sábado, 5 de abril de 2014

Retórica y sadismo




Mario Szichman

No se hundan en la desesperación…
El odio de los hombres pasará, los dictadores morirán,
y el poder que le robaron al pueblo retornará al pueblo.
Y mientras los hombres perezcan luchando por la libertad,
la libertad nunca perecerá.
Charles Chaplin, discurso de El gran dictador



      Antes de su irrupción en Europa con El Angel Exterminador y Viridiana, Luis Buñuel tuvo un período muy creativo en México, con filmes como Los olvidados, Nazarín, La vida criminal de Archibaldo de la Cruz (una joya que aún no ha obtenido todo el reconocimiento que se merece) Flor Silvestre y Subida al Cielo. En ese último filme hay una escena donde, a propósito de un brindis en honor a una “mamacita”, un diputado pronuncia un discurso en que se incluye esta frase: “Quiero desgranar los pétalos del florilegio engarzados por la clarividente y distinguida concepción de ese gran bardo Pepe Radilla, gloria inmarcesible de las letras contemporáneas y refulgente sol de nuestro estado”.
      He visto varias veces esa película, porque un maestro exhibe su genio hasta en obras menores (o, primordialmente, en obras menores), y porque el discurso del diputado siempre me causa risa.
Toda cultura tiene su retórica, pero creo que en el mundo de habla española nos excedemos. Una amiga me comentaba que en su universidad, cuando asume el nuevo rector primero viene un sucedáneo del besamanos, y luego el tirano académico les propina a los sufridos profesores y alumnos un discurso de entre 45 minutos y una hora de duración. ¿Por qué? ¿Por qué la autoridad debe siempre combinarse con el sadismo? ¿Cuántos de esos autócratas están dispuestos a escuchar el discurso de otra persona en el podio?
      Esta frase me retrotrae a la infancia, a mi autoritario director de la escuela primaria. El pobre hombre tuvo que cabalgar entre el peronismo y el antiperonismo. En 1955 derrocaron a Juan Perón. Yo tenía en ese momento 10 años de edad. El director de la escuela era un fervoroso peronista. Siempre se peleaba para que le permitieran hablar en los homenajes a la Abanderada de los Humildes, cuando se cumplía un nuevo aniversario de su ingreso en la inmortalidad, el 26 de julio, (sí, antes que el Comandante Eterno, otros personajes latinoamericanos lograron ingresar en la inmortalidad) o el 17 de octubre, fecha patria del peronismo. Los discursos del director, con el inevitable prólogo de “Señora presidenta de la Sociedad de Beneficencia, señor presidente de la Cooperadora Escolar”, y el inevitable epílogo de “Distinguidas damas, caballeros… alumnos” se prolongaba alrededor de una hora, al aire libre, en el patio de la escuela. Por alguna razón, en la Argentina, todos los aniversarios de batallas epónimas o fallecimiento de hijos ilustres ocurren en los meses más crudos del invierno, o a principios de la primavera. Suele llover en esos aniversarios, o se cuela un viento muy desagradable por el cuello, y como la Argentina es (o era) un país muy formal, los pobres educandos tenían que calarse el discurso junto con el frío, sin posibilidad de abrigarse como Dios manda. El uniforme obligatorio era el albo guardapolvo, que nada abrigaba.
      El director de la escuela también se había encargado de inaugurar un busto de Eva Perón, instalado a la entrada de la escuela, pero ese director de escuela, que para nosotros representaba no solo la autoridad sino algo cercano a la santidad, hizo algo deleznable cuando cayó el peronismo. Apenas llegó la Revolución Libertadora, pidió permiso a las nuevas autoridades escolares para romper con una mandarria el busto de Eva Perón. A partir de ese momento, si bien no me convertí en un anarquista, perdí toda confianza en las autoridades legítima o ilegítimamente constituidas.
   
