportamiento; pues, desnudar su envestidura implicaba desnudar su alma.
Miranda desde el  presente histórico  de la narración instaura, en primer lugar, el sentido de la ironía para dibujar la presunción de traición de sus coterráneos, manifiestas en el simulacro de su carácter, bien en el  tono de voz, el rostro, la  vestimenta y/o envestidura; la falsedad o fingimiento de la cordialidad, la mentira que justifica u oculta sus verdaderas intenciones, la burla y ridiculización de personajes. Estos comportamientos despliegan -al decir de Bravo- la “visión del mundo en la revelación de sus ocultas incongruencias” (1997:10), y que, incluso, llegan a tocar  la miseria humana del narrador protagonista:

A Pedro José no le convence mi relato. Transige con mis miserias pero no las comparte. ¿A qué pila de papeles pienso incorporar ese recuerdo? Me pregunta.

–Ponlo en el del debe y el haber– le digo– Ponlo en mi memorial de agravios. (Szichman, 2000: 41)

La noción de la  ironía, es un recurso narrativo  que el protagonista   profundiza en varios momentos del relato para afrontar las intenciones nefastas en las que se encuentra frente a los enemigos. Ello supone establecer una posibilidad de la “conciencia crítica”, que parece caracterizar al hombre moderno y al arte moderno —al decir de Octavio Paz — “sería aquel, que lejos de enmascarar el vacío, lo manifiesta”(1979:30). Por ejemplo, la fingida en una tertulia sostenida con el comandante Casas;  Peña, el gobernador civil de La Guaira, el capitán Haynes;  Soublette, su edecán –enemigos patriotas– quienes lo acusan de la pérdida de la república y, donde Miranda con la impetuosidad, percepción aguda y perspicaz que lo caracteriza, llena el espacio de un tono  sarcástico, de una ironía mordaz con alusiones alegóricas, los cuales secundan los contertulios:

       Miro a Peña, el gobernador civil de la Guaira,… –Una vez me invita Napoleón a cenar en Frascati, en la época del directorio– digo dirigiéndome a Peña, mientras atisbo a Casas con el rabillo del ojo. (…) Napoleón llama al maitre y le pregunta si tiene su plato favorito. El maitre dice que va a preguntar y vuelve al rato con un plato de ordinaria sopa sobre una bandeja, y deposita ambos sobre la mesa. Napoleón levanta el plato, y en la bandeja hay un sobre, con billetes asomando descarados. “Mi plato favorito”,  dice guardando el abultado sobre en un bolsillo de su casaca y me invita a comer en otra parte-. Enfilo ahora mi mirada hacia Casas que no se da por aludido. (Szichman, 2000: 55)

Desde este presente histórico el narrador rememora el pasado e ilustra situaciones similares, estableciendo analogías –de rasgos y actitudes malévolas– entre estos  personajes en la noche guaireña del treinta y uno de julio de mil ochocientos once y los vividos con los revolucionarios franceses: “Peña/Robespierre”, “Soublette/Fouquier-Tinville”, “Casas/Danton”; pero resaltando sentirse “más protegido” entre estos últimos “carniceros” que ante el “odio” y acusaciones  de sus compatriotas. De manera, que el manejo  recurrente de la ironía deja implícito el cuestionamiento de los personajes, inclusive la del propio narrador.
            De manera paradójica, el relato configura un Miranda con presencia y actitud presumida, arrogante, que busca traspasar los límites de su origen –del cual reniega o finge– para situarse en un contexto y posición social libre de la  sujeción de los mantuanos que le brinde la posibilidad  de ser diferente, de tener el reconocimiento de su entorno. Estos eran, por lo menos, sus propósitos en los primeros tiempos de la llegada a España: “Mis ambiciones son la de servir en su ejército y retornar algún día a Caracas, para refregar mis blasones por la cara a los mantuanos” (Szichman, 2000: 70).
Pero a pesar de los múltiples intentos de ascensos y reconocimiento en España, de escenarios europeos y las relaciones sostenidas con grandes personalidades como Napoleón Bonaparte,  Willian Pitt, la emperatriz Catalina, Potemkin, entre otros; en su mayoría fueron infructuosos, decepcionantes, según se muestra en los documentos desde los cuales narra y los documentos de archivos oficiales. Pues,  a excepción de su fiel amigo, el coronel Cagigal “un hombre que arrostrará todos los sacrificios, inclusive la prisión, para defenderme de mis enemigos” (Szichman, 2000: 70), siempre estuvo signado por el engaño, la intriga y la conspiración. Estremecimientos  contra los cuales lucha reiteradamente  desde la escritura de cartas, memorándum, a altos representantes  oficiales, en su intento de lograr la vindicación de su honor,  como la que envió a Carlos III por vía del conde de Floridablanca.
Esta desventura, materializa las palabras implacables  de su Tío José, con quien se encuentra a la llegada a Madrid y, quien no cede a sus pretensiones:

–Tal vez no ahora. Tal vez no en el futuro inmediato. Pero algún día Sebastián Francisco, cuando te mires al espejo, te darás cuenta que lo tienes frente a tus ojos no es un ser humano sino una cebolla: Te sacarás una capa, y otra capa, y otra más, y al final, nada quedará, apenas algunos documentos apócrifos. Una pura invención. (Szichman, 2000: 45)

A lo largo de estos encuentros del tiempo de la historicidad y el de la narración, que muestran a Miranda en su azarosa vida política militar y social, el autor en una actitud desmitificadora intenta sobreponer diferentes acontecimientos, que le restan solemnidad a la versión de la historiografía:
De forma intercalada, recrea personajes ficcionales: el Duende –y su historia del artilugio musical de sus caballos–,  el rufián y el enano Gaspar –“el primer ser que me ha enseñado tanto del amor como Maquiavelo de la política” (Szichman, 2000: 71)–, en el ámbito del juego, la apuesta y la trampa; donde Miranda deja el protagonismo para  fungir de espectador y cómplice del mundo de éstos, en nuevos escenarios totalmente libres y misteriosos, en el que desempeña otros papeles. Estos personajes aventureros se convierten en una suerte de acompañantes y buenos amigos que se entrecruzan en distinto momentos de su vida, favoreciéndolo en sus incursiones del juego, la seducción y encuentros amatorios.
Este entrecruzamiento historia-ficción, ficción-historia,  propio  de la novela histórica, desde la perspectiva de la historiografía moderna, como afirma Carrillo: “es   una manifestación que, sin dejar de lado su aspiración de contar hechos ocurridos en el pasado –de ahí su referencialidad histórica–, es un texto que –por su naturaleza– se concibe como una narración de naturaleza imaginativa” (2002: 18). De allí, que el narrador  protagonista en aras de menguar  fracasos o tener fuente de inspiración, intercala referentes estéticos como el acto de contar una historia, pues: “Una leyenda siempre ayuda a fijar al suelo el decorado de la historia” (Szichman, 2000: 98), u observar los retratos: “Son los únicos que dan anclaje a mi vida” (Szichman, 2000: 99). Es a través de estos medios artísticos como  Miranda intenta verse y prolongarse.
Por otra parte, es significativo advertir cómo el narrador a través de la revisión continua de los textos y los comentarios que establece con su criado Pedro José nos reescribe la historia de la Revolución Francesa, develando  la degradación de sus protagonistas: Robespierre, Danton, madame Roland,  Marat,  Fouquier-Tinville, tanto en  la condición física como en  actitud o personalidad, y  ante quienes se maneja diplomáticamente:  “Trato de acomodar mi rostro para que el estupor sea remplazado por una respetuosa mirada” (Szichman, 2000: 125).
Seres degradados  que el narrador construye a partir de las voces de las personas que lo sacan a pasear, al “visitar los cafés del Palais Royal y los tenderetes de libreros de orillas del Sena.” (Szichman, 2000: 122), de las conversaciones que  sostiene en distintas visitas de cortesía, lo observado en la  visita al teatro para “ver a Besancon en su papel de Tartufo y para escuchar a los federados” (Szichman, 2000: 127), conoce con certeza las “vidas  privadas” y “actitudes públicas” de los protagonistas de la Revolución, lo que en efecto representan para la sociedad y la historia, aunque como lo sostiene el narrador son realidades que  “nunca quedarán registradas en los libros de historia” (Szichman, 2000: 122).

En este espacio y tiempo de la Revolución francesa, Miranda en su actuación como General de los Ejércitos de Francia, se ve seriamente acusado por el general Dumouriez  y llevado al  “Tribunal Criminal Revolucionario”, pero finalmente sale absuelto y reivindicado en la lectura de la sentencia emitida por el jurado, donde se reconoce que es:

el filósofo más esclarecido, el amigo más sincero de la revolución, el padre de los soldados, el defensor del oprimido…Si la República no hubiera tenido sino generales iguales a Miranda, los déspotas no existirían, nuestros intereses más sagrados no hubieran estado nunca comprometidos,… Mi alma me dicta y me hago por ello un deber, rendir a Miranda el homenaje que merecen sus grandes talentos (Szichman, 2000: 141-142).

