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sábado, 4 de marzo de 2017

La reputación subterránea y subversiva de Ambrose Bierce




 Mario Szichman

“Guerra: método usado por Dios
Para enseñarles geografía a los estadounidenses”.
Ambrose Bierce, Diccionario del Diablo




La revista literaria neoyorquina Current Opinion, publicó en su número de septiembre de 1918 un artículo titulado “Another attempt to boost Bierce into immortality,” otro intento de propulsar a Bierce hacia la inmortalidad.
La reseña aludía a la publicación, por parte de la editorial Boni & Liveright, de una nueva edición del libro de cuentos In the Midst of Life. El propósito, indicaba el texto, era  exhibir a Bierce, “por tercera vez en tres décadas, como uno de los cuentistas supremos de Estados Unidos”.
Bierce nunca tuvo mucho éxito con las editoriales. En 1890, sus inigualables Cuentos de soldados y de civiles, ambientados durante la guerra civil de 1861-1865, fueron rechazados por todas las publishing houses a las cuales se acercó. Finalmente, en 1892, una editorial escasamente conocida los divulgó, sin gran trascendencia. En 1898, hubo una segunda edición, a cargo de una importante editorial neoyorquina. Nada ocurrió. En 1909, las obras completas de Bierce fueron publicadas por la editorial Neale Company en una edición limitada (250 ejemplares) y muy costosa.
El artículista de Current Opinion indicó que la iniciativa de Boni & Liveright podría ser el “valiente, definitivo intento de asegurar a Bierce un sitio peculiar entre los inmortales de la literatura norteamericana”.


Bierce nunca es recordado por su obra completa, pese a que escribió tres novelas cortas, numerosos cuentos, el incomparable Diccionario del Diablo, poemas satíricos,  Fábulas Fantásticas, obras de terror y el también incomparable Club de los Parricidas.
Recuerdo que cuando entrevisté al novelista Kurt Vonnegut y le pregunté por Bierce, me dijo: “¿Quién puede olvidar An Occurrence at Owl Creek Bridge?” El espeluznante relato narra el ahorcamiento de un simpatizante de los confederados durante la guerra civil. El prisionero es colgado de la viga de un puente. La soga se rompe, y el simpatizante de los confederados avizora su escape, su regreso al hogar y a su familia, en el curso de varios días...  hasta llegar al inesperado final.

BITTER BIERCE

El  “amargo” Bierce tuvo la fortuna, o el infortunio, de ser un gran periodista. En 1886 fue a trabajar para el periódico The San Francisco Examiner, propiedad del magnate William Randolph Hearst, el modelo en que se basó Orson Welles para su filme Citizen Kane. Y allí perseveró, en cargos ejecutivos, hasta el 1909.
El vitriolo que descargaba Bierce en sus columnas lo convirtió pronto en enemigo de muchos políticos importantes. Franklin Knight Lane, un periodista y político demócrata de California, que luego fue designado por el presidente Woodrow Wilson Secretario del Interior  (1913-1920), dijo de Bierce: “es un monstruo horrendo, una mezcla de dragón, lagartija, murciélago y víbora, y como tal, imposible de calificar”.
Algunos señalan que la popularidad de Bierce como columnista, conspiró contra su fama. No hay nada tan antiguo, señala un bolero, como un periódico de ayer. Su Diccionario del Diablo, sus relatos, su poesía, inclusive sus mejores trabajos periodísticos, fueron transfigurados en libros de manera intermitente. Sin embargo, el escritor adquirió rápida celebridad fuera de Estados Unidos. Sus obras fueron traducidas a todos los idiomas europeos, incluidos el ruso y el noruego. Por otra parte, en el mundo anglosajón, contó con influyentes admiradores. Notorios autores de su época como Arthur Machen, Arnold Bennett, Gertrude Atherton, Percival Pollard y Owen Wister (el padre fundador de la narrativa del Lejano Oeste con su obra The Virginian) lo consideraron sobresaliente en el campo de la sátira y del cuento.
Bennett escribió en la revista New Age de Londres que Bierce padecía “una reputación subterránea". Decía que era “mitad Edgar Allan Poe”, y “mitad Próspero Merimée”.
Al referirse al relato “An Ocurrence at Owl Creek Bridge,” Bennett indicaba que Poe se hubiera sentido muy orgulloso de ponerle su firma.

