domingo, 14 de febrero de 2016

La avaricia en los tiempos del cólera

Mario Szichman

Se hace imagen todo aquello
que pronto cesará de estar
 presente ante nosotros
Walter Benjamin



Cuando llegué a Nueva York, en 1980, la idea que tenían los norteamericanos del café era la de un brebaje turbio, de un color casi tan obscuro como el té, y con sabor a achicoria. Sólo tras el arribo de Starbucks, una década después, y del café colombiano a McDonalds y a Burger King, los habitantes de este país descubrieron que desde hacía décadas les vendían, bajo el nombre de café, un subproducto del jugo de paraguas.  
¿Qué ocurrió para que esa afrenta fuera tolerada durante tanto tiempo? Lo que ocurrió, básicamente, fue la primera guerra mundial. Al concluir la contienda, los importadores de café descubrieron que el grano se había ido a las nubes. Por lo tanto, para mantener el brebaje barato, aconsejaron a los dueños de cafetería que lo bautizaran con agua, gran cantidad de agua. Por cierto, el precio del café sufrió en las décadas siguientes numerosas fluctuaciones. Pero eso no alteró la rutina de restaurantes y cafeterías, pues cuando el café se abarataba, esos comercios podían ganar más dinero.
Cada profesión cataliza miradas. Cuando Sherlock Holmes contempla un objeto, es capaz de descubrir la vida de su poseedor. El bastón que porta uno de los protagonistas de The Hound of the Baskervilles  permite inferir al detective “un joven que no ha cumplido aún la treintena, afable, poco ambicioso, distraído, y dueño de un perro por el que siente gran afecto, algo más grande que un terrier pero más pequeño que un mastín”.
En el caso de los narradores, la mirada se agudiza en las crisis, simplemente porque se multiplican los eventos discordantes. Entonces es factible acopiar imágenes “de aquello que pronto cesará de estar ante nosotros”, como señala Benjamin con fulgor, y tanta poesía.
La rutina embota nuestros sentidos. Surgen más vivencias en una vacación de fin de semana, que durante los años que pasamos en un trabajo. Vemos una película de dos horas de duración, y años después seguimos recordando sus episodios principales, aunque no la secuencia cronológica, pues en el recuerdo se entromete el deseo. Necesitamos acelerar los incidentes que afectan al héroe o a la heroína, y por lo tanto, traspapelamos el guion.
Pensaba en la avaricia porque la crisis económica que afectó a Estados Unidos y buena parte de Europa entre los años 2008 y 2010, tal vez una de las peores desde la Gran Depresión, posibilitó una agudización de la mirada para quienes deseaban reseñarla, o acumular episodios destinados a una futura novela o filme.
La avaricia, y especialmente la figura del avaro, forman parte del repertorio clásico tanto en el territorio de la novela como en el teatro. Recuerdo una película argentina de la década del cuarenta, El viejo Hucha donde el avaro, creo que interpretado por Enrique Muiño, un gran actor, enseñaba a caminar a sus hijos a fin de disminuir el desgaste de las suelas. Había que apoyar “primero el taco, luego el talón, y al final la puntera”. Al final, el lema de “taco, talón y puntera”, fue empleado para burlarse de cualquier tacaño.
El Avaro, de Moliere, Eugenia Grandet, de Honorato de Balzac, son dos obras maestras donde la cicatería es elevada a la categoría de gran tragedia. Al parecer, el avaro necesita exteriorizar su mezquindad con cierta grandilocuencia o histrionismo.  Cuando Harpagón, el avaro de Moliere, sufre un minúsculo robo, exige que sean arrestados todos los pobladores de la ciudad y de los suburbios. También sugiere que detengan a los espectadores de la obra. Y el viejo Grandet, el avaro de Balzac, tartamudea de manera horrenda cada vez que está por concretar un negocio. Como explica Balzac, los comerciantes que participan en la transacción tratan de ayudar a Grandet en su penoso intento por hacerse entender, y de esa manera se olvidan de sus intereses en juego.  
Lo que más recuerdo de la crisis económica en Estados Unidos, primero en New York, luego en Miami, era la trasmutación de algunos objetos. Por ejemplo, en las oficinas de corporaciones, las servilletas de papel suaves y esponjosas fueron reemplazadas por otras tan ásperas que podrían lijar madera. Las máquinas que servían café gratis en las oficinas fueron sustituidas por  otras que cobraban la taza de un abominable café entre 75 centavos y un dólar. Si un edificio contaba con cuatro ascensores, habitualmente en dos de ellos aparecían de manera constante cartelitos de Out of service. Los ascensores no tenían desperfecto alguno, pero su puesta en desuso permitía ahorrar electricidad. Lo mismo ocurría con los aparatos de aire acondicionado en el verano, o con la calefacción en el invierno.  
Algunas de las medidas de conservación eran irritantes, otras causaban perplejidad. Todas tenían el mismo objetivo: recortar gastos, inclusive los esenciales, y en ocasiones, mostrar una vena sádica.

COMPETENCIAS SIN ENCUENTROS

El periodista Tamar Lewin dijo en The New York Times del 19 de junio de 2009 que si la crisis no amainaba, la vida universitaria en Estados Unidos podría alterarse de manera decisiva. Eso incluía  “Estudiantes examinando el exterior del campus a través de ventanas sucias, oficinas del decano con tachos repletos de basura y sin teléfonos, y eventos deportivos en los cuales los rivales nunca podrán enfrentarse”.
Además de despedir empleados, y de sobrecargar a los sobrevivientes de los recortes con más horas de trabajo, los decanos de universidades pensaron en formas novedosas de ahorrar dinero. He aquí algunas de ellas:
—La Universidad Oberlin, de Ohio, ahorró 22.300 dólares reduciendo la frecuencia del lavado de ventanas[i].
—La Universidad Carleton, en Northfield, Minnesota, inició un programa para recoger la basura de las oficinas una vez por semana, en lugar de una vez al día. De esa manera, pudo despedir a tres empleados de mantenimiento. También acrecentó las horas de trabajo de los profesores, aunque no se encargaban de tareas de limpieza. Por supuesto, no hubo aumento de sueldo a pesar de las horas extras.
         —La Universidad Withman, en Walla Walla, estado de Washington, impuso una cuota máxima a la impresión gratuita en bibliotecas y en laboratorios. Los estudiantes que excedían la cuota debían pagar por el servicio como en cualquier comercio.
          —Directivos de cientos de instituciones académicas ordenaron ahorrar en calefacción bajando la temperatura regulada por termostatos.  Vale la pena recordar que vastas zonas de Estados Unidos no disfrutan de temperaturas templadas. En el centro y el noreste del país, la temperatura puede bajar durante el invierno a más de 20 grados bajo cero.
—La Universidad Whittier inició en el primer otoño de la crisis el programa Trayless Tuesdays (martes sin bandejas) con la finalidad de ahorrar dinero en las cafeterías. Esas bandejas de plástico son realmente cómodas. En un solo viaje pueden transportarse platos con comida, bebidas, utensilios y servilletas. Pero las autoridades de la universidad descubrieron que al eliminar las bandejas podía ahorrarse agua caliente y detergente. Luego, avanzaron un paso más en su avaricia. Las bandejas desaparecieron totalmente de Whittier. No se conseguían los martes o cualquier otro día del resto de la semana. La universidad logró ahorrar casi 30.000 dólares en un semestre, y los estudiantes se convirtieron en malabaristas tratando de llevar la comida a la mesa sin romperse la crisma.
La perla de la corona fue la invención de competencias sin competidores. En la universidad Dickinson, en Carlisle, Pensilvania, el equipo de nadadoras realizó un “encuentro de natación virtual” con el famoso instituto Bryn Mawr College, en Pensilvania, situado a unos 200 kilómetros de distancia. Cada equipo nadó en la piscina de su universidad, y luego comparó tiempos para determinar las ganadoras.
“Ahorramos cerca de 900 dólares al suprimir los viajes en autobús”, proclamó orgulloso William G. Durden, presidente de Dickinson. (Un gracioso propuso que la práctica se extendiera a las relaciones amorosas, pero, afortunadamente, la idea no prosperó).