      LOS SOCIÓLOGOS
      SIEMPRE LLEGAN TARDE
    
     El arte suele anticiparse a la historia, o aclara sus aspectos más sórdidos. Stanley Kubrick en Dr. Strangelove, Jim Thompson, en The Killer Inside Me,  Charles Chaplin, en El Gran Dictador, revelan aspectos de un autócrata que quedan soterrados en los manuales de historia, o que la historia olvida registrar. Después llegan los sociólogos, muchísimo después, a corroborar lo que el arte vislumbró con lujo de detalles.
      Los discursos de Peter Sellers en su interpretación del doctor Strangelove, donde, en medio de sus loas a la humanidad y al progreso su autónomo brazo artificial se alza exhibiendo el saludo nazi, o las sádicas peroratas del alguacil Lou Ford, protagonista de The Killer Inside Me, quien mata a sus oyentes de aburrimiento, antes de asesinarlos, fueron precedidos por Chaplin en su imitación de Adolfo Hitler. Cuando el dictador habla, los micrófonos se doblan, sobrecogidos de miedo ante una oratoria homicida. En la época del estreno de El Gran Dictador, en 1940, Chaplin estaba en minoría. Todavía en esa época, en 1940, la opinión pública mundial tenía una opinión dividida sobre Hitler. Las tendencias autoritarias del Fuhrer, el antisemitismo, y los desmanes de las camisas negras o pardas, pasaban a un segundo plano, ante sus planes económicos, la abolición del desempleo, y la recreación de una Alemania poderosa, que parecía el modelo a seguir tras la catástrofe de la Gran Depresión.
      Y esa es la gran dicotomía en el momento en que se registra el desplome. El sociólogo suele explicar las causas cuando ya es demasiado tarde. El artista suele anticiparse a ellas.
      En estos días he leído algunos trabajos del sociólogo Heinz Dieterich, sobre el gobierno de Venezuela presidido por Nicolás Maduro. Dieterich fue quien acuñó el sobrenombre de Socialismo del Siglo XXI para calificar el experimento político social de Hugo Chávez. Es un hombre muy inteligente y –algo bastante infrecuente en los sociólogos políticos– un ser capaz de reconocer sus equivocaciones. Se ha convertido en un demoledor crítico de la gestión de Maduro, e inclusive estima que su mandato se terminará en ocho semanas. (Menos aún, porque la predicción la hizo en la primera semana de marzo de este año).
      De todas maneras, Dieterich no opinaba así de Maduro en abril del año pasado, poco antes de las elecciones presidenciales. En esa ocasión, Dieterich dijo de Maduro que  “está evolucionando su propio perfil. Mantiene el patrón del comandante, pero está ganando una estatura propia. Va a ser un buen presidente, sin las condiciones de un Chávez o un Fidel, pero lo va a ser porque el sistema está estructurado. Una catástrofe no va a haber”. Otro de sus pronósticos fue que” Nicolás Maduro ganará con facilidad este domingo”, aunque, en realidad, ganó a duras penas, y el gobierno chavista se negó a hacer un recuento de votos.
      Dieterich cesó su colaboración con Chávez a fines de la década pasada, y comenzó a formular duras críticas contra el chavismo. De inmediato, empezaron las calumnias. La organización chavista Aporrea.org, dijo que el ex-ministro de Comercio Eduardo Samán recibió en cierta ocasión una llamada telefónica de “Chávez, quien le habría recomendado no tener contactos con el sociólogo mexicano Heinz Dieterich y que éste le había solicitado un millón de dólares a cambio de su asesoría”. Dieterich negó esa acusación durante una entrevista que le hizo Aporrea.org, y aprovechó para caerle de nuevo al chavismo. “Si el Estado Bolivariano actual ni siquiera puede organizar la distribución adecuada de papel toilet, lo que puede hacer cualquier república bananera, ¿cómo se le puede pedir administrar centralmente una economía moderna totalmente internacionalizada?” preguntaba Dieterich en la entrevista.
      De todas maneras, el sociólogo tardó algunos años en descubrir que Chávez prometía pan para hoy y hambre para mañana.
      Le bastó a Gabriel García Márquez un viaje en avión con Chávez, en enero de 1999, poco antes de que Chávez asumiera la presidencia de Venezuela, para señalar que el carismático líder parecía un jano bifronte. Por una parte, alguien “a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más”.
Le bastó a un amigo mío inclusive menos tiempo para enunciar algo todavía más demoledor. Tras observar un programa de “¡Aló, Presidente!”, emitió el siguiente diagnóstico: “Un presidente que habla ante una audiencia ocho, nueve horas seguidas, sin autorizar a que nadie pueda ir al baño, es un sádico capaz de llegar a cualquier extremo”.
      No voy a acudir a la psicología para aludir a la personalidad del anal retentivo. Sólo quiero alertar al lector sobre esos oradores que intentan desgranar los pétalos del florilegio, o exaltan la gloria inmarcesible de algún refulgente poeta. La tortura de la prolongada oratoria suele anticipar inenarrables calamidades.