PARRICIDAS Y SERES SATÁNICOS

El club de los parricidas consta de cuatro cuentos: My Favorite Murder; Oil of Dog; An Imperfect Conflagration y The Hypnotist (Mi asesinato favorito, Aceite de perro, Una conflagración imperfecta y El hipnotizador). Todos son narrados en primera persona, por un asesino. El único narrador que se le puede comparar en ese territorio es Francisco de Quevedo y Villegas, el autor de Historia de la vida del buscón. Basta leer el comienzo de algunos de los cuentos para descubrir el peculiar humor negro que vertía Bierce en su prosa:
MY FAVORITE MURDER: “Habiendo asesinado a mi madre bajo circunstancias de singular atrocidad, fui arrestado y llevado a juicio. El proceso se prolongó siete años”.
OIL OF DOG: “Mi nombre es Boffer Bings. Fui engendrado por honestos progenitores de menguados recursos. Mi padre fabricaba aceite de perro, y mi madre tenía un pequeño taller a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se libraba de bebés inoportunos”.
AN IMPERFECT CONFLAGRATION: “En una temprana mañana de junio de 1872 asesiné a mi padre. En esa época, el acto me causó una profunda impresión. Eso ocurrió antes de mi casamiento”.  
Pero, es obvio que la Biblia de Bierce es su Diccionario del Diablo.
En un prefacio, Bierce dijo que The Devil's Dictionary “comenzó a publicarse en un semanario en 1881, y se fue prolongando de manera esporádica, a largos intervalos, hasta 1906”.
La primera edición apareció con el título de The Cynic's Word Book, “una denominación que el autor no estaba en condiciones de rechazar, o sentía la felicidad de aprobar”,  dijo Bierce.
“Fui obligado a aceptar el más reverente título, debido a los escrúpulos religiosos” de los propietarios del “último periódico en el cual parte de la obra había aparecido.”.
He aquí algunas de sus frases más famosas, no siempre en orden alfabético:
AIRE: sustancia nutritiva usada por la generosa providencia  para engordar a los pobres.
ABDICACIÓN. Un acto por el cual un soberano evalúa la alta temperatura del trono.
ABORÍGENES. Personas de escasa importancia que estorban el suelo de un territorio descubierto en fecha reciente. Pronto cesan de estorbarlo, y comienzan a fertilizarlo.
MATRIMONIO. Estado o condición de una comunidad que consta de un dueño, una señora, y dos esclavos, conformando un total de dos personas.
NOVIA. Mujer con una bella posibilidad de haber dejado la felicidad detrás de ella.
AMOR. Una locura temporal que puede curarse con el matrimonio.
ADMIRACIÓN. Cortés reconocimiento de la semejanza entre otro y uno mismo.
ABURRIDO. Persona que habla cuando uno quiere que escuche.
AMBICIÓN. Deseo obsesivo de ser calumniado por los enemigos en vida, y ridiculizado por los amigos después de muerto.
APLAUSO. El eco de una tontería.
AUDACIA. Una de las cualidades más evidentes del hombre que no corre peligro.
AUTOESTIMA. Evaluación errónea.
BLANCO. Negro.
BRUTO. Ver la palabra marido.
CAÑÓN. Instrumento usado en la rectificación de fronteras.
CELOSO. Indebidamente preocupado por conservar lo que sólo se puede perder cuando ya no vale la pena conservarlo.
BARÓMETRO. Ingenioso instrumento que nos indica qué clase de tiempo tenemos.
CÍNICO. Un ser miserable cuya defectuosa vista lo hace ver las cosas tal como son, y no como deberían ser.
CONFORT. Estado de ánimo producido por la contemplación de la desgracia ajena.
CORONACIÓN. Ceremonia de investir a un soberano con los signos externos y visibles de su derecho divino a ser volado hasta los cielos por una bomba.
REPORTERO. Un escritor que adivina el camino hacia la verdad, y lo disipa con una tempestad de palabras.
DESTINO. Justificación del crimen de un tirano; pretexto del fracaso de un imbécil.
DIFAMAR. Decir mentiras sobre otro. Decir verdades sobre otro.
DISTANCIA. Único bien que los ricos permiten que los pobres conserven.
DOS VECES. Una vez de más.
LONGEVIDAD. Prolongación poco común del miedo a la muerte.