LA TORTURA DE LOS MIL CORTES

También los estados norteamericanos decidieron ahorrar, y sus autoridades descubrieron ingeniosas maneras de aumentar el peligro en las calles, arruinarles a los jubilados sus paseos dominicales y a las parejas la posibilidad de traer nuevos habitantes al mundo. Todo aquello que pudiera afectar la calidad de la vida fue sometido a un riguroso, a veces implacable escrutinio.
            En California, un estado que enfrentó en el año fiscal del 2010 un déficit de 24.000 millones de dólares, el entonces gobernador Arnold Schwarzenegger propuso dejar en libertad a millares de presos antes del cumplimiento de sus condenas, y cerrar más de 200 parques estatales.
En Hawai, los empleados estatales debieron aceptar licencias sin goce de sueldo de tres días por mes durante un lapso de dos años, equivalentes a una disminución de un 14 por ciento en el salario. En Idaho, la legislatura redujo la ayuda a las escuelas públicas por primera vez en décadas, y aprovechó para cercenar el sueldo de los maestros.  
Oklahoma acortó las horas de atención de museos y de sitios históricos, el estado de Washington echó a miles de maestros, y el de New Hampshire puso a la venta sus 27 parques estatales.  
Y en un ejemplo “de los incontables pero dolorosos cortes” de presupuesto que se llevaron a cabo, dijo The New York Times, “Illinois anunció que cesaría de manera temporal la entrega de unos 15 millones de dólares al año para financiar unos 10.000 funerales de indigentes”. De esa manera, los pobres de Illinois no tenían, literalmente, donde caerse muertos.  
La crisis afectó a millones de familias. Pese a su demoledora intensidad, no se prolongó más de dos años, a diferencia de la Gran Depresión, que duró 11 años. Tal vez debido a eso, no produjo demasiadas novelas, o al menos, nada que se pueda comparar con Viñas de Ira, de John Steinbeck, o con El camino del tabaco, de Erskine Caldwell. Pero ambas son novelas costumbristas, muy tradicionales. Quizás la crisis de comienzos del siglo veintiuno necesita otro enfoque, más cercano al horror o a la ciencia ficción. Recuerdo que pasé parte de la crisis con mi esposa, Laura, en Miami. Vivíamos al principio en Sunny Isles, cerca del  complejo edilicio Trump Towers, tres majestuosas torres, ubicadas muy cerca del mar. Según el folleto impreso en papel satinado, cada una de las Trump Towers contaba con 45 pisos y unos 300 apartamentos. Los precios de oferta inicial iban desde 650.000 dólares a cuatro millones de dólares. No había muchos interesados en gastar semejantes sumas. Al menos en esa época.
Durante varios meses, los residentes del área pudieron observar en la torre número uno alrededor de 15 apartamentos iluminados. En la torre número dos, apenas unos ocho. Pero la torre número tres parecía ser la sede del fantasma de la Ópera: no había un solo apartamento iluminado. ¿Qué hacía en la torre tres ese ejército de empleados, desde el conserje hasta el personal de limpieza, cuya misión era atender a los inexistentes huéspedes? ¿Cómo se sentían en esas lujosas cárceles los valets de estacionamiento que debían estar a la orden 24 horas por día con la exclusiva intención de no aparcar vehículo alguno?   
¿Cuántas novelas pueden escribirse usando esos tres edificios como setting.? La modernidad de la construcción invita a un narrador especializado en ciencia ficción, y la ominosa majestad de los edificios, a una novela de horror.  Dean Koontz, un excelente narrador de suspense, demostró en 77 Shadow Street las sorpresas que le depara una antigua mansión a un escritor con buena imaginación. En 77 Shadow Street se suceden los episodios de locura, de suicidio, y de asesinatos en masa.  
¿Qué secretos albergaban las Trump Towers de Sunny Isles? Esos condominios tenían servicios de seguridad que no protegían a nadie, entrenadores en gimnasios absolutamente vacíos, ascensoristas que nunca recibían pasajeros, y encargados de acicalar ventanas inmensas que iban del piso al techo y de pared a pared. Y eso sin descuidar los salvavidas que montados en sus altas torres vigilaban con binoculares para evitar que algún nadador, quizás originario de edificios vecinos, se ahogase en su playa.
Esos edificios continuaron atendidos de manera inmaculada durante meses, quizás años, por un ejército de empleados cuyo único plan era evitar el menor deterioro mientras aguardaban el momento en que fuesen habitados por seres humanos, no por fantasmas. Pero entre tanto, ¡qué oportunidad para un buen narrador de poblar esas estructuras de fantasmas!








[i] Un buen consejo para economizar en ese rubro fue ofrecido hace algunos años por The Fortean Times. La publicación británica informó que Lita Nahas, una lavadora de ventanas, ofrecía en El Cairo un servicio económico y eficaz, aprovechando la lengua de los camellos. “Yo mezclo azúcar con el jabón”, explicó Nahas a un periódico de la capital egipcia. “Pongo esa mezcla en las ventanas, y hago que los camellos pasen la lengua por el compuesto. Podemos asear todo un piso en cuestión de minutos”.
               

miércoles, 10 de febrero de 2016

Cuando el disfraz encarna al hombre: Una gran novela de la tierra roja y heroica


Mario Szichman


“Todos los nombres propios son metáforas:
Enajenan a  la persona designada
de su inefable individualidad
y la asimilan a un sistema de lenguaje.
También la marcan en términos
diferentes de sí misma. Esa forma de la
diferencia o de ubicarse a un costado
representa la esencia de la palabra.
Nombrar a alguien es alienar a esa
persona de sí misma y convertirla
 en parte de una familia”.
Joseph Hillis Miller




La novela corta es el género más difícil en la narrativa, al menos para mí. Los lectores perdonan más a los creadores de novelas largas. Norman Mailer decía de Catch–22, de Joseph Heller, que era posible  quitarle cien páginas, sin que nadie lo advirtiera. Y estoy hablando de una de las mejores novelas cómicas que se han escrito en el siglo veinte, a la altura de El buen soldado Schweik o de The Horse´s Mouth
Voy a cometer un sacrilegio: hay partes en Cien años de soledad que me aburren de manera indecible. A veces Gabriel García Márquez parecía un mago excediéndose en sus trucos. Eso me aburría. Y voy a subsanarlo cometiendo otro: de haber fallecido García Márquez después de publicar El coronel no tiene quien le escriba, su fama como gran narrador hubiera quedado intacta. Decía Luis Haars en Los Nuestros que en la novela corta de García Márquez: “Hay un aura de cosas no dichas, de medias luces, silencios elocuentes y milagros secretos, en que se define siempre lo que se omite y resalta lo que quiere pasar inadvertido. Un soplo de misterio atraviesa el libro, que apenas tiene cien páginas, pero está envuelto en sombras luminosas”. Imposible decirlo mejor.