miércoles, 2 de abril de 2014

Balzac: hay que escribir para las mujeres




Mario Szichman







 

     La vida de Honorato de Balzac se puede resumir en una de sus novelas más famosas, La piel de zapa. Cada vez que su dueño expresa un deseo, la piel se encoge, hasta que finalmente desaparece coincidiendo con la muerte de su propietario.
     El anticuario que entrega la piel a Raphaël de Valentin le explica “el gran secreto de la vida humana”. El factor que nos obliga a abandonar este mundo es el deseo y su materialización. El deseo nos abruma, dice el anticuario, consumarlo nos destruye.
     Balzac consumó sus deseos en algo más de dos décadas, en perpetua esclavitud. En sus cartas, nos dice Graham Robb, expresó así las necesidades de un novelista: un sitio tranquilo para trabajar, una vivienda repleta de objetos caros, bellos, a fin de crear “felicidad y la sensación de libertad intelectual”, café fuerte, a fin de mantener durante dos meses el flujo de la inspiración, crecidas deudas y contratos con editores dotados de cláusulas draconianas con el propósito de aunar la coacción a la autodisciplina, varios seudónimos y escondites que pemitan eludir a los acreedores, y un constante estado de ardor amoroso sin las secuelas del enamoramiento, pues dilapida mucho tiempo.
     Pero Balzac amaba a las mujeres, necesitaba no solo sus cuerpos, sino su amistad. Para él, la lectura femenina era invaluable. Del mismo modo que Stendhal, vivía rodeado de mujeres. La mayoría de ellas eran amigas, no amantes. Y algunas eran escritoras, como Zulma Carraud, quien se convirtió en famosa autora de libros infantiles. En varias ocasiones, Carraud intentó conseguir una buena esposa para Balzac. El novelista, que en el amor era un perfecto burgués, le escribió en cierta ocasión explicando qué clase de cónyuge buscaba. Debía tener alrededor de 22 años (en esa época Balzac había cumplido cuarenta) y aportar una dote de entre 100.000 y 200.000 francos, “siempre y cuando esa dote pueda ser empleada en mis asuntos comerciales”. Al principio, su amiga se entusiasmó, pero luego declinó el pedido, explicando que de su propia experiencia, y de las novelas de Balzac, había aprendido que el matrimonio es lo más parecido a un infierno. “Nunca voy a una boda sin lágrimas en mi corazón”, le dijo en una carta.
     También entre las amigas de Balzac figuraba Laura, su hermana, una mujer de excepcional talento, que escribió cuentos muy buenos. Laura revisó algunos de sus textos, y su consejo fue siempre bien recibido. El criterio del novelista era que en sus lecturas las mujeres exhibían una sabiduría ausente de sus amigos masculinos.
     El único escritor que puede parangonarse con Balzac en su época y en su oficio es Stendhal. Y en la correspondencia de Balzac, el autor de Rojo y Negro revela también sus secretos. Stendhal era un desconocido para la época en que Balzac escribió La Comedia Humana, y le envió una carta agradeciéndole la reseña de La Cartuja de Parma. En esa célebre carta Stendhal informaba que cada mañana, a fin de ponerse en “sintonía” antes de empezar a escribir, leía algunas páginas del Código Civil. Buena parte de La Cartuja de Parma  la dictó a un secretario, y la publicó sin revisarle una sola coma. Aunque mayor que Balzac, su admiración era tan grande que le envió una copia de la novela donde insertó hojas en blanco. En esa hojas Balzac debía responder a preguntas sobre estilo y técnica narrativa.
     Balzac pocas veces ofreció sugerencias sobre cómo escribir novelas, aunque sus consejos son excelentes: hay que respetar la gramática, no empezar a escribir hasta que pase el primer acceso de entusiasmo, el horario de trabajo debe ser de doce horas diarias, no hay que leer reseñas de las obras que publicamos, y es necesario tratar al editor como si fuera un sirviente holgazán. Además, es necesario escribir exclusivamente para las mujeres.  
      Pero en las cartas, las mujeres le roban el show a Balzac. Tal vez la razón más importante es que el narrador no escribía esas cartas para la posteridad. Le parecía perder el tiempo. Prefería invertir su talento, su energía creadora, en sus textos de ficción.
     Robb, quien analizó el contenido de esas cartas para The Times Literary Supplement, dice que las corresponsales escribían como si hubieran sido personajes de la Comedia Humana. (También existe la posibilidad de que las novelas reflejasen simplemente las personas que las leían). Muchas de las mujeres que escribieron a Balzac le agradecieron haberles otorgado una voz cantante.
Algunas pertenecían a un club de admiradoras de su obra. En una ocasión, dijo una de ellas, un sacerdote la obligó a condenar ciertos capítulos de sus novelas, pero cuando la mujer se reunió con sus amigas, una le susurró a otra: “¡Amo a Balzac! El conoce todas las miserias que padecen las mujeres”.
     También hubo entre sus admiradoras quienes cuestionaron su prosa. Una de ellas, después de pedirle un autógrafo, lamentó que Balzac “ensuciara” su “genio sublime” escribiendo “cosas estúpidas y absurdas para que el público pueda entender”.  
     Tampoco escasearon cartas de mujeres señalando que se hallaban al borde del suicidio. Otras le pidieron consejos en asuntos amorosos, o en técnicas de seducción, le ofrecieron ayuda como secretarias, o solicitaron referencias para obtener un trabajo u obtener un editor a fin de publicar un manuscrito.
     Balzac nunca dejó de responder una sola de las cartas que recibió, ni siquiera las más insultantes. Y fue así como conoció a su futura esposa, la condesa polaca Hanska. Ella le escribió una carta anónima en 1832. La correspondencia, que se transformó en varios volúmenes de cartas, concluyó en 1850, cuando se casaron, cinco meses antes de la muerte de Balzac.
     Una de las lectoras le escribió a Balzac lo siguiente: “Un día, yo viajaba en un carruaje, usted, en un cabriolé. Las ruedas de nuestros vehículos se tocaron, y alguien dijo:  ‘¡Ese es Balzac!’ Eché una rápida mirada. Por simple curiosidad. Nuestros ojos se encontraron, las ruedas de nuestros carruajes se alejaron, y quedamos separados por el ruido de un latigazo”.  Era, obviamente, una invitación para iniciar un romance. Pero Balzac no se dejó llevar por la tentación. Como le explicó a Alejandro Dumas, “Una noche de amor representa para mí la escritura de la mitad de una novela. Y ninguna mujer vale siquiera dos novelas anuales”.