UNA FORMA DE EUTANASIA

Hacia el final de su vida, Bierce sucumbió al pesimismo que había volcado en su prosa en un intento de alejarlo de su vida. Nunca se reconcilió con su esposa, quien le pidió el divorcio en 1905, y padeció la maldición de sobrevivir a sus dos hijos. Uno fue asesinado cuando era un adolescente intentando retener el amor de una mujer. El otro falleció de neumonía agravada por el alcoholismo.
En 1913, cuando estaba por cumplir los 71 años de edad, y ya estaba muy afectado por el asma, Bierce decidió visitar México y entrevistar al líder revolucionario José Doroteo Arango Arámbula, más conocido como Pancho Villa.

En la que es, quizás, su carta más famosa, enviada a su sobrina Lora poco antes de su partida a México, Bierce dijo: “Si escuchas que me pusieron en México contra una pared de piedras, y me convirtieron en pulpa, debes saber que para mí es una manera bastante buena de abandonar la vida. Es mejor que la ancianidad, la enfermedad, o caerse por las escaleras de un sótano. Ser un gringo en México, ¡Ah, eso es eutanasia!”
Poco después de su llegada a México, Bierce envió varias cartas a su hija Helen. Sugería que se había unido a una división del ejército de Villa, y mencionó un avance de las tropas a la población de Ojinaga. Luego, se lo tragó la tierra.
Las versiones que acompañaron la desaparición de Bierce suman decenas. El ensayista Glenn Willeford hizo una buena recopilación de todas ellas.
Hay una que tiene visos de realidad. Entre el 26 y el 27 de noviembre de 1913, la División del Norte comandada por Villa derrotó a un fuerte contingente de “Huertistas” y “Colorados” en Tierra Blanca, una estación de trenes situada a unos 50 kilómetros de Ciudad Juárez, limítrofe con Estados Unidos. “Bierce no solo fue testigo de la batalla, sino que en cierta manera participó”, dice Willeford. Cuando varios soldados le dijeron que estaba muy viejo para participar en un combate,  Bierce pidió un rifle prestado, apuntó a la cabeza de un soldado enemigo desde gran distancia, y lo mató. El historiador Friedrich Katz, de la universidad de Chicago, dijo en un libro publicado en 1998 sobre Pancho Villa, que los revolucionarios mexicanos quedaron tan encantados con la puntería del gringo, que “le regalaron un ´sombrero villista´ como premio por su puntería”. 
¿Qué ocurrió después? Es imposible de averiguar.
Willeford dice que la explicación más racional sobre la desaparición de Bierce es que se dirigió al norte con las tropas de Villa, llegó cerca de Ojinaga el 9 de enero de 2014, y murió en el curso de la batalla librada el 10 de enero, o falleció de causas naturales por esos mismos días.
Inclusive después de la revolución, varios grupos de investigadores norteamericanos fueron a México buscando a Bierce.
Cuando le mostraron una foto de Bierce a un oficial del ejército mexicano de nombre Ybarra, dijo que lo había visto en Ojinaga, pero que tras el asalto a la guarnición de los federales, nunca lo volvió a ver. Es bastante probable que Ambrose Bierce haya muerto en Ojinaga, tal vez agradeciendo ser gringo en México, que para él representaba una buena forma de eutanasia.
Es difícil asignar a Bierce otra clase de muerte. Murió, como había vivido, afrontando toda clase de riesgos en la guerra civil, enfrentando toda clase de seres despreciables, y admitiendo que él también participaba en el desorden del mundo.
Quizás, la mejor expresión de la inquina de Bierce por el ser humano, está resumida en uno de los aforismos del Diccionario del Diablo:
SOLO. Mal acompañado.