 Me ocurre algo similar con la     novela corta Inquilino de la intemperie, de Luis Javier Hernández. (Ganadora del XIX Concurso Nacional de Literatura, Primer Premio en el Género de Novela Breve. Fondo Editorial Ipasme, 2015. Caracas, Venezuela).  Hay, para repetir a Harss, “un aura de cosas no dichas”.
El buen narrador es siempre amanuense del personaje, y las novelas que perduran se escriben de adentro para afuera: desde el protagonista, nunca desde el escritor.
Rómulo Rivalta, el narrador de Inquilino de la intemperie, es un gran personaje. Está escrito desde adentro, desde sus desalentados años, desde ese disfraz –el uniforme militar– que lo condiciona, lo mantiene prisionero, le dicta una visión del mundo. Rivalta es hablado por su uniforme. Despojado de sus vestiduras guerreras, hasta se siente incapaz de amar. “…En la desnudez de los cuerpos Rómulo Rivalta se sentía otro ser profundamente vulnerable”.
Uno de los grandes aciertos de esta novela de Luis Javier Hernández es la manera en que las metáforas guerreras van trazando la odisea, la ordalía de este personaje, su ascenso en la esfera militar y diplomática, y su paulatina caída hasta convertirse en visitante habitual de un burdel, donde los años comienzan a pesar, y su exilio finalmente se corrobora. Pues ¿qué hace toda su vida sino estar exiliado de su familia, de sus amigos, de su esposa?
Algo muy peculiar en Inquilino de la intemperie es verificar cómo a medida que Rómulo Rivalta se va despojando de ese caparazón que es su uniforme, con sus símbolos fálicos –charreteras y condecoraciones– y sus anuncios belicosos nunca plasmados en la realidad, empieza a existir como ser humano. El libro de bitácora de su vida va creando un cuerpo encarnado en sucesivos fracasos, el personaje adquiere tres dimensiones exclusivamente a través de su voz.
Inquilino de la intemperie es una obra de orfebrería que cuenta la historia de una obsesión. Al principio, es apenas una idea fija difundiendo lemas, frases sonoras, trilladas, alertando sobre un pasado heroico, y un futuro de gloria encarnado en “Aquel portentoso uniforme, la piel heroica de la República”. Se trata de palabras, solo palabras, ensambladas para resonar en los huecos corredores de algunos ministerios públicos o de algún palacio presidencial.
El primer traspié de Rómulo Rivalta es cuando lo nombran edecán de la Primera Dama. Al principio, cree que forma parte de su ascenso social, aunque persisten las dudas. “De guerrero indomable pasó a ser edecán, ´soldadito de papel´, donde el porte sólo servía para engalanar primeras páginas detrás de la personalidad sonreída. Pecho erguido y mirada al horizonte mostraban al guardián de la República en actitud reverencial. Ese uniforme glamoroso lo hacía lucir diferente, era una segunda piel, la coraza que subyugaba voluntades, propiciaba remilgos y todos inclinaban la cabeza, sino por respeto, era temor frente a las armas de la República”.
Pero Rivalta comete la indiscreción de enamorarse de la Primera Dama. Y supone que el sentimiento es recíproco, aunque en el caso del protagonista parece una simple alucinación. Es el primer traspié de su carrera, el primer avance en su fragilidad, expresado en su pasión al descubrir la poesía. A partir de ese momento, Rómulo Rivalta está perdido como centinela de la patria, y empieza a crecer como ser humano.
Ignoramos si alguna indiscreción amorosa de Rivalta con la Primera Dama lo conduce al exilio. El protagonista sí lo piensa. Otro rasgo de una prosa obsesiva, otro aporte a la forja de un personaje acosado por los fantasmas de la incertidumbre, que cuenta con el lector como exclusivo acompañante.
Cuando le dan a Rivalta como destino la embajada en España cree que “la vida le había preparado una emboscada y lo lanzó hacia los desafueros civiles donde la diplomacia deglute las glorias patrias”. Empieza “a caminar por una travesía donde todo comenzaba de nuevo y los pasos se iban amoldando al camino que era quien guiaba al caminante”.
Aunque historia de una obsesión, narrada en un estilo de gran economía y precisión, Inquilino de la intemperie está pespunteada de breves destellos de ironía que humanizan a los personajes que la habitan. Cuando Rivalta se va a acostar con Cindy, una de sus amantes, tras ser designado embajador en España, necesita que la mujer atienda a sus tribulaciones.
“Ella lo escuchó pacientemente, sin interrumpirlo”, dice el narrador. “Hasta que en una pausa de su aletargada confesión, le hizo saber que ese tipo de trabajo, el de escuchar, tenía una tarifa mayor a todos los otros servicios”.
Inquilino de la intemperie es también la reconstrucción de un ser humano a partir de su viaje al pasado. “La vejez y el exilio se habían empeñado en traer con una fuerza increíble los recuerdos de la infancia, hasta llegar a desplazar su memoria militar y empezar a ver deambular a su abuelo, una figura que le producía mucha preocupación, quizá miedo, al evocar el traqueteo de la mecedora en medio de la voz pausada que rememoraba las andanzas viriles de sus antepasados. Todos unos caballeros de la conquista y la seducción que midieron su cadena de éxitos a través de una larga lista de hijos que iban prolongando la fama de la estirpe”.
Rómulo Rivalta no ha podido procrear hijos. “Su fervor ciego por la República lo convirtió en eunuco, y ya era demasiado tarde para arrepentirse”. En él concluye el devenir de las generaciones. Está “irremediablemente perdido en su propia vida. Sin las arrogancias del uniforme ni las apariencias de la formalidad”.
Piensa también Rivalta: “Generalmente envejecemos por fuera, mientras que por dentro, desacompasados del tiempo, nos mantenemos jóvenes asidos a los recuerdos”.
Afortunadamente, las buenas novelas no envejecen. William Faulkner decía que el objetivo de cada artista “es frenar el movimiento, que es la vida, a través de métodos artificiales, y mantenerlo inmovilizado, para que de aquí en cien años, cuando un extraño lo observe, vuelva a entrar en movimiento, puesto que es vida. Ya que el hombre es mortal, la única inmortalidad posible es dejar algo detrás que resulte inmortal, algo que siempre tendrá movimiento”.
Hasta la intemperie puede llegar a protegernos, sugiere el narrador, pues “A veces, la intemperie también cubre, aunque sea de nostalgia”.
Inquilino de la intemperie es un texto que perdurará con cada lector que abra sus páginas, y se proteja en su inclemencia.




domingo, 7 de febrero de 2016

La trilogía de la patria boba: Una aventura intelectual


Mario Szichman
Para
Margot Carrillo Pimentel
Alexis Rojas
Luis Javier Hernández
Libertad León
Lucía Parra
Gustavo Reyes
Juan Joel Linares
Y Carmen Virginia Carrillo