sábado, 29 de marzo de 2014

El filósofo del Apocalipsis


Mario Szichman

“Informes de que algo no ha ocurrido
siempre me resultan interesantes”.
Donald Rumsfeld


 Errol Mark Morris ha creado dos excepcionales documentales basados en entrevistas a ex secretarios de Defensa de Estados Unidos. El primero, estrenado en el 2003 es  The Fog of War, donde analizó la vida de Robert S. McNamara, secretario de Defensa durante la guerra de Vietnam. El segundo, finalizado en 2013, titulado The Unknown Known cuenta con Donald Rumsfeld como protagonista, secretario de Defensa de George W. Bush, y quien ordenó la invasión de Afganistán y de Irak tras los ataques del 11 de septiembre de 2001 en Manhattan y en los suburbios de Washington, D.C.

    En ambos casos, los personajes son muy interesantes. En un universo tan burocrático como el Pentágono, son seres dramáticos. Cuentan con una trágica visión de la historia (McNamara) y poseen una diabólica mente adicta a una especulación cercana a la filosofía, o por lo menos a un mundo carente de lógica (Rumsfeld). No es casual que en un ensayo que escribió Erroll Morris sobre Rumsfeld para The New York Times, el párrafo final mencione el inquietante Gato de Cheshire, esa creación de Lewis Carroll que aparece en Alicia en el país de las maravillas.
     Morris dice que comparte la perplejidad de Alicia cuando, tras su encuentro con el gato, señala, “He visto gatos sin sonrisas, pero nunca una sonrisa sin gato”.  El cineasta dice que tuvo una experiencia similar con Rumsfeld: “Siempre tuve la aterradora sospecha de que la sonrisa de Rumsfeld tal vez no esconde nada. Es una sonrisa de suprema autosatisfacción, y detrás de ella, tal vez solo existe un simulacro”.
     Rumsfeld tenía nueve años en 1941 cuando los japoneses atacaron a Estados Unidos en Pearl Harbor, y 69 en el 2001, cuando al–Qaida atacó el World Trade Center y el Pentágono. Como a tantas generaciones de norteamericanos, Pearl Harbor lo marcó para siempre. En esos 60 años entre uno y otro ataque, Rumsfeld aprendió que “continuamos siendo sorprendidos cuando se registra una sorpresa”. De todos los libros que leyó sobre Pearl Harbor, Rumsfeld quedó prendado de un prólogo a uno de ellos escrito por el economista de Harvard Thomas Schelling. En el prólogo Schelling señalaba: “Estábamos tan atareados intentando adivinar algunas ´obvias´acciones de los japoneses, que descuidamos concentrarnos en la opción que finalmente adoptaron”. Schelling atribuía esa tendencia en la programación de acciones de guerra a “confundir lo desconocido con lo improbable”.
     El gobierno de Estados Unidos sabía que los japoneses preparaban un ataque contra bases militares en el Pacífico durante 1941. Pero los preparativos eran para enfrentar a lo sumo los bombardeos aéreos lanzados desde dos portaaviones. Japón contaba en esos momentos con seis portaaviones. Era insensato pensar que iba a arriesgar toda su flota en el ataque, sin quedarse con alguna reserva. Pero lo improbable ocurrió. Japón usó sus seis portaaviones. Fue tal la magnitud del desafío nipón, que cuando al finalizar la guerra se realizaron audiencias en el Congreso para sancionar a los responsables de la negligencia, varios testigos de la armada insistieron en la presencia de entre dos y cuatro portaaviones, aunque había abrumadoras evidencias de que habían sido seis.