domingo, 27 de julio de 2014

Cuando Pancho Villa y Emiliano Zapata cabalgaban

 

Mario Szichman
 
      Estados Unidos fue atacado, y algunos de sus ciudadanos asesinados. El autor intelectual del audaz operativo era un líder insolente y carismático que, tras adular a los norteamericanos para obtener dinero y armas, se creyó traicionado por ellos. El gobierno de Washington decidió capturar al líder “vivo o muerto”, e invadió el país en el que se había escondido. Tropas estadounidenses iniciaron una encarnizada persecución del Enemigo Público Número Uno, quien fue herido y se refugió en una cueva.
      Esta saga es narrada por Frank McLynn en un excelente libro sobre la Revolución Mexicana: Villa and Zapata, a History of the Mexican Revolution[i].
     El 9 de marzo de 1916, casi un siglo antes de que Osama bin Laden ordenara un ataque contra Estados Unidos, tropas mexicanas bajo el comando de Doroteo Arango, más conocido como Pancho Villa, entraron a Columbus, Nuevo México, matando a ciudadanos norteamericanos. Aunque Villa no intervino en los ataques, el gobierno del presidente Woodrow Wilson lo responsabilizó por la incursión y ordenó capturarlo. Villa fue herido en Chihuahua, pero pudo eludir a sus perseguidores ocultándose en una cueva.
      Finalmente, fueron los propios mexicanos quienes acabaron con Pancho Villa. Tras seis años de escaramuzas y de ataques al galope, el caudillo murió en una emboscada en Parral. Todos señalaron como el autor intelectual al entonces presidente Alvaro Obregón.
      Esos ajustes de cuentas eran un evento rutinario. Muchos líderes fueron asesinados o sufrieron muertes violentas, y casi siempre misteriosas. “Llama la atención”, dice el autor, “los escasos protagonistas de la Revolución que fallecieron en sus lechos”.
      La Revolución Mexicana contada por McLynn está repleta de inolvidables incidentes. Aparece un famoso “enforcer”, Rodolfo Fierro, quien asesinó a 200 prisioneros, uno tras otro, luego de ofrecerles la libertad “si podían correr 100 metros y trepar una pared” mientras él los apuntaba con su revólver.
      El autor también muestra el asombroso coraje de muchos individuos en el curso de una guerra civil que dejó entre 350.000 y un millón de muertos. Cuando David Berlanga, un prominente político, iba a ser fusilado por Fierro, “el joven mostró tal valentía que inclusive mientras Fierro tomaba puntería continuó fumando un cigarro con mano firme, al punto que la ceniza no cayó hasta que recibió la descarga”.
      Si la Revolución no cambió decisivamente la infraestructura mexicana o su política, al menos ofreció algunos atributos al siglo veinte. En el arte de la guerra debemos a la Revolución varios aportes, como la “máquina loca”, el uso de locomotoras cargadas de dinamita para acometer concentraciones militares, algunos de los primeros bombardeos aéreos, y el uso del cine con propósitos publicitarios.
      Las relaciones entre Pancho Villa y Hollywood son material para un libro. A comienzos de 1914 Villa firmó con una empresa cinematográfica un contrato por 25 mil dólares para protagonizar una película. Entre las cláusulas del contrato Villa prometía “librar todas sus futuras batallas de día”, y “de ser necesario, fingir combates”.
      El film The Life of General Villa, con el caudillo en el papel protagónico, fue estrenado en Nueva York el 9 de mayo de 1914. Y como la mayoría de las producciones de Hollywood, “tiene un típico final feliz”, dice el biógrafo. En las últimas escenas se observa a Pancho Villa asumiendo la primera magistratura de México, un sueño que nunca concretó en la realidad.