Estoy trabajando en una novela que tiene como héroe a un viajero del tiempo. Disfruto de sus peripecias mucho más que el mismo viajero. Una de las preguntas inevitables que se formula el protagonista es la misma que enunciamos la mayoría de los seres humanos ¿qué vida me hubiera gustado tener, en lugar de ésta que estoy disfrutando o padeciendo?
Durante muchos años pensé que no cambiaría mi vida por nada. Me encanta leer y escribir, y como le decía Balzac a George Sand, “La vida de escritor es maravillosa: hace lo que le gusta, y además le pagan”.
Pero entre los años 1981 y 2000, pensé muchas veces que mi vida como escritor hubiera sido más gratificante y rentable de haber contado con una imprenta, o con una editorial propia. Recuerdo a Bernardo Kordon, un novelista que no ha recibido todavía el sitial merecido en la literatura argentina, me contó que empezó a escribir porque su padre tenía una imprenta donde fabricaba almanaques. Obviamente, había un período en que la imprenta del padre estaba ociosa. Por lo tanto, Kordon decidió usarla para publicar sus obras de ficción, primero cuentos, después novelas. Así inició su carrera de escritor.
Balzac fue dueño de una imprenta durante algún tiempo. Fracasó como empresario, pero triunfó como novelista. Pudo conocer al dedillo todo el proceso de la confección y publicación de un libro, y eso se refleja en su mejor novela: Ilusiones Perdidas. Mark Twain también quiso probar fortuna como editor de libros, y la aventura derivó en otro estrepitoso fiasco. Pero, como siempre ocurre con los artistas talentosos, la experiencia redituó beneficios. Al menos benefició a los lectores. Desesperado por la falta de dinero, Mark Twain produjo textos admirables, algunos, de un terrible pesimismo, como The Mysterious Stranger, describiendo varias visitas del diablo a la tierra. (Por uno de esos caprichos del destino, la novela fue publicada seis años después de la muerte del autor).    
Cuando Howard Fast, el autor de Mis gloriosos hermanos y Citizen Payne, fue puesto en la lista negra del senador Eugene McCarthy por su afiliación al partido Comunista norteamericano, todas las editoriales neoyorquinas le cerraron sus puertas. Fast optó por imprimir sus propios libros. Se compró una camioneta para distribuirlos, y publicó varios best-sellers que le permitieron vivir de manera holgada.  
Como señalé antes, entre 1981 y 2000, hubiera anhelado contar con una imprenta o una editorial propia. En 1981 publiqué la novela A las 20:25 la señora entró en la inmortalidad, que obtuvo el Premio de Ediciones del Norte. (Recomiendo la versión corregida y mejorada por la profesora Carmen Virginia Carrillo que circula en ebook. El título está levemente cambiado. Ahora se denomina A las 20:25 la señora pasó a la inmortalidad). Bueno, entre 1981 y el 2000, no publiqué nada. ¿Acaso había cesado de escribir? No, simplemente había cesado de ser aceptado por las editoriales. Es posible que mi insistencia en la temática de los Pechof, una familia judía marginalmente atrapada en las peripecias del peronismo, haya sido la razón principal.
Afortunadamente, en esa ocasión, me ayudó mi experiencia venezolana, y el apremio de Nelson Luis Martínez, director del periódico Últimas Noticias de Caracas, para que escribiera una novela sobre Francisco de Miranda, el trágico precursor de la independencia de la Gran Colombia. Ignoro cuantos años demoré en escribirla. Inicié el proyecto aproximadamente en 1985. Pero la redacté por temporadas, usando la tercera persona. Recién diez años después, cuando transferí la novela a la primera persona, empezó a prosperar.  
En el año 2000, Los Papeles de Miranda fue publicada por el editor venezolano José Agustín Catalá en Ediciones Centauro. Le siguieron en el 2004, con el mismo sello, Las dos muertes del general Simón Bolívar, y en el 2007, Los años de la guerra a muerte. Con respecto a ésta última novela, quiero hacer un pequeño aparte. Fue reeditada en el 2012, como versión digital. Es, con respecto a la primera versión, otra novela. Decenas de páginas fueron eliminadas, y unas 150 incorporadas. Una vez más, Carmen Virginia Carrillo contribuyó de manera decisiva a transformar la novela. El patito feo de la trilogía adquirió las galas de Blancanieves, y superó en ventas a Los papeles de Miranda.  
Despues de todo, las novelas no se esculpen en la piedra, se escriben con lápiz y papel, y si es posible mejorarlas, pues hay que hacerlo. Se podrían escribir varios tomos sobre las metamorfosis que sufrió The Sound and the Fury, de William Faulkner, desde su primera edición, en 1929. Faulkner reconoció que era la novela que más amaba, “pues me causó más pena y angustia, del mismo modo en que una madre quiere más al hijo que termina convertido en un ladrón o en un asesino, que aquel que deviene sacerdote”. Según Faulkner, hay cinco versiones distintas de la novela.
He aprendido otras cosas trabajando la idea del viajero del tiempo. Una de ellas es que el ser humano requiere al menos de dos vidas. En la primera, está autorizado a cometer todos los errores habidos y por haber, y en la segunda, transitar los mismos senderos, pero buscando atajos, a fin de eludir las calles ciegas y los puntos muertos. También sería bueno que cada persona tuviera su botón de reset. De esa manera recomenzaría la vida a partir de cero.
No hay nada como los prejuicios para entorpecer la tarea intelectual. ¿Por qué pasé veinte años tratando de recontar la historia de los Pechof? Tal vez por alguna especie de lealtad. Pero ¿lealtad hacia quién? ¿Hacia mi pasado judío? ¿Acaso un escritor judío traicionaba su estirpe escribiendo sobre próceres latinoamericanos? Y ahora que lo pienso, algo de eso existía. Inclusive urdí la trama de convertir a Francisco de Miranda en una especie de criptojudío. De esa manera, suponía que no estaba traicionando decisivamente mi herencia. Miranda no pertenecía a la familia Pechof, pero podía ser un familiar lejano.  
Eso trajo una divertida secuela. Un historiador venezolano retomó mi invención, y redactó un ensayo sugiriendo varias hipótesis que confirmarían mi sospecha sobre el origen judío de Miranda. No dudo que en algunos años más, alguien descubrirá un documento refrendando la circuncisión del prócer.  
Pero el otro prejuicio que demoró mi relanzamiento estaba ligado con el tiempo. Existe la tradición, en muchos círculos intelectuales, de que cuanto más demora un autor en finalizar su obra, mejor es el resultado. Generalmente, ocurre lo contrario. Un narrador escribe mejor  in white heat, inmerso en una frenética actividad, que tomándose las cosas con calma. La primera versión de The Sound and the Furry se escribió en seis semanas, así como The Killer Inside Me de Jim Thompson. Doctor Jekyll and Mr. Hyde fue escrita por Robert Louis Stevenson en tres días. Alejandro Dumas escribió en el 1845 El conde de Montecristo y Los tres mosqueteros. Cada una de ellas supera las 800 páginas.
Charles Dickens era otro monstruo a la hora de hacer gemir continuamente las prensas de las editoriales. Por lo tanto, si alguien demora demasiado tiempo con una obra, lo mejor que puede hacer es ponerla a descansar en un cajón de su escritorio, y emprender una nueva.
Cada aventura intelectual genera reacciones diferentes. Algunas resultan más fructíferas que otras. Y, en ese sentido, “La trilogía de la Patria Boba” ha representado para mí un enorme cambio con respecto a mi narrativa anterior. Por supuesto, no reniego de La trilogía del Mar Dulce. Sigo disfrutando de las peripecias de los Pechof, especialmente en A las 20:25 la señora pasó a la inmortalidad. Y después que Carmen Virginia editó Los judíos del Mar Dulce, me siento muy reconfortado con los resultados. La primera versión era la de un escritor novato que deseaba contar demasiadas cosas en menos de 250 páginas. La segunda versión es la de un profesional editado por una profesional. Y es más entretenida que la primera. (Falta la reedición de La verdadera crónica falsa. Ya vendrá en algún momento, Carmen Virginia. Ya vendrá).
Pero “La trilogía del Mar Dulce” es una obra solipsista. Como si yo y mi alma hubieran narrado las malandanzas de los Pechof. Y frente a mí estaba la real familia de la cual extraje algunos episodios de sus vidas. En realidad, esas novelas marcaron el ostracismo parental. Algunos miembros de la estirpe me reprocharon que los hubiera tomado en broma, o recreado algunos de sus tics o sus formas de expresión. A partir de ese momento, dejé de ser una persona muy popular en el seno de los Szichman y de los Szylder.
En cambio, “La trilogía de la Patria Boba” es una obra con muchas voces. Y eso hace toda la diferencia.  
Pude verificarlo cuando el núcleo Rafael Rangel de la universidad de Los Andes, en Venezuela, me invitó a participar en El Seminario sobre Novela Histórica. Eso fue a comienzos de mayo de 2012. No he tenido un aprendizaje tan creador en toda mi vida. Y dudo que en otras universidades de América Latina exista ese entusiasmo acompañado de una amable beligerancia a la hora de canjear ideas con el escritor.  
Los narradores suelen lanzar una botella al mar, y con suerte, obtener, en el curso de muchos años, la respuesta de uno o dos lectores. Pero ¿qué ocurre cuando son treinta, cuarenta, cincuenta, los lectores que han leído sus novelas de cabo a rabo y lo acosan con preguntas?  
Todo ese proceso concluyó en un libro. (Mallarmé, según Borges, decía que “La vida ha sido hecha para culminar en un libro”). El volumen se titula “Trilogía de la patria boba de Mario Szichman”, y el subtítulo es “Una propuesta de novela histórica del Siglo XXI”). Me gusta mucho el subtítulo porque expresa con claridad la intención de esa trilogía. (Que espero se ampliará. Hay al menos una novela finalizada que, en caso de publicarse, permitirá transfigurar la trilogía en tetralogía).  
Le tengo gran desconfianza a lo que se considera “novela histórica”. Si dejamos de lado La guerra y la paz, de León Tolstoi, la novela histórica carga con cierto acartonamiento que la convierte en territorio exclusivo de los próceres. Uno no va a leer una novela protagonizada por Napoleón Bonaparte, George Washington, o Abraham Lincoln, aguardando excesivas sorpresas acerca del actor principal. Y menos en América Latina, donde José de San Martín ha sido rebautizado como “El santo de la espada”, y en la cual el culto a Bolívar ha forjado esa fantasía de opereta tragicómica que es la República Bolivariana creada y destruida por Hugo Chávez Frías y por Nicolás Maduro.
Leer los trabajos que analizan la Trilogía de la Patria Boba me hace sentir muy orgulloso, claro está. Pero hay algo más importante: me brinda entusiasmo, pues hay crítica, hay comentario, hay sugerencias y señalamientos, y eso demuestra que me falta mucho por hacer, por revisar, por replantear. 
En los profesores y graduados de la universidad de Los Andes, Núcleo Rafael Rangel de Trujillo, encontré una fuente inagotable de propuestas y la certificación de que toda obra es A work in progress. Gracias a la imaginación dialógica su irradiación puede ser infinita.