    En el documental The Unknown Known, Morris preguntó a Rumsfeld si Pearl Harbor había sido “una falla de la imaginación, o una falla a la hora de analizar los datos de inteligencia disponibles”. El ex secretario de Defensa respondió que los agentes de inteligencia “pensaron en gran cantidad de posibilidades. Las más obvias. En realidad, estaban persiguiendo al conejo equivocado. La posibilidad (la de usar toda la flota de portaaviones) no fue considerada plausible”.
     Tanto en Pearl Harbor como en los ataques del 11 de septiembre de 2001, no escaseaba la información de inteligencia. En realidad, sobraba. En el caso de 9/11, hay un testimonio irrebatible: es el informe oficial de la Comisión Investigadora. Ya desde 1998 se sabía que al–Qaida planeaba un ataque en Nueva York. Un mes antes de los ataques, el 6 de agosto de 2001, la asesora nacional de seguridad Condoleezza Rice presentó al presidente Bush un informe, señalando que “Bin Ladin estaba decidido a atacar a Estados Unidos”. Había una célula de al-Qaida actuando en Nueva York, y la organización se proponía secuestrar un avión. El mismo día de los ataques, 10 de los 19 piratas aéreos hicieron sonar las alarmas de seguridad en tres aeropuertos, al transportar objetos que podrían ser eventualmente usados como armas. Pese a ello, luego de chequeos ulteriores, se les permitió subir a los aviones.
     Schelling, quien tanta admiración causó a Rumsfeld al criticar la tendencia de los militares norteamericanos a confundir lo desconocido con lo improbable, dijo al cineasta que la “sorpresa” de los ataques del 11 de septiembre no fue resultado de una conspiración de las fuerzas del mal, sino de aparatos burocráticos que actúan como elefantes en un bazar. Tal vez las excesivas alarmas que sonaron en días previos a los atentados sirvieron para adormecer la vigilancia. “Hay alarmas que a veces dejan de funcionar”, dijo Schelling, en tanto “otras suenan en tantas ocasiones, que al final son desconectadas”. Y además, ¿de qué sirve obtener gran cantidad de información, cuando se ignora qué es lo que se está buscando? En ocasiones, puede primar la rivalidad entre servicios de inteligencia. El FBI no comunicó a la CIA que en algunas escuelas de aviación estudiantes provenientes de países del Medio Oriente pedían a sus instructores que les enseñaran a alzar vuelo, pero no tenían interés alguno en lecciones de aterrizaje. En otras ocasiones, los alumnos parecían más interesados en averiguar cómo se abría la puerta de la cabina del piloto, que en maniobrar los alerones. También se dio el caso de que informantes alistados por la CIA lo hacían sin conocimiento del FBI, y en algunas ocasiones fueron arrestados afectando pesquisas.
     Tampoco se puede descartar el protocolo. Morris dice que en la mañana del 7 de diciembre de 1941, el día del ataque a Pearl Harbor, un radar de la estación Opana captó el sobrevuelo de aviones. El radar estaba a cargo de dos soldados, quienes al observar en la pantalla “algo totalmente extraordinario”, llamaron al telefonista del centro de información a fin de notificar la novedad. El telefonista se comunicó con su supervisor, quien ignoraba el procedimiento a seguir para comunicar el hallazgo con sus superiores. Para eludir reprimendas, el supervisor dijo luego que pensó que se trataba de aviones norteamericanos.  