      La corrupción en México recibió un saludable impulso en esa época. Y según las malas lenguas, nunca cesó, sin importar si los tiempos eran de prosperidad o de penuria. Tal vez el episodio más famoso fue el Tren Dorado de Venustiano Carranza. En mayo de 1920, acosado por las tropas de Obregón, el entonces presidente Carranza abandonó el palacio y llenó “un tren de sesenta vagones con sus secuaces, armas y municiones, archivos del gobierno, y el tesoro nacional transmutado en barras de oro”.
      El Tren Dorado fue emboscado en cada parada. Al final, los despojos del saqueo quedaron regados junto a los cadáveres de los soldados que defendían a Carranza. Luego le tocó el turno al prófugo presidente.
      Si en la Revolución abundaron los villanos, también descollaron los héroes. La gran figura fue Emiliano Zapata. Según McLynn, Zapata, “con su mística relación con la tierra, incorruptibilidad y martirio, está junto a aquellos anómalos santos guerreros de la historia”.
      Muchos escritores famosos incursionaron en México durante esa época. En 1914 el novelista Jack London viajó a Veracruz para reseñar la ocupación norteamericana por encargo de la revista Collier´s.
      London tuvo una relación esquizofrénica con la Revolución Mexicana. En febrero de 1911, cuando todavía era socialista, escribió una carta abierta en respaldo a los mexicanos que luchaban contra la dictadura de Porfirio Díaz. En la carta London se dirigía a los “queridos, valientes camaradas de la Revolución Mexicana”, en nombre de los “socialistas, anarquistas, ladrones de gallinas, forajidos e indeseables ciudadanos de los Estados Unidos”. London expresó su adhesión a la lucha por “derrocar la esclavitud y la autocracia en México”. Tres años después, el escritor había roto con los socialistas, y en sus artículos enviados desde Veracruz exhibía un genuino racismo contra los mexicanos, así como un claro respaldo a la acción imperial de Estados Unidos.
      “Una civilización introducida por Estados Unidos y Europa está siendo destruida por la locura de un puñado de gobernantes que no saben cómo gobernar”, decía el escritor en uno de sus Reports. “El Hermano Grande puede encargarse de vigilar, organizar y administrar México. Los llamados líderes de México no lo pueden hacer. Y las vidas y la felicidad de algunos millones de peones, así como las de muchos millones que aún no han nacido, están en juego”.
      Otros escritores, como el gran Ambrose Bierce, creador de El diccionario del diablo, viajaron a México para observar el fenómeno revolucionario. (Por cierto, Bierce cuestionó algunos escritos de Jack London, entre ellos la novela El lobo del Mar señalando su desdén por esos “amantes asexuados” que abundaban en sus páginas).
      El viaje de Bierce a México, a fines de 1913, cuando ya tenía 71 años de edad, está envuelto en el misterio. Una de las versiones es que en Ciudad Juárez se unió al ejército de Pancho Villa como observador, y que fue testigo de la Batalla de Tierra Blanca. Habría llegado hasta Chihuahua siguiendo a los soldados de Villa. A partir de ese momento, se pierde todo rastro.
       Una tradición oral que circula en Sierra Mojada, Coahuila, es que Bierce fue ejecutado en el cementerio local por un pelotón de fusilamiento. Otros dudan de la historia. Pero, como decía un periodista en la película The Man Who Shot Liberty Vance, “Cuando en el Lejano Oeste nos dan a elegir entre la verdad y la leyenda, nosotros imprimimos la leyenda”. Y la leyenda es que Bierce se despidió de la vida con este ejemplar obituario: “Ser un gringo en México, ¡Ah, qué bella forma de eutanasia!”





[i] Basic Books, Nueva York, 2002.