El análisis de la nueva novela histórica por parte de Margot Carrillo Pimentel, de la trilogía completa por parte de Carmen Virginia Carrillo Torea, la “representación de “un héroe más humano en Los papeles de Miranda” de Alexis del Carmen Rojas Paredes, la “deriva entre cotidianeidad  y referente histórico en la novela” por parte de Luis Javier Hernández Carmona, o los escritos de Juan Joel Linares y de Lucía Parra (créeme, Lucía, realmente te luces), son muy buenos aportes a la comprensión de un período histórico sin precedentes. Y apenas forman parte de la historia.
   Querría hacer otro aparte con dos textos de la profesora Libertad León González. Uno trabaja el “Discurso en tres tiempos” en Las dos muertes del general Simón Bolívar; el otro formula un acercamiento semiótico a Los años de la guerra a muerte.
En su primer ensayo, Libertad León propone una dinámica de la escritura que me hubiera gustado incorporar a la novela. Dice la ensayista que “los desplazamientos” en esa narración “también se producen en los escenarios de la historia que se cuenta haciendo uso de diversos géneros literarios”. Amo el cine y amo el teatro, y en ocasiones me gustaría colocar a mis personajes no entre las dos portadas de un libro, sino en un escenario. Pero, al mismo tiempo, ni el cine ni el teatro facilitan usar distintos géneros literarios, solo la novela. Afortunadamente, la ensayista muestra un camino creador para esa conjunción entre los diferentes niveles. E insisto en el término creador porque hay, en mi opinión, dos clases de críticos, quienes estimulan la invención, y quienes se limitan a recrear lo que dice el autor. Con la pauta ofrecida por Libertad León podría escribir una novela de índole histórica muy distinta a las anteriores, instalando una modernidad inesperada.
En relación al acercamiento semiótico en Los años de la guerra a muerte, Libertad León me ha gratificado extrayendo de entre bastidores a un personaje entrañable: el pintor Eusebio.
Creo que los narradores tienen sus protagonistas, y también sus hijos del amor. Eusebio es uno de ellos, al igual que El Hombre de Hielo, otro personaje de Los años de la guerra a muerte. Se trata de esos seres que surgen cuando el autor menos se lo espera.  De nuevo, como en su trabajo sobre la dinámica de la narración, Libertad León consigue dar tres dimensiones al texto. Soy un pintor fracasado, y me fascina la creación pictórica. Eusebio encarna lo que hubiera deseado ser, de no haberme encarrilado por el territorio de la novela. Estudiar las páginas que dedicó Libertad León al personaje han servido, y mucho para otro proyecto en ciernes. (Espero, Libertad, que veas en mi próxima novela indicios de tu trabajo, especialmente, en el amor con que intento trazar la figura de Goya).
Un texto suele ser, en la mayoría de las circunstancias, la diseminación de otros textos. Y los autores que han participado en el libro han proliferado en sus tareas críticas, e integran un elenco del cual deseo formar parte. Están empecinados en descubrir y redescubrir una de las literaturas más ricas, menos conocidas de América Latina.   
Admiro a Margot Margot Carrillo Pimentel por su bello libro sobre Enrique Bernando Nuñez y su novela Cubagua, uno de los grandes secretos de nuestra narrativa. Hubiera querido conocer antes el trabajo de Luis Javier Hernández Carmona sobre Las lanzas coloradas de Arturo Uslar Pietri, pues trastorna todo lo que se había escrito previamente sobre esa novela seminal. Por cierto, Luis Javier ha escrito una excelente novela, El inquilino de la intemperie. No hay en la producción actual venezolana muchos textos que lleguen a su nivel. Y créanme, leo mucha narrativa venezolana.
Sin De la belleza y el furor, de Carmen Virginia Carrillo, mi conocimiento de la poesía venezolana de las décadas del sesenta y del setenta del siglo pasado, sería paupérrimo. Ese libro es toda una revelación. Un páramo se ha convertido en un vergel, reseñando uno de los períodos más ricos de la moderna poesía venezolana. 
Libertad León González ha escrito una gema de ensayo sobre Octavio Paz en su libro La paradoja del amor. Alexis del Carmen Rojas Paredes me ha redescubierto no solo al Miranda de Los Papeles, sino al que reaparece en Eros y la doncella. Su trabajo es un fuego de artificio de ideas. Gracias a su escritura, redescubrí la teatralidad de la Gran Revolución. Y last but not least Lucía Parra y Juan Joel Linares Simancas. Ambos van a dar mucho que hablar, tanto en la poesía como el ensayo. Pertenecen a una nueva generación que ni olvida a sus mayores, ni come cuentos. Además, ambos escriben con gran talento.
Mi amor por Venezuela se refleja en La trilogía de la patria boba. Y mi renovada pasión por Venezuela, y mis deseos de incorporar otras novelas a ese ciclo se deben, en buena parte, a los ensayistas que participaron en el libro.
Si en otras ocasiones pensé que mi vida como escritor hubiera sido más gratificante y rentable de haber contado con una imprenta, o con una editorial propia, creo que ahora es más plena, porque he conocido a autores muy vitales, muy creadores, que amplían, de manera constante, el campo intelectual. Y que además, son generosos amigos, proclives a propiciar la creación.
          Al  escribir  las novelas históricas sobre  Venezuela quemé algunas naves, pero  no  me  arrepiento. Dudo  que  muchos  de  mis  lectores  compartan  mis opiniones  sobre   los   héroes   de  la   independencia.  En  otras  latitudes   un extranjero, un musiú que se anime a escribir sobre  los próceres  es  observado con ojos sospechosos, sin importar la perspectiva que adopta. Ni siquiera aquel que prodiga elogios sobre los padres de la patria está a salvo del anatema o del escarnio. En ese sentido, creo que en Venezuela, la  tierra  que  he elegido para querer, tanto como quiero a su gente, la cosa es  distinta, simplemente  porque sin   importar   sus  avatares, o  sus  tiranuelos, o  sus  enfermos  mentales con delirios de   grandeza,  esa   patria, como   afirmaba  El Libertador, sigue siendo Caribe y no boba.

miércoles, 3 de febrero de 2016

¡Gracias, Twitter, por los 140 caracteres!