LO DESCONOCIDO
QUE CONOCEMOS

     Existen en la burocracia de los organismos de seguridad algunos axiomas que funcionan de maravillas a la hora de encubrir desaguisados. Recuerdo a una tía mía que nunca movía un dedo en su casa. Cada vez que el esposo le reprochaba su apatía, lejos de ofenderse se sonreía con sabiduría y les explicaba a sus hermanas: “Ah, los hombres ignoran todo aquello que hacemos sin causar alharacas. El cuidado de la casa tiene secretos que ni vale la pena explicar”.
     Cuando se trata de solicitar abultados presupuestos para la defensa, una catástrofe recauda más dinero que una situación de paz social. La catástrofe permite poner las carretas en círculo y hace olvidar la rivalidad entre distintos organismos de seguridad. Los gobiernos abren los cordones de la bolsa y toleran toda clase de gastos, inclusive los más extravagantes. Recuerdo que poco después del 9/11 el gobierno de Bush autorizó la construcción de una flota de barcos antisubmarinos, aunque al-Qaida nunca mostró proclividad a usar submarinos en sus ataques.
     La secuela de los atentados sorprendió a todos, menos a Rumsfeld, que como podrá recordarse, solía sorprenderse de que “nos sorprendamos cuando se registra una sorpresa”. En lugar de concentrarse en lanzar represalias contra los causantes del 9/11, Rumsfeld decidió enfilar los cañones más pesados contra el gobierno de Irak liderado por Saddam Hussein. Para ello, acusó a Saddam de contar con armas de destrucción masiva, pese a los informes de los inspectores de las Naciones Unidas señalando que el líder iraquí se había librado de ellas. Sugirió, además, una conexión entre al-Qaida y Saddam, algo bastante implausible.     Cuando el periodista Jim Miklaszewski encaró a Rumsfeld, señalando que no parecían existir evidencias de un vínculo directo entre Bagdad y algunas organizaciones insurgentes, el ex secretario de Defensa salió con un sofisma que aún hoy sigue acosando los cerebros no sólo de funcionarios del Pentágono, sino de filósofos.
     “Los informes que señalan que algo no ha ocurrido, siempre me resultan interesantes”, dijo Rumsfeld a Miklaszewski. “Pues, como usted sabrá, hay cosas conocidas que resultan conocidas, pero también hay cosas conocidas que resultan desconocidas. Y además hay cosas desconocidas que desconocemos. Se trata de cosas que no sabemos que desconocemos. Y si analizamos la historia de nuestro país, o de otros países libres, la última categoría es la más difícil” de dilucidar.
     Errol Morris dice que la diferencia entre Rumsfeld y Robert McNamara es que  McNamara nunca respondía la pregunta que le formulaban, sino la pregunta que quería que le formularan. Rumsfeld, en cambio, “Nunca responderá una pregunta que le formulan, ni cualquier otra pregunta. Si uno le hace una pregunta a Rumsfeld, sólo recibe evasivas como respuestas”.  
     Y el periodista Jamie Mcintyre dijo del ex secretario de Defensa: “Es raro que admita haberse equivocado en alguna ocasión. Parte de su defensa es que cada frase enunciada es seguida por una advertencia. ´Nunca dije cuánto iba a durar la guerra´. ´Nunca dije cuántos soldados íbamos a necesitar´. Siempre ha sido muy resbaladizo. Su técnica favorita ha sido cuestionar la premisa de toda pregunta y nunca responderla”.
      La imagen de Rumsfeld es tan evanescente como la del gato de Cheshire. Es una sonrisa de suprema autosatisfacción, aunque tal vez, detrás de ella, no existe nada.