Sin duda, esta referencia hace de Miranda un héroe intelectual,  militar y  esencialmente humano, que experimentó duros  desaciertos de la vida. Un personaje adelantado a su época como el mismo precursor lo registra en la historia: “toda esta simiente que con no pequeño afán y gastos se ha estado sembrando en mi entendimiento…quedarían desde luego sin fruto ni provecho, por falta de cultura a tiempo” (Bohórquez, 2006:100). De manera, que el narrador protagonista tratando de recuperar su historia, se reinventa   “Aunque para eso tenga que inventar mi propio destino como inventé mis pasados, reconstruyéndome incesantemente, abominando de la cronología” (Szichman, 2000: 147)
Finalmente, el hilo narrativo de los últimos capítulos devela el creciente  conflicto que se teje en torno a los dos grandes héroes de la República: Miranda y Bolívar, con quien rivaliza desde su retorno en diciembre  de 1810, dejándolo en varias  situaciones difíciles –indumentaria, corifeos, los soldados mal vestidos, mal armados–. Discurso de confrontación que se intensifica cuando el coronel Bolívar pide hablar con Miranda, encuentro que en principio pone de manifiesto  sentimientos encontrados. “súbitamente quiero abrazarlo y retroceder algunos meses en el tiempo, cuando todavía no existía furia en sus ojos ni veneno en mis palabras” (Szichman, 2000: 149) –Londres 1810–. No obstante, los héroes se develan  injuriosamente; por un lado,  las  preguntas insidiosas de Miranda; por la otra,  las  propuestas indecorosas de Bolívar: “el suicidio o el paredón de fusilamiento” (Szichman, 2000: 162), las mutuas acusaciones sobre la pérdida de la República, los caudales del Tesoro Nacional y los falsos triunfalismos  de Bolívar frente a los godos.  
Desde estos acontecimientos, el discurso literario sugestiona la  desmitificación de la figura de Bolívar, particularmente  con el funesto  desocultamiento del autor de la “sentencia escrita en papel vitela… ¿Qué otra cosa podía esperarse del hijo del tendero?” (Szichman, 2000: 31); recurso compositivo de la trama que intensifica la injuriosa confrontación entre las dos grandes figuras de la gesta independentista, donde cada uno intenta  reafirmar su condición de héroe con sus pasiones, odios y deseos; abandonada finalmente en un clima de insinuante traición.
Eje culminante en la narrativa de Szichman que deja en el lector un aliento de confusión y desesperanza que obliga  a indagar y reflexionar la interpretación de la historia documentada, a descubrir las apariencias de los personajes y de los hechos  acontecidos en el pasado: “(Aunque estoy seguro que encontrará una explicación plausible. Es la misión de todo historiador poner orden en el desatino)” (Szichman, 2000: 170). A pesar de la observación crítica que el mismo Miranda enjuicia; el autor en el entrecruzamiento dialógico de los discursos –parafraseando a Bajtin–  intenta desbordar los límites e irrumpir en los silencios de nuestra historia.

Referencias Bibliohemerográficas:
Allemann, Beda. 1976. Literatura y Reflexión. Buenos Aires: Alfa
Bohórquez M., Carmen. 2006. Francisco de Miranda. Precursor de las Independencias de la América Latina. Caracas: El perro y la rana
Bravo, Víctor. 1997. Figuraciones del poder y de la ironía. Caracas: Monte Ávila
Carrillo, Margoth. 2002. El discurso histórico y el discurso literario: Identidad y  diferencias entre dos formas de narrar. Una lectura de Paul Ricoeur. Revista Ensayo y Error. Año XI. Nº 22. Caracas: UNESR
Gadamer, H.G. 1996. Verdad y Método. Vol. I. Barcelona: Sígueme
Paz, Octavio. 1979. Corriente Alterna. México: Siglo Veintiuno
Ricoeur, Paul. 1996ª. Tiempo y narración. Vol. I, II, III. Barcelona: Paidós
___________. 1996b. Sí mismo como otro. México: Siglo Veintiuno
Szichman,  Mario.  2000.  Los  Papeles  de  Miranda,  Novela.  Caracas: El Centauro.