Mario Szichman



El presidente de Venezuela Nicolás Maduro pronunció hace algunos días un discurso de más de tres horas en la Asamblea Nacional explicando por qué su país se encuentra en terapia intensiva. Maduro perdió tres horas de su valioso tiempo y el de sus compatriotas para revelar que la culpa la tiene el otro. Bueno, no creo que muchos de sus compatriotas hayan prestado atención alguna a su discurso. Inclusive sus devotos admiradores –al menos le deben quedar una media docena– tienen cosas más importantes que hacer. Por ejemplo, esperar durante varias horas en una cola a que le vendan productos básicos, o eludir a los malandros que han convertido a Venezuela en el país más letal de América Latina.
Por cierto, según Maduro, las colas son una fantasía mediática.  Grupos infiltrados “de gente corrompida” ponen a la gente a hacer cola frente a los supermercados y cadenas de farmacias,  mientras en el interior de los negocios, todo está vacío de personas, y repleto de productos.
Según el jefe de estado, una guerra económica librada por el Imperio está privando al pueblo de alimentos y de medicinas, y transformado al Internet en la farmacia virtual de los venezolanos.
No todos los chavistas están de acuerdo con esa apreciación. Varios ex ministros y funcionarios del gobierno presidido previamente por Hugo Chávez Frías alegan que la escasez es resultado puro y simple del mayor saqueo registrado en la historia de Venezuela.
Víctor Álvarez, un economista de izquierda y exministro durante la presidencia de Chávez, dijo a The New York Times que Venezuela ha sido desvalijada “como en la época de la conquista” española, “cuando el oro y la plata eran robados por toneladas”.
Algunos calculan de manera morigerada, en 300.000 millones de dólares el escamoteo del erario público durante los 17 años que ha pasado el chavismo atornillado al poder. Otros elevan la cifra a 800.000 millones de dólares. O a un billón de dólares (un millón de millones de dólares).  
El gobierno chavista oscila entre la perpetua crueldad, y la sempiterna victimización. Se trata de una letal combinación que nunca concluye con el triunfo del presunto agraviado. Maduro recuerda a esas personas que van a ver películas únicamente para sufrir. “¡Qué buena película!” dicen los masoquistas del cine. “¡No saben todo lo que me hizo llorar!”
Russ Dallen, quien lidera el banco de inversiones Latinvest, señaló que el sucesor de Chávez, “Debe ser uno de los escasos líderes en el mundo que resulta derrotado en una guerra económica que él mismo inventó”. Sospecho que el presidente de Venezuela tiene todas las de perder. Se admira siempre a David, cuya honda acabó en el gigante Goliat. No recuerdo una sola historia en que Goliat haya sido venerado o aplaudido.  
El tedioso discurso de Maduro (digo tedioso porque no hay genio de la política que pueda entretener a una audiencia durante tres horas, y Maduro no es un genio), fue acompañado en la Asamblea Nacional por otro de media hora donde el presidente de la legislatura, el opositor Henry Ramos Allup, se encargó de cuestionar a su gobierno. Es cierto, fue más sucinto y muy superior al de Maduro, pero muy largo. ¿A quién le interesa escuchar a un orador hablando media hora o tres horas? ¿Por qué aguantar a un parlanchín siete horas, como ocurría con Fidel Castro? El promedio de los monólogos de  Chávez en su programa de televisión “Aló Presidente” oscilaba en las ocho horas. ¿Tenían algún resultado? Mientras fue la época de las vacas gordas, la mayoría de los venezolanos votó por Chávez. No necesitaban el incentivo de sus monólogos.
Los gobernantes con preferencia por la cháchara siempre se engañan cuando se montan en la tarima: creen que el pueblo escucha arrobado sus frases. Ignoran lo que pasa realmente por el cerebro de los asistentes.
En realidad, esos dicharacheros se dirigen a una sola persona: ellos mismos. Cada discurso es un clavo más en el andamio para erigir su auto glorificación.
Los discursos de los grandes tribunos de la Revolución Francesa como Robespierre, Danton, Saint Just, Mirabeau (especialmente Mirabeau), no solían durar más de quince o veinte minutos. Y hoy siguen manteniendo su vigencia y conservando la elegancia de su estilo.
Lean el discurso de Angostura de Simón Bolívar. Es cierto, se lleva casi una hora. Pero allí se sintetiza una visión política, y se anticipa un futuro plagado de dificultades. En todos los años que Bolívar ejerció el mando, no llegan a media docena los discursos importantes que pronunció. Ni uno solo de ellos es deleznable, o banal, como los monólogos en cadena de Maduro.  
Bolívar desdeñaba en su discurso a quienes lo consideraban un salvador o el timonel del destino de la Gran Colombia: “En medio de este piélago de angustias”, decía a los legisladores en Angostura, “no he sido más que un vil juguete del huracán revolucionario que me arrebataba como una débil paja. Yo no he podido hacer ni bien ni mal; fuerzas irresistibles han dirigido la marcha de nuestros sucesos; atribuírmelos no sería justo y sería darme una importancia que no merezco”. Si alguien quiere “conocer los autores de los acontecimientos pasados y del orden actual”, propuso el Libertador, era mejor consultar “los anales de España, de América, de Venezuela”, examinar “las Leyes de Indias, el régimen de los antiguos mandatarios, la influencia de la religión y del dominio extranjero… la ferocidad de nuestros enemigos y el carácter nacional”.
Tal vez el mejor discurso de un presidente norteamericano lo pronunció Abraham Lincoln en Gettysburgh. Lincoln tuvo tiempo para expresar en uno de los campos de batalla más ensangrentados por la guerra civil que los padres fundadores de Estados Unidos habían concebido una nación en libertad, siendo la propuesta básica que todos los hombres habían sido creados iguales. Por lo tanto, resultaba esencial que “el gobierno del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo”, no fuera eliminado de esta tierra. Ese plan político fue esbozado en 272 palabras, y explicado en menos de tres minutos.

No sé cómo hacían los cubanos en la buena época de Fidel o los venezolanos en el estudio de televisión donde Chávez desplegaba aquello que los aduladores consideraban una “genial oratoria”. Pero intuyo que la única hazaña de la audiencia era controlar sus esfínteres. Desde el podio, más que ejercitar su elocuencia, los salvadores de la patria se limitaban a practicar su sadismo. ¿Quién se anima a alzar la mano frente al líder máximo y, remedando a un niño de la escuela primaria, preguntarle si le da permiso para ir al baño?

¡TWITTER ES NUESTRA SALVACIÓN!

Creo que la llegada de Twitter con su máximo de 140 caracteres por comentario rinde un gran servicio al público y al intelecto. En ese sentido, los titulares son un análogo de esos one–liners usados por cómicos y comentaristas anglosajones para transgredir convenciones o formular sagaces y deprimentes comentarios sobre la naturaleza humana.
Woody Allen requirió 89 caracteres para explicar que su anhelo no era “lograr la inmortalidad a través de mi trabajo: mi único propósito es abstenerme de morir”.
Hector Berlioz, el gran compositor, dijo en 77 caracteres: “El tiempo es un gran maestro. Lamentablemente, mata a todos sus discípulos”.
Groucho Marx usó 94 caracteres para preguntar: “¿Por qué tengo que hacer algo por la posteridad? ¿Acaso la posteridad ha hecho algo por mí?”
Y Will Rogers, un gran humorista y comentarista político, dijo: “No se requiere aptitud alguna para ser humorista cuando todo el gobierno trabaja en nuestro favor”. (97 caracteres).
Espero que alguien escriba pronto una sociología de Twitter. Hasta podrían armarse perfiles de distintos tuiteros. Los más eficaces son aquellos que no requieren siquiera 140 caracteres para expresar sus ideas. Los incluiría en el rubro de los one-liners.
            Los más confusos utilizan abreviaturas para eludir el corsé de hierro de los 140 caracteres. En esa categoría proliferan los políticos y aspirantes a políticos. Delatan su pereza mental, pues abundan en el Internet los diccionarios de sinónimos, parónimos y antónimos y los manuales de gramática.
Existe un gran desafío en los 140 caracteres de Twitter, así como grandes recompensas. Uno difícilmente recuerde una larga explicación o un lamento. Pero cuando Woody Allen dice: “La última vez que estuve dentro de una mujer fue cuando visité la Estatua de la Libertad” (88 caracteres) su frase tiene infinitas reverberaciones.  
Groucho Marx siempre se burlaba de sus méritos. Y eso lo hacía doblemente grato para sus admiradores. Su frase “No puedo pertenecer a un club que me acepta como socio” (54 caracteres) ha sido repetida hasta el infinito durante más de 70 años.
Y después están los cavernícolas del Twitter, los insultadores. Generalmente, cuentan con escasos seguidores. Todavía el ser humano prefiere un buen argumento a un insulto, que además, sólo degrada a quien lo profiere.
Hay prepotentes del Twitter, así como hay seres muy amables y convincentes, capaces de reseñar en menos de 140 caracteres sus ideas sobre el mundo.
Vivimos bombardeados diariamente por los mensajes. La única intención de los emisores es llegar a la mayor cantidad de receptores. Y Twitter, con su inmenso alcance y sus 140 caracteres, es un excelente mensajero. Pero es el territorio de Gracián. “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. En ese sentido, me quedo con este one–liner de Ambrose Bierce, que resume a las mil maravillas los dilemas de la incomunicación humana: “Solo: mal acompañado”, dijo en su Diccionario del Diablo. Para eso requirió apenas de 22 caracteres.



domingo, 31 de enero de 2016

El ciervo herido de Félix Luis Viera: La política de la degradación humana


Mario Szichman

Yo resulté el soldado Umap número 22
de la tercera escuadra del pelotón número 1
de la compañía número 1 del batallón 23
de la Agrupación 6 del Estado Mayor de las Umap,
este nombrado Unidad Militar 1015
y radicado en la ciudad de Camagüey”.
Félix Luis Viera
Un ciervo herido



Armando Valdivieso Ginarte, uno de los protagonistas de la novela Un ciervo herido*, del escritor cubano Félix Luis Viera(Editorial Verbum, Madrid, 2015), es una especie de privilegiado. “Debe sumarse que poseo libertad para lavar la ropa cuando mi ánimo más me lo indique”, señala. “Descomunal ventaja pues quien quiera conservar su ropa de cepa debe hacer guardia fija mirando al cordel: unos y otros se las roban”. Armando es un prisionero en un campamento de reeducación de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) en Cuba. Su privilegio consiste en que su degradación es levemente menor a la padecida por el resto de los prisioneros en esos campos de concentración creados por el gobierno de Fidel Castro en 1965, y que perduraron hasta 1968. Miles de cubanos fueron llevados a reductos de la UMAP para ser sometidos a una supuesta reeducación política que consistió en someterlos a trabajos forzados en el sector agrícola. Entre sus víctimas figuraron disidentes políticos, homosexuales,  y Testigos de Jehová.
Antes de continuar con la reseña querría decir por qué considero esta novela  extraordinaria, y por qué lamento no haberla conocido antes.   
Tenía 13 años cuando Fidel Castro llegó a La Habana y proclamó la Revolución, quizás el evento político más importante registrado en América Latina en el siglo veinte, y cuya trascendencia cruzó las fronteras del continente. Fidel, con su “macho élan”, como dirían los gringos, el Ché Guevara, Camilo Cienfuegos, eran realmente personajes épicos, encarnaciones del David enfrentándose al Goliat estadounidense. Cualquier joven de esa época que no estuviera con el establishment, anhelaba ser guerrillero.  
Existían en América Latina consolidados partidos de izquierda, como el Comunista, y movimientos obreristas. Pero, por lo general, sus dirigentes eran burócratas que iban de la avanzada madurez a la ancianidad. En cambio, los revolucionarios cubanos eran muy jóvenes, casi como los héroes de la gesta independentista en la Gran Colombia. Muchos adolescentes en distintas partes de América Latina soñaban con lucir la boina y el uniforme verde oliva, cargar un fusil al hombro, y liberar pueblos.
Cuando llegué a Venezuela en 1967, a los 22 años de edad, la guerrilla estaba muy presente. Douglas Bravo era, quizás, la figura más importante y más venerada. Pero muchos revolucionarios venezolanos, y conocí a varios de ellos, tenían un problema con la Revolución Cubana: no comían cuentos. Criticaban muchos de sus aspectos, la falta de respeto a la disidencia, inclusive dentro de las filas de la Revolución, la acrítica actitud de la dirigencia cubana en relación al partido Comunista de la isla, y a la Unión Soviética, su mentalidad foquista, sus actitudes estalinistas, y el progresivo control del país por parte de Fidel y en menor grado de Raúl Castro.
No voy a extenderme mucho más en ese peritaje. Los invito a leer el trabajo de Magdalena López “Desde el fracaso: narrativas del Caribe insular hispano en el siglo XXI” (Editorial Verbum de Madrid, 2015) pues hay en ese libro muy perspicaces evaluaciones del efecto de la Revolución Cubana en novelas publicadas durante estos últimos años. La ensayista nos muestra cómo en la periferia, por ejemplo en la República Dominicana, los dogmáticos parámetros del castrismo causaron estragos. El coronel Francisco Caamaño Deño quiso copiar puntualmente los pasos de Fidel, y luego del Ché Guevara, incluido el desembarco de su escaso contingente en una playa, su ascenso a las montañas, y terminó muriendo como el Ché, frente a un pelotón de fusilamiento. La última burlona reedición de la epopeya castrista se ha registrado en Venezuela.
Marx decía en El 18 Brumario de Luis Napoleón Bonaparte que los grandes episodios históricos se dan dos veces, la primera como tragedia, la segunda como farsa. Y esa Revolución Bonita liderada por Hugo Chávez Frías permite evaluar, por el reverso, las razones de los fracasos que plagaron lo que fue al principio una rebelión cargada de esperanzas.

De todas maneras, en algo triunfó la Revolución Cubana: en desprestigiar a sus adversarios, en introducir en la misma bolsa a los “gusanos” y a los disidentes, y en general, a encubrir la mayoría de sus lacras. Muchos en la izquierda se negaron a aceptar lo que Felix Luis Viera revela con mano maestra en Un ciervo herido: la existencia de campos de “reeducación” de prisioneros –en realidad, campos de ignominia donde se castigaba o “disciplinaba” a seres humanos reacios a pensar de acuerdo al arbitrio oficial. La eficaz consigna era que no se debía hacer el juego al enemigo.   
Por cierto, recuerdo que un respetado intelectual uruguayo,  resteado con la Revolución Cubana, me dijo hace ya algunos años: “Algún día el pueblo cubano terminará por alzarse y hará pagar a sus líderes todas esas décadas de sufrimiento”. Ese intelectual falleció hace dos décadas, y no parece cercano el día en que el pueblo cubano se alce, o intente cambiar el régimen. Habrá permutaciones cosméticas, pero son demasiados años de lo mismo y existe una resignada aceptación entre los cubanos de que si no se puede cambiar de país, es mejor cambiar de conversación.

EL INFIERNO TAN TEMIDO

Los factores principales para convertir a Un ciervo herido en una gran novela son la mirada y la voz del narrador. No le pidan a Viera una literatura de denuncia. Tampoco le exijan conmiseración, porque no va a complacer al lector. El mundo de Viera está habitado por seres humanos. Ni los malos son excesivamente malos, ni los buenos portan una aureola sobre sus cabezas. Malos y buenos, tanto los administradores del castigo como sus receptores, solo saben con certeza que transitamos una sola vez por esta vida, y debemos acomodarnos a todas sus contingencias. Y la mayoría sospechan que residen en el purgatorio.
Los personajes que circulan por la novela parecen atrapados en su mundo como marionetas en un teatro. El problema es que no obedecen a las órdenes del apuntador. Algunos lectores seguramente querrán que los malos sean de verdad malos para poder odiarlos. Y que los buenos sean de verdad buenos, para poder identificarse con ellos. Viera opta en cambio por el distanciamiento; se limita a exhibirlos en sus intentos por actuar sus papeles. Quizás ninguno cumple con las expectativas. Pero tampoco defrauda, pues se trata de personajes trágicos cuya única intención es sobrevivir.
Y después está la voz. En realidad las voces. Hay un coro de voces en Un ciervo herido. Cada personaje se afianza en pequeños tics, en efímeros pensamientos. En algunos, el miedo cede el camino al pánico. En otros, enfila hacia la solidaridad. Hay una necesidad tan poderosa de subsistir, que es por ese lado donde emerge la admiración del lector.  
Al mismo tiempo, uno desearía que los encargados de la UMAP fueran los villanos de la película. Pero no lo son. Constituyen seres reales obligados a ejercer tareas desagradables. Los más crueles son, curiosamente, los más idealistas. Y ¿por qué no? Han sido adiestrados para reeducar a las lacras de la vieja sociedad. Por lo tanto, exhibir humanidad es una transgresión. Compadecerse por el prójimo implica traicionar los ideales revolucionarios.  La mayoría de los carceleros aspira a convertirse en hombres nuevos, y ni uno de ellos lo consigue. Solo los zombies están en condiciones de transfigurarse en hombres nuevos.
Y entre malos que no son tan malos, y buenos que no son tan buenos, en definitiva, seres humanos que solo tienen una vida para vivir, empiezan a sobrevolar las figuras del ritual religioso, y la amenaza de la tempestad y de la plaga.  
Antes de ser trasladado a un campamento de la UMAP, el disidente Armandito Valdivieso presiente que se halla “A las puertas del vendaval”. Los signos son imposibles de ignorar. “Se estaba quedando solo; sus amigos y sus conocidos rojos y los más o menos rojizos, veían venir la hecatombe y se apartaban de él”. Quedaban, apenas, compañeros de juerga, quienes “se hallaban en el medio de la línea que marca la frontera entre el bien y el mal en la ´nueva sociedad´”.
Un estado omnipresente, implacable, va favoreciendo a elegidos  y descartando a los excomulgados. La nueva sociedad se convierte en un tribunal de la inquisición, donde el inocente debe demostrar que no es culpable. Y el culpable, definitivamente es culpable, porque lo acompaña la semiología del apestado. Los amigos empiezan a eludirlo, el resto piensa, como en toda sociedad amedrentada y regimentada: “Algo malo habrá hecho…”  
La nueva sociedad es la sociedad de la sospecha. Mejor no hablar, porque alguien, con malas intenciones, puede escuchar. Uno empieza a pensar que de haber nacido Kafka en la Cuba de los hermanos Castro, hubiera sido un costumbrista. (El novelista Augusto Roa Bastos aplicaba la ironía al Paraguay del general Alfredo Stroessner. Pero se quedó corto).   
Cuba está gobernada desde hace más de medio siglo por dos hermanos. El primero todavía más providencial que el segundo. Ambos deben ser genios de la política, pues al parecer sus compatriotas no necesitan a nadie más para vivir felices. Solo la reina Victoria estuvo más años en el trono de Inglaterra –64 años– que Fidel y Raúl Castro de manera conjunta –hasta ahora 57. Y no es insensato pensar que el apellido Castro se prolongue en un heredero al trono. De todas maneras, la reina Victoria reinaba pero no gobernaba. Y eso representa una vasta diferencia.  
En definitiva, pese a la irrupción de la modernidad, Cuba parece suspendida en una solución coloidal. El tiempo no transcurre del mismo modo en la isla que en el resto del Caribe, o del continente. Todavía es el territorio de la plaga, siempre amenazado por herejes. Quien no está plenamente de acuerdo con nosotros, piensan los jerarcas, está con el enemigo. Quien no mira la realidad con los ojos de la utopía, es un indeseable. Ah, y además, El Hermano Grande, y luego El Hermano Chiquito, nunca se equivocan.  
Al final de Un ciervo herido hay un Anexo. Se trata de una especie de síntesis de todo lo que ha ocurrido previamente en el relato. El narrador interroga a uno de los militares que desempeñaron tareas en la UMAP. Lo primero que aclara el militar a quien realiza la entrevista es que “Yo solo cumplía órdenes”. Despojado de sus charreteras, de todo poder, el interrogado se muestra siempre a la defensiva. Cuando se le pregunta: “¿En la actualidad usted pasa hambre?”, responde veloz: “¿Hambre? ¿Por qué esa palabra?”
No, el interrogado no pasa hambre. Claro que no. En todo caso “Necesidad, yo paso necesidad como todo el mundo; hambre es una palabra que no me gusta porque es la que usa el enemigo”.   
Cuando se le señala que no todos pasan necesidad, que la elite cubana está bien alimentada, que “por ejemplo, ministros, dirigentes intermedios, altos jefes militares, y otros así, comen bien”, responde: “Bueno, es que la vida tiene que ser así, ¿no?” Es impensable considerar que “el Comandante en Jefe tiene que pasar la misma necesidad que uno”. Ocurre que si el Comandante en Jefe “No come todos los días, si no se alimenta bien todos los días, a la larga nos jodemos todos, no salimos del bache, él es la garantía”.
Uno se pregunta ¿garantía de qué? Lo único que garantiza el Comandante en Jefe es que persistirá la necesidad, como antes persistió el período especial, o la amenaza imperial. El Imperio está siempre enfrente, y la geografía nunca se alterará. Tampoco el Imperio se borrará del horizonte, aunque por ahora ha hecho la paz con la Revolución.
Hay que confiar en el Hermano Chiquito, como antes se confió en el Hermano Grande. Ellos nunca se equivocaron. Gracias a ellos, Cuba está como está.


****La primera edición de Un ciervo herido es de Plaza Mayor, Puerto Rico, 2002. La segunda es de Edizioni Cargo,  Italia, 2005, y la tercera de Eiriginal Books, Miami, 2011. La edición de Verbum, Madrid,  2015, es la definitiva, y cuenta con prólogo del autor.